Epílogo
El amor permanece
Si has llegado hasta aquí, quiero agradecerte por recorrer estas páginas conmigo.
Ninguno de los capítulos de este libro tiene la intención de cerrar tu duelo. Tampoco pretende darte respuestas definitivas. El duelo gestacional rara vez funciona de esa manera.
Lo que hemos hecho juntas es algo distinto: hemos nombrado aquello que durante demasiado tiempo permaneció en silencio.
Hemos hablado del instante en que todo cambió. Del cuerpo que seguía esperando. De las manos vacías. Del silencio de quienes no supieron acompañarnos. De la culpa que nunca debió pertenecernos. Y también de la posibilidad de seguir viviendo sin dejar atrás el amor.
Porque eso es quizás lo más importante de todo.
Tu historia no terminó con la pérdida.
Tu maternidad no desapareció porque otros no sepan verla.
El amor que sentiste no fue menos real por haber sido breve.
La huella que dejó esa vida tampoco desaparece con el tiempo.
El duelo cambia.
La ausencia cambia.
Nosotras cambiamos.
Pero el amor permanece.
Quizás ya no como una herida abierta.
Quizás ya no como un dolor constante.
Pero sí como una parte profunda de nuestra historia.
Allí donde vive el recuerdo.
Allí donde nadie puede arrebatárnoslo.
Allí donde descubrimos que unas manos vacías también pueden sostener amor.