Mamá está escribiendo… 26. Lo que falta
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26. Lo que falta

Lo que falta

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—Si buscas un PDF llamado AUTORIZACIÓN PARA HACER ALGO ILEGAL, vas a decepcionarte.

—No esperaba que se llamara así.

—Tú no. Un lector de prensa, sí.

—No soy prensa.

—Últimamente haces preguntas como si tuvieras cierre a las 17:00.

Entramos en una sala donde dos personas de seguridad y una abogada externa llevan trabajando desde la madrugada. Hay pantallas, pero nadie parece emocionado por ellas. Eso me tranquiliza.

Sobre un mueble hay vasos de cartón vacíos, cables etiquetados y una chaqueta doblada que alguien no ha tenido tiempo de ponerse.

Adriana señala una línea temporal.

—El protocolo original identifica fuentes concretas. Después aparecen conjuntos derivados mayores. Sabemos cuándo cambiaron por los inventarios y el almacenamiento, pero no quién ordenó cada incorporación.

—¿Se borró la autorización?

—No sabemos si existió.

—¿Cómo puede ampliarse un conjunto de datos sin autorización?

—En un proyecto interno de investigación de hace tres años, muy fácilmente. No había un flujo formal para cada cambio.

Adriana continúa.

—Hay tickets, commits, permisos y reuniones. Ninguna pieza permite decir «esta persona ordenó la ampliación».

—¿Quién podía ejecutarla?

—Varias personas.

Me enseña cuatro nombres. Samuel Ortega.

Gabriel Vidal. Marta Esteve.

Youssef Benali. Los dos últimos formaron parte del equipo técnico de VALDERYN y tuvieron acceso al entorno en aquellos años.

—¿Marc?

—Podía ordenar que se detuviera. No trabajaba sobre el pipeline .

—¿Helena?

—Podía impulsar el proyecto y pedir cambios. Tampoco cargaba datos.

—¿Inés?

—No tenía permisos técnicos.

El nombre de Gabriel pesa en la pantalla. Adriana lo nota.

—No conviertas capacidad en autoría.

—Ya lo sé.

—No. Lo sabes cuando te conviene.

Sigo andando.

—¿Qué tenemos de él?

—Participó en el diseño de personalización. Preparó la demostración que acabas de ver autorizada por Helena. Tenía acceso de desarrollo. Nada de eso es incriminatorio.

—Y sabía qué datos mejoraban el sistema.

—También Samuel.

—¿Y Marta y Youssef?

—Ya no están en VALDERYN y figuran sin acceso actual.

Adriana se detiene.

—Clara, escucha bien esta parte. Si quieres llegar al final de esto, vas a tener que aceptar una cosa muy aburrida.

—Sorpréndeme.

—La mayoría de los huecos no son conspiraciones. Son empresas funcionando mal, gente que documenta tarde y sistemas que cambian. Si tratamos cada ausencia como una prueba de borrado, acabaremos fabricando el caso que queremos encontrar.

Pienso en los dos vasos. En mi recuerdo después de que Teresa me dijera qué buscar.

—Vale.

—¿Vale de verdad?

—No.

Adriana casi sonríe.

—Me sirve.

En la pantalla, una de las últimas entradas antes de la muerte de mi madre es la nota que Samuel me enseñó anoche: «NADA DE INTERVENCIÓN». Después hay otra línea.

CONGELACIÓN DE TRANSFERENCIA.

Y tres días más tarde: «RESTRICCIÓN DE ACCESO OPERATIVO».

—Marc —digo.

—Sí. Eso sí está documentado.

—¿Y Gabriel?

—Aquí hay una solicitud suya pidiendo mantener un entorno de pruebas para reproducibilidad.

—¿Se la aprobaron?

—Parcialmente.

—¿Quién?

Adriana amplía el registro.

SAMUEL ORTEGA.

Siento una pequeña decepción absurda. Como si esperara encontrar una firma más útil.

—¿Ves? —dice Adriana.

—¿Qué?

—Tu cara cuando la realidad no coopera.

—Mi cara siempre es así.

—No.

Seguimos. A las 07:54, Samuel aparece en la puerta.

—Ya están conectados.

—¿Calder Quay?

—Daniel, dos técnicos, su abogado de privacidad y alguien de riesgos que no estaba en la lista ayer.

—¿Eso es malo?

—Eso es una due diligence .

Antes de entrar le pregunto a Samuel si Gabriel podía haber hecho cambios sin él.

—Dentro de un entorno con permisos, sí. Convertirlos en parte estable del proyecto sin dejar rastro es otra cosa.

—Entonces seguimos sin una orden limpia.

—Sí.

Comprueba la hora.

—Y dentro de cuatro minutos vamos a enseñar a un comprador por qué esa pregunta importa.