Manual para un Novio de Mentira Capítulo 15El Último Baile de la Farsa #2
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Capítulo 15El Último Baile de la Farsa #2

—Fingir contigo, Daniel —dijo, con la voz rota—... se ha sentido más real que cualquier cosa que haya vivido.

Sus palabras cayeron con el peso de una sentencia inapelable. No había ironía en su rostro, ni la distancia de la podcaster que analiza naufragios ajenos desde un estudio insonorizado. Era la mujer de la libreta amarilla, entregándome la única verdad que le quedaba.

—No estamos fingiendo —dije, y la atraje hacia mí hasta eliminar el aire entre los dos.

Apoyó la cabeza en mi hombro y rodeó mi cuello con ambos brazos, ocultando el rostro en mi clavícula mientras la balada de fondo desgranaba sus acordes lentos.

La estreché con fuerza, con los ojos cerrados, concentrado en el calor de su cuerpo y en la forma en que su respiración se acompasaba con la mía.

En este rincón del Mirador de las Olas, rodeados de doscientas personas que celebraban una promesa ajena, la farsa se desintegró.

Ya no había socios a los que impresionar, ni exnovias a las que demostrar nada, ni un pódcast que salvar con historias de desastres.

Solo quedábamos nosotros dos, aferrados el uno al otro frente a una verdad demasiado grande para ignorarla, mientras el lunes aguardaba en el horizonte con su amenaza de devolvernos al orden.

El último acorde de la balada se extinguió.

Los altavoces devoraron el vacío con un ritmo acelerado de sintetizadores y percusión.

Las luces azules que nos envolvían se fragmentaron en ráfagas amarillas y violetas, barriendo la penumbra de la pista.

El calor de Julia seguía contra mi pecho, pero la vibración de los nuevos bajos agrietó el aire entre nosotros.

Permanecimos inmóviles. A nuestro alrededor, los invitados volvieron a invadir la pista entre risas y empujones.

Julia despegó la mejilla de mi hombro. Sus ojos oscuros, brillantes por una humedad que no llegó a desbordarse, parpadearon bajo los destellos de los focos.

A pocos metros, los gritos en la barra libre chocaban contra el silencio que se había instalado entre nosotros.

—Daniel... —su voz se perdió bajo los primeros acordes de un tema pop.

Mis dedos seguían en su cuello, donde el pulso le latía deprisa. Quise decir algo, mantener la presión con la que la había sostenido hace un instante, pero los números y los plazos volvieron a alinearse en mi cabeza.

¿Y ahora qué?

Mañana por la tarde, el sedán gris enfilaría la autopista de regreso a Bahía Serena.

Fin del plazo. El objeto del acuerdo —neutralizar la presencia de Sofía y Marcos, y proporcionarle a ella tres episodios de desastres amorosos para su pódcast— quedaría resuelto.

El lunes a primera hora, la planta cuarenta y dos de Roca recuperé la expresión neutra, la misma que utilizaba en las salas de vistas para cerrar un trato o desestimar una demanda.

Su mano se deslizó de mi hombro, dejándome una ráfaga de frío en la camisa.

—Estás poniendo esa cara otra vez —dijo. Intentó sonreír, pero las comisuras de sus labios cayeron de inmediato. El tono de broma habitual sonó quebrado.

—Julia —mi voz sonó seca, desprovista de la calidez de hace unos minutos—. El lunes volvemos a la ciudad.

Dio un paso atrás. El viento del acantilado, colándose por los ventanales abiertos, enfrió el espacio que acababa de abrirse entre nosotros.

—Lo sé —respondió. Su voz se apagó—. El acuerdo termina mañana a las seis. Lo firmamos.

—Las cláusulas de confidencialidad siguen vigentes —las palabras salieron solas, con la precisión fría de un autómata legal, mientras por dentro me maldecía por no ser capaz de agarrarla del brazo—. El anonimato de las historias para el pódcast...

Julia me miró como si acabara de recibir un golpe físico. La calidez de sus ojos desapareció, sustituida por una distancia insalvable. Esquivó a una pareja que bailaba a nuestro lado y se alejó otro paso.

—Por supuesto —dijo, recuperando el sarcasmo como un escudo—. El Abogado de Hierro no deja cabos sueltos. No te preocupes, Daniel. Nadie sabrá que el hombre que odia el desorden casi olvida su manual por un fin de semana. Cumpliré mi parte.

—No es eso lo que quería decir —la garganta se me cerró. El miedo me impedía encontrar las palabras adecuadas.

—¿No? —Julia bajó la vista hacia mi mano, que colgaba inútil entre los dos—. Porque suena exactamente a la cláusula de rescisión de un contrato.

Los sintetizadores seguían tronando, haciendo vibrar el cristal de las copas en la barra. A pocos metros, Gonzalo y Valeria reían a carcajadas, ajenos a la distancia que se abría entre nosotros.

Tensé los dedos, a punto de buscar su muñeca, pero me quedé inmóvil sobre el granito pulido. Si daba ese paso, el lunes dejaría de estar bajo control. Si arriesgaba, me exponía a un nuevo error en el sistema, a otra caída libre. Y no podía permitírmelo.

Julia observó mi inmovilidad. El silencio entre nosotros se volvió más denso que el ruido de la fiesta.

—Ha sido una buena actuación, Daniel —susurró. Dio el último paso atrás, mezclándose con la marea de invitados—. Por un momento casi me lo creo.

Se dio la vuelta. El bajo de su vestido verde botella ondeó mientras caminaba hacia la terraza. No corrió; avanzó con paso firme, esquivando camareros con bandejas de champán y manteniendo la cabeza alta.

La vi cruzar el umbral de los ventanales de cristal. Su silueta se desvaneció en la oscuridad del jardín, lejos de los destellos de la pista.

No me moví.

Permanecí en mitad del salón, con los hombros rígidos y el cuello de la camisa abierto. El aire acondicionado me golpeó la piel del cuello, justo donde un instante antes sentía el calor de sus manos.

Mi corbata azul marino descansaba sobre la barra, junto a un vaso de whisky aguado. El espacio a mi alrededor se volvió inmenso, estéril y perfectamente ordenado.

Sin mirar atrás, caminé en dirección opuesta, esquivando a la multitud que bailaba. Evité la mesa de mi familia, esbocé un asentimiento rápido al cruzarme con mi padre junto a la salida y abandoné el salón. El lunes ya estaba aquí.