Términos y Condiciones de un Desastre Anunciado #2
—Exacto —asintió Daniel. Sus manos, que antes se aferraban a los folios, ahora gesticulaban en el aire—.
Se produjo una pequeña explosión de vapor y grasa que alcanzó la cortina de plástico de la ventana.
En tres segundos, la cortina estaba en llamas.
El detector de humos del pasillo empezó a pitar con un chirrido ensordecedor.
Elena corría por el pasillo gritando que el edificio iba a colapsar mientras yo intentaba sofocar el fuego con una toalla mojada que, por supuesto, también acabó quemándose.
—¿Llegaron los bomberos? —pregunté, ya sin ocultar mi sonrisa, atrapada por el brillo inusual de sus ojos oscuros.
—No los bomberos, pero sí el casero, que vivía abajo y tenía copia de la llave. Entró con un extintor de polvo químico y nos roció a todos, al risotto incluido, con una capa blanca que parecía nieve industrial.
Me eché hacia atrás en la silla y solté una carcajada sonora, de las que hacían que la gente del café se girara a mirarnos. La imagen de Daniel Valdés, con su traje impecable y su lógica de hierro, cubierto de polvo químico en una cocina devastada por vinagre de limpieza, era demasiado gloriosa.
Él no se molestó. Al contrario. Se llevó los dedos al nudo de la corbata y lo aflojó un par de centímetros, liberando el primer botón del cuello de la camisa.
Sus ojos brillaban y una sonrisa amplia, un poco tímida, le iluminaba la cara.
No era la mueca condescendiente que solía dedicarme; era una risa limpia, desarmada.
Por un segundo, el zumbido de la cafetería se desvaneció. Allí estaba el chico de veinte años, con los dedos manchados de hollín, intentando impresionar a una estudiante de Historia del Arte. Sentí un vuelco extraño en el pecho, una calidez que no tenía nada que ver con el guion de mi pódcast.
—¿Y qué pasó con Elena? —pregunté, bajando el tono, de pronto muy consciente de la escasa distancia que nos separaba sobre la mesa de madera.
—Elena se fue en un taxi esa misma noche, todavía tosiendo y con restos de polvo químico en el pelo —dijo Daniel, su voz volviendo a su tono grave habitual, pero con una calidez nueva—.
Me dejó un mensaje al día siguiente diciendo que prefería a los hombres menos.
.. inflamables. Terminé cenando un tazón de cereales rancios en el suelo de un salón que olía a vinagre y plástico quemado.
—Es la historia más patética que he escuchado en mi vida —escribí rápidamente en mi libreta amarilla: *El Abogado Inflamable y el Risotto Químico*. Alcé la vista y le sostuve la mirada—. Trato cumplido, Valdés. Esto va a ser un episodio increíble.
Él sacudió la cabeza, pero la sonrisa seguía allí, suavizando la línea de su mandíbula.
—Me alegra que mi humillación juvenil sirva para salvar tu carrera, Castro. Ahora, si hemos terminado con el escrutinio de mi pasado, sugiero que cerremos esto. Tenemos un viaje largo pasado mañana y un papel que ensayar.
Cerré la libreta amarilla de un golpe seco, haciendo que el muelle de metal chirriara contra la madera de la mesa. El eco del portazo de papel nos devolvió al reservado, donde el olor a café quemado y la luz mortecina de la tarde sustituían la cocina llena de humo de su juventud.
—Pasado mañana —repetí. Palmeé la portada de plástico para acallar el temblor de mis dedos—. Eso nos deja exactamente cuarenta y ocho horas para convertir este desastre en una obra de arte. O, al menos, en algo que no termine con tu casero rociándonos con un extintor.
Daniel recuperó la postura de inmediato.
Fue como ver a un transformador de corriente volver a su voltaje de fábrica; la curvatura relajada de sus hombros desapareció y su espalda se alineó con el respaldo de la silla.
Se abotonó el cuello de la camisa con dos movimientos precisos, ocultando la piel de la garganta que un segundo antes parecía tan expuesta.
—El plan de viaje está diseñado para evitar contingencias —dijo, mientras arrastraba las hojas de su contrato con la yema de los dedos—. Saldremos de la ciudad a las tres en punto del viernes. Si nos retrasamos, el tráfico en la autopista de la costa añadirá cuarenta minutos innecesarios a la ruta.
—Entendido, capitán —guardé mi bolígrafo morado en el bolso de lona—. Sin retrasos. Aunque sigo pensando que tu itinerario de tres páginas es excesivo para un viaje de dos horas.
—La previsión es la única diferencia entre un contratiempo y una catástrofe, Castro. —Daniel extrajo una estilográfica negra de su bolsillo interior, desenroscó la tapa con un giro seco y me la ofreció—. Firma en la última página del acuerdo. Al lado de mi rúbrica.
Miré el documento. Las cláusulas de confidencialidad y los «parámetros de interacción física» lucían impecables bajo su caligrafía angulosa.
Tomé la pluma; pesaba el doble que mis bolígrafos habituales y el metal me heló los dedos.
Garabateé mi firma, un trazo caótico que contrastaba con su rúbrica firme y simétrica.
—Oficialmente asociados —declaré, devolviéndole la pluma—. Tu reputación está a salvo de mis impulsos de cantar en los banquetes.
Daniel guardó las hojas en su carpeta de cartón, alineando los bordes contra la mesa antes de cerrar la solapa. Luego, se tomó un momento para mirarme. Sus ojos oscuros, libres ya de la calidez que había traído el recuerdo de su risotto quemado, recuperaron su distancia habitual.
—Para que un acuerdo sea vinculante —dijo, con esa voz grave que parecía diseñada para convencer a un tribunal—, debe cerrarse de la manera correcta.
Extendió la mano derecha sobre la mesa.
La palma estaba abierta, los dedos rectos, en un gesto que había repetido miles de veces en salas de juntas y despachos notariales. Era una invitación formal, un sello para la tregua entre el orden y el caos.
Deslicé mi mano hacia la suya. Nuestras palmas se encontraron en el centro de la mesa de madera.
Su tacto era firme. Su mano era más grande que la mía, lo suficiente como para que sus dedos envolvieran los míos con una presión decidida pero controlada.
Fue un contacto de apenas dos segundos, el protocolo estándar de cualquier transacción comercial, pero mi sistema nervioso decidió ignorar las reglas del derecho mercantil.
Una descarga diminuta, un chispazo caliente, me subió por la muñeca y trepó por el antebrazo. El vello de la nuca se me erizó bajo el moño desordenado.
Daniel no se movió, pero el músculo de su mejilla se tensó en una línea dura. Su agarre no se aflojó de inmediato; sus dedos permanecieron cerrados sobre los míos un latido más de lo estrictamente necesario.
Rompí el contacto con un tirón suave y devolví la mano a mi regazo, donde froté las yemas contra la tela vaquera de mi chaqueta. Todavía me escocían.
—Trato hecho —dije, tratando de recuperar el aliento.
Daniel se aclaró la garganta, un sonido seco que rompió la burbuja estática que se había formado sobre el azucarero. Se puso de pie y estiró las perneras de su pantalón gris con un tirón rápido.
—Te enviaré la confirmación de la hora de recogida mañana por la mañana —dijo, mientras agarraba su maletín de cuero—.
Sugiero que utilices las próximas veinticuatro horas para repasar la cronología que hemos acordado.
No quiero vacilaciones cuando mi madre te pregunte dónde pasamos las últimas Navidades.
—Estuvimos en una cabaña en la montaña, sin cobertura y comiendo chocolate caliente —recité, obligando a mi voz a mantener su tono ligero—. Lo tengo todo controlado, Valdés.
—Eso espero, Castro.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida del café.
Su figura, alta y recortada contra las luces de la calle que empezaban a encenderse, se movía con la seguridad de quien sabe exactamente dónde va a pisar en cada segundo de su existencia.
La puerta acristalada del local vibró levemente cuando salió, dejando tras de sí el rastro casi imperceptible de su perfume a sándalo.
Me quedé sentada en el reservado durante un minuto entero, escuchando el zumbido de la nevera de las tartas. Deslicé la mano dentro del bolso y toqué la libreta amarilla. Tenía la historia que Mónica me exigía para salvar el pódcast.
Sin embargo, al mirar la servilleta arrugada con mis «Reglas para no matarnos» que había quedado olvidada sobre la mesa, el suelo bajo mis pies se volvió tan inestable como la cortina de plástico del apartamento de Daniel.
La corriente de su mano todavía me vibraba en los dedos. Aquello no formaba parte de las cláusulas. No estaba en la sección 4.2 de su contrato inmaculado, ni en mis anotaciones moradas de emergencia.
Me colgué el bolso de lona al hombro y salí a la calle. La brisa marina de Bahía Serena me golpeó la cara con un olor a sal y asfalto húmedo. El tráfico del Distrito Argenta fluía a mi alrededor en un río de luces rojas y blancas, ajeno al desastre que acababa de firmar con tinta negra.
Caminé hacia la parada del autobús con el estómago encogido y las pulsaciones disparadas. Acababa de hacer un pacto con el diablo de los trajes rígidos, y la boda era en dos días.