25. Que entiendan el problema
Que entiendan el problema
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Traje oscuro, pelo recogido otra vez, pendientes pequeños. Doce horas después de verla descalza en su cocina, la Inés pública ha vuelto a ocupar su sitio.
Yo llevo la misma camisa de ayer.
Nos encontramos en una sala de reuniones del piso treinta. Fuera, Barcelona todavía tiene ese color gris que hace parecer que los edificios no han terminado de cargarse.
Inés deja dos cafés sobre la mesa.
—El tuyo sin azúcar.
—No quiero café.
—Entonces sujétalo. Tienes las manos heladas.
Lo hago. No le doy las gracias.
—Ayer dijiste que enseñaste a Daniel una demostración antes de que empezara la operación formal.
—Sí.
—Y que tenías autorización.
—Sí.
—¿De quién?
Inés se sienta. Ni siquiera parece sorprendida. Me molesta.
—De mamá. —La respuesta me deja sin la acusación que había preparado durante el ascensor.
—¿Helena te autorizó a enseñar R-17 a Calder Quay?
—No. Helena me autorizó a enseñar unos resultados.
—Es lo mismo.
—No lo es y precisamente por eso estamos aquí.
Saca el portátil, pero no lo abre.
—A finales de 2023 Daniel todavía no representaba una oferta. Calder Quay estaba mirando empresas europeas y nosotros queríamos saber si había interés real. Mamá aceptó que enseñáramos una prueba muy limitada: datos agregados, casos preparados y ninguna posibilidad de acceso al entorno.
—¿Por escrito?
—Sí.
—¿Dónde?
—Adriana tiene el correo.
—¿Y por qué ayer parecías estar ocultándolo?
Inés me mira por encima del café.
—Porque una autorización para enseñar tres gráficas hace tres años no resuelve el problema de hoy. Y porque sabía lo que ibas a hacer en cuanto oyeras la palabra autorización.
—¿Qué iba a hacer?
—Convertirla en permiso para todo lo que pasó después.
No contesto. Porque eso era lo que estaba haciendo.
La puerta se abre. Adriana entra con una carpeta fina y el teléfono en la mano.
—Tengo diez minutos antes de la sesión con Calder Quay.
Deja tres hojas delante de mí. La primera es un correo de Helena.
De: Helena Vidal. Para: Inés Vidal, Gabriel Vidal.
Asunto: prueba CQ. El texto ocupa seis líneas.
Autoriza a presentar resultados agregados de dos pilotos internos, sin datos identificables, sin acceso al entorno y sin entrega de materiales técnicos. Termina con una frase que puedo oír en su voz: «Que entiendan el problema, no cómo lo resolvemos». Fecha: cuatro meses antes de la caída.
—¿Gabriel? —pregunto.
Inés asiente.
—Preparó la demostración.
—¿Por qué él?
—Porque la capa adaptativa era su parte.
Recuerdo la lista que Samuel me dio cuando explicó quiénes estuvieron en el origen: Helena. Samuel. Gabriel. Dos investigadores más.
—¿Daniel habló con Gabriel?
—Durante la demostración, sí.
—¿A solas?
—No lo sé. Yo estuve casi todo el tiempo.
—Casi.
Inés apoya las manos en la mesa.
—Clara, no hagas eso.
—¿Qué?
—Lo de coger una palabra y construirle una habitación alrededor.
Adriana interviene antes de que responda.
—La autorización existe. Es contemporánea, está en el archivo corporativo y coincide con la versión de Inés. No autoriza acceso a datos individuales ni una transferencia del sistema. Eso es lo que podemos afirmar.
—¿Y Gabriel qué dice?
—Todavía no le he preguntado.
—¿Por qué?
—Porque no interrogo a personas antes de saber qué quiero preguntarles.
Vuelvo al correo. El nombre de mi padre está allí, junto al de Inés, en una conversación que existía antes de que nadie hablara de vender VALDERYN.
No es una prueba. Ni siquiera es una irregularidad.
Es peor para mi cabeza: es normal.
—¿Mamá confiaba en él?
Inés necesita un momento.
—Mamá confiaba en Gabriel de una forma distinta.
—Yo no sacaría una conclusión de eso.
—Significa que a Marc le daba responsabilidad y a Gabriel le daba margen.
—¿Y a ti?
Sonríe sin ganas.
—A mí me daba trabajo.
Adriana comprueba la hora.
—Hay otra cosa.
Pasa a la segunda hoja. Es una tabla de fechas.
Protocolo inicial. Pilotos. Demostración Calder Quay. Ampliación del conjunto de datos. Congelación de Helena.
Entre las dos últimas hay un espacio en blanco.
—¿Qué es esto?
—Lo que falta —dice Adriana.
—¿Falta qué?
—La decisión que convirtió una investigación con corpus autorizados en otra cosa.
Inés deja el café.
—Eso es lo que Samuel dijo que no aprobó.
—Sí.
—¿Y quién lo aprobó?
Adriana cierra la carpeta.
—Esa es una pregunta. Todavía no una respuesta.
Me levanto.
—Pues encontremos la respuesta.
—Después de las 08:00.
—Calder Quay puede esperar.
—Calder Quay no va a esperar —dice Inés—. Y ochocientas personas tampoco.
Desde el domingo todo el mundo ha conseguido que cada decisión tenga dos víctimas posibles.
Si abrimos R-17, quizá vendemos algo que nunca debió existir de esa forma.
Si no lo abrimos, quizá hacemos caer una operación de la que depende más gente de la que conozco por su nombre.
Mi madre habría disfrutado de la discusión. Eso pienso.
Y me pregunto si alguien cuenta precisamente con ello.