Manual para un Novio de Mentira Capítulo 7Interrogatorio Familiar, Modalidad Cóctel
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Capítulo 7Interrogatorio Familiar, Modalidad Cóctel

Interrogatorio Familiar, Modalidad Cóctel

Daniel

La brisa marina traía el eco de las risas de la terraza, pero para mí el sonido se redujo a una frecuencia sorda.

El roce de la seda verde de Julia contra mi costado aún conservaba el calor del amago de abrazo con el que habíamos sellado nuestra victoria sobre Sofía y Marcos.

Un contraataque limpio, digno de un manual de estrategia jurídica.

Mientras observaba la silueta de mi ex perderse entre la multitud con los hombros rígidos, una sonrisa involuntaria me tensó la comisura de los labios.

Habíamos ganado la primera ronda. El alivio duró exactamente tres segundos.

Al fondo, junto a la mesa de quesos artesanos, mi madre sostenía su copa con solemnidad. Aquel rincón, antes un punto neutral de avituallamiento, era ahora una base de operaciones hostil.

Mi madre, mi padre y mi tía Carmen avanzaban hacia nosotros. No caminaban; patrullaban con la parsimonia coordinada de quienes asumen que el mundo debe detenerse a su paso.

—No los mires fijamente —murmuré, mientras me inclinaba para apartarle un mechón de pelo oscuro de la mejilla.

Mis dedos rozaron la curva de su oreja; la presión de su mano sobre mi antebrazo se intensificó al instante—.

El tribunal supremo de los Valdés ha levantado la sesión y viene a pedir cuentas.

Julia ni se inmutó. Entornó los ojos con una curiosidad brillante que me hizo desear haberle puesto un limitador de velocidad a su entusiasmo.

—¿El comité de evaluación? —susurró, mientras entrelazaba sus dedos con los míos con una naturalidad que casi me hizo olvidar el guion—. Pensaba que ya habíamos pasado el examen de acceso con la Barbie de la seda marfil.

—Sofía era una aficionada, Castro. Ella quería hacerme daño; mi familia solo quiere asegurarse de que sigo su manual de estilo. Es mucho peor.

Deslicé la mano por su espalda y la asenté en su cintura para guiarla un paso atrás, bajo el amparo de una columna de travertino. Necesitábamos un perímetro de seguridad. Me aflojé el primer botón de la camisa de lino; el aire costero se había vuelto denso, cargado de sal y perfumes caros.

—Escúchame bien —le dije, mientras bajaba la voz hasta rozar su sien—. Te voy a dar el perfil de los tres acusadores. No hay tiempo para un dossier completo, así que grábate esto en esa memoria fotográfica de la que tanto presumes.

Julia asintió, de repente muy seria. La luz del atardecer le encendía los ojos con un matiz de bronce que me obligó a parpadear para recuperar la concentración.

—Primero: mi madre, Isabel. No busques convencerla con datos lógicos; es una detective de corazones. Analiza las microexpresiones, los silencios y los tiempos verbales. Si dices «nosotros» con demasiada fuerza, sabrá que lo hemos ensayado. Si eres demasiado perfecta, sospechará. Busca la fisura.

—¿La fisura? —Julia alzó una ceja—. ¿Quieres que le hable de la vez que inundé mi cocina intentando arreglar el lavavajillas con un tutorial de YouTube?

—Dios, no. Limítate a parecer humana, pero sin pasarte de caótica.

Segundo: mi padre, Santiago. Solo pregunta por planes de jubilación y finanzas.

Para él, las personas se dividen entre las que tienen un plan de pensiones a tres décadas y las que son un peligro para el producto interior bruto.

Si no tienes un fondo de inversión, eres invisible.

Te preguntará a qué te dedicas; si mencionas la palabra «pódcast», rodéala de términos como «monetización activa», «métricas de retención» y «retorno de inversión».

—Hecho. Le diré que mi audiencia tiene un crecimiento orgánico interanual del cuarenta por ciento. Le va a encantar —bromeó, aunque su mirada se desvió un segundo hacia las tres siluetas que ya acortaban la distancia.

—Y tercero, y más importante: mi tía Carmen.

Me detuve. El agarre de Julia en mi mano se tensó un milímetro.

—¿Qué pasa con la tía Carmen? —preguntó.

—Carmen tiene un superpoder. Te juzgará por tus zapatos.

Es capaz de tasar el estatus social, la educación y la solvencia moral de una persona basándose únicamente en su calzado.

Ha destruido matrimonios de primos míos antes de que llegaran al altar solo por una mala elección de horma en la cena de compromiso.

Julia miró hacia abajo. El dobladillo asimétrico de su vestido verde botella, que parecía librar una batalla perdida contra la gravedad, dejaba al descubierto unos tacones de aguja de marca barata.

Eran bonitos, pero el material sintético brillaba bajo los focos con una intensidad que delataba su precio de dos dígitos.

—Dime que tu tía Carmen tiene astigmatismo —murmuró, con un hilo de voz inusualmente frágil.

—Tiene vista de halcón para el cuero italiano y las costuras hechas a mano —respondí.

Apreté los dientes. No debería haberla arrastrado a esto.

Julia era un espíritu libre, de las que grababan descalzas entre cojines y tazas de café a medio terminar.

Mi familia, en cambio, era un engranaje de precisión diseñado para triturar cualquier espontaneidad que no estuviera homologada por el club de campo.

La farsa con Sofía había sido fácil porque ella jugaba en mi terreno: el de las apariencias y el orgullo herido.

Pero esto era mi propia sangre buscando la grieta en el muro que tanto me había costado levantar.

—Valdés —Julia me tomó de la solapa y me obligó a bajar la vista. Su rostro quedó a pocos centímetros del mío, envuelto en un aroma a vainilla y brisa marina—. Mírame.

Lo hice.

—Somos un equipo, ¿recuerdas? Lo dijiste en el coche. Si tu tía Carmen quiere mirar mis zapatos, que mire. Al menos no llevo calcetines con sandalias. Y si tu padre quiere hablar de fondos indexados, le hablaré de mi plan de pensiones emocional. No dejes que te vean así.

—¿Así cómo?

—Como si esperaras que el jurado dicte la pena de muerte. Afloja la mandíbula. Me estás apretando la cintura como si fuera un salvavidas en mitad de un naufragio.

Relajé la presión de mis dedos sobre su costado, pero no retiré la mano. Su postura firme y esa absurda seguridad que proyectaba, incluso con un vestido de rebajas y zapatos sintéticos, me sostuvieron el pulso.

—Tres metros —susurré. Mi madre levantó la copa de cava en nuestra dirección con una sonrisa que no llegó a sus ojos analíticos.

—Que empiece el juicio, abogado —respondió Julia, mientras daba un paso al frente y me arrastraba con ella hacia la luz de los candelabros.

Tragué saliva, me coloqué la máscara de hijo perfecto y me preparé para el desastre.

El primer paso fuera de la sombra de la columna nos expuso a la claridad de la terraza.

Mi madre, Isabel, recortó la distancia con la elegancia que reserva para las recepciones benéficas.

A su lado, mi padre mantenía la espalda recta, como si presidiera un consejo de administración, mientras mi tía Carmen cerraba el flanco izquierdo con los ojos fijos en el suelo, buscando el primer error de etiqueta.

El brazo de Julia rozó el mío. No había temblor en su postura; alineó sus pasos con los míos con una precisión que no le había visto desde que firmamos el acuerdo en la cafetería.

—Daniel, cariño —mi madre extendió los brazos para un doble beso que apenas rozó el aire. Sus ojos grises, idénticos a los míos pero sin filtros, se clavaron en Julia—. Clara nos advirtió de que vendrías acompañado, pero ya sabes cómo es tu hermana para los detalles. No nos dijo nada.

—Isabel —dije, dando un paso atrás—. Ella es Julia Castro. Julia, mi madre.

—Es un placer, señora Valdés —Julia dio un paso al frente con la dosis justa de calidez—. Daniel me ha hablado de su criterio para la organización, pero este lugar supera cualquier expectativa.

Mi madre entornó los ojos, evaluándola en silencio.

—¿Ah, sí? —Isabel dio un sorbo a su copa de cava—. No sabía que mi hijo prestara atención a esas cosas. Normalmente está demasiado ocupado analizando cláusulas de rescisión como para fijarse en las flores.

Me tensé, listo para intervenir, pero Julia se adelantó con una risa suave.

—Al principio yo pensaba lo mismo —dijo, mirándome de reojo—.

El día que nos conocimos en la librería, me dio un discurso sobre el derecho de propiedad aplicable a los libros usados.

Pensé que era el hombre más rígido del planeta.

Pero luego descubrí que esa seriedad es su forma de asegurarse de que las personas que le importan no tengan que preocuparse por nada. Es su manera de cuidar.

La luz de las antorchas se reflejaba en sus ojos. No había forzado el tono ni había recurrido al «nosotros» impostado. Mi madre parpadeó; la rigidez con la que sostenía la copa cedió unos centímetros.

—Bueno —murmuró Isabel, recolocándose el collar de perlas—. Me alegra saber que al menos alguien es capaz de ver más allá de sus informes de auditoría.

Mi padre, Santiago, dio un paso adelante y le estrechó la mano. Su mirada escaneó el vestido verde de Julia, deteniéndose un segundo en el tejido antes de volver a su rostro.

—Julia. Un placer —dijo con su tono de barítono—. Daniel mencionó que te dedicas al sector creativo. En esta familia estamos más acostumbrados a los balances de situación y a las carteras de inversión. ¿Qué tipo de actividad desarrollas exactamente?

Iba a intervenir con el vocabulario técnico que habíamos ensayado, pero la presión de la mano de Julia en mi antebrazo me detuvo.

—Dirijo un proyecto de comunicación digital, señor Valdés —respondió ella, sosteniéndole la mirada—. Nos centramos en la curaduría de narrativas urbanas bajo un modelo de distribución de audio bajo demanda.

Mi padre alzó las cejas.

—¿Un pódcast? —preguntó, pronunciando el término con cautela.