Manual para un Novio de Mentira Estreno de Gala para una Mentira a Dúo #2
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Estreno de Gala para una Mentira a Dúo #2

—Julia Castro —di un paso al frente, obligando a Daniel a ceñir su brazo a mi cintura, y le tendí la mano a Sofía con mi sonrisa más deslumbrante—.

Un placer absoluto, Sofía. Daniel me ha hablado muchísimo de ti.

Bueno, de la boda, en realidad. Tenía pánico de que el tráfico nos hiciera perdernos el cóctel de bienvenida.

Me habría dado algo si me pierdo este atardecer.

Es casi tan espectacular como tu vestido.

Sofía parpadeó. Un milímetro de desconcierto alteró la línea perfecta de sus cejas antes de estrecharme la mano. Sus dedos estaban helados.

—Gracias, Julia. Qué amable —dijo, recomponiendo su postura al instante—. Julia... Castro. No me suena tu apellido de los círculos de Daniel. ¿Trabajas en el sector corporativo?

—Dios me libre —solté una risa ligera, la misma que uso para abrir los episodios de *Desastres y Citas* cuando el invitado estrella me cancela a cinco minutos de grabar—.

Alguien tiene que aportar un poco de desorden creativo a la vida de este hombre, ¿no crees?

Si fuera por Daniel, hasta las cenas de los martes tendrían un índice de contenidos y un plazo de alegaciones.

La risa de Sofía sonó como el choque de dos copas de cristal en una bandeja de plata.

—Alegaciones —repitió, entornando los ojos mientras daba un sorbo minúsculo a su champán—. Sí, eso suena muy a Daniel. Aunque no me imagino qué tipo de recurso podrías presentar tú, Julia. Daniel nunca ha sido un hombre que tolere bien el desorden creativo.

—Bueno, es que las mejores cosas de la vida no vienen con un índice de contenidos —respondí, ampliando mi sonrisa de portada de pódcast. Deslicé los dedos por el brazo de Daniel, notando la tensión de su bíceps, y me incliné hacia él—.

Además, a veces hace falta un pequeño terremoto para que los cimientos demuestren lo que valen. ¿Verdad, mi amor?

El apelativo salió con una naturalidad que me heló la sangre.

Daniel no pestañeó. Al contrario, su mano derecha, que descansaba en mi cintura, se acomodó con una presión suave pero firme, atrayéndome un milímetro más hacia su costado.

El calor de su palma atravesó el tejido de mi vestido verde botella y me recorrió la espalda.

—Julia tiene una teoría muy particular sobre la resistencia de los materiales —dijo Daniel.

Su voz, habitualmente fría y precisa, adquirió un matiz cálido, casi divertido—.

Al principio intenté aplicarle el reglamento de la propiedad horizontal, pero resultó que ella prefiere negociar sin intermediarios.

Marcos soltó una carcajada ruidosa y le dio un palmetazo en el hombro.

—¡Eso es nuevo! El gran Daniel Valdés cediendo. Eso tengo que verlo. Pero decidme, ¿cómo os conocisteis? Clara nos soltó el bombazo, pero no los detalles. Y conociendo al hermano de Clara, el misterio es su segunda naturaleza.

Sofía clavó sus ojos grises en los míos, sosteniendo la copa a la altura de la barbilla.

Era el momento. El guion ensayado en su salón, entre el sofá de cuero y la mesa de nogal.

—Oh, un desastre absoluto —comencé, gesticulando—.

Llovía a cántaros en el Barrio Mosaico. Una de esas tardes grises en las que Bahía Serena parece Londres, pero con peor alcantarillado.

Me refugié en una librería de viejo que olía a papel húmedo y café recalentado, buscando un tratado de derecho comparado del siglo XIX para un proyecto de arte conceptual sobre la inutilidad de las fronteras escritas.

—Un proyecto de un rigor científico indiscutible —apostilló Daniel, mirándome de reojo con una chispa de ironía.

—No me interrumpas, Valdés, que me rompes el clímax —le reñí con un ademán cariñoso—. El caso es que allí estaba yo, estirando la mano hacia el único ejemplar con lomo de cuero, cuando de repente unos dedos perfectos se cerraron sobre el mismo volumen.

—Estaban a temperatura ambiente, Castro —intervino Daniel, recogiendo el guante.

Se giró hacia ellos, relajando los hombros—.

Lo que Julia olvida mencionar es que su aproximación consistió en un asalto a mano armada.

Me miró como si yo fuera una infracción de tráfico por llevar traje un martes por la tarde.

—Llevabas un traje demasiado caro para una librería donde el suelo cruje —repliqué, dándole un golpecito con el codo—. Y me dijiste, con voz de haber desayunado clavos: «Disculpe, señorita, pero este volumen está reservado para una consulta de derecho civil».

—Y tú me contestaste que el derecho comparado pertenecía a la humanidad —añadió Daniel.

Su mirada se cruzó con la mía. Por un instante, el murmullo de la terraza, el viento del acantilado y la presencia de su ex se disolvieron.

Solo quedaban sus ojos oscuros, fijos en los míos, reflejando la luz de los candelabros con una fijeza que no venía en ninguna hoja de cálculo—.

Lo que tampoco cuenta es que, en su afán por defender el patrimonio de la humanidad, pisó su propia gabardina y casi derriba la estantería entera.

Tuve que elegir entre salvar el tratado o evitar que muriera aplastada por una edición ilustrada de *Don Quijote*.

—Eligió el libro, por supuesto —bromeé, buscando aire.

—Elegí mitigar los daños colaterales —corrigió Daniel. Sus dedos en mi cintura se deslizaron apenas un centímetro, una caricia imperceptible que me encendió la piel—. Aunque el verdadero desastre empezó cuando acepté invitarla a un café para disculparme por mi falta de caballerosidad.

Marcos miraba a Daniel como si estuviera viendo a un doble de acción con una personalidad mejorada.

—Increíble —murmuró Marcos, negando con la cabeza—. Daniel Valdés salvando a una chica de una avalancha de libros. Tío, si me lo cuentan, no me lo creo.

Sofía no parecía convencida. Su mirada iba de la mano de Daniel en mi cintura a mi hombro apoyado contra su pecho, buscando la costura suelta de la farsa.

—Una librería de viejo en el Barrio Mosaico —dijo Sofía, con una voz que pretendía ser dulce pero sonaba a lija—. Qué pintoresco. No sabía que te interesara el arte conceptual, Daniel. Siempre pensé que tu literatura se limitaba al código mercantil.

—La gente cambia, Sofía —respondió Daniel. Su tono fue un lago helado, sin rastro de la urgencia que me había descrito en la autopista—. A veces encuentras cosas que no sabías que estabas buscando, y el código mercantil se queda corto.

Sofía parpadeó y desvió la mirada hacia el océano, recolocándose el tirante del vestido con un gesto rígido.

—Bueno —intervino Marcos, buscando su copa de champán en la mesa de teca—, me alegra ver que estás en buenas manos, Dani. El cóctel termina y tenemos que saludar a los tíos de Sofía, pero nos vemos en la cena de ensayo. Julia, un placer.

—El placer ha sido mío —respondí, estrechando la mano de Marcos—. Nos vemos luego.

Sofía me dedicó una última inclinación de cabeza y se alejó del brazo de Marcos hacia el salón acristalado.

Esperé a que se mezclaran con la marea de trajes antes de soltar el aire. Las piernas me temblaban sobre los tacones.

—¿Estás bien? —preguntó Daniel en un susurro, junto a mi oído.

Su mano seguía en mi cintura, demasiado real.

—¿Que si estoy bien? —Me giré hacia él—. Valdés, has estado soberbio. Lo del *Don Quijote* y el patrimonio... casi me lo creo yo. ¿Dónde tenías escondido ese talento para la improvisación? ¿En el cajón de las cláusulas de rescisión?

Daniel esbozó una sonrisa de lado, esa ligera curva que empezaba a resultarme familiar. Sus ojos perdieron por un instante la distancia profesional.

—Te lo dije en el coche, Castro. Un equipo. Si tú te lanzas al vacío, mi trabajo es asegurarme de que el aterrizaje sea controlado.

—Pues ha sido un aterrizaje de diez —dije, dando un paso atrás para romper la distancia física.

Al retirar su mano, la brisa del acantilado me golpeó el costado. Me froté los brazos para disimular el escalofrío.

—La primera prueba está superada —añadió Daniel, escaneando la terraza—. Pero mi madre y mi tía están a las tres en punto, junto a la mesa de quesos. Sofía es una aficionada comparada con el comité de evaluación familiar.

Miré en esa dirección. Una mujer de cabello canoso nos observaba desde la distancia, sosteniendo una copa con solemnidad.

—De acuerdo, abogado —murmuré, ajustándome el dobladillo asimétrico de mi vestido verde botella—. Prepárame el dossier de urgencia. ¿Qué tipo de preguntas hace la detective de corazones?