Mamá está escribiendo… 44. Cuarenta y dos páginas
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44. Cuarenta y dos páginas

Cuarenta y dos páginas

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—Esto no es para leerlo entero ahora —dice.

—Gracias.

—Lo digo porque ibas a hacerlo.

No puedo negarlo. El título no menciona MIRROR.

PROPUESTA DE SEGREGACIÓN DE ACTIVOS DE INVESTIGACIÓN. Borrador.

No firmado. Diez días antes de la muerte de Helena Vidal.

Mi madre había pedido a un despacho externo que estudiara cómo sacar de VALDERYN una parte de la investigación antes de cualquier cambio de control. No una copia.

No una licencia. Los activos.

Propiedad intelectual. Repositorios.

Contratos de investigadores. Y, sujeto a revisión legal, determinados conjuntos de datos.

—¿Qué significa segregación? —pregunto.

—Crear una sociedad separada y transferirle esos activos antes de vender VALDERYN —dice Adriana—. Un carve-out .

—¿Quién sería propietario?

—Vidal Capital al principio. Después el borrador contempla entrada de terceros, pero manteniendo control familiar.

—Calder Quay fuera.

—De MIRROR, sí —dice mi padre desde el otro lado de la mesa. No ha tocado el documento.

—Lo sabías.

—Sabía que había pedido opciones.

—Esto es más que opciones.

—Es un borrador.

Adriana levanta una mano.

—Gabriel tiene razón en una cosa: no llegó a ejecutarse.

—Pero mamá quería ejecutarlo.

—Parece que lo estaba considerando seriamente.

Paso páginas. La estructura de gobierno ocupa seis.

Consejo. Comité técnico.

Comité externo de ética y privacidad. Consentimiento reforzado para datos personales.

Prohibición de nuevas demostraciones comerciales sin revisión. Todo suena responsable.

Hasta que llego a los derechos reservados. Determinadas decisiones requieren consentimiento fundador.

Venta del activo. Licencia exclusiva.

Cambio de finalidad. Destrucción del modelo personalizado.

—Destrucción —digo.

Adriana asiente.

—Helena quería veto.

—Sobre venderlo.

—Y sobre destruirlo.

Mi padre sigue sin tocar el documento.

—Tú también.

—No.

—Aquí pone fundadores.

—El borrador incluía mi nombre porque el despacho asumió que yo aceptaría.

—Y no aceptabas.

—No así.

—¿Cómo?

Gabriel se levanta.

—No voy a hacer esta conversación dos veces. Pregunta lo que quieras en la siguiente.

Sale de la cocina. No lo sigo.

Lo veo cruzar el pasillo y, por un instante, vuelve a ser mi padre: un domingo cualquiera, hace seis o siete años, de rodillas delante del lavavajillas con una linterna entre los dientes.

Mamá estaba sentada en el suelo a su lado, todavía con la ropa de correr.

—Te he dicho que llames a alguien.

—Y yo te he dicho que sé arreglarlo.

—Has tardado cuarenta minutos en descubrir dónde está el enchufe.

Él sacó la linterna de la boca.

—Estaba comprobando si tú lo sabías.

Mamá se rio. No una de esas sonrisas pequeñas que utilizaba en reuniones. Se rio hasta apoyar la frente en el hombro de mi padre.

Yo había entrado en la cocina buscando café y me quedé mirándolos porque a los hijos nos sorprende descubrir que nuestros padres existen cuando no los estamos observando.

—No pongas esa cara —dijo mamá.

—Qué cara.

—La de haber descubierto que tu padre me hace gracia.

Gabriel volvió a meter medio cuerpo bajo el fregadero.

—No difundas información sensible.

Aquel día acabaron llamando a un técnico.

Durante años pensé que eso resumía bastante bien su matrimonio. Mi madre necesitaba controlar hasta la reparación de un electrodoméstico. Mi padre necesitaba demostrar que podía resolverla sin pedir ayuda. Después se reían. A veces antes. A veces demasiado tarde.

También recuerdo cosas menos bonitas. Cenas en las que Gabriel retiraba el plato cuando Helena abría el portátil.

Fines de semana que empezaban con «solo tengo que contestar una cosa» y terminaban con mi padre haciendo la compra solo.

Una Nochebuena en la que mamá llegó a las 22:15 y él no le preguntó dónde había estado. Eso fue peor que discutir.

Pero nunca pensé que no se quisieran. Ese es el problema.

Resultaría más fácil ordenar todo esto si pudiera convertir su matrimonio en una causa: él la quería o la odiaba; la protegía o la controlaba; estaba con ella o contra ella.

No era así.

Una vez, después de una operación menor de mi padre, vi a mamá dormir sentada en una silla de hospital con la mano metida debajo de la manta, agarrándole dos dedos. A la mañana siguiente discutieron porque él quería irse a casa antes de que llegara el médico.

Amor y desgaste. Las dos cosas caben en la misma habitación.

El pasillo ya está vacío. Mi padre no quería lo mismo que Helena para MIRROR.

Eso no significa que quisiera perderla. Paso a la página siguiente.

Hay un apartado de principios. El primero parece escrito por abogados.

El segundo no: «La personalización individual no podrá utilizarse para intervenir sobre decisiones sin consentimiento explícito, específico y revocable».

El tercero: «La capacidad de análisis no será transferida a ninguna entidad que no pueda demostrar origen legítimo de los datos».

—Eso suena bien —digo.

—Porque parte del problema lo había entendido —responde Adriana.

—Parte.

—No conviertas un borrador en una absolución ni en una condena.

—Te odio un poco.

—Me pagan por eso.

Paso a los comentarios laterales. H.V. aparece varias veces.

«Demasiado burocrático. No separar investigación de capacidad real».

«El comité externo no puede paralizar indefinidamente». Y junto a la cláusula que permite suspender la investigación si no puede demostrarse una base legal suficiente: «No destruir por miedo. Corregir».

Me quedo mirando la frase.

—Seguía creyendo que podía salvarlo.

—Sí —dice Adriana.

—Después de descubrir VIDAL-LONG.

—El borrador es posterior a la primera revisión del origen de datos.

Eso elimina la última excusa cómoda. Helena ya sabía que el proyecto había cruzado líneas.

Su respuesta consistía en poner más reglas alrededor y conservarlo.

—¿Por qué?

Adriana sigue con la vista el pasillo por donde se ha ido mi padre.

—Eso no está en un contrato.

Cierro el documento. Inés quería convertir MIRROR en una ventaja comercial.

Marc quería congelarlo. Mi padre, por lo que acaba de decir, quería otra cosa.

Y Helena quería sacarlo de VALDERYN para que nadie pudiera comprarlo sin su permiso.

Desde el domingo he pensado que el conflicto era entre quienes querían proteger una tecnología y quienes querían explotarla. No.

Todos querían proteger algo distinto. Inés, una oportunidad.

Marc, la empresa. Mi padre, todavía no sé qué.

Helena, el derecho a seguir decidiendo. Paso a la última cláusula.

Veto fundador. El problema de mi madre nunca fue creer que MIRROR no debía tener dueño.

Era estar convencida de quién debía serlo.