Manual para un Novio de Mentira Autopista hacia el Peligro (y la Barra Libre)
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Autopista hacia el Peligro (y la Barra Libre)

Autopista hacia el Peligro (y la Barra Libre)

Julia

El reloj digital del salpicadero marcaba las tres y siete de la tarde cuando arrastré mi maleta amarillo mostaza por el asfalto del Distrito Argenta.

Daniel ya estaba allí, apoyado en la puerta de un sedán alemán gris plomo que reflejaba las nubes.

Llevaba gafas de sol oscuras, chinos planchados al milímetro y una camisa de lino azul con las mangas remangadas de forma simétrica hasta los antebrazos.

Parecía el anuncio de un coche premium que promete que, si lo compras, jamás volverás a sudar ni a dudar sobre tu declaración de la renta.

Al oír el chirrido de la rueda defectuosa de mi maleta, giró la cabeza y se bajó las gafas por el puente de la nariz con un dedo.

—Siete minutos tarde, Castro.

—Siete minutos no es tarde, Valdés. Es un margen de cortesía milenial. Sirve para que acumules ganas de verme.

—Sirve para consumir combustible innecesario al ralentí y para perder la ventana de tráfico fluido en el nudo de la autopista sur —replicó mientras rodeaba el coche.

Pulsó el botón del llavero y la tapa del maletero se elevó con un susurro hidráulico.

El interior era un desierto de moqueta negra.

En una esquina, sujeto por una red elástica, descansaba un organizador de fieltro gris con un extintor en miniatura, un botiquín de primeros auxilios y un juego de herramientas ordenado por tamaños.

Daniel tomó mi maleta por el asa metálica.

Sus bíceps se tensaron bajo el lino azul al levantarla.

Al dejarla dentro, mi mostaza andrajosa —llena de pegatinas de festivales, un adhesivo de «Las ardillas también tienen derechos» y un raspón negro de Renfe— pareció un grafiti en un templo minimalista.

—¿Qué llevas aquí? ¿Rocas de río? —preguntó con una ceja arqueada mientras cerraba la tapa con un clic quirúrgico.

—El equipamiento básico de supervivencia para tres días de alta sociedad. Vestidos, zapatos tortura, tres tipos de laca y mi dignidad, que pesa lo suyo. —Le mostré la bolsa de papel kraft—. Y esto es el combustible de carretera.

Daniel miró la bolsa. Su atención se detuvo en el borde superior, de donde asomaba una bolsa gigante de patatas sabor jamón y un paquete de ositos de goma verde fluorescente.

—Eso no va a subir a la cabina.

—¿Perdona? Mis ositos de goma no viajan en el maletero. Se deprimen a oscuras.

—La grasa industrializada crea una película invisible en el cuero napa. Por no hablar del olor a cerdo artificial.

—Es jamón ibérico de imitación, Valdés. Un clásico de gasolinera. —Me deslicé al asiento del copiloto antes de que pudiera protestar—. Además, mi metabolismo exige sodio cada cincuenta kilómetros. Arranca o muerdo el salpicadero de fibra de carbono.

El interior olía a sándalo, cuero limpio y orden prohibitivo. Ni un papel en las puertas, ni una moneda en el cenicero, ni una mota de polvo en la pantalla táctil.

Daniel subió, cerró con un golpe seco que nos aisló del tráfico de Bahía Serena y dejó escapar un suspiro controlado. Se abrochó el cinturón con un movimiento fluido y me miró. Su vista bajó un instante hacia mi mano, donde sostenía un termo que goteaba una lágrima de café sobre mi vaquero.

—Tienes una gota en la rodilla.

—Una declaración de intenciones estilística. —Froté la tela con un pañuelo arrugado—. Listo. Como nueva. ¿Arrancamos, capitán?

Daniel encendió el motor, que cobró vida con un ronroneo sutil. Salimos del Distrito Argenta esquivando el primer semáforo en ámbar con una precisión de cirujano.

Durante diez minutos, el silencio fue tan denso que oía mi propia respiración contra el parabrisas. La autopista de la costa se abrió ante nosotros, una cinta gris flanqueada por acantilados y el azul metálico del océano. La luz de la tarde teñía de oro el salpicadero.

Estiré la mano hacia la pantalla táctil.

—¿Qué haces? —preguntó Daniel, sin apartar la vista de la carretera. Sus manos seguían fijas en las diez y diez.

—Romper este silencio de sala de espera. Necesitamos música.

—El silencio favorece la concentración. Requiere todos los sentidos, incluido el oído.

—La conducción defensiva es para los que no tienen una lista de reproducción llamada «Éxitos Pop para Gritar en la Autopista» —y conecté el teléfono al puerto USB.

La pantalla reconoció el dispositivo. Antes de que Daniel pudiera reaccionar, los altavoces escupieron un tema pop de los noventa con sintetizadores chillones y una batería electrónica que hizo vibrar el reposabrazos.

Se le tensó la mandíbula.

—Castro, esto es contaminación acústica.

—Esto es cultura general, Valdés. Canta conmigo: «¡Y no me importa nada lo que digan de mí...!».

—No voy a cantar eso.

—Te sabes la letra en secreto. —Me recliné y apoyé los pies descalzos sobre el borde de la guantera.

Daniel echó un vistazo rápido a la derecha. Abrió los ojos un milímetro más.

—Los pies abajo. Ahora mismo.

—¿Por qué? Está limpio.

—Si el airbag se despliega, tus rodillas acabarán en tus órbitas. Es física básica. Baja los pies.

—Qué gráfico. —Deslicé las piernas hacia el suelo, cruzándolas bajo el asiento—. Eres un aguafiestas profesional. Deberías ponerlo en tu tarjeta de visita: «Daniel Valdés: Abogado de fusiones y destructor de la diversión en ruta».

—Prefiero llamarlo «gestión de riesgos de supervivencia». —Atenuó el volumen—. Si vamos a pasar dos horas aquí metidos, sugiero un armisticio. ¿Qué tal un pódcast?

—¿Un pódcast? —Me incorporé—. No sabía que escuchabas mi formato. ¿Ponemos «Desastres y Citas»? Tengo un episodio excelente sobre un tipo que me llevó a un buffet libre e intentó cobrarme la mitad de las gambas que él mismo se había comido.

—No —respondió con una firmeza que rozaba el pánico—. Pensaba en algo más estructurado. Tengo la última conferencia del profesor Garrido sobre las modificaciones del régimen de la propiedad horizontal en el derecho comparado.

Solté una carcajada que rebotó en el parabrisas, rompiendo la solemnidad que Daniel intentaba mantener.

—¿Propiedad horizontal? ¿En serio? Valdés, si pones eso, nos estrellaremos antes del primer peaje por un coma inducido. Prefiero que me confieses otra de tus citas desastrosas. El risotto químico dejó el listón muy alto.

Daniel mantuvo la vista en la línea blanca, pero sus hombros cedieron un milímetro. El sol poniente recortó su perfil, revelando una ligera curva en la comisura de sus labios.

—No todas mis citas de juventud terminaron con la intervención de los servicios de emergencia, Castro.

—No te creo. Tienes pinta de haber llevado a alguna chica a una biblioteca para explicarle la diferencia entre un usufructo y una servidumbre de paso.

—Fue una librería —corrigió con un tono seco, aunque asomaba una sonrisa—. Y no le expliqué nada. Ella ya sabía bastante de servidumbres.

—¿Ah, sí? —Me incliné hacia él, apoyando el codo en la consola central e invadiendo su espacio aéreo—. Cuéntame. Eso es oro puro para mi libreta amarilla. Cláusula de entretenimiento en carretera.

Daniel hizo un cambio de marcha impecable. El coche aceleró para adelantar a un camión con un silbido sordo.

—Eso —dijo, mirándome de reojo— tendrá que esperar a que pasemos el peaje. Todavía no confío en que no dejes caer una gominola ácida sobre mi palanca de cambios.

—Eres un hombre desconfiado, Valdés.

—Soy un hombre con un buen seguro de coche, Castro. Y pienso mantenerlo así.

Me acomodé en el asiento mientras la aguja del velocímetro se clavaba en el límite de velocidad. Fuera, los acantilados se teñían de violeta y naranja. La música pop seguía sonando de fondo y, por primera vez en noventa y cuatro días, el vacío de mi libreta amarilla dolió un poco menos.

La aguja del velocímetro apenas llegó a estabilizarse. Dos kilómetros después, donde la autopista bordeaba el acantilado, una hilera de luces rojas se encendió en cadena.

Daniel frenó sin brusquedad. Su mano derecha bajó a la palanca de cambios con una parsimonia que desmentía la tensión del habitáculo. Nos detuvimos en el carril izquierdo, a tres metros de un utilitario azul con una pegatina de surf desgastada.

A nuestro alrededor, el río de metal de la autopista se congeló.

El silencio fue instantáneo, roto solo por el siseo del aire acondicionado y el ritmo pop de mi teléfono. Apagué la pantalla de un toque.

Daniel mantenía las manos en las diez y diez, apretando el cuero hasta que sus nudillos clarearon. Clavaba la mirada en el parachoques delantero, como si pretendiera disolver el obstáculo con la vista.

—Bueno —me acomodé contra el respaldo—, parece que tu ventana de tráfico fluido se ha cerrado. ¿Esto venía en la página dos del itinerario?

Él no respondió. Pulsó la pantalla del salpicadero y el mapa del GPS se tiñó con una línea roja que se extendía kilómetros adelante.

—Accidente en el kilómetro cuarenta y dos —su voz sonó más baja y rasposa—. Un camión cruzó la mediana. Obstrucción total. Tiempo estimado de retención: ciento diez minutos.

—Ciento diez minutos —repetí, estirando las piernas—. Casi dos horas atrapados en un puente entre la roca y el océano. Qué romántico. En una comedia de los noventa, ahora empezaríamos a cantar con los del carril de al lado.

Daniel apagó el motor. Se pasó una mano por la cara, arrastrando el cansancio desde la frente, y sus dedos buscaron de forma inconsciente el cuello de la camisa de lino. Tocó el primer botón, lo soltó y volvió a palparlo. Dos veces. Tres.

—No hay corbata, Valdés —le recordé—. No puedes desarmarte más.

Dejó caer la mano sobre la consola, junto a mi bolsa de gominolas. Se quedó mirando el horizonte, donde el sol se hundía dejando un rastro violeta sobre el agua.

La rigidez de sus hombros no era la de un conductor impaciente. Había una vibración estática en el habitáculo, una urgencia contenida que enrarecía el aire.

—Daniel —dejé a un lado el sarcasmo—. Mírame un segundo.