Capítulo 1El Día que se Secó el Manantial de Desastres #2
—Ese es el problema —Clara apoyó la mejilla en la mano—.
No tiene a nadie. Ha estado tan obsesionado con el trabajo desde la ruptura que su vida social es un páramo.
Está desesperado por encontrar una acompañante que le haga parecer exitoso y feliz.
Pero es Daniel. Se niega a pedir ayuda y finge que tiene todo bajo control.
Un desastre.
La palabra resonó en mi cabeza, rebotando contra el eco del ultimátum de Mónica. Daniel necesitaba proyectar una imagen falsa para sobrevivir a un evento. Yo necesitaba una historia real, jugosa y llena de tensión para salvar mi carrera.
El pulso me dio un salto en la base del cuello.
—Espera —murmuré, mi mente girando a una velocidad vertiginosa—. ¿Estás diciendo que tu hermano, el señor «Todo Bajo Control», necesita urgentemente una novia de emergencia para este fin de semana?
Clara me miró de reojo.
—No lo llames así. Y sí, básicamente. Aunque si le dices que yo te lo conté, te negaré hasta la muerte. ¿Por qué tienes esa cara?
—¿Qué cara?
—Esa cara. La que pones cuando se te acaba de ocurrir una idea terrible que probablemente involucre daños a la propiedad o a la moral pública.
Iba a defenderme, pero las palabras murieron en mi boca. Una sombra impecablemente estructurada se proyectó sobre la caoba de la barra. El inconfundible aroma a sándalo y tintorería cara me advirtió una fracción de segundo antes de que me girara.
Me giré en el taburete, aferrando la copa de verdejo como si fuera un arma. Daniel Valdés estaba a menos de un metro, proyectando esa aura de superioridad gélida que parecía venir de fábrica con su apellido.
Llevaba un traje gris marengo cortado con precisión quirúrgica, sin una arruga que delatara las diez horas en su despacho. Con un movimiento mecánico, se ajustó el nudo perfecto de la corbata de seda.
—Clara —dijo, con voz grave y uniforme. Sus ojos oscuros, fríos como el mármol, se deslizaron hacia mí—. Julia. ¡Qué sorpresa! Veo que las emergencias nacionales del mundo del chisme te han dado la tarde libre.
Planté los codos sobre la barra y le ofrecí una sonrisa cargada de sacarina.
—Las emergencias del chisme nunca descansan, Daniel. De hecho, estaba a punto de clasificar tu entrada dramática como material de estudio. ¿Te has perdido de camino a una convención de gente que odia la diversión?
Parpadeó con lentitud, como si procesara el ladrido de un perro pequeño.
—Rastreé el GPS del teléfono de mi hermana porque lleva tres horas ignorando mis mensajes —respondió, girándose hacia Clara, que de pronto parecía fascinada con el fondo de su copa—.
Y mamá amenaza con contratar a un investigador privado si no le confirmamos la logística para este maldito fin de semana.
—Tenía el móvil en silencio —se defendió Clara, encogiéndose de hombros—. Sabía que me ibas a someter a un interrogatorio sobre horarios que no estoy preparada para responder.
Daniel soltó un suspiro pesado, que en su ecosistema emocional equivalía a un grito de auxilio.
—Un agua con gas. Sin hielo —le pidió al camarero, antes de apoyar una mano en la barra. Sus nudillos estaban blancos—. No tengo energía para discutir, Clara. Necesito saber si vas a llevar tu coche al resort o si tengo que organizar un transporte.
—Llevaré mi coche —dijo ella—. ¿Por qué no llevas a tu acompañante en el tuyo?
El silencio que siguió fue tan denso que casi se podía cortar. Daniel desvió la mirada hacia las botellas alineadas frente al espejo. Su dedo índice comenzó a golpear rítmicamente el borde de la barra.
—Porque la lista de candidatas viables se ha reducido a cero —dijo por fin, con un tono tan seco que me dio sed—.
Catorce llamadas, Clara. He hecho catorce llamadas en los últimos tres días.
Colegas, antiguas compañeras, incluso la abogada rival con la que casi voy a juicio.
Todas están convenientemente fuera de la ciudad o tienen compromisos ineludibles.
Una carcajada breve y aguda se me escapó.
—Vaya, el gran Daniel Valdés, rechazado en masa —me burlé, girándome hacia él—. Creía que con mostrarles tu hoja de balance anual caían rendidas a tus pies italianos.
Me fulminó con la mirada. Si las miradas fueran demandas judiciales, estaría en bancarrota.
—No busco un romance de cuento de hadas para tu…
programa de radio, Julia —replicó, pronunciando la palabra «programa» como si fuera un insulto—.
Es una simple cuestión de óptica. Presentarme en el Mirador de las Olas sin acompañante equivale a una concesión de derrota.
Marcos va a estar allí, repartiendo sonrisas condescendientes, y Sofía…
Se interrumpió. El nombre de su exnovia pareció atascarse en su garganta. Volvió a llevarse la mano al nudo de la corbata, aflojándolo apenas un milímetro.
—Sofía me va a mirar con esa lástima ensayada que domina a la perfección —continuó, bajando la voz, como si admitirlo le costara dinero—.
Prefiero tragarme un Código Civil impreso antes que darle esa satisfacción.
Necesito a alguien. A cualquiera que sepa sostener una copa de champán sin derramarla y que pueda articular tres frases seguidas sin provocar un incidente.
—Suena a que buscas un escudo humano —comenté, inclinando la cabeza.
—Busco un escudo humano con modales aceptables, exactamente —confirmó, dándole un sorbo al agua que el camarero acababa de dejarle—.
Alguien que pueda fingir que me soporta el tiempo suficiente para sobrevivir a los cócteles, la ceremonia y el escrutinio de trescientas personas.
Pagaría tarifas de consultoría si pudiera encontrar a alguien que cumpliera el perfil y estuviera dispuesto a actuar durante cuarenta y ocho horas.
Las palabras flotaron en el aire. *Fingir. Actuar. Cuarenta y ocho horas*. El engranaje de mi mente, oxidado durante noventa y cuatro días, dio un giro brusco. La grabadora invisible que vivía en mi cabeza se encendió de golpe.
Él notó mi escrutinio. Sus cejas se juntaron en una línea severa y paseó la mirada por mi camiseta holgada, mi pelo en un moño desordenado y la mancha de café en la correa de mi bolso.
—No sé qué te hace tanta gracia, Castro —dijo, usando mi apellido como una advertencia—. Supongo que conceptos como «mantener las apariencias» escapan a tu comprensión.
Mi sonrisa se ensanchó.
—Te sorprendería, Valdés. Te sorprendería mucho lo buena que puedo llegar a ser fingiendo.
Daniel resopló. Sacó un billete de su cartera, lo dejó bajo el vaso de agua y se giró hacia Clara.
—Te espero en el coche. Tienes cinco minutos antes de que empiece a cobrarte el tiempo de espera.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida, abriéndose paso entre la gente como un rompehielos.
Clara me miró, con los ojos entrecerrados y una expresión de pura alarma.
—Julia —dijo, arrastrando las sílabas—. Conozco esa mirada. Es la que pones justo antes de hacer algo que requerirá que te preste dinero para una fianza. Borra esa idea de tu cabeza. Inmediatamente.
No le respondí. Me quedé mirando el billete que Daniel había dejado sobre la madera, perfectamente alisado. El manantial de los desastres no se había secado. Acababa de entrar por la puerta con un traje italiano.