Capítulo 19El Abogado que Escuchaba Pódcasts #2
—La farsa tiene una inercia peligrosa —prosiguió tras una pausa honda—.
Empiezas a actuar para un público de tías preguntonas y exnovias con la mirada afilada, y de repente te encuentras inventando un pasado común que se siente más cálido que tu presente.
Te descubres memorizando que su primer fracaso culinario fue un arroz con vinagre de limpieza.
.. o que su mirada se desvía hacia el nudo de su corbata cuando pierde el control.
Me llevé la mano al cuello de la camisa, desabrochado desde hacía horas, buscando un nudo inexistente. Había registrado cada uno de mis tics, no como un perito que busca fallos en una declaración, sino con la minuciosidad de quien descifra un idioma extranjero.
—Y entonces el hotel se queda sin habitaciones separadas —su risa habitual asomó un instante, truncada, más suave—.
Una suite nupcial. Una sola cama. Construimos una trinchera en mitad del colchón con tres cojines de terciopelo gris y dos cuadrantes.
La llamamos la Gran Muralla. Nos prometimos no cruzarla, como si un trozo de tela pudiera protegernos al apagarse las luces.
Pero las trincheras solo sirven cuando el enemigo está fuera.
Cuando el peligro está dentro, cuando lo único que quieres es estirar la mano un par de centímetros para comprobar si su piel está tan templada como la tuya, la muralla se desmorona sola.
El pulso me golpeó en las sienes. Las frentes apoyadas, el olor de su pelo, el sabor de su boca regresando con una nitidez que me hizo apretar los dientes.
No había sido una anomalía operativa ni el cansancio.
Había sido el colapso de mis defensas, y ella lo nombraba ante miles de personas, desarmada.
—El contrato decía que todo era una transacción —su voz tembló, un quiebro que el micrófono registró con nitidez—.
Pero nadie firma un contrato para que lo defiendan como él lo hizo.
En mitad de una terraza de piedra volcánica, rodeado de la gente que esperaba ver su derrota, él se puso delante de mí.
No usó su lenguaje de abogado. No defendió su orgullo.
Me defendió a mí. Reveló mis propios miedos ante desconocidos, contó lo mucho que me aterra la estabilidad porque creo que el dolor es lo único que me hace interesante, ya que la felicidad me daría un silencio que no sabría cómo llenar.
.. y lo dijo con una voz tan limpia que, por primera vez, el ruido de mi cabeza se apagó.
Me incliné hacia delante, apoyando ambos codos en la madera, con los ojos fijos en la pantalla del teléfono donde la onda de sonido seguía reproduciéndose.
No era una burla al «Abogado de Hierro». Traducía el momento en que rompí mis propias reglas para protegerla. Exponía su vulnerabilidad, la misma que yo había usado como escudo en el acantilado, pero esta vez lo hacía para rescatarme de mi aislamiento.
—Fingir con él ha sido lo más honesto que he hecho en mi vida —su voz bajó un tono, convertida en un susurro dirigido a un único receptor—.
Y ese es el problema. Cuando el lunes llegó y el plazo expiró a las seis de la tarde, el coche gris plomo se alejó por mi calle y las luces rojas se perdieron detrás de la antigua imprenta.
El contrato terminó. Las cláusulas de rescisión se ejecutaron sin incidentes.
Y yo me quedé en la acera, con una maleta amarilla, deseando que la mentira no hubiera acabado nunca.
Mis propias palabras durante el viaje de vuelta cayeron como una losa: «Gracias por tus servicios, Julia.
Fuiste muy convincente». Mientras ella se desarmaba en la autopista, yo me había refugiado en la frialdad de una liquidación de contrato para no admitir que el suelo se movía.
La había dejado en la acera con su maleta amarilla, devolviéndola al caos que yo pretendía despreciar, solo para regresar a la simetría estéril de mi apartamento.
—Siempre pensé que mi mayor talento era sobrevivir a las caídas —continuó tras un suspiro largo, limpio de artificios—.
Coleccionaba citas espantosas como quien junta imanes de nevera de lugares a los que no piensa volver.
.. Pero este fin de semana no hubo cenizas. Hubo fuego. Y me dio pánico quemarme.
La onda de sonido en la pantalla mostró un valle de silencio de varios segundos. En ese intervalo, el tictac del reloj de mi cocina pareció detenerse.
—Ayer por la tarde, mientras veía el coche gris alejarse por mi calle, lo entendí —el temblor de su voz se acentuó—.
El fin de semana con él fue aterrador porque no había un guion.
Cada vez que me miraba, cada vez que me sujetaba por la cintura o me apartaba el pelo de la cara, el suelo se movía.
No era un desastre cómodo. Era algo real, impredecible.
Y ayer, cuando el contrato expiró a las seis de la tarde, lo vi abrocharse el cuello de la camisa y volver a ponerse su armadura.
Eligió la seguridad de su oficina impecable y su silencio estructurado antes que arriesgarse a sostener lo que habíamos construido.
Y yo... yo me bajé del coche y lo dejé ir porque tenía exactamente el mismo miedo.
El aire se me atascó en la garganta. Ambos habíamos construido fortalezas distintas —yo con cláusulas y trajes de tres piezas; ella con chistes y cinismo— solo para protegernos de la misma intemperie.
—Así que aquí estoy —cerré los ojos ante la cercanía de su voz, sintiendo el roce de su respiración en mi mejilla—.
Grabando un episodio que probablemente destruya mi carrera, porque ningún patrocinador va a querer asociarse con una mujer que acaba de dinamitar su propio pódcast. Pero ya no puedo mentirles.
No puedo venderles otra comedia ligera sobre lo divertido que es estar sola.
.. Y creo que el verdadero desastre no fue que todo saliera mal.
El desastre fue darme cuenta de que, por primera vez, no quiero la historia divertida.
Quiero el glorioso y aterrador desastre de algo real.
El siseo del audio se prolongó durante un segundo más y, de repente, la pista terminó.
Un silencio absoluto, denso y artificial, regresó al interior de mis auriculares bajo la cancelación de ruido.
Su última frase resonó en el vacío del apartamento, como un susurro directo al oído.
La pantalla del teléfono se atenuó antes de quedar completamente negra, reflejando la silueta de mi rostro en el cristal.
Me quedé inmóvil, con las manos apoyadas sobre la mesa de nogal y la mirada fija en el vacío de la habitación.
Las paredes simétricas de mi apartamento, el orden impecable del Distrito Argenta y las tres páginas del Acuerdo de Cooperación que descansaban a mi izquierda eran los restos de un naufragio costoso.
Y yo seguía sentado en una silla de despacho, mi vida reducida una vez más a medir las distancias.
Me arranqué los auriculares y los dejé caer sobre la mesa de nogal, justo encima de las hojas del acuerdo donde la firma morada de Julia destacaba bajo el haz de la lámpara.
El silencio artificial de la cancelación de ruido desapareció, sustituido por el zumbido de la nevera en la cocina y el latido desbocado de mi propio pecho.
Me quedé mirando el monitor. El contrato de fusión de Transportes del Sur seguía abierto en la página treinta y cuatro; el cursor parpadeaba al final de una cláusula sobre indemnizaciones por demora.
Un párrafo impecable, redactado con la precisión de quien cree que el mundo puede gobernarse mediante indemnizaciones tasadas.
Absurdo.
No había cláusula de indemnización para lo que acababa de escuchar. Siete minutos y doce segundos de audio habían bastado para desmantelar tres años de meticulosa reconstrucción.
Su voz, todavía vibrando en el despacho, había desnudado mi armadura con una facilidad humillante.
Había llamado a mi retirada por lo que realmente era: miedo disfrazado de protocolo.
No había desprecio en sus palabras, sino el mismo pánico que me paralizaba a mí ante un suelo que no dejaba de moverse.
Me levanté tan rápido que la silla de cuero retrocedió con un chirrido sobre el parqué.
El movimiento, brusco y carente de mi habitual simetría, golpeó el borde del escritorio y tiró un bolígrafo de metal que rodó hasta caer al suelo con un chasquido seco.
No me agaché a recogerlo ni lo alineé junto al teclado.
Miré mis manos. Estaban tensas, pero no entrelacé los dedos para ocultar el temblor. El pulso me golpeaba en la base del cuello, rápido, vivo.
«Quiero el glorioso y aterrador desastre de algo real».
La frase de Julia se repetía en mi cabeza como una sentencia inapelable.
Ella había dinamitado su propio pódcast, su trinchera cínica, solo para poner la verdad sobre la mesa.
Había saltado sin red. Y yo, el hombre que se jactaba de anticipar los riesgos en una hoja de cálculo, me había quedado en la orilla midiendo la temperatura del agua con un contrato de tres páginas.
Me pasé la mano por el pelo, alborotando el corte que el peluquero del club financiero mantenía siempre bajo control.
Me desabroché el segundo botón de la camisa de sastre.
El aire entró en mis pulmones sin el obstáculo de la corbata de seda gris que había dejado abandonada en el Mirador de las Olas.
No había plan de contingencia. Ni un dossier con perfiles de obstáculos, ni un itinerario con tiempos de llegada estimados al Barrio Mosaico. Ningún análisis de pros y contras archivado en mi cabeza.
Caminé hacia el recibidor. Mis pasos resonaban en el apartamento vacío, rompiendo la quietud que me había servido de búnker. El orden de este lugar ya no era una victoria sobre el caos; era un inventario de cosas que no podían devolverme la mirada.
Agarré las llaves del coche del cuenco de cerámica de la entrada. El tintineo del metal activó un resorte en mis piernas.
Crucé el umbral hacia el pasillo alfombrado sin apagar las luces ni cerrar el portátil. En la pantalla del despacho, el cursor seguía parpadeando sobre la página treinta y cuatro de Transportes del Sur, constante e inútil.
El ascensor tardó doce segundos. Doce segundos en los que mi zapato no dejó de golpear el suelo.
Al abrirse las puertas metálicas, entré y pulsé el botón del sótano.
El espejo de la cabina me devolvió la imagen de un hombre con las mangas arrugadas, el cuello abierto y la mirada fija en el indicador de plantas.
No parecía un socio júnior de Roca el eco de mis zapatos contra el pavimento resonaba como un metrónomo acelerado. Desbloqueé el cierre y me metí en el habitáculo.
El olor a sándalo seguía allí, pero esta vez no trajo el recuerdo de la autopista silenciosa del lunes. Trajo la urgencia de la suite 312, el roce de sus dedos en mi nuca y la negativa absoluta a aceptar la distancia que yo mismo había impuesto.
Arranqué el motor. El zumbido del bloque de seis cilindros llenó el espacio cerrado.
No programé el navegador; no necesitaba que una voz sintética me indicara el camino hacia el Barrio Mosaico.
Me sabía de memoria cada giro, cada semáforo y cada bache de la calle donde la había dejado hacía veinticuatro horas.
Engrané la primera marcha y aceleré hacia la rampa. Los neumáticos chirriaron sobre el suelo de pintura epoxi. Al salir a la superficie, la brisa marina y la luz anaranjada de las farolas del Distrito Argenta barrieron el capó, desdibujando la simetría de los rascacielos.
Por primera vez, no tenía un guion escrito.
No sabía qué le diría cuando abriera la puerta, ni cómo convencerla de que el autómata del lunes había desaparecido en el instante en que ella pulsó el botón de publicar.
Solo sabía que el coche avanzaba hacia el oeste, hacia el desorden, las tazas de café acumuladas y la única persona capaz de hacerme perder el control. Iba a llegar a tiempo.