Epílogo
T é para echar raíces en un nuevo hogar:
flores de lavanda fresca, brotes de tomillo silvestre y una pizca de piel de naranja deshidratada.
Tomar entre cajas abiertas y abrazos compartidos cuando el amor deje de ser un experimento y se convierta en un hogar.
Seis meses después, estaban en medio de una mudanza.
El tiempo había transcurrido consolidando día tras día lo que comenzó como un chispazo inesperado entre libros, matraces y tazas de té.
Hunter le había pedido a Tristan que se mudara con él; después de todo, se pasaban todas las noches en casa del otro.
Resultaba ya absurdo seguir arrastrando bolsas de viaje, ropa de cambio y libros por las calles de St. Ives, por lo que escoger una sola casa para compartir era, sin lugar a duda, la mejor decisión que podían tomar.
Se decidieron por la casa de Hunter porque tenía un amplio y soleado jardín, y así Tristan podía llevarse todas sus plantas y seguir disfrutando de su amor por la botánica.
Aquel espacio exterior, que en sus orígenes no era más que un rectángulo de césped bien cortado y un par de arbustos descuidados, se había ido transformando progresivamente en un verdadero santuario verde.
Las manos de Tristan habían llenado el perímetro con docenas de macetas de barro, brotes aromáticos de menta, romero y tomillo, caléndulas de tonos anaranjados y delicadas enredaderas de jazmín que prometían trepar por la fachada hasta cubrir de flores aromáticas la ventana del dormitorio principal cada primavera.
El día elegido para el traslado definitivo, la propiedad era un hervidero constante de pasos apresurados, risas y montañas de cajas de cartón apiladas por los pasillos.
La familia les ayudó: sus padres, los padres de Hunter, Liam y Hazel, quienes ya no escondían la complicidad evidente de un romance floreciente tras los incansables e ingeniosos esfuerzos del abogado por encandilarla, y sus amigos, Bethany, James y Piran, quien se había convertido en uno más del grupo.
El salón principal lucía como un caótico, pero alegre centro de operaciones.
La madre de Tristan y la madre de Hunter se habían adueñado por completo del espacio de la cocina, asegurándose de que nadie se quedara sin tazas de café humeante ni galletas caseras mientras desempaquetaban con cuidado pulcro la vajilla.
Los padres de ambos, provistos de cajas de herramientas, taladros y una excelente dosis de camaradería, se afanaban en ajustar las pesadas estanterías de madera en la biblioteca, el lugar exacto donde irían colocados los manuscritos e investigaciones de Hunter junto a los voluminosos tomos de química y botánica de Tristan.
Mientras tanto, Liam, James y Piran competían entre bromas en una improvisada carrera por ver quién era capaz de transportar las cajas más pesadas desde la furgoneta hasta la planta superior, envueltos en bromas y carcajadas constantes.
En medio de todo aquel desorden perfectamente organizado, una pequeña figura felina de pelaje suave y curiosos ojos dorados se paseaba con suma elegancia entre los tobillos de los presentes, oliendo las cintas adhesivas e inspeccionando cada rincón recién descubierto con curiosidad insaciable.
Incluso habían adoptado un gato. Hunter se reía cada vez que lo contemplaba subirse de un salto a las mesas, ¿dónde se había visto un brujo sin gato? Declaró muy serio el día que lo adoptaron.
Le pusieron de nombre Lavoisier.
—No había uno más difícil —comentó Hunter con una sonrisa divertida y los ojos entornados, mientras se agachaba para rascarle al felino detrás de las orejas, recibiendo un ronroneo como agradecimiento.
—Es el padre de la química moderna. No puedo tener un gato y no nombrarlo en su honor —respondió Tristan con fingida indignación, sujetando una maceta de orquídeas contra su pecho mientras contemplaba a Hunter con una ternura infinita.
—Dejémoslo en Lavo para los amigos —bromeó James al pasar a su lado por el pasillo cargando una enorme caja etiquetada con letras rojas como «frágil / plantas», y haciendo reír a todos, menos a Tristan, por la ocurrencia.
Al caer la tarde, cuando el sol comenzó a ocultarse lentamente tras la línea del horizonte de St. Ives y la última caja de cartón quedó debidamente vaciada y doblada en un rincón, los ayudantes se fueron despidiendo uno a uno entre abrazos cálidos, felicitaciones y promesas de volver muy pronto para celebrar una gran cena de inauguración.
Tristan y Hunter se quedaron finalmente solos en el salón iluminado por la luz anaranjada del crepúsculo.
La casa olía a madera limpia, a té de lavanda, a flores de jazmín y al calor reconfortante de un espacio que ahora les pertenecía a ambos por igual.
Lavoisier se había acurrucado plácidamente sobre un mullido cojín frente al gran ventanal que daba al jardín, sumergido en un sueño profundo y tranquilo.
Hunter se acercó a Tristan por la espalda con pasos silenciosos, rodeándole la cintura con los brazos y apoyando la barbilla en su hombro mientras contemplaban juntos el jardín bañado por la luz tenue del anochecer.
—Lo hemos conseguido —susurró Hunter contra su oído, besándole suavemente la mejilla con devoción.
Tristan apoyó la cabeza hacia atrás, descansándola sobre el pecho firme de Hunter y escuchando el latido sereno, constante y seguro de su corazón.
Estaba feliz con su vida. Siempre había creído que el amor era pura magia, una fuerza mística e incontrolable capaz de desafiar toda lógica; pero lo que sucedía en esos instantes era que había efectuado el experimento y este había sido todo un éxito.
—Estábamos destinados —dijo muy serio.
Hunter no se rio ni negó sus palabras, todo lo contrario, las ratificó.
—Sellamos nuestro destino el día de tu decimosexto cumpleaños —comentó.
Tristan se dio la vuelta en sus brazos, sonriendo.
—Es cierto. Lo hicimos con un beso.
Y antes de que Hunter pudiera replicar se puso de puntillas y lo volvió a hacer, selló su amor con un beso que añadir a todos los que les quedaban por compartir.