18 Rurik
RURIK
Emma entra en el comedor pequeño como si fuera suyo, y no sé decidir si eso me irrita o me pone cachondo. Probablemente las dos cosas.
Lleva unos vaqueros oscuros que le ciñen el culo a la perfección y un jersey negro ajustado que realza sus curvas sin esforzarse demasiado. Su pelo oscuro está recogido en esa práctica trenza que tanto le gusta llevar.
El comedor da a los jardines, y la luz de la tarde se cuela por los altos ventanales, proyectando una cálida claridad sobre la mesa pulida. Es un espacio más pequeño e íntimo que el comedor formal que usamos para las reuniones de negocios. El tipo de habitación pensada para una familia.
Eduard ya está sentado, revisando algo en el móvil.
Artur está repantigado en su silla con esa seguridad despreocupada que siempre tiene, siguiendo a Emma con sus ojos oscuros mientras ocupa el asiento frente a mí.
La forma en que la mira hace que algo posesivo se tense en mi pecho.
Sé exactamente en qué está pensando porque yo estoy pensando la misma maldita cosa.
—¿Has dormido bien? —pregunta Artur, con los labios curvándose en esa sonrisa torcida.
Emma le sostiene la mirada sin inmutarse. —Mejor que en el sofá, si eso es lo que preguntas.
—No preguntaba por el sofá. —Su sonrisa se ensancha—. Preguntaba si has dormido bien entre los tres.
El calor le sube por el cuello a Emma, pero no aparta la mirada. —He dormido bien. Gracias por preocuparte.
Eduard suelta una risita y deja el teléfono a un lado mientras el personal trae el almuerzo. Salmón a la parrilla, verduras asadas y pan recién hecho, aún caliente de la cocina.
Emma coge el tenedor y empieza a comer sin esperarnos al resto. Sin vacilar. Sin deferencias. Solo una mujer que tiene hambre y a la que el protocolo le importa una mierda.
Eso me gusta de ella.
—Mañana tenemos un envío que pasa por Portland —dice Eduard, cortando su salmón—. La ruta que sugirió Emma ayer está funcionando mejor de lo esperado. Estamos reduciendo el tiempo de tránsito casi un cuarenta por ciento.
Artur alza su copa en dirección a Emma. —Mira tú. Nuestra pequeña federal nos está haciendo más eficientes.
—No me llames así —dice Emma automáticamente, aunque no hay verdadero enfado en su voz.
—¿Y cómo debería llamarte? —Artur se inclina hacia delante, con los ojos bailándole de diversión—. ¿Cariño? ¿Nena? ¿Mi dolor de culo favorito?
—¿Qué tal Emma? —Da un bocado al salmón y mastica despacio sin apartar los ojos de él—. Ya sabes, mi nombre de verdad.
—¿Y dónde está la gracia en eso?
Observo el intercambio con callada satisfacción. Esto es distinto de las primeras comidas que compartimos. Emma ya no actúa como una prisionera. Participa, replica y se hace hueco en la conversación.
Está pasando a formar parte de esto. De nosotros.
—Después de comer —digo, atrayendo su atención—, vienes conmigo al garaje.
El tenedor de Emma se detiene a medio camino de su boca. —¿Por qué?
—Porque quiero que veas cómo funciona realmente la operación. —Corto mi propia comida, manteniendo un tono despreocupado—. Has visto la seguridad, las reuniones y la planificación. Ahora verás la ejecución.
Deja el tenedor con cuidado. —¿Me llevas a ver cómo preparan un envío?
—A menos que prefieras quedarte en tu habitación.
Sus ojos verde grisáceos se entrecierran ligeramente mientras busca la trampa en mi rostro. No la encontrará. Estoy siendo completamente sincero. Si va a estar aquí, si va a seguir ofreciendo sugerencias que mejoren nuestra logística, más le vale entender el alcance completo de lo que hacemos.
—Vale —dice por fin—. Iré.
Artur sonríe. —Esto debería ser interesante.
El resto de la comida transcurre entre una conversación más distendida. Eduard habla de las actualizaciones de los sistemas de seguridad de la finca. Artur se queja de uno de los capitanes, que no deja de pedir mejoras innecesarias en el equipamiento.
Después de comer, guío a Emma a través de la casa principal hacia el ala este, donde se encuentra el complejo de garajes. El pasillo está en silencio y nuestros pasos resuenan sobre los suelos de mármol. Camina a mi lado, lo bastante cerca como para que me llegue el limpio aroma de su jabón.
—¿Por qué haces esto? —pregunta en voz baja.
—¿Hacer qué?
—Enseñarme todo esto. —Hace un gesto vago a nuestro alrededor—. Las reuniones, las operaciones, cómo funciona todo. Sabes que acabaré usándolo en vuestra contra.
Dejo de caminar y me vuelvo hacia ella. Está lo bastante cerca como para que pudiera extender la mano y tocarla, atraerla contra mí como hice aquella noche junto a la pared. El recuerdo de cómo se sintió, de cómo sabía, hace que el calor me recorra la sangre.
—Puede ser —digo en voz baja.
El complejo de garajes es enorme, con espacio de sobra para albergar veinte vehículos.
Los mecánicos trabajan en varios todoterrenos blindados, sus herramientas repiquetean contra el metal mientras revisan motores y refuerzan paneles.
Uno de nuestros capitanes veteranos está junto a la pared del fondo, repasando los horarios de entrega con dos conductores.
Emma se detiene justo al cruzar la entrada y sus ojos recorren el espacio. La observo mientras lo asimila todo. El caos organizado, el costoso equipamiento y la minuciosa coordinación que mantienen nuestras operaciones en marcha sin contratiempos.
—Aquí preparamos los vehículos de los convoyes —explico, colocándome a su lado—. Cada envío se inspecciona antes de salir de la finca. Motores, blindaje, sistemas de comunicación. Nada se mueve hasta que estamos seguros de que todo está protegido.
Uno de los mecánicos levanta la vista y repara en Emma. Su expresión pasa de la curiosidad a la cautela, pero no deja de trabajar. La noticia de que una agente del FBI vive en nuestra ala se ha extendido por toda la finca. La mayoría de los hombres aún no saben qué pensar de ella.
El capitán se acerca y asiente respetuosamente en mi dirección antes de deslizar la mirada hacia Emma. —Señor. Los vehículos están listos para la ruta de mañana.
—Enséñame la ruta —digo.
Extiende un mapa sobre el capó del todoterreno más cercano y traza con un dedo grueso el recorrido previsto para el convoy.
—Tomaremos la carretera 26 a través de la cordillera Costera, como sugirió la agente.
Las rutas madereras nos dan cobertura y hemos confirmado los horarios de las patrullas.
Nos moveremos durante la ventana del cambio de turno.
Emma se acerca para estudiar el mapa. Observo cómo sus ojos siguen la ruta, fijándose en los puntos de control y las posibles complicaciones. Cuando habla, su voz es tranquila y profesional.
—¿Tenéis pensado parar aquí? —Señala un área de descanso marcada en el mapa—. Es un error. Los agentes estatales usan ese lugar para hacer controles de velocidad por las tardes. Os iría mejor seguir hasta este cruce y repostar allí.
Las cejas del capitán se alzan. Me mira, esperando permiso para responder.
Asiento una vez.
—¿Cómo sabes lo de los controles de velocidad? —le pregunta a Emma.
—Porque el FBI utiliza los mismos datos para rastrear patrones de transporte criminal. —Vuelve a golpear el mapa con la yema del dedo—. Si yo lo sé, otras agencias también. Os conviene evitar paradas previsibles.
El capitán estudia la ruta alternativa que ella propone, pensativo. —Eso añade quince minutos al trayecto.
—También evita que os paren y os registren. —Emma cruza los brazos—. Vosotros decidís.
Varios mecánicos han dejado de trabajar y observan el intercambio con un interés apenas disimulado. Una agente del FBI está de pie en nuestro garaje, mejorando con toda naturalidad nuestras rutas de contrabando. La absurdidad no pasa inadvertida para nadie.
El capitán vuelve a mirarme. Veo la pregunta en sus ojos. ¿Confiamos en ella? ¿Aceptamos consejos de alguien que se supone que es nuestra enemiga?
—Usa su ruta —digo en voz baja.
Asiente y toma notas sobre el mapa. —Sí, señor.
Cuando se aleja para informar a los conductores, Emma se vuelve hacia mí. —¿Por qué has hecho eso?
—Porque tienes razón. —Me apoyo contra el todoterreno y la estudio—. Y porque no soy tan estúpido como para ignorar buena información solo porque procede de una fuente inesperada.
Pasamos otra hora en el garaje mientras Emma hace preguntas sobre las modificaciones de los vehículos, los protocolos de comunicación y los planes de contingencia.
Los mecánicos se van relajando con ella poco a poco y responden a sus preguntas con cada vez más detalle.
Para cuando nos marchamos, se ha ganado el respeto a regañadientes de hombres que normalmente jamás confiarían en una agente federal.
De vuelta en la casa principal, encontramos a Eduard y Artur esperándonos en el despacho. La habitación está exactamente igual que cuando Emma la dejó la noche en que la pillaron husmeando. Las fotografías siguen cubriendo las paredes y el enorme escritorio domina el centro de la estancia.
Eduard tiene abierto ante él el libro de cuentas encuadernado en cuero, el que perteneció a nuestros padres. Levanta la vista cuando entramos, con los ojos grises serios.
—He estado revisando las anotaciones del año anterior a su muerte —dice—. Hay algo que los dos tenéis que ver.
Emma se acerca al escritorio, con una curiosidad evidente. Me coloco a su lado, tan cerca que nuestros hombros se rozan.
Eduard gira el libro de cuentas para que todos podamos ver las páginas. La letra es de mi padre, limpia y precisa. —Estas anotaciones describen reuniones entre nuestros padres y varios otros líderes de la Bratva. Intentaban reestructurar la red de subastas de novias.
—¿Reestructurarla cómo? —pregunta Artur, inclinándose sobre el escritorio.
—Querían acabar por completo con la parte de la trata. —El dedo de Eduard recorre una de las anotaciones—. En un principio, la subasta tenía como objetivo concertar matrimonios entre familias, alianzas políticas. Pero el dinero de fuera la corrompió. La convirtió en algo más oscuro.
Emma contiene el aliento. —¿Intentaban detenerlo?
—Intentaban tomar el control —la corrijo—. Limpiarlo. Convertirlo en lo que debía ser antes de que se usara para trasladar a mujeres secuestradas a través de las fronteras.
Eduard pasa varias páginas más y traduce fragmentos escritos en ruso. Las anotaciones dibujan la imagen de nuestros padres trabajando juntos, planeando eliminar los elementos de trata y devolver la subasta a su propósito original.
—Por eso los mataron —dice Emma en voz baja—. Alguien no quería que lo lograran.
—Siempre lo hemos sospechado —dice Artur—. Pero nunca tuvimos pruebas.
Eduard pasa otra página y Emma se queda inmóvil a mi lado. Sigo su mirada hasta una breve anotación cerca de la parte inferior de la página.
La letra es apresurada, menos cuidadosa que las demás. Registra una reunión entre nuestros tres padres y un observador estadounidense sin identificar. La fecha es de apenas unos días antes de la noche en que los mataron.
—Un observador estadounidense —susurra Emma—. ¿Quién coño era?
La mandíbula de Eduard se tensa. —No lo sabemos. La anotación no da ningún nombre.
Miro fijamente las palabras, con la mente a toda velocidad.
Un estadounidense implicado en asuntos de la Bratva pocos días antes de que asesinaran a nuestros padres.
Alguien lo bastante importante como para justificar una reunión, pero no lo bastante como para que lo nombraran en el libro de cuentas.
O alguien lo bastante peligroso como para que mi padre no quisiera dejar constancia de su identidad.
La mano de Emma tiembla ligeramente al extenderse hacia la página, con los dedos suspendidos justo sobre la tinta desvaída.
—Esto lo cambia todo —susurra.