El Expediente Julia Hechos, Fábulas y Otras Incongruencias #2
—Un interrogatorio de control de daños —me crucé de brazos—. Respuestas rápidas, sin rodeos. Debemos automatizar la información. Yo empiezo. ¿Alergias?
—Al kiwi y a los hombres que usan bermudas de lino con mocasines sin calcetines. ¿Tú?
—Al polen y a la impuntualidad. Comida favorita.
—Los tacos de canasta de un puesto mugriento cerca de la estación de autobuses. No me mires así, tienen más carácter que tus ensaladas pesadas al gramo. ¿La tuya?
—El lenguado a la *meunière*. O cualquier plato que no requiera comer de pie. Placer culpable.
Julia apoyó los codos en la mesa, a escasos centímetros de mí. Su perfume de jazmín y cítricos, que ya empezaba a colonizar el aire neutro del salón, se intensificó.
—Los *realities* de cocina donde la gente llora porque se les baja un suflé —sonrió con desafío—. Tu turno. Y no me digas que es leer el código de comercio los domingos por la mañana, porque no te lo compro.
El segundero del reloj de pared avanzó tres posiciones antes de que soltara la información.
—Las películas de acción de los noventa.
Julia parpadeó, perdiendo la suficiencia por un instante.
—¿Cómo?
—Cualquier producción con Bruce Willis en camiseta de tirantes, explosiones donde el héroe camina a cámara lenta o Nicolas Cage atrapado en un avión con convictos. Particularmente *La Roca*.
La comisura de su labio izquierdo se elevó de una manera distinta, más suave, desprovista de la ironía de su pódcast.
—Vaya. El hombre de los contratos de fusión inmaculados tiene fantasías de salvar el mundo con un lanzallamas. Eso sí que es un desvío del protocolo.
—Es una cuestión de predictibilidad —un calor inusual me subió por el cuello—. El malo muere, el héroe salva el día y el orden se restablece en exactamente ciento veinte minutos. Sin vacíos legales ni interpretaciones subjetivas.
—Eres un caso clínico, Valdés. Pero sirve para el expediente. —Se inclinó para apuntar en su libreta amarilla con el bolígrafo morado—. Siguiente. Nombre de tu primera mascota.
—Un pastor alemán llamado Duque. Murió cuando yo tenía doce años. ¿La tuya?
—Un hámster llamado Aristóteles —respondió de inmediato—. Murió porque mi hermano se dejó la jaula al sol en agosto. Yo tenía siete años y le organicé un funeral con honores de Estado en el jardín comunitario, himno nacional incluido.
—Un trágico final para un filósofo.
—Sobreviví al trauma —por un segundo, la calidez de su mirada me obligó a desviar la atención hacia el dossier—. Venga, otra. ¿Qué es lo que más te desquicia de la gente?
—La falta de rigor. Que hablen de temas que desconocen con la seguridad de un catedrático. ¿Y a ti?
—La condescendencia. Los que asumen que por llevar un moño desordenado y un pódcast humorístico no sé lo que es un balance de situación o una retención fiscal.
La firmeza en su voz no encajaba con el personaje caótico que proyectaba. Julia Castro era un torbellino, sí, pero con un centro de gravedad bastante más sólido de lo que mis prejuicios me habían permitido ver en el bar de Clara.
—Tienes buena memoria para los datos rápidos.
—Tengo memoria fotográfica para las cosas que importan, Valdés. Aunque no lo creas.
—Pruébalo.
Julia dejó el bolígrafo y se recostó, entornando los ojos como si escaneara un documento invisible.
—Sé que calzas un cuarenta y tres porque el día que nos conocimos y te cayó mi cerveza encima, el cuero de tus Oxford de Barker se oscureció en la puntera derecha; grano de becerro italiano de primera calidad.
Sé que prefieres el café corto y sin azúcar porque hoy ni miraste el tarro de la encimera al entrar.
Y sé que cuando vas a dar una respuesta definitiva, te tocas el nudo de la corbata exactamente tres veces.
Mi mano derecha, alzada inconscientemente hacia el cuello de la camisa, se congeló a mitad de camino. No llevaba corbata, pero el gesto de buscar el nudo ausente me delataba.
Julia bajó la mirada hacia mis dedos suspendidos y esbozó una sonrisa triunfal, sin malicia.
—Te lo has tocado dos veces desde que empezamos a hablar de Bruce Willis —susurró—. No estás tan bajo control como aparentas, abogado.
Apoyé la mano sobre la mesa de nogal, a escasos centímetros de la suya. Sus dedos, con las uñas pintadas de un tono lavanda que desentonaba con la sobriedad de mi casa, tamborileaban contra la madera.
—La observación detallada es útil en los tribunales, Castro —recuperé el tono profesional—. Me sorprende que la uses para analizar mis tics.
—Analizo todo lo que se mueve. Es mi trabajo. Pero contigo... —Se encogió de hombros, con un gesto inusualmente forzado—. Digamos que eres un espécimen interesante. Muy rígido por fuera, pero con demasiadas grietas en la fachada.
El silencio no tuvo el vacío incómodo de una sala de juntas cuando una negociación se estanca.
Fue un silencio denso, cargado de la brisa marina que se colaba por la rendija del ventanal y del zumbido del frigorífico.
Me descubrí observando la pequeña cicatriz cerca de su ceja izquierda, un detalle que no figuraba en ninguno de mis organigramas.
Los labios se me curvaron sin esfuerzo. No era la mueca de cortesía profesional que reservaba para los clientes, sino la misma sonrisa desarmada que me había provocado el recuerdo de mi risotto químico en la cafetería.
La farsa diseñada en papel se desvanecía ante la conversación, y las líneas de mi contrato inmaculado se volvían tan borrosas como la tinta fresca bajo el flexo.
Mi mano seguía a escasos centímetros de la suya, lo suficiente para percibir el calor de su piel a pesar de la corriente del ventanal. Retiré los dedos despacio, fingiendo indiferencia, aunque el gesto tuvo la urgencia de una retirada.
—Ensayemos la escena de la librería —recuperé mi tono profesional—. Hemos acordado el entorno, pero la ejecución debe ser impecable. Si nos limitamos a recitar los datos, parecerá un testimonio preparado.
Julia se reclinó en la silla y me sostuvo la mirada con una sonrisa de suficiencia.
—Ay, Valdés. Tu problema es que tratas la realidad como si fuera un juicio de faltas.
Para que una mentira funcione, la gente tiene que verla.
Tiene que haber espacio para la duda, para el roce.
—Se puso en pie de un salto. La silla de diseño escandinavo retrocedió con un chirrido sobre el parqué—.
Imagina la escena. Yo estoy aquí, frente a la sección de narrativa extranjera.
El salón de mi apartamento, habitualmente silencioso y ordenado, se convirtió en un escenario improvisado. Julia comenzó a caminar entre el sofá de cuero y la mesa de nogal, gesticulando como si apartara ramas en una selva en lugar de buscar lomos de libros.
—Es una tarde lluviosa en el Barrio Mosaico —continuó, modulando la voz con esa cadencia dramática de su pódcast—.
La librería está casi vacía. Solo se oye el goteo contra el cristal y una música de jazz suave que sale de un altavoz polvoriento.
Llevo tres semanas buscando el tratado de derecho comparado para mi proyecto de arte conceptual sobre la inutilidad de las fronteras escritas.
—Un proyecto con un rigor científico encomiable —comenté, cruzándome de brazos.
—No me interrumpas, rompes la atmósfera.
—Me señaló antes de retomar el papel—. De pronto, mi mano se posa sobre el lomo de cuero del único ejemplar.
Siento una punzada de triunfo. Pero, en ese mismo instante, unos dedos largos, fríos y con las uñas perfectamente cortadas se cierran sobre el mismo libro.
Se detuvo a un metro de mí, imitándome con una rigidez que me hizo contraer la mandíbula.
—Te miro de reojo —prosiguió, dando un paso lateral—.
Veo a un hombre con un traje demasiado caro para una librería de viejo un martes por la tarde.
Un tipo que me mira como si yo fuera una infracción de tráfico.
«Disculpe», me dices con esa voz de haber desayunado clavos.
«Este volumen está reservado para una consulta de derecho civil».
—Yo no hablo así, Castro.
—Hablas exactamente así cuando quieres recordar que cobras por horas —replicó, sin salirse del personaje.
Dio otro paso atrás, agitando los brazos para enfatizar el clímax—.
Y entonces yo te digo: «El derecho comparado pertenece a la humanidad, abogado».
Intento tirar del libro, tú te resistes, nuestros rostros se acercan y. ..
Mi apartamento no estaba diseñado para el movimiento libre de una podcaster hiperactiva. En el suelo, justo detrás de sus talones, descansaba la gabardina que había resbalado del respaldo de la silla media hora antes.
El tacón de Julia pisó la tela.
Su cuerpo perdió el eje. Soltó un jadeo ahogado mientras sus brazos buscaban un punto de apoyo en el aire. Su mano derecha golpeó el borde de la mesa de nogal y desplazó el dossier de plástico negro, que cayó al suelo con un chasquido seco.
Reaccioné por puro instinto.
Me levanté de un salto y rodeé la esquina de la mesa. Mi mano derecha se aferró a su cintura, justo por encima de la cadera, mientras la izquierda le sujetaba el antebrazo para frenar la caída que la habría llevado directo contra la madera maciza.
El impacto de su cuerpo contra el mío me obligó a dar un paso atrás para asegurar el apoyo.
Nos quedamos inmóviles en mitad del salón.
Su rostro quedó a escasos centímetros del mío.
Su respiración, rápida por el susto, me golpeaba la barbilla.
El perfume de jazmín y cítricos me invadió con la fuerza de una marea.
Sentí el latido errático de su corazón contra mi pecho, una vibración desordenada que desafiaba cualquier principio de simetría.
El flexo de la mesa nos iluminaba de perfil, proyectando nuestras sombras entrelazadas sobre la pared.
Julia no dijo nada. La mujer de las respuestas rápidas se había quedado muda.
Sus ojos, de un marrón claro bajo la luz directa, me examinaban con una seriedad que no figuraba en mis planes de contingencia.
Tenía la boca entreabierta y un mechón de pelo deshecho le rozaba la mejilla, rozando mi cuello con una suavidad casi imperceptible.
Bajé la mirada hacia sus labios.
La sostenía con firmeza por la cintura. Sentía la curva de su cuerpo bajo la camiseta, una calidez que contrastaba con la rigidez de todo lo que nos rodeaba.
El silencio del apartamento se volvió tan denso que el segundero del reloj de pared pareció ralentizarse, marcando cada fracción de segundo en que la sostenía.
Fue un instante. Pero mi mente analítica se detuvo por completo, bloqueada por un error de sistema que no sabía cómo resolver.
Un frío repentino me obligó a reaccionar.
La ayudé a recuperar el equilibrio con un movimiento rápido, casi tosco, y retiré las manos de inmediato. Me agaché a recoger el dossier y me concentré en alinear las hojas sueltas contra el parqué para no mirarla.
—Te lo he dicho —mi voz sonó más ronca de lo habitual. Me aclaré la garganta antes de ponerme en pie—. El desorden siempre provoca accidentes. Deberías tener más cuidado.
Julia se frotó el antebrazo. Su moño se había desmoronado por completo, dejando caer el pelo castaño sobre sus hombros.
—Claro —respondió en un murmullo plano, inusual en ella—. El diseño escandinavo es un peligro público para los que no tenemos seguro de responsabilidad civil.
Recogió la gabardina del suelo y la sacudió con un tirón brusco. Le temblaban los dedos al colgársela del brazo antes de agarrar su bolsa de lona de la mesa.
El aire en el salón se sentía denso, casi inmóvil.
—Creo que es suficiente por hoy —añadí, sosteniendo la carpeta contra el pecho—. Hemos fijado la historia de la librería. Repasaremos el resto de los detalles durante el trayecto de mañana.
—Sí —asintió ella, encaminándose al vestíbulo—. Mañana a las tres, en la puerta de tu despacho. No querrás que el tráfico arruine tu cronograma de precisión militar.
La acompañé hasta la salida en silencio. Al abrir la puerta, Julia se detuvo en el umbral y se giró. Intentó sonreír, pero el gesto no llegó a sus ojos.
—Buenas noches, Valdés. Intenta no soñar con ardillas albinas.
—Buenas noches, Castro.
Cerré y pasé el cerrojo. El doble giro metálico resonó en el pasillo vacío.
Me apoyé contra la madera fría, soltando por fin el aire.
En el salón, los libros seguían alineados por altura y el sofá mantenía su ángulo recto. Todo volvía a estar bajo el control de la simetría.
Sin embargo, el olor a jazmín y cítricos seguía flotando en el aire, denso, desafiando la corriente del ventanal.
Me miré la palma de la mano derecha. Aún conservaba la sensación de su cintura, la textura de su ropa y la calidez que desprendía.
Caminé hacia el ventanal. Abajo, las luces de los coches cruzaban el Distrito Argenta en un flujo constante y predecible. Mi mente, acostumbrada a calcular contingencias y evaluar daños, arrojaba un diagnóstico inequívoco.
Había subestimado el peligro de este acuerdo. El riesgo real no venía de Sofía, ni de la farsa ante los socios del bufete. Estaba en este salón, y yo acababa de aceptar las condiciones.