Manual para un Novio de Mentira El Abogado que Escuchaba Pódcasts
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El Abogado que Escuchaba Pódcasts

El Abogado que Escuchaba Pódcasts

Daniel

La bandeja de entrada del correo corporativo acumulaba notificaciones que pasaba de largo.

El informe de Transportes del Sur seguía estancado en la página treinta y cuatro.

Durante las últimas dos horas, mi único avance real había sido arrastrar el cursor de una línea a otra, fingiendo descifrar párrafos sobre la responsabilidad civil de los fletes marítimos.

Las palabras se emborronaban en la pantalla, reducidas a una masa grisácea de tipografía estéril.

El apartamento de la planta veinticuatro, en el Distrito Argenta, guardaba un silencio casi sólido.

Imperaba el orden que siempre había exigido: los cojines del sofá alineados al milímetro, la encimera de inducción libre de huellas y ni un solo papel fuera de su sitio en la mesa de nogal. Un entorno simétrico y frío.

En la esquina del escritorio, el Acuerdo de Cooperación y Representación Social Privada descansaba bajo el haz de la lámpara de lectura.

Las tres páginas impresas en Courier, con la firma morada de Julia invadiendo el margen inferior, se asemejaban al acta de una derrota redactada por mí mismo.

El plazo de las seis de la tarde del lunes había vencido hacía más de veinticuatro horas.

La farsa había concluido; el contrato estaba extinto.

Me pasé la mano por la nuca. El cuello me pesaba menos sin la corbata gris que había dejado abandonada en la barra del Mirador de las Olas.

Al cerrar los ojos, el aroma a sándalo de mi piel traía de vuelta la brisa marina del acantilado y el tacto de su mano, pequeña y cálida, encajando bajo el mantel durante la cena de ensayo.

Había conducido dos horas por la autopista de regreso como un autómata, escudándome en cláusulas de confidencialidad y protocolos de rescisión, porque admitir que el suelo se había movido bajo mis pies me aterrorizaba.

La dejé en la acera del Barrio Mosaico, junto a su maleta amarillo mostaza, despidiéndome con un frío «gracias por tus servicios» que ahora me sabía a ceniza.

Preferí salvar mi estructura antes que arriesgarme a lo impredecible.

El teléfono, junto al teclado, vibró sobre la madera.

El zumbido seco me hizo dar un respingo.

La pantalla se iluminó en la penumbra del despacho.

No era un correo del bufete ni un mensaje de Clara, que llevaba todo el día ignorando mis llamadas en un evidente castigo silencioso.

Era una notificación de la aplicación de pódcasts.

Había descargado la aplicación el lunes por la noche, en un arrebato de debilidad que no habría confesado ante ningún tribunal.

Busqué *Desastres y Citas*, seleccioné el botón de seguir y desactivé las alertas visuales para evitar que el icono flotara en mi pantalla en la oficina.

Sin embargo, la notificación de publicación seguía activa.

*Desastres y Citas · Hace un momento* *Nuevo episodio: El Experimento del Novio Perfecto.*

El aire se me atascó en la garganta. El título era un impacto directo. Me quedé mirando las letras blancas sobre el fondo oscuro de la pantalla, con el pulgar flotando a un milímetro del cristal. El pulso me golpeaba en las sienes, ajeno a cualquier intento de control lógico.

«El Experimento del Novio Perfecto».

Ella lo había hecho. Tomó el fin de semana, nuestras conversaciones a oscuras y el desastre de la suite 312 para arrojarlos a la trituradora de su pódcast. Había cumplido su parte del trato: conseguir el material que salvaría su carrera.

Un frío repentino me recorrió la espalda.

Conocía el formato de su programa; había escuchado, con una mezcla de incredulidad y desdén, el episodio del inversor en criptomonedas y el del mago aficionado.

Sabía cómo funcionaba su mente: tomaba la realidad, la exageraba con analogías afiladas, le añadía cinismo pop y la servía en bandeja de plata para que miles de desconocidos se rieran en el metro de camino al trabajo.

¿Qué sería yo en su narración? ¿El Abogado de Hierro?

¿El alienígena corporativo que requería quince páginas para autorizar un roce de manos?

¿El tipo rígido que medía las distancias con escuadra y cartabón, el que había levantado una trinchera de almohadas en mitad de una cama King Size para protegerse de una mujer descalza con una camiseta de los Cazafantasmas?

Imaginé su voz, rápida y despiadada, desmenuzando mi necesidad de control ante el micrófono.

La tía Carmen, el vestido verde botella, la humillación de Sofía en la terraza.

.. todo reducido a un chiste de tres minutos con efectos de sonido en la posproducción.

El remate final de su mejor broma. La confirmación de que, para ella, todo había sido una transacción excelente, un servicio prestado con un gran retorno de inversión.

Me apoyé en el respaldo de la silla y cerré los ojos.

Si escuchaba aquello, si oía mi propia vulnerabilidad convertida en entretenimiento, la última rendija de esperanza se cerraría.

Sería la prueba irrefutable de que las cláusulas de confidencialidad que yo tanto defendía eran necesarias; de que el mundo exterior era un lugar hostil donde mostrarse sin blindaje equivalía a un suicidio táctico.

Y, sin embargo, mi mano se movió hacia el cajón del escritorio. Saqué los auriculares de diadema negros, de cuero mate y cancelación de ruido. Los conecté al teléfono con un movimiento mecánico. Tenía los dedos fríos.

Podía apagar el móvil. Podía borrar la aplicación, archivar el contrato en la carpeta de asuntos concluidos y bajar al garaje para conducir sin rumbo por la circunvalación hasta que el amanecer borrara el rastro del fin de semana.

Podía volver a ser el Daniel Valdés de la planta cuarenta y dos.

El hombre que no cometía errores de cálculo.

Miré la firma morada en el papel de ochenta gramos. La curva de la «J» era caótica, rápida, desordenada. Invadía el texto impreso con una audacia que me había parecido intolerable el jueves por la mañana y que ahora resultaba lo más vivo que había entrado en este apartamento en años.

Me coloqué los auriculares. El murmullo lejano del tráfico del Distrito Argenta desapareció de golpe, sustituido por el silencio absoluto de la cancelación de ruido.

Un vacío artificial que esperaba ser llenado.

Sostuve el teléfono frente a mí. El cursor parpadeaba sobre el botón de reproducción, un círculo naranja con un triángulo en el centro que parecía un punto de no retorno.

Me preparé para el golpe. Para escuchar la caricatura de mí mismo, el sarcasmo que tanto odiaba y la risa de Julia distanciándose de todo lo que habíamos compartido en la suite 312.

Prefería la certeza de su burla antes que el silencio estático de mi apartamento.

Apreté los dientes, contuve el aliento y presioné el botón de reproducción.

El triángulo naranja se transformó en las dos barras de pausa y un siseo imperceptible llenó la cúpula de mis auriculares.

Contuve la respiración, con la yema del pulgar apoyada sobre el cristal templado de la pantalla, esperando la ráfaga de pop acelerado o la voz estridente de sus aperturas habituales.

Tensé la mandíbula para el impacto de la primera burla.

Pero no hubo música.

—Hola —dijo.

Llegó con una vibración baja, desprovista del brillo artificial de sus grabaciones.

No era la presentadora de *Desastres y Citas*; era la mujer sentada en el suelo de la suite 312, con las piernas cruzadas, mirándome por encima de una trinchera de cojines grises con los ojos desarmados por el cansancio.

Su voz sonaba ronca, suspendida en un espacio estrecho, como si susurrase a mitad de la noche para no romper el aire de la habitación.

—Hoy no hay desastre de la semana —continuó. Se oyó el roce de sus labios contra el micrófono—. No hay capturas de pantalla de Tinder que parezcan redactadas por un guionista de comedias de terror... Hoy quiero hablarles de un acuerdo.

Cerré los ojos. En la penumbra de mi despacho en el Distrito Argenta, el silencio exterior desapareció bajo la cancelación de ruido. Solo existía esa frecuencia.

—Vamos a llamarlo el Experimento del Novio Perfecto —dijo.

Su tono arrastraba una cadencia pausada, áspera—.

La premisa era sencilla: dos personas desesperadas que deciden que mentir es la forma más eficiente de conseguir lo que quieren.

Él necesitaba un escudo. Alguien que lo acompañara a la boda de la persona que le había roto el corazón, solo para demostrar que las piezas de su mundo seguían encajando.

Y yo... yo necesitaba una historia. Mi carrera dependía de encontrar un desastre lo bastante grande como para pagar el alquiler.

Apoyé el codo en la mesa de nogal y me cubrí la boca con la mano. Las tres páginas del contrato impreso en Courier seguían allí, bajo la lámpara de lectura, pero las cláusulas perdieron peso ante la precisión de sus palabras.

—Él era un hombre de líneas rectas. De trajes azul marino impecables y de una necesidad de medir las distancias con escuadra y cartabón. Alguien que redactó un documento legal para autorizar un roce de manos.

Me enderecé en la silla. No había cinismo en su voz, sino una solemnidad extraña, una ternura involuntaria.

—Nos pusimos límites: cláusulas de confidencialidad, un anexo para emergencias que permitía un beso táctico si la situación lo requería, y una distancia de seguridad que parecía lógica sobre el papel. Pero la lógica se desmorona cuando estás a solas con alguien en una carretera de la costa.

El atasco en el kilómetro 42 regresó con la fuerza de un impacto físico. El calor del habitáculo, el olor a sándalo y gominolas, el instante exacto en que giré la palma sobre la consola central buscando un contacto que el contrato no preveía.