El Último Baile de la Farsa
El Último Baile de la Farsa
Daniel
El hielo de mi vaso de whisky se había derretido, reduciendo el líquido ámbar a una mezcla tibia.
Apoyé los antebrazos en la barra del salón principal del Mirador de las Olas, sintiendo la vibración de los bajos en la madera.
A mi alrededor, la formalidad de la tarde se disolvía bajo las guirnaldas de luces y el calor de la barra libre.
Los hombres se habían despojado de las chaquetas de lino; las mujeres bailaban descalzas sobre el granito pulido, con las sandalias de tacón en la mano.
El orden se desmoronaba y, por primera vez, no sentía la menor urgencia por restaurarlo.
Al otro extremo de la pista, junto a los ventanales de la terraza, Julia hablaba con mi tía Carmen, que la escuchaba sosteniendo una copa de cava con una sonrisa hipnotizada.
Julia gesticulaba con su habitual vehemencia, dibujando trazos en el aire para ilustrar alguna anécdota que, con seguridad, estaba deformando para entretener a mi familia.
El vestido verde botella captaba los destellos de los focos y su pelo oscuro, libre de horquillas, caía sobre sus hombros con un desorden que desafiaba la simetría del salón.
Su risa, limpia y sonora, flotó por encima del murmullo de la multitud y el estruendo de los altavoces hasta alcanzarme.
En ese instante, una lucidez afilada como un bisturí me atravesó el pecho.
Durante dos años, construí mi vida como un contrato de fusión: blindado contra imprevistos, con cláusulas de rescisión para cada vulnerabilidad y un inventario estricto de emociones permitidas.
Cuando Sofía me traicionó con Marcos, lo que dolió no fue la pérdida del amor, sino la humillación de descubrir una grieta imprevista en mi sistema infalible.
Había venido a este hotel con un dossier de quince páginas y un acuerdo de tres hojas impresas en Courier solo para demostrarle a mi pasado que el control seguía siendo mío.
Qué soberbio estúpido había sido.
En la mesa presidencial, Sofía y Marcos conversaban con un grupo de invitados.
Ella mantenía su postura perfecta, el encaje del vestido de novia impecable y una sonrisa calculada al milímetro.
Al mirarla, no experimenté rabia, ni el escozor del orgullo herido, ni la urgencia de demostrar que mi vida era mejor que la suya.
La farsa que Julia y yo habíamos montado ya no tenía un tribunal al que convencer; el caso estaba cerrado.
El verdadero peligro no era Sofía. El verdadero peligro era el lunes.
El lunes por la mañana, el coche aparcaría frente al portal del Barrio Mosaico.
Yo le entregaría su maleta amarillo mostaza con un apretón de manos formal, ella subiría a su apartamento para encender el micrófono Shure y nuestro acuerdo se extinguiría por cumplimiento de objeto.
Sin prórrogas ni anexos de emergencia. Yo regresaría a la planta cuarenta y dos de Roca no me detuve a comprobar si se derramaba.
Me llevé la mano al cuello. Desabotoné el primer ojal de la camisa y aflojé el nudo de la corbata azul marino, el mismo que ella había ajustado esa mañana en nuestra habitación mientras yo sentía el calor de sus dedos contra mi garganta. Dejé caer la seda sobre la barra, junto al vaso tibio.
Comencé a caminar.
La pista de baile era un obstáculo de hombros, risas y vestidos de seda.
Esquivé a Gonzalo, que intentó detenerme con una palmada, y pasé de largo ante la mirada curiosa de Valeria.
Mi atención estaba fija en el verde de su vestido, en la curva de sus hombros y en la forma en que inclinaba la cabeza al escuchar.
A medida que me acercaba, la música se ralentizó, dando paso a los acordes de una balada de los noventa que flotó sobre el salón como una tregua. Las luces cambiaron a un azul profundo, imitando la oscuridad del océano tras los ventanales.
Mi tía Carmen fue la primera en verme llegar. Interrumpió su frase a medias, miró mi cuello desabotonado y luego desvió los ojos hacia Julia con una sonrisa cómplice. Dio un paso atrás, murmuró una excusa sobre buscar a mi padre y se perdió entre la multitud.
Julia se giró despacio.
Al verme, la risa que aún temblaba en sus labios se apagó.
Sus ojos oscuros, dilatados por la penumbra, recorrieron mi rostro, deteniéndose en mi cuello abierto y luego en mis manos vacías.
Dio un paso hacia mí, casi imperceptible, en silencio.
El murmullo de las doscientas personas a nuestro alrededor se redujo a un ruido blanco, un eco lejano que el viento del acantilado terminó de barrer.
Apenas un paso nos separaba. Podía oler el perfume ligero de su piel, mezclado con el salitre que entraba por la terraza.
No había guion. Ni reglas de contacto físico redactadas en una servilleta morada, ni cláusulas de emergencia que justificaran lo que estaba a punto de hacer. Mi mano derecha, libre de protocolos, se alzó despacio en el espacio que nos separaba.
Extendí la palma, con los dedos abiertos, ofreciéndole el último baile de nuestra farsa en un silencio absoluto.
Julia miró mi mano extendida. Vaciló un segundo, con los ojos oscuros fijos en mi cuello desabotonado, donde la ausencia de la corbata dejaba al descubierto la piel. Luego, deslizó sus dedos sobre mi palma.
Su mano, fría en contraste con la mía, se cerró con una fuerza ajena a cualquier protocolo. No quedaba rastro de la distancia reglamentaria que dictaba nuestro acuerdo. Al dar un paso al frente, ella no retrocedió; se acopló a mi movimiento, anulando el espacio entre los dos.
La música nos envolvió en un vaivén lento que amortiguó las risas de la barra libre y el tintineo de las copas.
Rodeé su cintura, percibiendo la seda verde botella y la curva firme de su espalda.
Su mano izquierda descansaba en mi hombro, rozando apenas la chaqueta, mientras manteníamos las otras manos unidas, bajas, apretadas entre nuestros pechos.
Giramos despacio. El salón, con sus guirnaldas de luces y los invitados vestidos de lino, se desdibujó. Dejé de ver a mi tía Carmen, a mi padre y a Sofía en la mesa presidencial. Solo quedaba el peso de Julia contra mí, el ritmo pausado de su respiración y el roce de su frente en mi hombro.
—No tienes la corbata —susurró. Su voz, apenas un hilo, vibró directamente en mi pecho.
—La he dejado en la barra —me incliné hacia su oído—. Junto a un whisky aguado. Me molestaba.
—¿El whisky o la corbata?
—El control, Julia.
Ella se tensó un instante, pero no se alejó. Apoyó la mejilla contra mi pecho, allí donde mi corazón golpeaba desbocado. Olía a salitre y a las flores de su pelo, el mismo desorden oscuro que esa mañana se desparramaba sobre la almohada de la suite 312.
Dimos otro paso, casi inmóviles en el centro de la pista. Mis dedos se hundieron un poco más en la seda de su cintura, buscando el calor de su piel, el único punto firme en un fin de semana de fachadas.
—¿Qué estamos haciendo, Daniel? —preguntó sin levantar la cabeza. Sus dedos arrugaron la lana de mi chaqueta.
—Bailar.
—Esto no estaba en el itinerario de quince páginas.
—El itinerario terminó en el brindis.
—¿Y las cláusulas de emergencia? —Su voz sonó quebrada, desprovista de su habitual sarcasmo—. ¿Hay algún anexo para cuando el abogado decide tirar la corbata a la barra?
Me detuve. El movimiento cesó, pero la mantuve sujeta. Deslicé mi mano hasta la curva de su cuello, donde su yugular latía desbocada, y apoyé el pulgar en su mandíbula. Ella levantó la vista con las pupilas dilatadas por la luz azul del salón. El brillo húmedo de sus ojos me oprimió el pecho.
Apoyé mi frente contra la suya. Nuestras respiraciones se mezclaron en el aire salino.
—Lo que dije anoche en la terraza —susurré, sintiendo cómo las palabras me quemaban la garganta—. Lo que le dije a Sofía... no era para ella.
Julia contuvo el aliento. Tembló en mis brazos, un estremecimiento sutil que le recorrió la espalda bajo mis dedos.
—¿No? —murmuró.
—No. Era para ti. Y era verdad.
El silencio que siguió nos aisló por completo. Era el mismo silencio de la suite a las tres de la mañana, cuando las almohadas ya no dividían la cama y el contrato parecía un papel mojado. El abismo estaba a un paso, y yo ya no quería buscar ninguna red de seguridad.
—Daniel... —Parpadeó y una lágrima le resbaló por la mejilla, brillando bajo el foco azul—. No puedes decir eso.
—Puedo —dije, y apreté la mano en su cuello, manteniéndola cerca—. Me he pasado dos años buscando el orden porque pensaba que el caos me había destruido. Pero el orden es solo un salón vacío, Julia. Tú eres el único lugar donde me siento vivo.
Ella tragó saliva, con el labio inferior trémulo. Su mano izquierda subió de mi hombro a mi mejilla; sus dedos fríos rozaron mi piel templada y me desarmaron, barriendo cualquier rastro de mi habitual distancia.