Capítulo 5Autopista hacia el Peligro (y la Barra Libre) #2
Tardó un instante en girar la cabeza. Sin las gafas de sol, sus ojos oscuros perdían la distancia profesional de la cafetería. Las sombras bajo sus pestañas delataban las noches en vela redactando contratos.
—Si tanto te horroriza este fin de semana, ¿por qué vamos? —Me apoyé en el reposabrazos—. Podemos dar la vuelta en el próximo cambio de sentido. Le inventamos a tu madre una intoxicación por mis gominolas y regresamos a Bahía Serena. Te devuelvo el contrato, me das mis historias y nadie sufre.
Daniel esbozó una mueca seca que no llegó a sus ojos.
—No es tan sencillo, Castro.
—Claro que lo es. Física básica: metes marcha atrás, giras el volante y nos alejamos.
—No huyo —su tono recuperó la firmeza de sus alegatos—. Si no me presento, la historia en las mesas no será la de un hombre que ha pasado página. Será la del exnovio destrozado que no soporta ver su fracaso. Mi ausencia confirmaría su versión.
—¿Su versión?
—La de que yo era el problema. —Se reclinó contra el asiento, con la mirada fija en el techo—.
Sofía decía que vivir conmigo era habitar en una hoja de cálculo.
Que mi necesidad de predecir escenarios ahogaba la espontaneidad.
Cuando se marchó con Marcos, dejó una nota en la encimera.
Muy bien redactada, por cierto. Decía que con él las cosas simplemente pasaban, sin planes de contingencia.
Me removí. El olor a sándalo del coche se mezclaba con la brisa marina que entraba por la rendija de la ventanilla.
—La gente asume que cuando te dejan por tu mejor amigo, te destroza el desamor —continuó, con una voz plana, como si leyera una sentencia ajena—.
Creen que lloras porque extrañas sus abrazos.
No es eso. No echo de menos a Sofía; los últimos meses fueron un desierto de silencios pactados.
Lo que te destroza es la estupidez. Tu propia estupidez.
Se giró hacia mí. El último resplandor del atardecer le recortaba la mandíbula, endureciendo sus facciones.
—Marcos era mi amigo desde el primer año de carrera.
Compartimos un piso de treinta metros sin presión en la ducha y sobrevivimos a fideos instantáneos.
Sabía cómo funcionaba mi cabeza. Sabía que no gestiono bien las sorpresas.
Y, aun así, decidieron construir una mentira a mis espaldas durante meses.
Mensajes borrados, citas secretas, miradas que no entendía.
Ocurría en mi propio salón, Castro. En mi mesa. Y no vi nada.
Un claxon lejano rompió el silencio de la autopista y se apagó de inmediato. Daniel ni siquiera pestañeó.
—Si no soy capaz de ver que las dos personas en las que basaba mi vida me mienten a la cara, ¿cómo voy a confiar en mi criterio para cerrar una fusión?
¿Cómo le digo a un cliente que su contrato es seguro si no supe proteger mi propia casa?
Esa boda no es por Sofía. Es por mí. Necesito entrar en esa sala, mirar al mayor fallo de seguridad de mi vida y no desmoronarme. Necesito recuperar el control.
Me quedé en silencio. El abogado implacable que redactaba contratos de tres páginas para un fin de semana parecía lejano. Bajo la camisa de lino impecable quedaba solo un hombre desarmado, expuesto a la intemperie de un mundo que no respondía a sus leyes.
Un calor súbito me subió por el pecho. Yo también levantaba muros; mi pódcast era un dique de contención contra mis propias grietas.
Convertía mis desastres en comedia para que dejaran de doler.
Él redactaba cláusulas; yo escribía guiones.
Dos náufragos agarrados a tablas distintas en el mismo océano.
Deslicé la mano por la consola central. Sin sopesar si violaba la sección 4.
2 del acuerdo o si la interacción física requería testigos.
No los había en ese puente; solo estábamos nosotros y el zumbido del aire.
Apoyé los dedos en su antebrazo, donde la manga remangada descubría la piel templada de su muñeca.
Su brazo se tensó bajo mi tacto, pero no se apartó. Bajó la vista hacia mis dedos antes de sostener mi mirada.
—No fue un fallo de tu sistema, Daniel —mi voz sonó limpia, sin rastro de ironía—. Tu lógica funciona. El problema es que los contratos solo obligan a quienes tienen la decencia de respetarlos. Ellos rompieron las reglas, no tú. No culpes a tu método de la cobardía ajena.
Él mantuvo la mirada fija en la mía. El habitáculo pareció encogerse hasta convertirse en un refugio. Su respiración se acompasó con la mía, lenta y ajena a cualquier planificación.
Sus dedos se aflojaron sobre el volante. Giró la palma hacia arriba sobre la consola, a un suspiro de la mía. No llegamos a tocarnos, pero la cercanía de su piel irradiaba una calidez constante que me recorrió entera.
—Gracias, Julia —susurró.
Era la primera vez que no me llamaba Castro.
A lo lejos, el aullido de una sirena comenzó a abrirse paso entre el metal, anunciando que el atasco, tarde o temprano, volvería a fluir.
El murmullo de los motores al ponerse en marcha rompió la burbuja del habitáculo. El coche de delante avanzó un metro, luego tres, y Daniel retiró su mano de la consola para aferrar el volante con un movimiento que careció de su habitual precisión.
El resto del trayecto transcurrió en un silencio distinto.
No la guerra fría del Distrito Argenta, sino una tregua armada donde el siseo del aire acondicionado rellenaba los huecos.
Fuera, la noche se tragó el océano, dejando solo un rastro de espuma blanca bajo la luna y las luces de los chalets de la costa.
Cuando el GPS anunció que estábamos a dos minutos del destino, el coche comenzó a subir por una calzada flanqueada por palmeras iluminadas con focos de luz cálida. Al coronar el acantilado, el Mirador de las Olas se desplegó ante nosotros como un decorado de película de presupuesto ilimitado.
Era un complejo de villas de estuco blanco y piedra volcánica que parecía flotar sobre el agua.
Columnas de mármol travertino sostenían una entrada monumental donde los aparcacoches, con chalecos de sastre, recibían un desfile de berlinas negras, deportivos alemanes y faldas de seda que ondeaban con la brisa.
El aire olía a sal, a pino y a ese tipo de perfume caro que te obliga a revisar mentalmente el saldo de tu cuenta corriente solo por respirarlo.
Tragué saliva. Mi vestido de repuesto en la maleta mostaza no tenía ninguna etiqueta que terminara en «-vitton» o «-prada».
—Vaya —murmuré, pegando la frente a la ventanilla—. Esto no es una boda, Valdés. Es una demostración de fuerza geopolítica. ¿Seguro que no hay un control de aduanas para los que llevamos pegatinas de festivales en el equipaje?
Daniel detuvo el coche en el carril de acceso, a unos metros de la escalinata principal. No apagó el motor. Se quedó mirando el vestíbulo acristalado, donde ya se vislumbraban siluetas con copas de champán. Su mandíbula se tensó.
—Es el estándar de la familia de Sofía —dijo, con una neutralidad rígida—. Les gusta el impacto visual.
Me giré en el asiento. Sin las gafas de sol, bajo la luz dorada de las antorchas de la entrada, Daniel parecía más joven y expuesto. Sus dedos tamborilearon una vez contra el cuero del volante antes de quedarse quietos.
—Daniel —lo llamé.
Él me miró. La sombra en sus ojos oscuros, esa grieta en su armadura de litigador, me hizo olvidar el chiste que tenía preparado sobre el precio de las mimosas.
—Gracias —dijo, con la voz ahogada por el ronroneo del motor—. Por lo de antes. En la autopista. No suelo dar esa información.
—Las cláusulas de confidencialidad también se aplican a los momentos de debilidad en el arcén, Valdés —estiré la mano para rozar el cuello de su camisa de lino—. Además, el risotto químico sigue siendo el peor desastre de tu expediente. Lo de Sofía solo fue mala puntería.
La comisura de su labio se elevó un milímetro y sus hombros cedieron.
—Pase lo que pase ahí dentro —continué—, somos un equipo.
Si un socio de tu bufete intenta aburrirte con su cartera de inversiones, inventaré una llamada urgente del Tribunal Supremo.
Si Sofía se pasa de perfecta, yo seré el doble de encantadora y el triple de caótica.
Nadie va a compadecerse de ti este fin de semana. Te lo prometo.
Daniel me sostuvo la mirada. Luego, exhaló un suspiro largo, apagó el motor y la pantalla del salpicadero se fundió a negro, devolviéndonos el reflejo de nuestras siluetas en el habitáculo.
—Un equipo —repitió, como si probara el sonido de la palabra—. De acuerdo, Castro. Un equipo.
Abrió la puerta y el ruido exterior nos invadió: el murmullo de las conversaciones, el tintineo de los hielos y el rumor del oleaje rompiendo contra las rocas, cien metros más abajo.
Rodeó el capó antes de que yo pudiera buscar la maneta. Al abrir mi puerta, me ofreció la mano.
No fue el apretón de negocios de la cafetería ni el agarre de emergencia de mi salón. Fue una invitación lenta, formal. Deslicé mis dedos entre los suyos. Su palma estaba templada, firme, y su agarre se cerró sobre mi mano con una presión constante que detuvo el temblor de mis muñecas.
Al salir del coche, el tacón de mi zapato se hundió en la gravilla. Daniel no me soltó; me atrajo hacia su costado con un movimiento fluido, hasta que mi hombro rozó el suyo bajo los focos de la entrada.
Un botones con uniforme impecable se acercó para recoger las llaves y la maleta amarillo mostaza, que desentonaba entre dos maletines de cuero italiano. Daniel le entregó la tarjeta de la reserva sin pestañear.
—Buenas noches —dijo el recepcionista—. Bienvenidos al Mirador de las Olas. ¿Señor Valdés y acompañante?
—Daniel Valdés —corrigió él, dando un paso adelante y arrastrándome con él—. Y ella es Julia. Mi novia.
La palabra flotó en el aire húmedo del acantilado. Sentí el pulso de Daniel contra el mío en el punto exacto donde nuestras manos seguían entrelazadas.
Miré la escalinata de mármol que conducía al vestíbulo principal, donde nos esperaba una barra libre y un centenar de ojos curiosos. Apreté sus dedos con un poco más de fuerza y le dediqué mi mejor sonrisa de portada de pódcast.
—El juego ha comenzado, abogado —susurré.
—Que Dios nos pille confesados, Castro —respondió en el mismo tono, antes de dar el primer paso hacia la luz.