Manos vacías Capítulo 5 Nombrar lo que se perdió
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Capítulo 5 Nombrar lo que se perdió

Hay un poder silencioso en un nombre. Un nombre no es una simple etiqueta. En él reside una profunda conexión con quien fue amado, esperado y recordado.

Nombrar es una forma de decir "exististe".

Es una manera de darle un lugar concreto, dentro del lenguaje y dentro de la memoria, a alguien que quizás nunca tuvo un lugar reconocido fuera de nosotras mismas.

Por eso, para muchas madres, ponerle nombre a quien perdieron —lo hayan hecho desde el primer momento o mucho después— se convierte en un acto profundamente sanador.

No existe una única forma correcta de hacerlo.

Hay quienes eligieron el nombre desde que supieron del embarazo y simplemente lo conservaron.

Hay quienes lo eligieron después, como parte del proceso de duelo, como una manera de ponerle forma a ese vínculo que hasta entonces no tenía más que una fecha y una ecografía.

Y hay quienes prefieren no ponerle nombre, y en cambio guardan esa presencia bajo otras palabras: "mi bebé", "mi primer embarazo", un símbolo, una fecha.

Ninguna de estas formas es más válida que otra.

Lo que importa no es el método, sino el gesto de fondo: el de negarse a que esa vida pase sin dejar huella en el lenguaje de quien la amó.

Nombrar también tiene un efecto hacia afuera, aunque sea pequeño.

Decir "mi hija" o "mi hijo" en lugar de "el embarazo que perdí" cambia algo en cómo el mundo recibe esa historia, y sobre todo cambia algo en cómo nosotras mismas la sostenemos.

Es una forma de reclamar, frente a un entorno que muchas veces minimiza estas pérdidas, que ahí hubo una persona en potencia, profundamente amada, y no solo un evento médico que "no llegó a término" o, peor aún, como me pasó escuchar durante la pérdida de mi primera hija: "un producto inviable".

Es importante decir también que la brevedad del tiempo no le resta validez al vínculo.

No hace falta haber sostenido a alguien en brazos, ni haber compartido años de vida, para que ese vínculo sea real y digno de ser llorado.

El amor no se mide en semanas de gestación; se mide en la intensidad con la que fue sentido, y ese amor —lo sabes tú mejor que nadie— fue, desde el primer instante, completamente real.

Algunos nombres que he podido ir conociendo además de los tradicionales que utilizan algunas madres durante un duelo gestacional son: Bebé Cometa (son los que viven las primeras 12 semanas de gestación), Bebé Estrella (los que fallecen en el vientre materno), Bebé Estrella Fugaz (son gemelos que fallecen o tras múltiples pérdidas), Bebé Mariposa (los cuales fallecen poco después del nacimiento), Bebé Amanecer y Bebé Atardecer son términos empleados para describir embarazos gemelares en los que uno de los bebés continúa con vida y el otro fallece.

Bebé diente de León (el bebé que se despide tras interrumpir un embarazo por razones médicas), entre otros.

Si todavía no le has puesto nombre a lo que perdiste, este puede ser un buen momento para preguntarte si quieres hacerlo.

Y si ya lo hiciste, quizás este capítulo sea una invitación a decirlo en voz alta, aunque sea una sola vez, aunque sea solo para ti: darle a esa vida el lugar que merece en tu propia historia.