46. Demasiado ruido
Demasiado ruido
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No en VALDERYN. En una cafetería pequeña donde nadie nos conoce y la máquina de café hace demasiado ruido para que una conversación parezca importante.
Nos sentamos al fondo, junto a una ventana empañada. Entre las dos hay un azucarero de metal que Inés hace girar sin darse cuenta.
—Ya te la conté.
—La interpretaste.
—¿Qué diferencia hay?
—Quiero los últimos diez minutos. Sin decirme qué pensabas. Solo qué viste, qué dijiste y qué hizo mamá.
Inés cruza los brazos.
—Esto empieza a parecer un interrogatorio.
—Porque mentiste sobre estar allí.
—Oculté que fui.
—Eso también se llama mentir.
—Vale.
—Llegué. Discutimos. Ella se enfadó. Yo también. Me fui.
—Eso son cuatro titulares.
—Clara.
—Los últimos diez minutos.
Inés se vuelve hacia la ventana.
—Estábamos en el pasillo. Ella había abierto el portátil.
—¿A qué hora?
—No sé. 22:15. 22:20.
—¿Qué hacía?
—Intentaba entrar.
—¿Dónde?
—En R-17.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo dijo.
—¿Qué te dijo?
—Que Marc se lo había vuelto a cerrar.
—¿Y tú?
—Le dije que parara.
—¿Por qué?
—Porque cuanto más hacía aquello, peor iba a quedar todo con Calder Quay.
—Entonces estabas defendiendo la venta.
—Estaba intentando que no incendiara la empresa.
—Sigue.
Inés respira hondo.
—Le dije que habláramos al día siguiente con Daniel y Adriana. Ella dijo que no necesitaba permiso de nadie para entrar en algo suyo.
—¿Y tú qué hiciste?
—Me fui.
—Antes de que Marc la llamara.
—Sí.
—Antes de las 22:39.
—Sí.
—Antes de que usara la llave de Marc.
—Sí.
La secuencia parece limpia. Demasiado.
—Repítelo desde que abres la puerta lateral.
Inés frunce el ceño.
—Salgo. Ella se queda junto al portátil. La puerta se cierra. Bajo al coche.
—Nada más.
—Nada más.
—¿Y luego?
—Luego supe que había vuelto a intentarlo.
No digo nada. Inés tampoco. Durante dos segundos la frase permanece entre nosotras como un objeto que ninguna quiere tocar.
—¿Qué has dicho?
—Que luego supe que volvió a intentarlo.
—No. Has dicho «había vuelto a intentarlo».
—Es lo mismo.
—No lo es.
—Clara.
—Si te fuiste a las 22:20, el primer acceso con la llave de Marc fue diecinueve minutos después.
Inés hace girar el café con la cucharilla.
—Me enteré luego.
—¿Cuándo?
—Al día siguiente. Marc habló de los accesos.
—Marc no habló de un segundo intento hasta esta semana.
Levanta la vista.
—Puede que lo recuerde mal.
Inés gira la cucharilla dentro del café. El metal golpea tres veces el borde. De niña hacía lo mismo con cualquier objeto pequeño cuando sabía que había metido la pata.
Es mi hermana. No puedo convertir cada gesto en una prueba.
—Puede. —No digo nada más. No hace falta. Inés se inclina hacia delante.
—Estás esperando que me equivoque en una palabra para convertirla en prueba.
—No.
—Sí.
—Estoy esperando que tu historia deje de moverse.
—No se mueve.
—Llegaste un poco antes de las 21:30. Luego dijiste 21:30. La conversación duró casi una hora, pero te fuiste a las 22:20. No viste la llave, pero sabías que estaba intentando entrar. Ahora recuerdas que volvió a intentarlo después de una hora en la que dices que ya no estabas allí.
—Porque llevo desde el domingo hablando de aquella noche.
—Yo llevo tres años. —Me sale antes de pensarlo e Inés baja la mirada.
—Lo sé. —Eso desarma más que si siguiera discutiendo. Me levanto.
—¿Dónde vas?
—A pedirle a Adriana una cosa concreta.
—¿Qué?
—Que no busque quién mató a mamá.
Inés no sonríe.
—¿Entonces qué?
—Tus mensajes entre las 22:20 y las 22:50.
—Eso es ridículo.
—Puede ser.
—¿Y si no hay nada?
—Entonces habrás tenido razón en esta parte.
Cojo el bolso. Inés dice mi nombre antes de que llegue a la puerta.
—Clara. —Me giro.
—Yo no la empujé.
No suena ensayada. Suena a algo que lleva tres años diciéndose a solas. No le he preguntado eso.
Todavía.