Manual para un Novio de Mentira El Expediente Julia Hechos, Fábulas y Otras Incongruencias
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El Expediente Julia Hechos, Fábulas y Otras Incongruencias

El Expediente Julia: Hechos, Fábulas y Otras Incongruencias

Daniel

Mi apartamento siempre ha sido un templo de la simetría.

Los lomos de los libros de derecho en la estantería se alinean por altura y orden cronológico; el sofá de cuero gris no admite un cojín fuera de su ángulo de noventa grados, y la mesa de comedor de nogal resplandece bajo la cera que aplico el primer domingo de cada mes.

Un espacio diseñado para evitar sorpresas.

Hasta que Julia Castro cruzó el umbral.

Llevaba una gabardina tres tallas mayor y arrastraba una bolsa de lona amarilla que parecía contener todas sus posesiones. La dejó caer sobre la mesa de nogal con un golpe sordo que hizo vibrar la madera.

—Vaya, Valdés. Tu casa parece el catálogo de una clínica de reposo de lujo.

¿Vives aquí o solo vienes a que te hagan fotos para una revista de minimalismo?

—Se quitó la gabardina y la soltó sobre el respaldo de una de mis sillas de diseño escandinavo.

La tela resbaló hasta quedar arrugada en el suelo.

Respiré hondo. Levantarse a recogerla sería mostrar debilidad. Disciplina. Esto era un ejercicio de gestión de crisis.

—Toma asiento, Castro. Tenemos tres horas para repasar el dossier antes de que sea tarde para memorizar los detalles.

—¿Dossier? —Julia arqueó una ceja y se sentó, cruzando las piernas sobre la silla con una familiaridad alarmante—. Daniel, es una boda de fin de semana, no una cumbre del G20.

Saqué la carpeta clasificadora de color negro mate que me había tomado cuatro horas organizar. La coloqué sobre la mesa, a una distancia prudencial de su bolsa amarilla, y la abrí con un movimiento seco. Dentro, indexadas con pestañas de colores, descansaban quince fichas individuales.

—Esto —señalé la primera sección— es el organigrama de la boda. He seleccionado a los quince invitados clave con los que interactuaremos. Cada ficha incluye su fotografía, su relación conmigo, sus temas de conversación preferidos y los que debemos evitar a toda costa.

Julia se inclinó sobre la mesa. Su perfume a vainilla y cítricos invadió el salón. Deslizó el dedo por la primera ficha, que mostraba a Sofía sonriendo en una terraza de moda.

—Sofía Herrera —leyó—. Treinta años. Diseñadora de interiores. Evitar: reformas residenciales, su perro salchicha muerto en 2021 y el viaje a Florencia. —Alzó la vista con una sonrisa contenida—. ¿Has impreso una foto de tu ex? Eres un psicópata muy ordenado, ¿lo sabías?

—Se llama preparación, Castro. Sofía es extremadamente observadora; detectará cualquier titubeo en cinco segundos.

Y aquí —pasé la página— está el novio, Marcos Aguilar.

Es propenso a la justificación. Intentará buscar un momento a solas conmigo para escudarse en que las cosas simplemente pasaron. Debes evitar que nos quedemos solos.

—Entendido. Haré de guardaespaldas emocional. —Julia apoyó los codos en la mesa, sosteniendo la barbilla con las manos—. Pero este despliegue de inteligencia militar no sirve si falta lo más importante.

—¿Qué es lo más importante según tu criterio?

—Nuestra historia, Valdés. El origen del mito. ¿Cómo se enamoró el abogado más rígido del Distrito Argenta de la podcaster más caótica de Bahía Serena?

—Ya lo discutimos en el café —señalé la sección tres—.

Nos conocimos en el vestíbulo de Roca & Valdés.

Ibas a entregar unos documentos para un cliente de tu productora y tropezaste conmigo cerca de los ascensores.

Intercambiamos teléfonos tras el incidente de la cerveza en mis zapatos. Es lógico, directo y fácil de recordar.

Julia soltó un bufido y se reclinó, agitando las manos.

—Es un bostezo de historia, Daniel. Si le cuento eso a tu madre o a Sofía, se dormirán antes del primer plato. «Tropezamos en un ascensor». ¡Por favor! Necesitamos drama, pasión, un choque de mundos. Algo que justifique que un hombre que planifica hasta sus estornudos esté saliendo conmigo.

—La sencillez es la clave de la credibilidad —repliqué con mi tono de sala de vistas—. Cuantos más detalles inventes, más hilos tendrán para desmontar la farsa.

—Déjame el guion a mí, que para algo es mi trabajo. —Julia se inclinó hacia delante, con los ojos encendidos por esa energía que empezaba a resultarme familiar—. Escucha: nos conocimos en una protesta ecológica en el parque central.

Sostuve el bolígrafo en el aire.

—¿Una protesta ecológica? Yo no protesto, Castro. Redacto contratos de impacto ambiental para multinacionales.

—Exacto. Ese es el conflicto —tamborileó los dedos sobre mi dossier—.

Yo estaba allí, encadenada a un árbol milenario para salvar a una colonia de ardillas albinas que el ayuntamiento quería desalojar para construir un aparcamiento.

Y tú... tú eras el abogado de la constructora.

El enemigo. El hombre del traje gris con la orden de desalojo en la mano.

Un párpado me tembló levemente.

—Eso es ridículo. Primero, no hay ardillas albinas en el parque central. Segundo, mi bufete jamás aceptaría un desalojo de parques públicos. Y tercero, yo nunca me enfrentaría a manifestantes encadenados.

—¡Es una metáfora del destino! —exclamó, ignorando mis objeciones—.

Imagínalo: nuestras miradas se cruzan en mitad del griterío.

Tú con tu carpeta de cuero, yo con una pancarta que dice «Las ardillas también tienen derechos».

Viste la determinación en mis ojos y tu corazón de hielo se derritió un milímetro.

Me ofreciste tu termo de café premium para que no pasara frío durante la noche.

—No tengo un corazón de hielo y jamás compartiría mi termo con alguien que se encadena a la propiedad pública —mi voz sonó más cansada que firme.

—Y ahí empezó todo —continuó con una sonrisa teatral—. El abogado corporativo y la activista indomable. Un amor prohibido que desafió las leyes de la física y de tu bufete. ¿No es maravilloso? Tu madre llorará de la emoción.

Cerré los ojos tres segundos, buscando la paciencia reservada para los clientes difíciles. Al abrirlos, Julia me contemplaba con absoluta autosuficiencia, la barbilla apoyada en los nudillos y un mechón rebelde del moño sobre la frente.

—Castro, si le cuentas esa fábula a mi familia, mi padre llamará a un psiquiatra y mi madre buscará el aparcamiento de las ardillas en Google Maps. Necesitamos hechos. Datos empíricos.

—Los hechos son aburridos, Valdés. En una boda la gente quiere fábulas. Quieren creer que incluso un robot de oficina puede ser rescatado de su rigidez por un torbellino de amor.

—No necesito que me rescaten. Mi vida funciona perfectamente.

—Tu vida es tan predecible que sé qué vas a cenar hoy solo con mirar tu cocina —señaló la encimera impoluta, donde solo destacaba una cafetera italiana de diseño—. Una pechuga de pollo a la plancha con el peso exacto de arroz integral y un yogur desnatado de postre.

Me mordí el interior de la mejilla. Tenía planeado preparar exactamente eso.

—Eso no viene al caso —enderecé la carpeta—. Si no unificamos la versión, el viernes por la noche seremos el hazmerreír del Mirador de las Olas.

—Hagamos una concesión —propuso Julia, cruzándose de brazos—. Eliminamos las ardillas albinas, pero mantenemos el choque. ¿Qué tal si nos conocimos en una librería? Una disputa por el último ejemplar de un libro.

—¿Qué libro? —pregunté con desconfianza.

—Un tratado sobre derecho comparado del siglo diecinueve. Yo lo quería para un proyecto de arte conceptual y tú para tu colección de fetiches legales.

—No tengo fetiches legales. Pero... —Analicé los riesgos—. Una librería es un entorno neutro. Creíble. No viola ninguna ley de la física ni de la propiedad pública.

—¿Ves? Al final tengo buenas ideas. —Julia me dedicó una sonrisa brillante, desprovista de la ironía de su pódcast. Mi mirada se desvió un instante hacia sus labios antes de volver a sus ojos—.

Ahora, abogado, pasemos al siguiente punto de tu dossier de la CIA.

¿Qué pasa si me preguntan qué es lo que más me desquicia de ti?

Tengo una lista larga y solo llevamos media hora aquí.

Podríamos empezar por tus manías con la simetría.

¿De verdad colocas los botes de especias por orden de degradación de color?

—Por utilidad y frecuencia de uso, Castro. Es lo más eficiente —respondí, sabiendo que acababa de darle más munición.

Su carcajada rebotó en las paredes del salón, llenando el espacio de una forma que mi silencio habitual nunca conseguía. Saqué el bolígrafo negro y, con un suspiro, taché la versión del ascensor en mi dossier impecable.

—Bien —murmuré—. Apunta: nos conocimos en la librería del Barrio Mosaico. Y más vale que recuerdes el título del libro, porque te lo van a preguntar.

—Hecho, Valdés. Esto va a ser el comienzo de una hermosa farsa.

Contemplé la tinta fresca sobre el papel.

El contrato que firmamos en la cafetería parecía ahora un dique de papel frente a la tormenta que acababa de instalarse en mi salón.

El segundero del reloj de pared competía con el ritmo desordenado de los dedos de Julia contra la mesa.

El fin de semana de la boda estaba a punto de comenzar, y mi plan de contingencia ya tenía la primera vía de agua.

La tinta de mi tachón todavía brillaba bajo el flexo de la mesa de nogal cuando Julia se recostó en la silla, observando la corrección con una satisfacción innecesaria.

El dossier, que había comenzado la tarde como un pulcro informe de riesgos, ahora parecía el borrador de una novela ligera, plagado de anotaciones moradas en los márgenes.

—Bien —dejé el bolígrafo a un lado—. Hemos establecido el origen.

Pero la librería del Barrio Mosaico es solo el envoltorio.

Si mi madre te acorrala durante el desayuno del sábado en la terraza, no te preguntará por derecho comparado.

Te preguntará por mis manías. Las mentiras se desmoronan en los detalles, Castro.

—¿Un examen de compatibilidad exprés, Valdés? Qué romántico. Deja que busque mi carta astral.