Manual para un Novio de Mentira El Error de Reserva y la Cama King Size
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El Error de Reserva y la Cama King Size

El Error de Reserva y la Cama King Size

Julia

Cruzamos el umbral de cristal templado que separaba la terraza del vestíbulo principal y juraría que mis pies no tocaban el suelo.

Si en ese momento alguien me hubiera pedido negociar la paz internacional o explicar la física cuántica en un pódcast de tres minutos, lo habría hecho sin pestañear.

Había desarmado a la tía Carmen hablando de hormas de ante italiano que solo conocía por Pinterest y había reducido a cenizas la suficiencia de Borja Valdés con términos financieros memorizados esa misma mañana en la parte trasera de un coche.

Una estratega de primera categoría.

—Flujo de caja libre —susurré, saboreando las palabras sobre el mármol del vestíbulo—. Tendrías que haber visto su cara, Valdés. Estaba a punto de tragarse los hielos del whisky. Vi un destello de puro terror corporativo en sus ojos.

A mi lado, Daniel caminaba con las manos en los bolsillos del pantalón de lino.

Había perdido la rigidez militar del inicio del cóctel, pero conservaba esa presencia sobria que abría pasillos invisibles a nuestro paso.

Se detuvo y me miró de reojo. La luz de las lámparas de araña se reflejaba en sus ojos oscuros, suavizando la línea de su mandíbula.

—Has estado... —hizo una pausa, calculando el término preciso—. Hubiera sido un contrainterrogatorio impecable en cualquier tribunal de lo mercantil, Castro. Aunque la parte de la tecnología financiera ha sido una licencia poética arriesgada.

—El arte de la guerra, abogado. Si no puedes convencerlos, confúndelos con siglas en inglés —le di un toque con el codo—. Admítelo. Formamos un equipo letal.

—Un equipo —repitió. Su voz bajó un tono, perdiendo el barniz profesional—. Sí. Supongo que sí.

Nos dirigimos al mostrador de recepción: un bloque de granito negro suspendido sobre travertino, decorado solo con un jarrón de calas blancas y una pantalla ultrafina. Detrás, un recepcionista con un traje impecable y una placa que rezaba «Enzo» nos recibió con una sonrisa ensayada.

—Buenas noches. Bienvenidos al Mirador de las Olas —saludó Enzo, con la voz modulada de quien trabaja en un sitio donde una noche equivale a tres meses de mi alquiler—. ¿Desean realizar el registro?

—Sí, por favor —Daniel dio un paso al frente y sacó la cartera—. Reservas a nombre de Daniel Valdés. Dos habitaciones individuales en el ala oeste.

Apoyé el peso en un solo pie. Los tacones de imitación me trituraban los dedos; la perspectiva de una ducha caliente y una cama individual donde despatarrarme sin fingir ser la novia perfecta era mi idea del paraíso.

Había sobrevivido al tribunal familiar, esquivado las balas de Sofía y ahora solo quería ponerme la camiseta vieja de los Cazafantasmas y dormir diez horas.

Enzo tecleó con velocidad rítmica. El monitor arrojaba un resplandor azulado sobre sus facciones.

De pronto, sus dedos se detuvieron. Volvió a pulsar un par de teclas y frunció el ceño un milímetro.

Para cualquiera que haya trabajado de cara al público, ese mínimo gesto equivalía a una alarma de incendios.

—¿Hay algún problema? —preguntó Daniel, con el tono afilado de quien detecta una cláusula abusiva.

—Un momento, por favor, señor Valdés. Estoy verificando el sistema de asignación de plazas —Enzo sonrió, pero el gesto no le llegó a los ojos—. El complejo está completo este fin de semana por el enlace de la señorita Herrera y el señor Aguilar, además de una convención médica en el pabellón norte.

—Lo sé. Por eso hice las reservas con tres meses de antelación —señaló Daniel, apoyando una mano sobre el granito. Sus dedos empezaron a tamborilear; el preludio de su tormenta legal.

Un escalofrío me recorrió la espalda, ajeno al aire acondicionado del vestíbulo.

—¿Un error de procesamiento? —di un paso al frente—. ¿Qué significa eso en el idioma de los mortales, Enzo?

—Significa que el sistema canceló automáticamente una de las habitaciones individuales hace cuarenta y ocho horas al considerarla un duplicado. Debido a la alta ocupación, se reasignó de inmediato a un invitado de la lista de espera.

El murmullo de las olas contra el acantilado se coló en el silencio del vestíbulo. Miré a Daniel; tenía la mandíbula rígida, esculpida en tensión.

—Eso es administrativamente imposible —la voz de Daniel cayó con el filo de una guillotina—.

Tengo los códigos de confirmación en mi correo.

Su política exige un aviso con setenta y dos horas de antelación por escrito.

No pueden anular una reserva de forma unilateral por una asunción algorítmica.

Es un incumplimiento contractual flagrante.

—Lo entiendo perfectamente, señor Valdés, y le pido mis más sinceras disculpas —Enzo se encogió tras el mostrador—. Pero físicamente no tengo ninguna habitación individual libre en todo el complejo. Ni en el ala oeste, ni en las villas. Estamos al ciento diez por ciento.

—Entonces exijo hablar con el director de guardia —Daniel enderezó la espalda—. Esto es una negligencia en el servicio de reservas. Presentaré una reclamación formal ante la delegación de turismo antes de que termine la noche.

—El director está al tanto, señor —suplicó Enzo—. De hecho, para compensar el error, les hemos asignado una mejora de categoría sin coste adicional. Bloqueamos la Suite Ejecutiva del ala este. Es nuestra mejor estancia, con terraza privada y vistas al océano.

Me quedé helada. La euforia de la noche se evaporó de golpe.

—Una suite —mi voz sonó extraña, casi un hilo—. ¿Una sola?

—Así es, señorita —Enzo asintió, aliviado por el cambio de interlocutor—. Es una estancia maravillosa, con todas las comodidades.

—¿Y cuántas camas tiene esa maravillosa suite, Enzo? —el corsé del vestido verde pareció encogerse de golpe.

El recepcionista desvió la mirada hacia la pantalla antes de volver a sonreír con timidez.

—Una cama, señorita. Una cama King Size.

Miré a Daniel. El hombre con un plan de contingencia para cada aspecto de su existencia, el que había diseñado un dossier de quince páginas para prever cualquier catástrofe, se había quedado mudo.

Su mirada oscilaba entre el recepcionista y yo.

Por primera vez, sus hombros cedieron un milímetro.

No había ley de propiedad horizontal, ni código mercantil, ni recurso de apelación capaz de materializar una cama individual en un hotel con overbooking.

—Daniel —susurré—. Di algo. Saca los superpoderes de abogado. Amenázalos con confiscar el hotel.

Él se frotó el puente de la nariz.

—No hay más habitaciones, Julia —escuchar mi nombre sin su habitual distancia me dio un vuelco en el estómago—. He analizado la situación. Aunque presentemos una demanda, las camas no se materializan por orden judicial.

—Es de dos metros por dos metros, señorita —aportó Enzo, en un intento de sonar útil—. Prácticamente son dos camas individuales unidas por un edredón de plumas. Apenas notarán que comparten espacio.

«Apenas notarán que comparten espacio». La frase sonaba como el eslogan del desastre más absoluto de mi vida.

Una cosa era interpretar a la novia enamorada en una terraza llena de parientes curiosos, limitando el contacto físico a las cláusulas de una servilleta.

Pero esto entraba en el territorio de lo privado.

Detrás de esa puerta no habría público. Ni tías que impresionar, ni exnovias de las que defenderse.

Estaríamos solo el Abogado de Hierro y yo, sin máscaras, compartiendo el mismo aire y el mismo colchón.

Tragué saliva bajo el peso de su mirada. El pulso me golpeaba en las sienes, y esta vez la culpa no era de la victoria.

Enzo deslizó dos tarjetas de madera veteada sobre el granito negro.

—Suite trescientos doce, en el ala este —anunció con una sonrisa de disculpa profesional—. El botones ha dejado sus maletas junto al ascensor principal por si preferían subirlas ustedes mismos.

Daniel recogió las tarjetas con un movimiento seco de muñeca.

—Gracias, Enzo. Nos encargaremos nosotros.

Me giré, procurando que el dobladillo asimétrico de mi vestido verde botella no se enredara en mis piernas.

Cruzamos el vestíbulo de mármol travertino, esquivando a las últimas parejas que se retiraban del cóctel.

Al llegar al ascensor, Daniel se adelantó para coger su maleta de cuero negro y, antes de que yo pudiera reaccionar, sus dedos se cerraron también sobre el asa de mi maleta amarillo mostaza, repleta de pegatinas.

—Puedo llevarla yo, Valdés —murmuré cuando las puertas metálicas se abrieron con un tintineo sutil.

—La caballerosidad viene incluida en el paquete de novio falso, Castro —respondió al entrar al cubículo acristalado—. Además, tus zapatos están al borde del colapso estructural.

Apoyé la espalda contra el espejo del ascensor. El zumbido del motor espesó el silencio mientras subíamos hacia la tercera planta del ala este. El pasillo alfombrado sepultó el murmullo del océano y las risas de la terraza. Olía a jazmín y a moqueta nueva.

Nos detuvimos frente a la puerta de madera maciza con el número 312 en bronce. Daniel acercó la tarjeta magnética. El pitido verde de la cerradura sonó como una cuenta atrás. Empujó la hoja y el aire acondicionado nos recibió de golpe, barriendo la brisa salada de la terraza.

Dimos tres pasos hacia el interior y me detuve en seco sobre el parqué pulido.

El hotel se había tomado la compensación por el error de reserva de una manera insultantemente literal.

No era una suite ejecutiva estándar; nos habían realojado en el decorado de un anuncio de cruceros para recién casados.

Sobre una mesa de cristal, una botella de champán sudaba en una cubitera de plata junto a dos copas con el filo de oro.

Pero el verdadero problema ocupaba el centro de la estancia.