Manual de supervivencia para una boda El eco de una advertencia #3
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El eco de una advertencia #3

Kai asintió, pero su mandíbula estaba demasiado tensa. Le apretó la mano con fuerza.

Como si necesitara comprobar que seguía allí.

Salieron al exterior.

El jeep del resort los esperaba en la zona de recogida.

Kai abrió la puerta a Sofía con un gesto automático, protector.

Ella subió despacio.

La puerta se cerró con un sonido firme.

Kai rodeó el vehículo, se sentó al volante y arrancó.

El motor rugió bajo, profundo.

El jeep avanzó despacio al principio, saliendo de la zona de recogida mientras el aeropuerto quedaba atrás, con sus cristales reflejando luces y movimiento, como un mundo aparte que ya no les pertenecía.

Sofía apoyó la frente un instante contra la ventanilla.

Fuera, Honolulu seguía respirando normalidad: palmeras altas bordeando la carretera, el cielo abierto de un azul limpio y, a lo lejos, como una promesa eterna, el océano brillando como una lámina de metal bajo el sol, extendiéndose sin fin.

Y el jeep se incorporó a la carretera.

Durante un rato, todo fue paisaje: palmeras altas meciéndose con pereza, vegetación densa, el océano. Kai conducía con una mano firme sobre el volante, la otra descansando cerca de la de ella, como si incluso el silencio necesitara contacto.

Durante unos segundos no dijeron nada.

Solo el rumor del motor.

El aire cálido entrando a través de una rendija, el peso suave de lo que acababan de vivir.

Sofía respiraba despacio, intentando calmar el temblor que todavía llevaba dentro. Apoyó la cabeza contra el asiento, respirando lento.

Intentando calmarse.

Entonces Sofía, con la voz todavía quebrada por la despedida, rompió la quietud.

—Kai… ¿Qué piensas hacer el resto del día?

Kai la miró de reojo y tardó un segundo en responder, como si la pregunta lo sorprendiera en mitad de sus pensamientos, como si lo hubiera arrancado de un lugar profundo donde aún resonaban despedidas, amenazas, presentimientos.

Giró apenas el rostro hacia ella, lo justo para encontrarse con sus ojos.

—¿El resto del día…? —repitió, despacio.

Sofía asintió, encogiéndose un poco de hombros.

—Sí… ¿Tienes que trabajar?

Kai dejó escapar una exhalación suave, casi una risa que no llegaba del todo a serlo.

Negó con la cabeza.

—No.

Sofía parpadeó, sorprendida.

—¿No?

—Solo supervisaré un par de cosas… —dijo con calma, como si fuera lo menos importante del mundo.

La carretera se abría ante ellos, flanqueada por palmeras y vegetación densa, y el océano brillaba a lo lejos como un espejo inmenso.

Kai apretó un poco el volante… y luego añadió, bajando la voz, con una certeza tranquila:

—Pero el resto del día…

Hizo una pausa mínima, como si eligiera cada palabra con cuidado.

Y entonces le sonrió.

Una sonrisa pequeña, real.

—El resto del día lo voy a pasar contigo.

Sofía lo miró, sin respirar.

Kai corrigió, más suave todavía, como si esa fuera la verdad completa:

—Con vosotras.

Su mano buscó la de ella y la apretó con firmeza, como un ancla.

Sofía llevó instintivamente la otra mano a su vientre y algo dentro de su pecho se aflojó, como si por fin pudiera creerlo.

El jeep siguió avanzando hacia el resort, hacia el paraíso…

por la carretera costera, suave, casi hipnótica, con el océano brillando a su derecha como una sábana infinita de luz.

El sol caía oblicuo, dorando las hojas de las palmeras, haciendo que todo pareciera demasiado tranquilo…

demasiado hermoso… como si el mundo insistiera en fingir que nada podía romper aquella calma.

Kai aún tenía la mano de Sofía cerca; aún flotaba en el aire la ternura de su respuesta.

—El resto del día lo voy a pasar con vosotras.

Sofía sonrió.

Y fue justo entonces…

Justo en ese instante exacto…

Cuando el mundo se quebró.

Un coche apareció de frente, no a lo lejos, no con tiempo para reaccionar.

Apareció como un golpe de sombra sobre el asfalto.

Un vehículo oscuro, bajo, demasiado rápido. Sus cristales estaban tintados, negros como un secreto.

Venía recto… y de pronto, sin aviso, giró.

Invadió su carril.

Directo hacia ellos.

—¡Kai…!

El tiempo se ralentizó.

Kai vio el reflejo de sol en el parabrisas del otro coche, una luz cegadora que apenas le dejó distinguir una silueta al volante.

Solo un contorno.

Nada más.

Ni rostro.

Ni ojos.

Solo oscuridad detrás del cristal.

El coche se lanzó con violencia, como si no buscara esquivarlos…

Sino empujarlos.

Sacarlos.

Arrastrarlos de la carretera.

Hacia el borde.

Hacia el acantilado.

Kai reaccionó por instinto, giró el volante y pisó el freno con toda su fuerza.

Y, al mismo tiempo, en una fracción de segundo, su brazo derecho se disparó hacia Sofía.

La empujó contra el asiento, firme, protector, como un escudo humano.

Aunque ella llevaba el cinturón puesto, Kai la sostuvo igual, como si su cuerpo pudiera impedir que el mundo la tocara.

El jeep pegó un frenazo brutal. Las ruedas chirriaron sobre el asfalto. El cuerpo de Sofía se fue hacia delante, pero el brazo de Kai la mantuvo pegada al asiento. Un grito ahogado se le escapó del pecho.

—¡Ah…!

El otro coche pasó rozándolos.

Tan cerca que Sofía sintió el golpe del aire, como una cuchillada.

Un segundo más…

Un solo segundo…

Y se habrían estrellado.

El jeep se detuvo en seco, demasiado cerca del borde.

El precipicio estaba allí.

A unos metros.

El océano abajo, inmenso, esperando.

Durante un instante, solo existió el sonido del motor temblando… y la respiración rota de Sofía.

Kai no retiró el brazo enseguida.

Como si necesitara comprobar que ella seguía allí. Que no se había ido, que no se la había llevado el vacío.

Su corazón golpeándole las costillas como un tambor.

Entonces, lentamente, giró la cabeza hacia Sofía.

—¿Estás bien?

Su voz sonó grave, tensa, contenida.

Sofía tardó un segundo en responder.

Tenía la mano sobre el vientre, protegiéndose sin pensar, los ojos abiertos de par en par.

—Sí… sí.

Tragó saliva.

—Ha sido… ha sido un susto enorme, Kai.

Su voz temblaba.

—Dios mío… si no frenas… no quiero ni pensar.

Kai miró hacia delante.

Luego, con un movimiento rápido, giró la cabeza hacia el retrovisor.

Buscó el coche.

Buscó alguna señal.

Algo.

Pero…

Nada.

La carretera estaba vacía. Solo asfalto brillante, solo palmeras quietas, solo el sol fingiendo normalidad. El coche oscuro había desaparecido como si se lo hubiera tragado la isla, como si nunca hubiera estado allí.

Pero Kai lo sabía.

Lo sintió en la sangre.

Eso no había sido un despiste.

No había sido un accidente.

Había sido un intento, un acto calculado, un aviso, un ataque.

Kai apretó la mandíbula y se aferró al volante, los nudillos blancos.

Y dentro de su mente, como un eco que regresaba desde la noche anterior, volvieron aquellas palabras:

Cuidado con lo que amas.

El mar se cobra lo suyo.

Kai respiró hondo, sin apartar la vista del horizonte.

Y por primera vez…

Hawái no le pareció un paraíso.

Le pareció un lugar vigilante.

Un lugar donde algo —o alguien— acababa de abrir la puerta.

El paraíso seguía brillando… pero ahora él entendía que incluso en la luz se pueden esconder las sombras.