Términos y Condiciones de un Desastre Anunciado
Términos y Condiciones de un Desastre Anunciado
Julia
Elegí la mesa del rincón más apartado. El local, de luz tenue, olía a grano tostado y a papel viejo, a mitad de camino entre mi apartamento en el Barrio Mosaico y las torres de cristal de su oficina en el Distrito Argenta.
Había empezado a llamarlo «El Pacto» en mi cabeza, pero ver a Daniel allí sentado, como un elemento de diseño fuera de lugar, disipó cualquier rastro de broma.
Vestía un traje azul marino impecable. Sin corbata, aunque el cuello de la camisa blanca estaba tan rígido que parecía capaz de cortar el viento. Sus dedos largos tamborileaban un ritmo constante sobre una carpeta de cartón grueso. No levantó la vista.
—Llegas tarde, Castro. Tres minutos tarde.
—Es un retraso de cortesía, Valdés. Para que ensayaras tu cara de desaprobación sin público —dejé caer mi bolso de lona amarilla sobre la mesa; la taza de espresso tembló—. Veo que ya has traído la artillería.
Daniel deslizó la carpeta. Dentro, tres hojas de papel lucían grapadas con precisión milimétrica. En la cabecera destacaba un título: *Acuerdo de Cooperación y Representación Social Privada*.
Solté un bufido.
—¿Un acuerdo de cooperación? Daniel, vamos a una boda de fin de semana, no a firmar un tratado de paz con la ONU.
—Es un contrato de representación —su voz sonó plana—. Establece los parámetros de nuestra interacción para evitar malentendidos, contingencias reputacionales o improvisaciones por tu parte.
—Adoro las improvisaciones —rebusqué en el bolso y saqué una servilleta de papel arrugada, escrita con bolígrafo morado: *Reglas para no matarnos*.
La deslicé sobre la madera hasta dejarla al lado de sus folios pulidos.
Daniel bajó la mirada y arqueó una ceja.
—¿Una servilleta?
—Es un borrador dinámico —apoyé los codos en la mesa—. Y tiene puntos muy válidos. Empecemos por la confidencialidad, ya que tu mayor miedo es que tu club de estirados descubra que respiras mi mismo aire.
—Mi mayor preocupación —se cruzó de brazos— es que utilices mi vida privada para generar lo que llamas «contenido». Mi reputación no es un guion de comedia.
—Tranquilo, James Bond. Serás anónimo. En el pódcast te conocerán como «El Abogado de Hierro». Cambiaré tu bufete por una firma de patentes de tornillos. Nadie va a asociar tus traumas a tu traje gris.
—Gris marengo —corrigió—. Su mirada descendió a la servilleta, donde mi letra detallaba las normas de contacto físico—. Hablemos de las demostraciones públicas de afecto.
—Mi parte favorita. ¿Qué propone el departamento legal?
Daniel pasó a la segunda página de su documento.
—Sección 4.2. Contacto físico permitido. Se autoriza el agarre de manos durante los desplazamientos por el complejo, así como el contacto casual de hombros o un brazo sobre la cintura para guiar el paso. Queda excluido cualquier otro contacto no especificado.
—¿Y qué pasa con los besos, Valdés? —me incliné hacia delante con una sonrisa—. ¿Vas a presentarme como tu novia y nos saludaremos con una reverencia de negocios?
—No exageres, Castro. Las parejas reales no pasan el día besándose en público.
—Pero se besan. Especialmente si tu ex vigila desde la barra libre —acerqué mi silla. Su perfume a sándalo y tintorería me llegó de golpe—. Por eso incluí la cláusula de «Emergencia Narrativa».
—¿Qué significa eso?
—Significa que la regla general es: sin besos en la boca —marqué el ritmo con un golpecito de uña sobre la madera—. Pero, si la situación lo requiere para mantener la farsa, se autoriza un beso de distracción. Un contacto breve, controlado y táctico.
Daniel se quedó en silencio. Sus ojos oscuros se enfocaron en mis labios antes de volver a sostener mi mirada. Un leve movimiento tensó su mandíbula.
—Un beso estratégico —repitió, como si probara el sonido de una palabra extranjera.
—Exacto. Un recurso de última instancia. No quiero que te aproveches para besar a la podcaster del año.
Él soltó un bufido corto, sin desviar la mirada.
—Te aseguro que no figura en mis planes de contingencia, Castro. Pero acepto la enmienda. Bajo estricta necesidad operativa y siempre que no exista otra salida lógica.
—Trato hecho. Ahora, la cláusula de rescisión —señalé el punto tres de mi servilleta—. Si uno de los dos quiere cometer un homicidio antes del domingo, ¿cómo salimos de esto?
—Mi contrato estipula una rescisión unilateral en caso de comportamiento lesivo para la reputación de cualquiera de las partes —leyó—. Si decides, por ejemplo, subir al escenario a cantar descalza, el acuerdo queda anulado.
—Mi voz es maravillosa en el karaoke —protesté—. Pero acepto. Y si te pones tan insoportable que me da urticaria por tu exceso de protocolo, me reservo el derecho de declararme soltera en mitad del banquete y anunciar que me has abandonado por un código de comercio.
Una chispa de diversión asomó a sus ojos, tan efímera que dudé de haberla visto.
—Justo —concedió—. Aunque dudo que mi conversación sea tan letal.
—No la subestimes. Es un arma de destrucción masiva.
—Bien. Tenemos las reglas de la farsa. Pero nos falta el pago inicial. Mi moneda de cambio.
Daniel suspiró. Su mano derecha subió hacia su cuello, buscando la corbata ausente, y sus dedos se cerraron sobre el vacío antes de caer de nuevo a la mesa.
—Las historias —murmuró.
—Las historias, abogado. Tres desastres amorosos de tu pasado. Reales, jugosos y suficientemente patéticos para salvar mi pódcast. Y quiero la primera ahora mismo, como muestra de buena fe antes de subirnos al coche.
Daniel miró hacia el ventanal, donde los últimos destellos de la tarde teñían el asfalto. Por primera vez, su espalda rígida cedió y sus hombros bajaron una fracción.
—Esto —dijo, fijando sus ojos en los míos— va a ser un desastre absoluto, Castro.
—Lo sé, Valdés. Pero va a ser nuestro desastre.
Arrastré la libreta amarilla unos centímetros más hacia su lado de la mesa, justo sobre el borde de su contrato inmaculado. El papel de espiral con mis garabatos morados contrastaba con sus folios blancos de gramaje prohibitivo.
—Bien, Valdés. Las reglas de la farsa están claras. Ahora quiero mi anticipo. La primera entrega de la mercancía.
Daniel miró las hojas cuadriculadas como si contuvieran esporas de ántrax. Suspiró, un sonido largo que desinfló la rigidez de sus hombros.
—¿De verdad es necesario hacer esto aquí? —preguntó, bajando la voz mientras desviaba la mirada hacia la mesa contigua, donde una pareja compartía un cruasán.
—Es estrictamente necesario para la validez del acuerdo, cláusula de buena fe —le recordé, mientras daba un golpecito con el bolígrafo a la primera página en blanco—.
Dispara. Un desastre real. Nada de «una vez llegué cinco minutos tarde a una cena porque el tráfico estaba difícil».
Quiero sangre, Daniel. Humillación. Algo que haga que mi audiencia quiera abrazarte o reírse de ti. Preferiblemente lo segundo.
Se frotó las sienes. Por un momento pensé que recogería su carpeta de cartón y me dejaría allí con la cuenta del café, pero permaneció inmóvil. El temor a presentarse sin pareja en el Mirador de las Olas parecía ganarle a su timidez.
—Tenía veinte años —empezó, tan bajo que tuve que inclinarme sobre la mesa.
Su aroma a sándalo me llegó de golpe—. Estaba en segundo de carrera.
Había una chica, Elena, que estudiaba Historia del Arte y parecía gravitar en una órbita distinta.
Ella era todo pintura abstracta, ropa de segunda mano y debates sobre el existencialismo. Yo era...
—Un pesado que ya memorizaba el Código Civil —completé.
Me dedicó una mirada de advertencia, aunque esta vez no arrugó la frente.
—Yo era alguien que intentaba desesperadamente parecer interesante —corregió—. Así que, cuando aceptó venir a mi apartamento a cenar, decidí que la pasta común no era suficiente. Quería impresionarla. Cocinaría un risotto de boletus y trufa.
—Oh, no. El risotto es el Everest de los principiantes. Requiere paciencia, amor... cosas que dudo que vinieran en tu configuración de fábrica.
—Requiere, sobre todo, no confundir los ingredientes —dijo Daniel, y una sutil mueca asomó a la comisura de sus labios—.
El apartamento que compartía con otros dos estudiantes era minúsculo.
La cocina tenía dos fuegos y un extractor de aire que hacía más ruido que un motor de avión, pero no aspiraba nada.
Compré lo más caro que mi presupuesto permitía.
Todo iba bien, hasta que llegó el momento de añadir el vino blanco para reducir el arroz.
Se detuvo, contemplando el fondo de su taza de espresso vacía.
—¿Y bien? ¿Qué pasó? —le apremié, con el bolígrafo suspendido, lista para transcribir el colapso del joven Daniel.
—No tenía vino blanco. O, mejor dicho, creí que lo tenía.
En el mueble de la cocina había una botella de cristal oscuro sin etiqueta que mi compañero de piso, un tipo de Bellas Artes bastante peculiar, había dejado allí.
Asumí que era vino casero. Sin olerlo, vertí media taza sobre el arroz caliente.
—Por favor, dime que no era disolvente para óleos.
—No. Era vinagre de limpieza concentrado que su madre le había preparado para quitar las manchas de los pinceles.
Me llevé una mano a la boca para contener la primera carcajada, pero el aire se me escapó entre los dedos.
—No te rías, Castro. Todavía no ha venido lo peor.
—Continúa, por favor. Esto es oro para el pódcast.
—El olor que emanó de la sartén fue instantáneo y corrosivo.
Un vapor ácido nos nubló la vista en segundos.
Elena empezó a toser como si se le fuera a salir un pulmón.
Yo, presa del pánico, agarré la sartén hirviendo para llevarla al fregadero y abrir el grifo de agua fría, esperando que eso detuviera el desastre.
—Regla básica de la cocina: nunca eches agua fría en una sartén con aceite caliente y ácido —susurré, con los ojos abiertos de par en par.