Manual de supervivencia para una boda El eco de una advertencia #2
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El eco de una advertencia #2

Y entonces, el tiempo empezó a acelerarse.

Maletas bajando, puertas cerrándose, abrazos que se alargaban más de lo necesario.

Los familiares de Andrea y Lucas ya se habían ido adentrando en el interior del aeropuerto, arrastrando maletas de diferentes tamaños.

Poco a poco, el grupo se fue diluyendo entre columnas, mostradores y luces blancas.

Andrea y Lucas se quedaron atrás.

Eran los últimos.

Frente a ellos, Sofía y Kai.

Durante unos segundos nadie dijo nada. No hacía falta. El ruido lejano de las ruedas sobre el suelo, los anuncios lejanos, el ir y venir de desconocidos contrastaban con la burbuja silenciosa en la que ellos cuatro parecían haberse quedado atrapados.

Andrea fue la primera en lanzarse hacia Sofía. La abrazó con fuerza, como si soltarla fuera una especie de traición. Hundió el rostro en su hombro y suspiró hondo, intentando contener el llanto… sin conseguirlo.

—Te voy a echar mucho de menos —murmuró, separándose apenas para mirarla a los ojos—. De verdad… no te imaginas lo raro que va a ser esto sin ti.

Sofía sonrió, con esa sonrisa suave que siempre parecía abrazar.

Andrea bajó la mirada y fue la primera en romper el abrazo, apenas lo justo para tomar aire.

Tenía los ojos enrojecidos, las gafas olvidadas sobre la cabeza y las manos temblándole ligeramente.

Miró a Sofía de arriba abajo, deteniéndose un segundo más en su vientre, como si quisiera despedirse también de esa pequeña vida que crecía ahí, y entonces, con la voz rota por los sollozos, dijo:

—Cuida de mi sobrinita…

No añadió nada más. No hizo falta.

Fue en ese instante cuando Sofía ya no pudo sostenerse. Los ojos se le llenaron de lágrimas y una de ellas resbaló sin permiso por su mejilla. Se llevó una mano al rostro, pero fue inútil. El nudo en el pecho se deshizo y rompió a llorar, con ese llanto silencioso que nace muy dentro.

—Siempre… —susurró—. Te lo prometo.

Volvió a abrazar a Andrea, esta vez con más fuerza, como si quisiera guardarla dentro, como si ese abrazo pudiera protegerlas a ambas del tiempo y la distancia. Andrea se aferró a ella igual, hundiendo su rostro en su cuello, respirando hondo, intentando memorizar su olor, su calor, su presencia.

Sofía cerró los ojos.

Y cuando habló, su voz salió baja, quebrada, como una confesión que solo podía decirse así, pegada al oído.

—Andrea… tengo que pedirte algo.

Andrea se separó apenas lo justo para mirarla.

Tenía los ojos húmedos, el rímel amenazando con rendirse, la sonrisa temblorosa de quien no quiere llorar más… pero no puede evitarlo.

—Dime.

Sofía tragó saliva.

Sus dedos apretaron la tela de la chaqueta de Andrea.

—Por favor… no le digas nada a mis padres.

Andrea parpadeó.

—Nada de esto —susurró Sofía—. De mí… de Kai… de Hawái… del bebé… Quiero ser yo quien se lo diga, quiero que salga de mí, no quiero que se enteren por otra persona.

Sofía bajó la mirada.

Andrea la observó en silencio, como si entendiera perfectamente el peso que había detrás de esa petición.

Luego, sin decir nada al principio, levantó una mano y le secó una lágrima con el pulgar.

Y entonces…

Le guiñó un ojo, un gesto pequeño, pero lleno de amor.

—Tranquila —murmuró—. Yo no voy a decir nada.

Sofía soltó un suspiro, como si por fin pudiera respirar.

—Gracias…

Andrea la sostuvo todavía un segundo más, como si soltarla fuera un acto imposible.

Luego se apartó apenas, lo justo para mirarla con los ojos brillantes, la nariz roja y esa expresión de quien está llorando… pero no piensa rendirse del todo.

Su boca tembló una sonrisa.

—No nos hagas esperar demasiado para la boda —susurró, casi como una advertencia cariñosa—. Estamos deseando volver al paraíso.

Sofía soltó un suspiro y, en su pecho, algo se apretó dulcemente.

Andrea ladeó la cabeza y entonces, como si quisiera salvarse a sí misma del drama absoluto, añadió con un temblor divertido en la voz:

—Y más te vale llamarme tú antes de que yo explote, ¿eh?

Sofía se quedó un segundo mirándola…

Y entonces no pudo evitarlo.

Una carcajada se le escapó entre lágrimas, luminosa, inesperada, como un rayo de sol atravesando una tormenta.

—Claro que voy a llamarte —dijo, todavía riendo—. Quiero saber cómo os va en la luna de miel en Francia…

Andrea alzó una ceja.

—¿Ah, sí? ¿Me voy a Francia?

—Siii —continuó Sofía, limpiándose una lágrima—. Y qué tal se lleva Lucas con los gabachos.

Andrea soltó una risa sonora, de esas que salen con todo el cuerpo.

—Ay, Sofía… Lucas en Francia es literalmente un atentado cultural.

—Me lo imagino —respondió Sofía, llevándose una mano al pecho—. Tú intentando ser tú y él con la camiseta a rayas, la boina y, en vez del pincel, la cámara.

—Y pronunciando croissant… va a tener que hacer un curso —añadió Andrea, ahogada en risa.

Las dos se miraron y se abrazaron.

Y en ese abrazo había algo más que una despedida. Había una promesa, había lealtad, había un pedazo de hogar que cruzaría el océano.

Lucas, mientras tanto, ya había cruzado una línea sin retorno emocional. Lloraba abiertamente, con los ojos húmedos y la nariz ya definitivamente roja, sin disimulo alguno, convertido oficialmente en una nena llorona. Abrazó a Sofía con cuidado, torpemente, secándose la nariz entre sollozos.

—Es que… me gana la sensibilidad —dijo, intentando hablar—. No va a ser igual allí sin ti. Nada. Nada va a ser igual.

Se apartó solo para volver a abrazarla de nuevo, como si el primer abrazo no hubiera sido suficiente. Andrea lo rodeó también, formando un pequeño nudo de cuerpos y emociones del que costaba salir.

Kai observaba la escena con el corazón apretado, a unos pasos de distancia, dejando espacio, respetando ese momento entre ellos y sintiendo cómo esa despedida se grababa a fuego en todos. No era un adiós; era una promesa silenciosa de regreso.

Lucas fue el último en separarse. Se quedó un segundo más, como si necesitara reunir fuerzas, y entonces dio un paso hacia Kai.

No dijo nada al principio. Lo abrazó con firmeza, un abrazo recto, sincero, de esos que no buscan consuelo sino compromiso.

Cuando por fin habló, lo hizo con la voz rota, pero sorprendentemente segura.

—Cuídalas —le dijo.

Kai asintió sin dudarlo. Le sostuvo la mirada y respondió con una sola palabra, dicha desde el pecho:

—Siempre.

Luego volvió junto a Sofía y la rodeó con los brazos, como si ese gesto fuera ya una respuesta al mundo entero.

Sofía respiró hondo, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y, de pronto, como si recordara algo importante, abrió el bolso despacio.

Buscó un segundo, palpando entre las cosas, hasta que sus dedos encontraron lo que buscaban.

Sacó un juego de llaves.

El llavero azul brilló bajo la luz blanca del aeropuerto.

Andrea frunció el ceño primero, confundida, y luego abrió los ojos de par en par cuando Sofía le tendió la mano.

—¿Esto…? —empezó a decir.

—Mi Mini azul —dijo Sofía, con una sonrisa todavía húmeda—. Es tuyo.

Andrea dio un paso atrás de golpe.

—¡No, no, no, no! —negó con la cabeza, llevándose las manos a la boca—. No me lo puedo creer… ¿En serio? ¿Hablas en serio?

La emoción le explotó en la cara como una risa nerviosa. Se le escapó una carcajada entre lágrimas y volvió a mirar las llaves, como si fueran a desaparecer.

—Andrea —insistió Sofía, riéndose también—. De verdad. Es tuyo. Puedes hacer con él lo que quieras.

Andrea cogió las llaves con cuidado, casi con reverencia, y las apretó contra la palma como si fueran algo frágil y valiosísimo.

—Te prometo que lo voy a cuidar —dijo, solemne y emocionada a partes iguales—. Como si fuera… como si fuera un tesoro.

—Lo es —respondió Sofía, guiñándole un ojo—. Pero ahora es tu tesoro.

Las dos se rieron, esa risa que nace justo cuando el corazón está demasiado lleno. Por un instante, entre lágrimas, abrazos y llaves tintineando, la despedida dolió un poco menos.

Andrea respiró hondo. Lucas se aclaró la garganta, inútilmente. Y Kai estrechó a Sofía un poco más, consciente de que aquel momento, tan pequeño y tan enorme, se quedaría con ellos para siempre.

La voz de la megafonía se elevó sobre el murmullo constante del aeropuerto, clara, impersonal, definitiva. El vuelo con destino a Nueva York iniciaba su embarque. Las palabras flotaron en el aire como una cuenta atrás que nadie quería escuchar.

Lucas tomó a Andrea de la mano.

Ya no quedaba tiempo.

Se giraron al mismo tiempo, caminaron unos pasos y, antes de perderse del todo, Andrea volvió la cabeza una última vez. Sonrió entre lágrimas. Sofía levantó la mano. Kai asintió, serio, presente.

Después, las puertas automáticas se cerraron tras ellos con un susurro metálico.

Y fue entonces cuando el silencio cayó de verdad.

Sofía soltó el aire que llevaba contenido desde hacía minutos y se dejó caer contra Kai. Él la rodeó al instante, envolviéndola en un abrazo firme, protector. Sofía apoyó la frente en su pecho, los ojos cerrados, dejando que la emoción terminara de pasar.

Kai inclinó la cabeza y besó su frente con suavidad, como si ese gesto pudiera anclarla al presente.

—Estoy aquí —murmuró.

A través del cristal, los aviones seguían su rutina. Despegaban, aterrizaban. El mundo no se detenía.

Durante unos segundos, después de que Andrea y Lucas desaparecieran tras las puertas de embarque, el mundo pareció quedarse suspendido.

El aeropuerto seguía vivo —las voces por megafonía, el murmullo de maletas, el ir y venir de desconocidos—, pero para Kai y Sofía todo era una burbuja quieta, como si el aire todavía conservara el calor de los abrazos recién rotos.

Sofía tenía las mejillas húmedas. No intentaba esconderlo.

Kai la miró con esa calma suya, pero en sus ojos había algo más profundo… una quietud que no se iba.

—¿Estás bien? —preguntó, suave, como si temiera que una palabra mal colocada pudiera quebrarla.

Sofía soltó una risa pequeña entre sollozos, asintiendo con la cabeza.

—Sí… son lágrimas de alegría. De verdad. Estoy tranquila. Nos llamaremos, haremos videollamadas… y en nada estarán aquí otra vez, para la boda…

—¿Seguro? —preguntó.

Sofía intentó sonreír.