Mañana (Arpías 3) Epílogo 2
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Epílogo 2

Evan

M cCain no utiliza el despacho oficial de su residencia en Chicago para este tipo de conversaciones.

Demasiados ojos, demasiados funcionarios recorriendo pasillos con carpetas pegadas al pecho desde que es presidente.

Por eso me recibe en una sala privada del ala residencial, un espacio sin ventanas, decorado con sillones de cuero oscuro, una mesa baja y un minibar repleto de licor muy caro.

Todavía no me acostumbro a verlo sin la insignia de senador prendida en la solapa. La presidencia no ha cambiado su manera de mirar, pero sí la reacción de quienes reciben esa mirada. Ahora nadie se limita a escucharlo. Ahora contienen el aire.

Yo no.

McCain levanta la cabeza en cuanto cruzo la puerta y la entorno sin llegar a cerrarla, no me gusta no saber qué ocurre fuera.

—Han desaparecido.

No necesito preguntarle a quiénes se refiere. Si me ha hecho venir hasta aquí, solo puede tratarse de ellas.

—¿Todas?

—Neva, Jesse, Naomi, Rowan y Dayane. —Pronuncia los nombres despacio, como si el hecho de enumerarlos pudiera hacerlos reaparecer—. Sus apartamentos están vacíos. No han utilizado sus vehículos y no hay movimientos en sus cuentas. Tampoco hemos localizado sus teléfonos.

Me acerco a la mesa, pero no me siento. McCain tampoco lo hace. Ninguno de los dos ha venido a fingir que esto es una reunión cordial.

—Habrán preparado una ruta de escape.

—No lo han hecho solos.

Su tono cambia lo justo para que entienda que la siguiente parte es la que de verdad le preocupa.

—Va con ellos un policía de asuntos internos —añade—. El que investigaba a mi hermano.

—Preston Reed —confirmo, ya que yo mismo le di esa información.

—Dijiste que te habías encargado de él.

—No lo recuerdo —siseo entre dientes.

McCain cabecea.

—Cierto, ese engendro te borró la memoria.

—No podemos permitir que hablen —dice—. Saben demasiado, son una prueba en sí de lo que hemos estado haciendo.

—Lo sé. —No necesito que especifique.

McCain alza la mirada hacia mí.

—Entonces, también sabes lo que ocurrirá si llegan a un periodista, a un fiscal o a alguien del Congreso que todavía crea que su puesto sirve para algo.

Encontrarlos no será fácil.

Pero tampoco imposible.

—No se preocupe —le digo—. Ataré todos los cabos sueltos.

McCain ladea la cabeza.

—¿Puedes garantizarlo?

—Ataré esos cabos igual que me ato las botas militares cuando tengo un encargo.

Durante unos segundos no dice nada. Después se aparta de la mesa.

—Agatha te proporcionará todo lo que necesites.

—Thomas Hutcher podría convertirse en un problema.

—Ocúpate también de él si es necesario.

Asiento y abandono la sala.

La puerta se cierra a mi espalda con un clic amortiguado. Apenas he dado dos pasos por el corredor cuando encuentro a Thomas Hutcher frente a mí.

No parece sorprendido de verme. Está inmóvil junto a una consola de madera, con el cuerpo rígido y los puños cerrados. El odio que refleja su rostro me dice que ha oído más de lo que debería.

—¿Cuál es tu verdadero nombre? —pregunta—. ¿Evan o Carter?

Me detengo a pocos metros de él.

—Evan Carter.

Thomas suelta una risa sin humor.

—Claro. Qué cómodo. Así nunca tenías que mentir del todo.

No respondo. Su mirada recorre mi traje, la puerta que acabo de cruzar y los dos agentes del Servicio Secreto apostados al fondo del pasillo.

Está uniendo piezas. McCain. Agatha. GenoLabs.

Yo. Las conversaciones casuales, las cenas, los encuentros que él consideraba fruto de una amistad que nunca existió.

—Te metiste en mi vida para vigilarme —dice.

—Para tenerte controlado.

La sinceridad le duele más de lo que habría hecho una excusa.

—Nunca fuimos amigos.

—No.

Thomas aprieta los dientes y desvía la mirada un instante, como si todavía buscara algún recuerdo que pudiera demostrarle que se equivoca.

No lo encontrará. Cada conversación, cada confidencia y cada copa compartida tuvo una finalidad.

Él era el hombre que financiaba los experimentos de Agatha Walsh y necesitaba ser controlado.

Thomas da un paso hacia mí. Los agentes del fondo se tensan, aunque no se mueven.

—Neva —dice de pronto.

El nombre no despierta nada. Ni una imagen ni una voz ni una sensación reconocible. Solo sé quién es porque aparece en los informes, porque McCain acaba de pronunciarlo y porque todas las personas implicadas parecen esperar que signifique algo para mí.

Thomas me observa y, poco a poco, el odio de su rostro se mezcla con incredulidad.

—Eres tú.

—¿De qué hablas?

—El Evan de Neva. —Me señala como si acabara de descubrir una grieta en una pared que creía sólida—. Eres tú.

Mantengo la expresión impasible.

—No sé qué significa eso.

—En el restaurante me hablaste de una mujer. Dijiste que estabas enamorado de ella.

Recuerdo el restaurante. Recuerdo la mesa, la comida, el ruido de las copas y a Thomas sentado frente a mí. Sin embargo, cuando intento llegar a esa parte de la conversación, encuentro un espacio vacío. Una puerta que no conduce a ninguna habitación.

—No me acuerdo.

Su respiración se corta.

—Porque te ha borrado la memoria.

No necesito preguntarle quién. Sus ojos ya han respondido.

Neva.

—Debía de tener una buena razón para hacerlo —continúa—. Quizá intentaba protegerte. O protegerse de ti.

—Eso no cambia nada.

—Lo cambia todo. —Se acerca otro paso—. La mujer de la que me hablaste era ella. Estoy seguro. Era Neva.

Intento recuperar algún detalle. El color de unos ojos, una risa, una mano apoyada sobre la mía. No encuentro nada. Dentro de mi cabeza solo queda una superficie lisa, limpia, perfectamente vacía.

Thomas me estudia como si esperara que esa ausencia termine por romperse.

—Recapacita, Evan.

—No hay nada que recapacitar.

—Está embarazada.

Por primera vez desde que ha comenzado la conversación, consigue sorprenderme.

—¿Qué?

—Neva está embarazada. Vas a ser padre.

La palabra me produce rechazo. No por el niño, sino por la forma en que Thomas intenta utilizarlo, como si un vínculo biológico pudiera pesar más que las órdenes, como si una vida que todavía no existe tuviera derecho a interponerse entre mi objetivo y yo.

Lo miro con asco.

—Entonces, ojalá aborte antes de que la encuentre.

Thomas palidece.

Me acerco lo suficiente para que no pueda fingir que no ha entendido.

—Porque, cuando lo haga, voy a matarla. Esté embarazada o no.