Manual para un Novio de Mentira Capítulo 12Brindis, Mentiras y Cenas de Ensayo #2
58%

Capítulo 12Brindis, Mentiras y Cenas de Ensayo #2

—Con mucha negociación de contratos —dije, mirándolo de reojo—.

Tenemos un acuerdo de coexistencia pacífica.

Él no toca mis libretas y yo prometo no incendiar la cocina intentando hacer un risotto.

Aunque el método de Daniel tiene sus ventajas.

Es como salir con un faro. No importa la tormenta que yo traiga, él se queda ahí, con su traje impecable, asegurándose de que no me estrelle contra las rocas.

La última frase me vibró en la garganta con una gravedad imprevista. El tono de broma se disolvió, dejando un silencio denso.

Miré a Daniel. No había apartado la vista.

Su mano se movió un centímetro sobre el mantel, lo justo para que nuestros meñiques se enlazaran bajo la sombra de la cubertería.

No había cámaras, ni Sofía nos vigilaba; solo quedaba el roce de su piel, firme y real, colándose por las rendijas de nuestra ficción.

—Bueno —intervino Valeria, ahora con una curiosidad más blanda—. Supongo que los opuestos se atraen. Aunque sigue pareciéndome un milagro que Daniel haya sobrevivido al Barrio Mosaico.

—El Barrio Mosaico tiene un encanto que no viene en los planos urbanísticos, Valeria —dijo Daniel, con su habitual tono pausado—. Al principio me molestaba el ruido de los tranvías. Pero Julia me enseñó que el ruido solo molesta cuando no tienes nada interesante en lo que concentrarte.

Valeria parpadeó, en silencio. Gonzalo asintió despacio, contemplando su copa antes de mirar a Daniel.

Me llevé la copa de agua a los labios para calmar el pulso.

El frío del cristal me entumeció los dedos.

*Solo estás editando la realidad, Castro*, me repetí.

*Tomas los retazos de la suite de anoche, la conversación a oscuras y el calor de su pecho, y los empaquetas para que encajen en una cena de ensayo. *

El murmullo de la mesa imperial se apagó. El padrino, un tipo alto con una flor de azahar en la solapa, se puso de pie en el extremo opuesto con una cuchara de postre. El tintineo metálico contra su copa de champán resonó en el salón, reclamando la atención general.

Giré la cabeza hacia Daniel. Su perfil conservaba las líneas del dossier: la mandíbula firme, la mirada fija al frente.

Pero al sentir mis ojos, volvió el rostro despacio.

En la penumbra dorada de los candelabros, el abogado de hierro se desvaneció tras la mirada del hombre que me había besado en la suite 312.

La cucharilla golpeó el cristal tres veces, un tintineo agudo que terminó de apagar las risas dispersas de nuestra mesa. El padrino se aclaró la garganta y se acomodó la flor de azahar en la solapa con una mano ligeramente errática que delataba los estragos del vino de la tarde.

—Buenas noches a todos —comenzó, elevando su copa hacia el centro de la mesa imperial—. Para los que no me conocen, soy Hugo, el hermano de Marcos. Y también, por desgracia para mi paciencia, el hombre que ha tenido que custodiar las alianzas esta semana.

Un murmullo de risas dóciles recorrió el salón.

A mi lado, la mano de Daniel seguía inmóvil sobre el mantel de lino, pero el roce de su meñique contra el mío se volvió firme, constante.

No me aparté. Deslicé mis dedos apenas unos milímetros y busqué el calor de su piel contra la corriente helada que se colaba desde los ventanales abiertos al acantilado.

—Cuando Marcos me dijo que se casaba con Sofía —continuó Hugo, entornando los ojos con una nostalgia ensayada—, no me sorprendió.

Hay parejas que se construyen con paciencia, contrato a contrato, y hay otras que simplemente.

.. son. Una colisión inevitable. Ellos no necesitaron hojas de ruta, ni periodos de prueba, ni salvaguardas.

Se miraron un día en aquel viaje a la montaña y supieron que el resto de sus vidas ya estaba decidido.

Sin condiciones. Sin cláusulas de salida.

La palabra «contrato» vibró en el aire. Valeria, tres asientos más allá, desvió la mirada hacia mí con una lentitud de reptil, buscando la grieta en mi fachada.

Gonzalo prefirió concentrarse en diseccionar su solomillo con precisión quirúrgica, pero el silencio se instaló de golpe en la mesa imperial, denso, compitiendo con el aroma a asado y eucalipto que subía de los centros de mesa.

Apreté los dedos alrededor de mi copa de agua y forcé una sonrisa de catálogo de bodas que amenazaba con congelárseme en las mejillas.

*Sin condiciones. Sin cláusulas de salida.*

Las palabras de Hugo flotaban sobre la vajilla de porcelana como una bofetada con guante de seda.

En la suite 312, en el fondo de mi maleta de mano, descansaban las tres hojas impresas en Courier con nuestro acuerdo de colaboración.

Repasé mentalmente el anexo de contacto físico autorizado, las tarifas de desastres amorosos y la servilleta morada donde había garabateado las normas de convivencia para no estrangularnos antes del postre.

Toda la brillante arquitectura legal que Daniel y yo habíamos diseñado en la cafetería El Pacto para sobrevivir a este fin de semana se tambaleaba como un castillo de naipes en mitad de un huracán.

Sostuve la mirada de la tía abuela de Sofía y le dediqué mi mejor inclinación de cabeza, mientras por dentro me sentía como una estafadora profesional de la simpatía ajena.

Allí estábamos, escoltando al hombre al que la novia le había destrozado el orgullo, fingiendo una complicidad de película dominguera mientras yo calculaba en secreto cómo empaquetar su humillación en un episodio de cuarenta minutos para salvar un pódcast que, de repente, empezaba a importarme muy poco.

—Porque el amor de verdad —añadió el padrino, con la voz resonando bajo las vigas de madera oscura del techo— no es una transacción. No se negocia. Es un salto al vacío sin red de seguridad, la certeza absoluta de que la otra persona te sostendrá aunque tú no sepas cómo mantener el equilibrio.

Los aplausos estallaron en un eco unánime por todo el salón. Sofía ladeó la cabeza y ofreció la mejilla a Marcos con la precisión de una actriz de Hollywood. El destello de su anillo de compromiso bajo la luz de los candelabros me golpeó directamente en los ojos, obligándome a desviar la mirada.

Giré la cabeza hacia la izquierda, huyendo de la escena de aquel brindis perfecto.

Daniel ya me estaba mirando.

No era el escaneo analítico del abogado que busca vacíos legales en un contrato de fusión.

Tampoco la máscara de control de daños que había usado con su tía Carmen o con su primo Borja.

Sus ojos oscuros, limpios de cualquier defensa, sostenían los míos con una fijeza que me vació los pulmones.

La tensión habitual de sus hombros había desaparecido; la línea rígida de su mandíbula se había suavizado por completo, borrando de un plumazo el dossier de quince páginas y las directrices de comportamiento.

En su rostro no quedaba rastro de cinismo. Me miraba como si acabara de descubrir un detalle imprevisto en un paisaje mil veces recorrido, con una fijeza que me obligó a enderezar la espalda.

El murmullo del salón, el chocar de las copas y las risas de compromiso se redujeron a un zumbido lejano, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo exterior.

Bajo el mantel, sus dedos se deslizaron sobre los míos.

Ya no era el roce tímido del meñique; me tomó de la mano y envolvió mis dedos helados con una firmeza cálida que no figuraba en ningún anexo de nuestro acuerdo.

Nadie nos prestaba atención en nuestro extremo de la mesa; los flashes de los fotógrafos seguían fijos en el beso ensayado de los novios.

Sin embargo, el pulso rápido que latía contra mi palma en la base de su pulgar, la presión de sus dedos y la fijeza de su mirada no formaban parte de la comedia que habíamos ensayado en su salón de nogal.

—Por Sofía y Marcos —concluyó Hugo, levantando su copa—. Por los que se atreven a sentir sin contratos.

—Por Sofía y Marcos —repitió el salón en un eco coral.

Daniel y yo no levantamos nuestras copas.

Permanecimos inmóviles, con las manos unidas bajo el lino blanco, sosteniendo un brindis mudo que no celebraba el destino de los novios, sino nuestra propia mentira perfectamente construida.

Una ficción que, bajo la penumbra dorada del Mirador de las Olas, se estaba volviendo tan dolorosamente real que el miedo a que terminara dolió con una nitidez que ninguna cláusula de rescisión habría podido prever.