Mamá está escribiendo… 23. ¿Nos venden o no?
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23. ¿Nos venden o no?

¿Nos venden o no?

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No parecen empleados de una empresa de tres mil millones.

Parecen personas intentando averiguar si el viernes seguirán teniendo el mismo trabajo.

Paso junto a dos programadores que dejan de hablar cuando me reconocen. Una mujer de finanzas me saluda con una sonrisa demasiado rápida. En la cafetería, un chico joven está explicando a otro que Calder Quay no puede despedir a nadie «por contrato», como si hubiera leído el acuerdo entero.

No sé su nombre y me avergüenza. Marc, en cambio, sí sabe nombres.

Lo descubro cuando lo veo cruzar el pasillo hacia el auditorio.

—Raquel, habla con RR. HH. antes de irte —le dice a una mujer con una carpeta—. Tu renovación no depende de la venta.

A otro:

—Sergio, el cliente de Milán sigue mañana. No canceles.

A una tercera:

—Dile a tu equipo que cobráis el viernes aunque se hunda el edificio.

Ella se ríe. Marc no.

Entiendo que cuando habla de ochocientas personas no está utilizando una cifra. Está viendo caras.

Inés aparece a mi lado.

—La prensa está abajo.

—Adriana me ha dicho que entrara por el aparcamiento.

—También han encontrado el aparcamiento.

—Qué eficientes.

—Hay una cámara esperando en la salida del colegio de Nora.

Me giro hacia ella.

—¿Qué?

—Ya he mandado a alguien para que la saque por otra puerta.

Saco el teléfono.

—Voy a llamar al instituto.

—Ya lo he hecho.

—Inés.

—No he hablado con Nora. He hablado con dirección. No quería asustarla antes de que tú le cuentes nada.

Mi enfado no encuentra dónde colocarse.

—Gracias.

—De nada.

—Pero no vuelvas a organizar a mi hija sin decirme nada.

—Perfecto. La próxima vez dejaré que la grabe una televisión mientras te localizo.

—Sabes lo que quiero decir.

—Sí.

No insiste.

—He dicho a comunicación que yo saldré por la puerta principal después de la reunión —añade.

—¿Por qué?

—Porque si les doy una cara, quizá dejen de buscar la tuya y la de Nora.

—No tienes que hacerlo.

—Ya lo sé.

Se marcha antes de que pueda convertir el gesto en una discusión. El auditorio se llena; las últimas personas se quedan de pie junto a las puertas y alguien baja la intensidad de las luces del techo.

Yo me quedo al fondo. Marc sube al escenario sin presentación.

No hay diapositivas.

—Voy a empezar por lo que sé —dice—. La empresa está operando con normalidad. Las nóminas, los proyectos y los contratos no dependen de que esta operación se cierre el viernes.

Alguien pregunta desde la tercera fila:

—¿Y los despidos?

Marc se vuelve hacia donde ha salido la voz.

—No hay ningún plan de despidos asociado a lo que ha ocurrido hoy.

—¿Y si Calder Quay se retira?

—Entonces seguiremos siendo la misma compañía que éramos el sábado.

No dice que será fácil. Eso le creo más.

Habla durante doce minutos. Responde preguntas. No menciona a mi madre. No menciona R-17 por nombre. Dice «una línea de investigación restringida que está siendo revisada» y explica que un documento confidencial ha salido de la compañía sin autorización.

Cuando termina, nadie aplaude. Me alegra.

Los aplausos habrían convertido aquello en otra cosa. La gente se levanta despacio.

Un hombre mayor se acerca a mí. Tardo unos segundos en reconocerlo.

Jordi Prat. Entró en VALDERYN cuando yo todavía estaba en la universidad. Una Navidad se disfrazó de Papá Noel porque Marc tenía fiebre y mi madre se negó a cancelar la fiesta de la empresa.

—Clara.

—Jordi.

—Tu madre estaría disfrutando muchísimo de esto.

Lo miro.

—¿De una filtración que puede tumbar la venta?

—De veros a los tres obligados a hablar entre vosotros.

Sonríe y se marcha antes de que pueda decidir si me ha hecho gracia.

Inés está junto a la salida hablando por teléfono.

Intento seguir de largo, pero la oigo.

—No, Daniel. Eso no estaba acordado.

Pausa.

—Porque una revisión de origen no es lo mismo que abrir la capa adaptativa completa.

Me detengo. Inés se gira y me ve.

No corta la llamada.

—Te llamo en diez minutos —dice.

Cuelga.

—¿Qué es la capa adaptativa?

—Una forma de llamarlo.

—No aparece en ninguno de los documentos que he visto.

—Porque no es un nombre oficial.

—¿Quién lo utiliza?

—Daniel.

—¿Y tú?

—Acabas de oírme repetirlo.

—No parecía la primera vez.

Inés guarda el teléfono.

—No lo era.

—¿Cuánto sabe Calder Quay de R-17?

—Lo suficiente para saber que tiene valor.

—Daniel me dijo que había visto una demostración limitada.

—La vio.

—¿Contigo?

Inés apenas vacila.

—Sí. —No esperaba que lo admitiera.

—¿Cuándo?

—Antes de que empezara la operación formal.

—¿Antes de que muriera mamá?

—Clara.

—¿Antes?

—Sí.

El pasillo sigue lleno de empleados que salen del auditorio.

Nadie se vuelve y, al mismo tiempo, cualquiera podría estar escuchando.

—Luego hablamos —dice Inés.

—No.

—Ahora no.

—Llevas tres días diciéndome que confíe en ti.

—Y puedes.

—Has enseñado a un comprador una tecnología que mamá había marcado como no transferible.

La expresión de Inés cambia. No parece miedo; parece cansancio.

—No le enseñé R-17.

—Acabas de decir que sí.

—Le enseñé resultados de una prueba. No el sistema. No los datos. No el acceso.

—¿Sin autorización?

—Con una autorización que entonces creía suficiente.

—¿De quién?

Antes de responder, alguien abre la puerta del pasillo. Es Adriana.

—Calder Quay acaba de enviar el requerimiento formal —dice—. Quieren la sesión técnica a las 08:00, no a las 09:00.

Inés cierra los ojos.

—Perfecto.

Adriana me mira.

—Y Samuel dice que antes de esa sesión hay algo que necesitas ver.

—¿Qué?

—No quiere explicártelo.

—Eso empieza a ser una tradición.

—Quiere enseñártelo.