Diecisiete #5
Gael abrió datos_aislados.xlsx.
No entró a la pestaña de números.
Abrió una nueva.
Escribió:
RIESGO INDIRECTO
Debajo:
EL MENSAJE PUEDE NO SER EL DAÑO. PUEDE MODIFICAR LA CONDUCTA QUE PRODUCE EL DAÑO.
Se quedó con la frase.
Era más útil que cualquier coincidencia.
También más inquietante.
Gael iba a escribir otra frase.
Dejó la frase sin escribir.
No necesitaba una conclusión.
Necesitaba una pregunta.
La escribió:
¿QUÉ CONDUCTAS HAN CAMBIADO DESDE QUE EMPEZARON LOS INCIDENTES?
Y esa noche, por encima de cualquier coincidencia numérica, fue la pregunta que decidió conservar.
* * *
Tomás cumplió su palabra al día siguiente.
Buscó a Eduardo antes de que empezara la sesión.
Gael estaba ahí porque había llevado la solicitud del archivo con una corrección en el número de expediente.
Tomás se detuvo al verlo.
—¿Interrumpo?
—Ya iba a salir —dijo Gael.
—Quédate —respondió Tomás—. Tiene que ver con algo que te mandé anoche.
Eduardo dejó el portafolio abierto.
—¿Qué pasó?
Tomás repitió la idea sin adornarla.
La historia del trailero no le había regresado por la edad del muchacho.
Le había regresado por otra cosa.
Rogelio se fue furioso.
El hijo corrió detrás.
La muerte ocurrió después de una cadena de conductas que nadie había planeado como resultado final.
—Y pensé en nosotros —dijo Tomás—. En las amenazas.
Eduardo no respondió todavía.
Tomás continuó:
—A mí me mandaron que me quedaba poco tiempo para tocar. Desde entonces no dejo la guitarra sola ni cinco minutos. Si voy al baño en un bar, se la encargo a Checo. Reviso dos veces que la funda esté cerrada. Ya no cargo por la misma puerta cuando terminamos.
Gael dejó quieta la solicitud.
—Eso no estaba en mi archivo.
—Porque nunca me preguntaste.
La frase no fue reproche.
Precisamente por eso pesó más.
Eduardo apoyó una mano sobre el escritorio.
—¿Has hecho algo que aumente tu riesgo por intentar reducirlo?
Tomás pensó.
—No sé.
—Por ejemplo: cambiar una ruta por otra menos segura, conducir cansado para evitar quedarte en un lugar, cargar solo algo pesado porque no quieres que nadie toque tu equipo.
Tomás bajó la vista.
—Lo último.
—¿Qué pasó?
—Nada. Pero el sábado no dejé que Checo me ayudara con un amplificador porque tenía la guitarra en el coche y no quería perderla de vista. Cargué las dos cosas yo. Casi se me cae el ampli en las escaleras.
Gael abrió la computadora.
Eduardo lo detuvo con un gesto.
—Espera.
Gael quitó las manos del teclado.
Eduardo habló con Tomás.
—La amenaza no necesita cumplirse como fue formulada para producir daño.
Tomás afirmó con la cabeza.
—Eso pensé.
—Si cambia tu sueño, tus rutas, tu atención o la manera en que tomas decisiones, ya modificó tu contexto.
Gael miró el escritorio.
—Entonces estamos midiendo los incidentes y no sus efectos.
Eduardo respondió:
—Estamos midiendo lo que sabíamos medir.
—No es lo mismo.
—No.
Gael abrió una página vacía.
Esta vez Eduardo no se lo impidió.
Tomás leyó mientras escribía:
CAMBIOS DE CONDUCTA POSTERIORES AL INCIDENTE
Debajo aparecieron categorías simples.
RUTAS.
SUEÑO.
AISLAMIENTO.
VIGILANCIA.
EVITACIÓN.
CONDUCTAS DE SEGURIDAD.
Eduardo señaló la última.
—Cuidado con ese término. Algunas conductas de seguridad son razonables. Cerrar una puerta, conservar evidencia, pedir compañía. El problema aparece si la medida empieza a generar otro riesgo o a reforzar una vigilancia que ya no puedes apagar.
Tomás se sentó en una de las sillas.
—Entonces ¿qué hacemos?
—Lo mismo que hemos hecho con lo demás. No asumimos que todo cambio es patológico. Preguntamos qué cambió, para qué, cuánto cuesta y si realmente reduce el riesgo.
Gael escribió una nota fuera de la tabla:
NO CONFUNDIR PRECAUCIÓN CON DETERIORO.
Eduardo añadió:
—Y tampoco lo contrario.
Gael completó:
NO LLAMAR “PRECAUCIÓN” A TODO LO QUE EL MIEDO JUSTIFICA.
Tomás exhaló.
—Eso sí me pegó.
—A mí también —dijo Gael.
Tomás lo miró, sorprendido.
Gael no corrigió la frase ni la convirtió en broma.
Eduardo cerró el portafolio.
—Por ahora, con la guitarra, vuelve a una medida proporcional. No la dejes donde cualquiera pueda llevársela. Pero no cargues equipo solo para tenerla a la vista. Habla con Checo. Que sepa por qué estás más atento sin contarle detalles que no quieras compartir.
—Va.
—Y si recibes otro mensaje, no cambies nada importante en caliente. Primero avisa.
Tomás se levantó.
—Eso es más difícil de lo que suena.
—Sí.
No hubo una frase brillante después.
No hacía falta.
Cuando Tomás salió, Gael permaneció junto al escritorio.
—Mi archivo está incompleto.
Eduardo tomó la solicitud corregida.
—Todos lo están.
—No me refiero a eso.
—Yo sí.
Firmó la corrección.
Gael guardó el papel.
Antes de irse abrió en el teléfono la pregunta que había escrito la noche anterior:
¿QUÉ CONDUCTAS HAN CAMBIADO DESDE QUE EMPEZARON LOS INCIDENTES?
Añadió debajo:
NO ESPERAR A QUE EL DAÑO TENGA LA FORMA DE LA AMENAZA.
No mencionaba ningún número.
Esa fue la razón por la que Eduardo consideró que, de todo lo descubierto esa semana, aquella podía ser la observación más importante.