13 Viktor
VIKTOR
Wren no dijo nada durante el trayecto de vuelta a mi casa.
Tampoco dijo nada mientras la guiaba hacia el interior.
Era de esperar, sin embargo. Tenía mucho que asimilar, y eso no podía ser fácil para ella.
La dirigí a la cocina para que se sentara mientras preparaba el almuerzo. Lo hizo, mirando la pared como ausente.
No comió mucho, pero no estaba de humor para presionarla por su apetito.
Sí estaba de humor para presionarla sobre si podría ser flexible con su terquedad de que ella era buena y nosotros malos. Si sería capaz de ayudarnos en esta guerra contra Gregori.
Después de comer—o más bien, después de que yo lo hiciera—le dije que iba a mi despacho.
Podía quedarse mirando otra pared. No me importaba dónde fuera ni qué hiciera en mi casa.
Pero reconocí que necesitaba espacio para pensar, para digerir todas las noticias sobre cómo su "bando" de la ley no era tan perfecto, al fin y al cabo.
Finalmente, cuando sentí que mis nervios estaban al límite y releía los mismos correos una y otra vez sin absorber nada de lo que aparecía en la pantalla, me rendí y fui a buscarla.
Miré mi reloj.
Un par de horas. Ahora mismo debería estar de mejor humor.
Subí a mi habitación, suponiendo que quizás había ido a dormir una siesta.
La encontré allí, caminando de un lado a otro lentamente.
No podía adivinar qué pensaba de las noticias que le había hecho mostrar Elena, pero capté lo suficiente.
Sus hombros caídos. La cabeza gacha. Esos rizos rojos le ocultaban el rostro, y supe sin verlo que estaría frunciendo el ceño, con gesto hosco o atrapada en una mueca de mal humor.
—¿Qué quieres? —preguntó sin levantar la vista. Había detectado mi presencia al entrar lentamente en la habitación. Me solté la coleta y dejé que el pelo cayera libre, evitando el escozor en el cuero cabelludo por haberlo llevado demasiado tirante.
—¿Ahora mismo? —la intercepté mientras caminaba, impidiendo que volviera a recorrer la alfombra.
Deslizando mi brazo alrededor de su cintura, me convertí en una barrera.
Ella se dejó caer hacia delante y levantó la cabeza para fulminarme con la mirada.
Antes de que pudiera protestar o esquivarme, di un paso hacia delante y la atraje hacia mí.
Cerrando los brazos a su alrededor, no dejé ningún hueco o espacio entre nosotros.
Estaba pegada a mí, sus pechos aplastados contra mi torso mientras alargaba el cuello para mirarme directamente.
—Podría pensar en una cosa o dos que nos entretendrían.
Apretó los labios y demasiado rápido, esa mirada perdida y conflictiva regresó a sus ojos. El destello de lucha la abandonó.
—¿Cuál es? ¿Quieres que traicione a la agencia y trabaje para ti? ¿O que sea tu juguete?
—¿Por qué no las dos?
Ahora sí reaccionó. Entrecerró los ojos y se retorció para zafarse.
La sostuve más cerca, demasiado excitado para mi propio bien. —Dime una cosa, Pelirroja. Puedes asumir que pedir tu ayuda es una traición.
—Lo es. Levantó la barbilla, deslumbrándome con esa rebeldía. Se había cambiado las gafas por lentillas y disfruté de que nada sirviera de barrera para observar su rostro.
—¿Y qué hay de la traición que ellos cometieron contigo primero?
Eso la calló. Examinó mi rostro con una obstinada determinación a no estar de acuerdo conmigo.
—Te enviaron a ese lugar donde supuestamente te dispararon. Eres demasiado inteligente para no preguntarte si fue un montaje. Y si lo fue, los únicos que podrían haberlo organizado serían ese superior y esos compañeros a los que quieres creer correctos, no equivocados.
Tragó saliva con dificultad, notando cómo se tensaba su garganta.
—Llevas más de una semana fuera de su alcance y ni siquiera te han buscado. Eres demasiado lista para no darte cuenta de que quizá cuentan con que no vuelvas a aparecer.
Cuando empezó a bajar la mirada, la abracé con más fuerza para que me mirara.
—¿Y qué hay de esa traición? —pregunté, fascinado por el dolor que mostraba su rostro expresivo.
—No lo sé —aclaró su garganta—. No sé qué pensar de que me hayan traicionado o me hayan tendido una trampa, si es que eso fue lo que pasó. Solo sé que me estás pidiendo que cuestione mi lealtad.
No iba a ocultarlo. —Así es.
—Toda mi vida quise servir como lo hicieron mis padres. Estar del lado correcto de la ley está en mi sangre. Es mi pasión. Mi propósito.
—¿Para que te disparen? ¿Para morir?
Frunció el ceño.
—¿Qué propósito has tenido trabajando para ellos hasta ahora? Con escasas recompensas y casi ningún reconocimiento como novata. ¿Enviada a que te maten? —me burlé.
—No se supone que sea así. No lo entiendes.
—Entonces convénceme. Haz que lo entienda.
Se lamió los labios y frunció el ceño. —Crecí sabiendo que quería acabar con los criminales…
—Pues hazlo.
Me miró con furia, sus ojos verdes cristalizados por la ira.
—Acabar con criminales como esos que están a sueldo para hacerle el trabajo sucio a otros criminales.
—Ah, ¿y tú estás exenta de eso?
No respondí.
—Tú eres el tipo de criminal que se supone que debo querer detener.
Tú y tus hombres de la Bratva. Sois el blanco de todas las agencias de la ley.
Y, sin embargo, aquí estoy. Obligada a actuar como tu supuesta invitada.
Esperando engañarme a mí misma pensando que soy una especie de compañera de piso bajo tu custodia.
Me estás pidiendo que me traicione a mí misma, Viktor.
La observé, maravillado por lo feroz que podía ser incluso cuando estaba asustada y atrapada en una posición que no deseaba.
—Me pides que traicione los ideales por los que siempre he luchado.
Que te dé mi lealtad. Suspiró levemente, como si la idea fuera tan absurda que ni siquiera podía convencerse a sí misma.
Porque es todo o nada. No puedo ofrecerte ideas y seguir llamándome miembro de la agencia.
No puedo hacerte un favor y esperar que me devuelvan a mi vida cuando surja la oportunidad.
—¿Cómo puede siquiera estar esa posibilidad sobre la mesa?
Apretó los labios con fuerza.
—¿Cómo puedes pensar que alguien te va a dar la bienvenida en esas oficinas después de que supuestamente te tendieran una trampa para matarte en tu primera noche de trabajo?
—¡No sé qué pensar ya! —Lo soltó como una confesión desgarradora que seguramente odiaba compartir conmigo. O con cualquiera. La terquedad y el orgullo eran fuerzas poderosas, pero en este contexto los usaba como escudo.
—No sé qué pensar, Viktor. De ver toda esa evidencia de sobornos.
De que mi superior y mis colegas conspiren con el enemigo.
Volvió a lamer sus labios. Sabía que no lo hacía para provocarme, sino simplemente por hablar tan acalorada y rápidamente.
Pero maldita sea, ese gesto me afectaba.
Me sentía tentado a callarla y mostrarle que no necesitaba pensar.
Que solo podía sentir. Sentirme a mí. Sentir mi boca sobre la suya hasta que ella susurrara de deseo y yo gruñera de lujuria.
—No sé qué pensar de que me provoques y me hagas creer que puedo encajar en esta locura que llamas vida. No sé qué pensar de tu petición de ayuda cuando significa renunciar a mi brújula moral.
Agarré la parte trasera de su camisa con los dedos, mi corazón acelerado por la adrenalina residual que su discurso cada vez más frenético me provocaba.
Nos separaban apenas centímetros, y ya estaba al límite de perder el control.
—No sé qué pensar de que me beses y me toques… —frunció el ceño mientras bajaba la voz. Mirándome así, me hechizaba—. No sé qué pensar de lo liberador que fue dejarte… dejarte entrar bajo mi piel de esta manera y hacerme desear más.
—Pues no lo hagas. Me incliné para besarla. No se resistió ni forcejeó. Permaneció quieta y demasiado rígida para mi gusto, con los ojos cerrados mientras yo me separaba. No pienses, Wren.
Soltó un suspiro profundo y abrió los labios. Antes de que pudiera discutir más, me incliné y reclamé su boca de nuevo.
Primero abrió los puños que había mantenido apretados entre nosotros. Después posó las palmas de sus manos sobre mi pecho. Mi corazón latía con fuerza bajo mi caja torácica, y se volvió aún más emocionante cuando se aceleró todavía más.
Por ella. A causa de ella.
El calor me invadió, aplastándome con el peso plúmbeo de mi sangre precipitándose hacia el sur. De la emoción de tener otra oportunidad de poseerla.
Retrocedí apenas un centímetro, lo suficiente para que nuestro aliento siguiera mezclándose en el reducido espacio entre nosotros.
Mientras clavaba la mirada en el deseo candente que danzaba en sus ojos verdes, me agaché para alzarla.
Al levantarla del suelo, volví a aplastar mis labios contra los suyos.
Ella entrelazó los brazos alrededor de mi cuello, aferrándose con fuerza mientras entreabría la boca y libraba un duelo con mi lengua mientras yo la asaltaba buscando su dulce sabor.
Sus piernas siguieron el ejemplo bajo mis manos en su trasero, incitándola a envolver aquellas extremidades esbeltas alrededor de mi cintura.
Besándola y ahogándome en la magia de su respuesta, la llevé hasta la cama.
No al sofá.
Mi cama, donde debería haber estado todo este tiempo.
Me tumbé sobre ella, cubriéndola mientras empezaba a tirar de su ropa.
Ella tampoco se quedó quieta, sus dedos aferrándose a mi camisa, luego a mis pantalones.
Ya no había vacilación. Desde que yo había dado el primer paso y me había acercado a ella cuando estaba confundida sobre su propósito y todo ese rollo de hacer lo correcto, ella se había entregado por completo y estaba igual de impaciente por desnudarnos lo más rápido posible.
Nos despojamos de la ropa sin delicadeza. La tela rasgada y los botones perdidos no nos frenarían. Juntos, competíamos por sentir cada centímetro desnudo del otro. Por frotarnos y comenzar esa adictiva fricción entre su coño y mi polla. Sus pechos y mi pecho.
Tanteándonos mientras nos desnudábamos, chupé sus labios sabiendo que los preliminares tendrían que esperar a la próxima vez. Y a la siguiente. Y a la otra después de esa.
Me incorporé, separando mi boca de la suya para contemplarla desparramada en mi cama. Ese halo de pelo rojo esparcido sobre el edredón azul oscuro. Sus mejillas sonrosadas y sus pezones erectos. Su vientre plano y sus piernas esbeltas abriéndose lentamente.
—No pienses —le dije mientras me colocaba entre sus piernas. Deslicé los dedos por su entrada, embadurnándome de su crema—. Solo siénteme. —Encajé mi polla en su entrada húmeda y agarré sus muslos. Luego, al separarlos y levantar su trasero del colchón, me embestí hasta el fondo.
Sin preámbulos.
Sin aviso.
Un deslizamiento suave y veloz.
Sus paredes húmedas me envolvieron, absorbiéndome. Su cuerpo tembló, reteniéndome en lo más profundo con mis pelotas pegadas a sus nalgas.
Sosteniéndola y cerniéndome sobre ella, grabé su imagen en mi memoria. Exactamente así. Abierta. Expuesta.
Mía.
—Siénteme.
Ella asintió, como si lo tomara por una pregunta.
—Siénteme follándote ese coño apretado —gruñí al retirarme y embestir de nuevo.
—Lo hago. Yo… Lo hago… —Apenas podía respirar, y mucho menos hablar. No esperé para establecer un ritmo implacable, hundiéndome en ella una y otra vez hasta donde pudiera soportar. Mis pelotas ya se tensaban. Estaba al borde del estallido.
Manteniendo un firme agarre en sus piernas, la mantuve abierta para ver cómo mi polla desaparecía dentro de ella. Los sonidos de succión de la lubricación natural compitieron con la música de sus jadeos y gemidos.
Nunca lo olvidaría. La visión de ella tomándome así, fuerte y rápido, era una imagen que planeaba llevarme a la puta tumba. De su coño envolviéndome. De sus pechos moviéndose y rebotando con tanta rapidez. De su boca abriéndose en una perfecta O mientras se tensaba y luego colapsaba.
Ella llegó al orgasmo con un grito, mirándome con esa tormenta tumultuosa de deseo y odio.
Ahora no era el momento de debatir si esto era un accidente o un error.
Era demasiado buena, demasiado perfecta.
Me rendí y exploté. Mi control se quebró al embestir un par de veces más y disparar mi semen dentro de ella. Cada gota. Toda mi semilla. Lo tomó todo mientras recuperaba el aliento y temblaba bajo mí.
Con una fuerte exhalación, caí. Derrumbándome sobre ella, forcé a mi corazón a calmarse mientras la cubría y cerraba los ojos.
La sentí por completo, sus músculos internos todavía aleteando y apretándose alrededor de mi polla.
La sentí.
Y no pude evitar pensar en que mi necesidad por ella probablemente nunca terminaría.