Manual para un Novio de Mentira
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Capítulo 1El Día que se Secó el Manantial de Desastres
El Día que se Secó el Manantial de Desastres
Julia
Nada. Ni una chispa.
A mi alrededor, «El Caos Organizado» —el nombre oficial de mi estudio, que era la esquina de mi salón— hacía honor a su nombre.
Dos tazas de café con los bordes resecos, una torre de libros sobre psicología pop que nunca pasaron del prólogo y mi libreta de espiral amarilla, abierta en una página que solo contenía una frase tachada con furia: *El chico que lloró con el menú de postres*.
No era suficiente. Una anécdota de tres minutos sobre un tipo con intolerancia a la lactosa que se emociona ante un tiramisú no sostenía los cuarenta minutos que mis oyentes exigían.
Acerqué la silla rodante al escritorio. La rueda derecha, atascada desde hacía meses, chirrió contra el parqué. Aclaré la garganta. Pulsé el botón rojo de grabar.
—¡Hola, desastrosos! Bienvenidos a un nuevo episodio de *Desastres y Citas*, el único lugar donde mis malas decisiones sentimentales os hacen sentir mejor con vuestras propias vidas. Soy Julia, vuestra mártir profesional del amor, y hoy vamos a hablar de…
Me detuve. La barra de ondas en la pantalla del ordenador avanzaba, registrando el zumbido del tráfico y el ronroneo agónico de mi nevera.
—Hoy vamos a hablar de… la aterradora nada.
Detuve la grabación y borré la pista. Dejé caer la cabeza contra el escritorio, esquivando el teclado por milímetros. El plástico frío fue un alivio estéril contra mi frente.
Hacía noventa y cuatro días que no tenía una cita desastrosa.
En el ecosistema de los creadores de contenido, eso equivalía a tres glaciaciones.
Mi último gran éxito había sido «El Cripto-Bro que intentó pagar la cuenta con un NFT de su propio caniche».
Las descargas se dispararon, los patrocinadores me enviaron colchones viscoelásticos y yo me sentí en la cima del mundo.
Pero la paz se había instalado en mi vida con la sutileza de una plaga.
Había dejado de salir. Había borrado tres aplicaciones de citas después de que el pulgar derecho me amenazara con una tendinitis.
Estaba agotada de forzar situaciones, de sentarme frente a desconocidos con la grabadora mental encendida, rezando para que dijeran algo ofensivo, ridículo o simplemente extraño.
Agarré el móvil, que vibraba sobre la mesa. Abrí Instagram. Pésima idea. La última publicación del pódcast, un clip reciclado, acumulaba comentarios a una velocidad que me revolvía el estómago.
Deslicé el pulgar por la pantalla, leyendo en voz alta para romper el silencio.
—«Julia, reina, ¿para cuándo el nuevo episodio? Lavo los platos en silencio y me estoy replanteando toda mi existencia». —Suspiré—. Créeme, *User_99*, la crisis existencial está en la casa.
Seguí bajando.
—«Exijo mi dosis de vergüenza ajena semanal. ¿Te han secuestrado? Parpadea dos veces si necesitas que te rescatemos de una relación sana».
Solté una risa seca.
—«Se le acabó el amor o se le acabaron los idiotas de la ciudad».
—Ambas, *Sonia_Loves_Cats*, ambas cosas —le respondí a la pantalla.
Tiré el teléfono sobre los cojines. Ahí estaba la retorcida paradoja de mi existencia.
Para que *Desastres y Citas* triunfara, mi vida personal tenía que ser un accidente de tren continuo.
Mi dolor, mis humillaciones en bares de mala muerte, mis huidas por ventanas de baños; todo eso era mi capital.
Mi audiencia no quería escuchar sobre equilibrio emocional o, Dios no lo quisiera, amor verdadero.
Si algún día aparecía un tipo normal, con responsabilidad afectiva y que no coleccionara katanas, mi carrera se hundiría.
Me froté los ojos. La brisa marina se colaba por la ventana, trayendo olor a salitre y al café tostado de la esquina.
Bahía Serena vibraba allá afuera. La luz dorada recortaba los edificios del distrito financiero, un mundo de gente con horarios fijos y vidas ordenadas.
Abajo, en las calles, la gente se estaba enamorando, desenamorando y haciendo el ridículo.
Alguien, en algún lugar de esta ciudad, estaba teniendo una cita espantosa en este preciso instante. Y yo me la estaba perdiendo.
La pantalla del móvil se iluminó de nuevo. No era Instagram. Era un mensaje de Mónica, mi productora.
*«Julia. Necesitamos el borrador del próximo episodio hoy antes de las 18:00. Los patrocinadores preguntan por las métricas. Y no, no puedes reciclar la historia del mago aficionado otra vez. Llámame».*
El pulso me martilleó en las sienes. El reloj digital de la pantalla marcaba las 15:45.
Miré el micrófono. Me devolvió la mirada, implacable.
Me puse en pie de un salto, pateando un cojín contra la pared. Si el manantial de los desastres se había secado, tendría que salir a buscarlo. Agarré las llaves y mi bolso de lona amarilla.
Con el bolso de lona colgando del hombro y las llaves aún en el puño, cerré la puerta de mi apartamento de un tirón. El eco resonó en el pasillo vacío. Bajé los tres pisos saltando los escalones de dos en dos, impulsada por una mezcla de pánico profesional y exceso de cafeína.
La brisa de Bahía Serena me golpeó la cara al salir, cargada con el olor a salitre y asfalto caliente. Caminé a paso rápido, esquivando turistas y oficinistas, hasta llegar a *La Cepa*, un bar de vinos oscuro y con olor a roble que servía como nuestro confesionario habitual.
Clara ya estaba allí. Levantó la vista del teléfono en el instante en que me dejé caer en el taburete de terciopelo verde junto a ella.
—Tienes cara de que alguien acaba de cancelar tu suscripción a la vida —dijo, empujando una copa de Verdejo hacia mi lado de la barra de caoba.
—Peor. —Agarré el tallo frío como si fuera un salvavidas—. Mónica me ha dado un ultimátum. Si no le entrego un borrador decente antes de las seis, va a empezar a cuestionar mis métricas. Y si cuestiona mis métricas, cuestionará mi contrato.
Clara arqueó una ceja y le dio un sorbo a su vino.
—Pues la solución es fácil. Bájate una aplicación de citas, dale a la derecha al primer tipo que tenga una foto sosteniendo un pez muerto, y oblígate a tomar un café con él. Boom. Contenido.
—No es tan sencillo —gemí, dejando caer la frente contra la madera fría de la barra—.
Estoy agotada, Clara. Vacía. Ya no puedo forzar las situaciones.
Llevo semanas intentando encontrar el desastre perfecto y lo único que consigo son tipos aburridamente normales.
No puedo fabricar la humillación si no fluye de manera natural.
—El bloqueo del escritor versión milenial. Qué tragedia.
Levanté la cabeza para fulminarla con la mirada, pero me ofreció una sonrisa ladeada. Clara era mi cable a tierra. Mientras yo vivía en un torbellino de exageraciones y crisis narrativas, ella navegaba por la vida con una practicidad envidiable.
—No te rías. Mi carrera depende de que mi vida amorosa sea un chiste. Si dejo de ser la chica de los desastres, ¿qué me queda?
—Te queda ser una mujer de veintiocho años con un talento increíble para contar historias —respondió, dándome un golpecito en el brazo—.
Pero si te sirve de consuelo, no eres la única en esta ciudad que está teniendo un día miserable.
Mi querido hermano mayor está a punto de provocar una implosión en su bufete.
Solté un bufido automático.
—¿Daniel? ¿Teniendo un día miserable? Por favor. Para que Daniel Valdés tenga un día miserable, alguien tendría que haberle movido un milímetro la grapadora de su escritorio.
Clara soltó una carcajada breve.
—No seas mala.
—No soy mala, soy observadora —repliqué, dándole un buen trago al Verdejo—.
Tu hermano es un maniquí de trajes caros con menos personalidad que una tostada.
La última vez que coincidimos en tu cumpleaños, me miró como si yo fuera una bacteria exótica solo porque tiré un poco de cerveza en la alfombra.
—Tiraste media pinta sobre sus zapatos italianos, Julia.
—¡Fue un accidente gestual! —Me defendí, agitando las manos—. El problema con Daniel es que odia el caos, y yo soy el caos encarnado. El tipo tiene una hoja de cálculo para sus calcetines, estoy segura. Nunca lo he visto despeinado, nunca lo he escuchado levantar la voz.
Clara suspiró, trazando el borde de su copa con el dedo. Su expresión se suavizó.
—Sé que ustedes dos chocan. Él es demasiado rígido y tú eres… tú. Pero últimamente está peor de lo normal. La coraza de abogado de hierro se le está agrietando.
—¿Y eso por qué? ¿Perdió un caso contra una corporación malvada?
—No. Tiene una boda este fin de semana.
Fruncí el ceño. Que Daniel fuera a un evento social no sonaba a tragedia griega. Encajaba con su afición por los nudos de corbata asfixiantes y las conversaciones sobre la bolsa.
—¿Y qué? ¿Le aterra que el champán no esté a la temperatura exacta?
—Es la boda de Sofía —dijo Clara en voz baja, como si el nombre contuviera un hechizo.
El sarcasmo se me atascó en la garganta. Conocía la historia a grandes rasgos. Sofía, la exnovia perfecta de Daniel, lo había dejado por Marcos, el que solía ser su mejor amigo.
—Oh —fue lo único que logré articular.
—Sí. Oh. —Clara asintió—. El evento es en el Mirador de las Olas. Un resort de lujo, tres días de tortura rodeado de la crema y nata de la ciudad. Y Daniel tiene que ir. No ir sería admitir la derrota, y ya conoces su orgullo.
Me imaginé a Daniel, con su postura impecable y su mandíbula apretada, enfrentándose a un fin de semana de miradas de lástima. Por un segundo, una chispa de compasión parpadeó en mi pecho.
Pero luego recordé la forma altiva en la que me había sugerido que mi pódcast era un «pasatiempo ruidoso» la última vez que nos cruzamos, y la compasión se evaporó.
—Bueno, seguro que tiene una lista de temas de conversación preaprobados para sobrevivir —dije, apoyando los codos en la barra—. O tal vez lleve a una de esas abogadas de su bufete. Ya sabes, las que parecen hechas de hielo picado.