CAPÍTULO X
La condesa ocupaba las habitaciones más altas del castillo, encerrada, y con dos centinelas en custodia.
No podía salir, tampoco le importaba demasiado, pasaba los días sin contar las horas, desconociendo los límites o la desconfianza, demorándose en la inmediatez de una vida sin memoria.
Le habían hecho la deferencia, o quién sabe, jamás se hubieran atrevido a propinarle órdenes, de permitirle conservar la infinidad de cofres que guardaban sus joyas, pieles, vestidos y talismanes, sus notas y papeles y secretos, y cuántas cosas más.
El primero en visitarla fue el presbítero Ponikenus.
La conocía bien, tenía miedo de que se suicidara.
Subió los peldaños con cuidado, iba acompañado por un pastor que le oficiaba de sostén religioso, se presentó ante la guardia y expresó que quería ofrecerle sus exhortaciones a la condesa.
Abrieron el cerrojo y pidió entrar con su ladero, no quiso hacerlo solo.
Erguida como una esfinge, envuelta en pieles y adornada con sus oros y las piedras del Oriente de su madre, los recibió Erzsébet.
—¡A qué vienen! ¡Ustedes, pastores, son la razón de mi encarcelamiento! —gritó la condesa en húngaro.
—No, señora, yo no he tenido nada que ver. Prediqué la palabra de Dios, y si la conciencia de Su Majestad alguna vez se sintió ofendida, no es culpa mía porque jamás mencioné su nombre —respondió Ledsa, el pastor que acompañaba a Ponikenus, que hablaba la lengua y pudo entender los gritos.
—¿Entonces quién ha sido?
El pastor volvió a negar, mientras que János miraba a uno, a otro y no entendía nada.
—¡Primero debes morir tú, luego el tal Magyeri!
Ustedes dos son los culpables de todo, ¿o qué se creen?
¿Que no habrá disturbios ante semejante oprobio?
Al fin y al cabo, estallará un levantamiento cada día y el príncipe de Transilvania, mi primo Gabor, me salvará y vengará las injusticias que han cometido en mi contra.
Erzsébet respondió, a los gritos, en húngaro, y continuó con unos murmullos en una lengua desconocida. Ponikenus se le acercó e intentó ponerle el libro de oraciones en las manos. Ella le dio la espalda, se alejó, bastante destemplada.
—Rezaré por usted, señora.
—Ni lo sueñes, no me hace falta.
La puerta de hierro se cerró de un golpe detrás de los hombres de Dios. Erzsébet se quedó sola con sus pensamientos, sintiendo el más profundo y certero de los dolores, el que se hunde hasta el corazón.
Al poco tiempo y con la sentencia irrevocable que la instaba a permanecer emparedada a perpetuidad en el castillo, llegaron unos albañiles y cumplieron la orden del palatino.
Tapiaron con piedras, una encima de otra, la habitación que encarcelaba a la condesa Báthory, dejándole solo una hendija y colmándola de oscuridad.
Sus hijos no podían visitarla con frecuencia.
El menor, cuando no aguantaba la pena, se apoyaba en el muro y lloraba desconsoladamente.
Al año siguiente de la reclusión de su madre, Anna se apersonó en Čachtice y forzó la entrada de las habitaciones donde se guardaban los tesoros familiares.
Tomó todos los objetos de valor que pudo, además de dinero en efectivo.
Luego se dirigió a la casa solariega, abrió el tesoro y se llevó objetos invaluables.
Thurzó ordenó la devolución de todo, y que el caso se resolviera en el seno familiar.
Los Zrínyi hicieron caso omiso, no devolvieron nada, se quedaron con todo.
* * *
Transcurrían los meses, pero el tiempo se había convertido en algo desconocido para Erzsébet.
Esas paredes la habían convertido en una mujer nueva, engalanada por una jovialidad que no reconocía, pero que le ofrecía una cierta serenidad.
Había conocido, durante los años previos, las palabras adecuadas para matar al mundo, ahora prefería otras.
De repente, había descubierto la necesidad de ver a la muerte con otros ojos.
La sed de sangre, el embrujo de la mezcla violenta de sangre con sangre, se le había desintegrado.
Ya no sentía en la boca las ganas constantes de relamerse, de pensarse joven y bella, eterna y única.
Había penetrado en su cuerpo el deseo mudo de quedarse quieta, callada, de verse arrastrada por suspiros leves.
Habían quedado lejos, e imploraba que aquello fuera para siempre, los recuerdos que la presentaban sádica, violenta, egoísta.
¿Quién era esa niña de rostro despellejado, suplicante, de rasgos hermosos?
Había bebido demasiadas almas, quería sellar sus labios.
Había amado tanto, demasiado, a su forma, que no era propia de este mundo, mas de otros sitios, altos en el cielo y hondos del infierno, entre allí y acá. Había ardido tanto que ahora estaba helada.
Erszébet nunca pidió nada, tampoco un indulto.
El 31 de julio de 1614, tal vez sintiendo el trazo de la muerte cerca, solicitó revisar su testamento.
Enviaron a dos testigos, András Kaupelich e Imre Egry, para que corroboraran el documento, pero no pudieron verla.
Mejoró la herencia de Katalina, mientras que el resto de sus bienes quedaba dividido entre todos, con devolución a Pavel.
La noche del 20 de agosto sintió un escalofrío. Se acercó a la hendija y llamó al guardia.
—Mira qué fría tengo la mano —le dijo.
—No es nada, mi señora, solo recuéstese.
Erzsébet se fue a acostar, tomó la almohada sobre la que solía apoyar su cabeza y se la puso debajo de los pies. Y empezó a rezar y cantó hermosas canciones de alabanza a Dios. A las dos de la madrugada, un brazo pálido descendió de la oscuridad del más allá y se la llevó para siempre. Murió en paz.
El 25 de noviembre, la condesa Erzsébet Báthory, viuda de Nádasdy, fue sepultada en la iglesia de Čachtice. Sin embargo, la furia y el terror de los habitantes de la comarca hicieron que sus restos fueran exhumados en el acto.
Se dijo que fueron trasladados a su lugar de nacimiento, el castillo de la primera infancia, el de Ecsed, donde otros miembros del clan habían sido enterrados. También se declaró que al fin había encontrado el silencio tan ansiado al lado de la tumba de su querido Ferencz, en Sárvár.
En 1938, cuando se abrió la cripta, la de Báthory no estaba allí.
Nunca buscó el descanso, solo quiso tempestades.