Manual para un Novio de Mentira Brindis, Mentiras y Cenas de Ensayo
59%

Brindis, Mentiras y Cenas de Ensayo

Brindis, Mentiras y Cenas de Ensayo

Julia

Detrás de mí, el roce de la seda contra el lino interrumpió el silencio.

A través del espejo de tres cuerpos vi a Daniel. Se había puesto los pantalones del traje gris marengo, pero la camisa blanca seguía abierta en el cuello, revelando la línea tensa de sus clavículas. Sostenía la corbata azul marino entre los dedos, estudiándola como si fuera un pliego de cargos.

Ninguno de los dos había dicho una palabra desde que subimos de los jardines tras el brunch. El trayecto en el ascensor había sido un ejercicio de contención respiratoria.

—¿Necesitas el espejo grande? —preguntó. Su voz, más grave en el espacio cerrado de la habitación, me vibró directamente en la nuca.

—No, estoy bien con este —mentí, mientras me concentraba en borrar la mancha negra con la punta del dedo—. El pulso de cirujano nunca ha sido lo mío, pero sobreviviré.

Daniel dio un paso al frente, entrando de lleno en mi encuadre del espejo.

El olor a sándalo y a su jabón de viaje me envolvió al instante, borrando el aroma a laca de alta gama de Sofía que todavía sentía pegado a la piel tras nuestra conversación en el jardín.

Se colocó la corbata alrededor del cuello, cruzando los extremos con una precisión mecánica.

Sin embargo, al intentar realizar el primer bucle, sus dedos se trabaron.

Se detuvo. Sus ojos oscuros se encontraron con los míos en el reflejo. Sostuvo la mirada un segundo largo. Pensé en la noche anterior, en la ausencia de la barrera de almohadas y en la presión de sus labios contra los míos.

—Gracias —dije por fin. Las palabras sonaron más suaves de lo que pretendía, desprovistas de la ironía que solía usar como escudo.

Daniel asintió, sin apartar los ojos del cristal.

Miré sus dedos, que volvían a enredarse en la seda de la corbata mientras intentaban, infructuosamente, cerrar el nudo.

Me levanté de la banqueta. Mis tacones chasquearon sobre la madera. Me acerqué a él, levanté las manos y, sin pedir permiso, le aparté los dedos de la seda.

Daniel se quedó inmóvil. Su pecho subía y bajaba con una frecuencia que ningún tribunal de arbitraje habría considerado razonable.

—Déjame a mí —susurré.

—No sabía que las podcasters de desastres supieran hacer nudos de corbata Windsor —comentó, aunque no hizo el menor ademán de apartarse. Su aliento, cálido y con un ligero toque de café, me rozó la frente.

—Mi padre era un romántico incurable que insistía en que un hombre debía llevar siempre la corbata perfecta, aunque solo fuera para ir a comprar el pan —dije, mientras me concentraba en pasar el extremo ancho por detrás del lazo—. Me usaba de maniquí los domingos.

Mis dedos rozaron la piel de su cuello. Daniel se tensó, pero no retrocedió.

Al contrario, inclinó ligeramente la barbilla para facilitarme el trabajo.

La textura de su camisa de lino, el calor que emanaba de su pecho y la fijeza de su mirada sobre mi rostro hicieron que mis propias manos empezaran a temblar.

Ajusté el nudo, deslizándolo hacia arriba hasta que tocó el primer botón de su camisa. Alisé las solapas de su cuello con las palmas de las manos, dejándolas apoyadas sobre sus hombros un segundo más de lo estrictamente necesario.

—Listo —dije, dando un paso atrás.

Daniel se miró en el espejo, tocó el nudo con dos dedos y luego volvió a mirarme.

—Impecable, Castro. Tendré que añadir una adenda al contrato para incluir tus servicios de sastrería.

—Te saldría carísimo —respondí, forzando un tono ligero—. Mis tarifas por aguantar a tu familia y a tu ex ya están rozando el límite de lo permitido por la ley de usura.

Me giré hacia el tocador y abrí mi bolso de lona amarilla para guardar el rímel.

Al fondo, entre los tiques de la cafetería El Pacto y las llaves de mi piso en el Barrio Mosaico, asomaba la esquina de mi libreta de espiral.

El color amarillo brillante, que durante meses había sido mi ancla y mi fuente de ingresos, ahora me produjo una punzada de rechazo.

Pensé en Mónica. Pensé en el ultimátum de las seis de la tarde, en las métricas de retención y en los patrocinadores de tecnología financiera.

Tenía material de sobra. La historia del risotto inflamable, el rescate en el jardín, la suite con una sola cama.

.. era oro puro para el pódcast. Mi audiencia devoraría cada detalle del «Abogado de Hierro» y su exnovia perfecta.

Y, sin embargo, la sola idea de sentarme frente al Shure SM7B a desmenuzar lo que había sentido cuando Daniel me rodeó con su brazo me revolvía el estómago. Ya no era un desastre divertido para comentar con una cerveza en la mano. Era algo que quería proteger, incluso de mí misma.

Cerré la cremallera del bolso con un tirón seco y me colgué la correa al hombro.

Daniel ya se había puesto la chaqueta del traje.

Volvía a ser el hombre del dossier de quince páginas: impecable.

Pero cuando se giró hacia mí, la rigidez de su postura tenía un matiz diferente.

Ya no era la tensión defensiva del viernes por la mañana; era la concentración de quien se prepara para entrar a un juicio decisivo.

Se acercó a la puerta de la suite y apoyó la mano en el pomo. Se detuvo y me miró de soslayo.

—La cena de ensayo es el último gran escollo —dijo, y su voz recuperó ese tono de estratega—. Estarán todos los socios principales, los amigos de Marcos y, por supuesto, Sofía. Van a buscar cualquier fisura.

Me acerqué a él, deteniéndome a un paso de la puerta. Lo miré a los ojos, buscando al Daniel que anoche me había confesado sus miedos en la penumbra.

—No encontrarán ninguna —aseguré, sosteniendo la mirada—. Somos un equipo, ¿recuerdas?

Daniel asintió despacio. Sus ojos bajaron un instante a mis labios antes de volver a los míos. El pacto ya no cabía en las tres hojas impresas de la cafetería.

—Una noche más, Julia —dijo, usando mi nombre de pila con una gravedad que me aceleró el pulso.

—Una noche más, abogado.

Daniel giró el pomo y abrió la puerta para dejarnos paso al pasillo alfombrado del hotel y al escrutinio de los invitados.

La moqueta del corredor amortiguó mis tacones, pero la rigidez en los hombros de Daniel seguía intacta cuando cruzamos el umbral del salón de banquetes.

La cena de ensayo se desplegaba ante nosotros: una mesa imperial de roble oscuro, candelabros de plata de tres brazos y el tintineo constante de las copas de cristal de Bohemia.

Nos sentamos en el flanco derecho. A mi izquierda, Daniel se acomodó la chaqueta del traje gris marengo con la parsimonia de un despacho de abogados.

Su nudo Windsor —el mismo que mis dedos habían ajustado veinte minutos antes en la suite— permanecía impecable, asfixiantemente simétrico.

Frente a nosotros, flanqueando la cubertería, se alineaba el círculo íntimo de Sofía.

Valeria, de melena platino y ojos grises, me estudió por encima del borde de su copa de vino blanco. A su lado, Gonzalo, con una chaqueta de tweed de heredero, asintió con una cortesía ensayada.

—Así que... Julia, ¿verdad? —comenzó Valeria, dejando la copa sobre el mantel con un golpe seco—. Clara nos ha hablado de ti. Nos pareció fascinante. Un pódcast sobre desastres amorosos. Debe de ser... peculiar ganarse la vida aireando las miserias de una misma.

La palabra «miserias» flotó sobre el centro de mesa de eucalipto y rosas blancas con la sutileza de un piano cayendo desde un quinto piso. El cuerpo de Daniel se tensó a mi lado. Su mano derecha se deslizó sobre el mantel, rozando la mía. Una objeción silenciosa.

Pero yo estaba en mi terreno: el fuego cruzado, la incomodidad de la que otros huyen y que yo convierto en minutos de retención de audiencia.

—No son miserias, Valeria, es servicio público —respondí, con mi sonrisa de negociar tarifas con patrocinadores—.

Pensadlo así: la gente gasta fortunas en terapia para procesar que su cita de Tinder resultó ser un mago aficionado que hizo desaparecer su cartera.

Yo les ofrezco la misma catarsis por el precio de un anuncio de treinta segundos sobre colchones viscoelásticos. Es la democratización del trauma.

Gonzalo soltó una carcajada que ahogó de inmediato con un carraspeo. Valeria no se inmutó.

—Ya. Pero me pregunto cómo encaja Daniel en todo ese.

.. desorden —dijo, entornando los ojos hacia él—.

Daniel siempre ha sido un hombre de estructuras.

Conozco a Sofía de la universidad y recuerdo que él tenía un calendario compartido solo para organizar los fines de semana.

No me lo imagino con alguien que vive de la improvisación.

—Oh, es un infierno logístico —coincidí, apoyando los codos en la mesa—. No os lo podéis ni imaginar. El primer mes intentó hacerme un dossier de quince páginas sobre cómo organizar las tazas en el lavavajillas por tamaño y frecuencia de uso.

Daniel levantó su copa de vino tinto con lentitud milimétrica. No dijo nada, pero la comisura de sus labios se curvó apenas un milímetro mientras sus ojos oscuros se clavaban en los míos.

—¿Quince páginas? —preguntó una chica de pelo rizado al final de la mesa, inclinándose hacia delante.

—Quince —confirmé, gesticulando—. Con gráficos de barras y un anexo sobre la eficiencia térmica del gres frente a la porcelana.

Yo, en cambio, decido mi vida según la canción de los noventa que suene en la radio al despertarme.

Si es Shania Twain, compro acciones; si es Britney Spears, me quedo en la cama.

La mesa estalló en risas. Incluso Gonzalo se inclinó, olvidando su pose.

—¿Y cómo sobrevivís a eso? —preguntó Gonzalo.