Capítulo 8El Error de Reserva y la Cama King Size #2
La cama era un continente de sábanas blancas de trescientos hilos. Dos metros por dos de superficie decorada con un camino de pétalos de rosa deshidratados que formaban un corazón perfecto. Casi una amenaza psicológica.
Solté una risa demasiado aguda.
—Bueno —dejé caer mi bolso de lona amarilla sobre una de las butacas de terciopelo—, al menos no tendremos que fingir que nos gustamos frente al minibar. Enzo se ha tomado muy en serio la disculpa. Si parpadeo dos veces, caerá confeti con forma de querubín del techo.
Daniel no se rió. Dejó las maletas junto al armario de nogal y se quedó de pie junto al umbral. Su mirada recorrió la habitación con la precisión de un perito judicial: las copas, los pétalos, el edredón. Se llevó la mano al cuello de la camisa de lino y se desabrochó el segundo botón.
—Es una suite de categoría superior —dijo con su tono de neutralidad corporativa—. El espacio es amplio. Podríamos...
—¿Podríamos qué, Valdés? ¿Hacer un fuerte con las sillas de diseño?
—Me acerqué al sofá de la zona de estar.
Era una estructura minimalista de cuero gris con una curvatura cóncava que desafiaba la anatomía humana.
Me senté y el cuero crujió bajo mi vestido.
Apoyé la cabeza en un extremo y mis pies sobresalieron por el otro—.
A menos que planees amputarme las piernas, no quepo aquí.
Y dudo que tu espalda de litigador sobreviva a esta tortura ergonómica.
Daniel se acercó, se cruzó de brazos y observó el mueble con desaprobación técnica.
—Ese diseño viola la tercera ley de la termodinámica —comentó con su humor seco—. Está pensado para salir en una revista de arquitectura, no para sostener a un ser humano durante ocho horas.
—Ves. Descartado. —Me puse de pie; los tacones sintéticos ya me quemaban las plantas—. Así que nos queda el territorio neutral.
Señalé la cama con la cabeza. El corazón de pétalos brillaba bajo los focos empotrados.
La suite empezó a contraerse. Sin la distracción del cóctel, de las tías preguntonas y de la mirada de Sofía, la presencia de Daniel se volvió demasiado nítida.
Olía a sándalo y a la humedad del champán helado.
Ya no había público; solo quedábamos el abogado cuadriculado y la podcaster caótica en una jaula de oro de cinco estrellas.
Me quité los tacones de un tirón. Mis pies descalzos se hundieron en la alfombra con gratitud mística.
—Es enorme, Daniel —dije, buscando el tono desenvuelto que usaba frente al micrófono de mi pódcast—.
Cabrían tres personas y un pastor alemán sin rozarse.
Solo hay que establecer fronteras. Una línea de demarcación territorial.
Como la zona desmilitarizada de las Coreas, pero con almohadas de plumas.
Daniel dio un paso hacia la cama. Se quitó la chaqueta de lino y la colgó en el respaldo de una silla; sus hombros parecieron acortar la distancia entre nosotros.
—Una frontera —repitió con una voz más baja, sin el barniz de la terraza—. ¿Y quién se queda con el lado de la ventana?
—Yo, por supuesto. Tengo prioridad por ser la parte caótica. Necesito ventilación para mis ideas.
Él esbozó esa ligera curva en la comisura de los labios que empezaba a resultarme familiar. Sus ojos oscuros reflejaron la luz tenue de las lámparas de noche.
—Está bien, Castro. Quédate con la ventana. Pero si tus ideas invaden mi espacio aéreo durante la noche, aplicaré medidas de represalia unilaterales.
Me reí, pero el latido sordo en mi pecho me recordó que el verdadero peligro no eran las fronteras del colchón, sino lo fácil que resultaba olvidar la fecha de caducidad de todo esto.
Me acerqué al borde del colchón y, con un barrido rápido, desbaraté el corazón de pétalos de rosa. Los esparcí hacia la alfombra. Daniel me miró con los ojos muy abiertos, inmóvil junto a la cómoda.
—Paso uno de la desmilitarización: eliminar la propaganda romántica de la zona común —me sacudí un fragmento de pétalo seco adherido a mi muñeca—. Ahora, la infraestructura de defensa.
Levanté los dos cuadrantes que hacían de cabecero y los planté en vertical sobre la línea media del colchón. Sumé tres cojines de terciopelo gris que rescaté de la butaca. La cordillera resultante, de unos cuarenta centímetros de alto, dividió el edredón blanco en dos parcelas simétricas.
—¿Qué te parece? —Apoyé las manos en las caderas—. La Gran Muralla de Almohadas. Inexpugnable. Ni el ejército de terracota cruzaría esto sin hacer ruido.
Daniel se acercó al borde de su territorio. Con el índice, empujó uno de los cojines de terciopelo un centímetro hacia mi lado, alineándolo con la costura central.
—Falta rigor geométrico, Castro, pero acepto el concepto —su voz sonó un punto más relajada—.
Establezcamos las reglas de tránsito. Queda prohibido el paso de extremidades, mantas o accesorios por encima de esta cota.
Cualquier incursión será considerada una violación de la soberanía territorial y se responderá con la expulsión inmediata.
—Me parece un tratado justo, abogado. Aunque deberías saber que a veces hablo en sueños. Si escuchas algo sobre ardillas albinas o el algoritmo de retención, no es una declaración de guerra; es solo mi cerebro haciendo limpieza general.
—Tomaré nota para no activar el protocolo de evacuación. —Se pasó una mano por el pelo, alborotando el flequillo que había mantenido intacto durante el cóctel—. Bien. ¿Quién tiene prioridad para el saneamiento básico?
—Te cedo el turno de intervención. Asumo que tu proceso de descompresión requiere menos tiempo que el mío. Yo necesito desmantelar este personaje de alta sociedad antes de que la laca me petrifique las neuronas.
—Cortesía procesal —Daniel inclinó la cabeza—. Tardaré cinco minutos.
Recogió su neceser de cuero negro del equipaje y se encerró en el baño. Al oír el pestillo, solté los hombros y desinflé el pecho. El corsé del vestido verde botella me había mantenido tan erguida que juraría que había crecido dos centímetros desde la autopista.
Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra el lateral de la cama, y estiré las piernas.
Tenía los dedos entumecidos por los tacones.
Me froté los empeines mientras escuchaba el agua correr al otro lado de la puerta.
El sonido, doméstico e íntimo, rebotaba contra las paredes de mármol de la suite.
Cinco minutos después, la puerta se abrió.
Daniel salió envuelto en una nube de vapor con olor a eucalipto y sándalo.
Se había quitado la camisa de lino y el pantalón de vestir; ahora llevaba un pantalón de pijama oscuro y una camiseta gris de algodón que se ceñía a sus hombros.
Tenía el pelo húmedo y la mandíbula libre de la tensión rígida que había mostrado ante su primo Borja.
—Tu turno, Castro —dijo, sin mirarme, mientras dejaba el neceser sobre la cómoda.
—Al suelo que hay barro —murmuré, poniéndome de pie a duras penas.
Agarré mi pijama —la camiseta desgastada de los Cazafantasmas y unos pantalones cortos de rayas— y me deslicé al baño como quien entra en un búnker.
El espacio era un templo de mármol blanco y grifería dorada. Me apoyé en el borde del lavabo y me miré en el espejo bajo la luz implacable de los focos led. El maquillaje seguía intacto, pero las ojeras se marcaban ya bajo la base de cobertura total.
«¿En qué demonios te has metido, Julia?», me pregunté en un susurro, apoyando la frente contra el cristal frío.
Hace tres días, mi mayor preocupación era el ultimátum de Mónica y la gráfica descendente de Spotify.
Ahora compartía suite con Daniel Valdés, el hermano de mi mejor amiga, a quien siempre había catalogado como un robot sin emociones.
Y acababa de pasarme dos horas defendiendo su honor familiar.
Lo peor era que no lo había hecho por el pódcast. Cuando Borja abrió la boca para menospreciar mi trabajo y la rigidez de Daniel, la rabia me nubló la vista.
Me había olvidado por completo de buscar material para el próximo episodio.
Me quité el vestido verde con cuidado. Me lavé la cara con agua fría, frotando hasta que el rastro de la farsa desapareció por el desagüe.
Sin corrector ni máscara de pestañas, el espejo me devolvió a la Julia de siempre: ojeras crónicas, pecas en la nariz y un pelo encrespado que se negaba a someterse al peine.
Me calcé la camiseta de los Cazafantasmas, que me caía casi hasta los muslos, y me cepillé los dientes con saña.
Cuando abrí la puerta, la habitación estaba sumida en una penumbra casi total. Daniel había apagado las luces del techo; solo quedaban encendidas las tiras de led cálido que recorrían el rodapié de madera.
Él ya estaba metido en la cama, de espaldas a la muralla de almohadas, pegado al borde exterior de su lado.
Tenía un brazo bajo la almohada y la mirada fija en el ventanal que daba al acantilado.
Estaba tan quieto que habría pasado por una escultura, salvo por el subir y bajar pausado de sus hombros.
Caminé de puntillas sobre el parqué. Rodeé la cama hasta mi lado, el de la ventana, y deslicé el edredón hacia atrás. Las sábanas estaban frías, con esa textura crujiente de los hoteles que acentúa la sensación de estar invadiendo un espacio ajeno.
Me metí despacio, midiendo el peso para no desestabilizar la estructura de cojines. El colchón absorbió el movimiento, pero cedió ligeramente. Me acomodé de lado, imitando la postura de Daniel: de espaldas a la frontera, mirando hacia la negrura del océano tras el cristal.
—¿Castro? —su voz, baja, vibró en la madera del cabecero.
—¿Sí, Valdés? —Noté la garganta seca.
—¿La muralla resiste?
Estiré la mano hacia atrás, rozando el borde del cojín de terciopelo gris que quedaba a la altura de mis omóplatos.
—Firme como el hormigón armado. No hay peligro de invasión.
—Bien. Buenas noches.
—Buenas noches, abogado.
El silencio se instaló en la habitación, pero no tenía nada que ver con el vacío tranquilo de mi apartamento en el Barrio Mosaico.
Estaba cargado de una estática que amplificaba cada sonido: el zumbido del aire acondicionado, el crujido del edredón al buscar una postura cómoda y, sobre todo, la respiración de Daniel al otro lado de las almohadas. Su ritmo constante acompasaba el mío.
Me quedé inmóvil, con los ojos abiertos, contemplando los reflejos de las luces del jardín sobre el techo.
Separados por apenas unos centímetros de plumas y terciopelo, sabía exactamente dónde terminaba mi lado del colchón y dónde empezaba el suyo.
El aroma a sándalo de su jabón flotaba en el espacio desmilitarizado de la cama.
Durante noventa y cuatro días había deseado una historia de desastre para salvar mi carrera. Ahora, tumbada en la suite más cara del Mirador de las Olas, el verdadero desastre no era la posibilidad de que la farsa saliera mal. El desastre era lo mucho que me importaba que saliera bien.