Maldita CAPÍTULO I
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Maldita

Maldita

Por Florencia Canale

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CAPÍTULO I

Las costumbres, los colores, las preferencias, las texturas y toda presencia humana que se precie se trasladan y contagian a través de los siglos.

La herencia viaja de generación en generación.

Sin embargo, ¿esto es así? ¿Resulta temeraria esta afirmación?

Ah, destino que abruma, y entonces, ¿el mal espesa los lazos de sangre? ¿Se reproduce? ¿Es inevitable?

Habrá que sentarse y dejarse llevar por los vaivenes inescrupulosos de la vida, aflojar el entumecimiento y entregarse a los apremios de lo que viene dado.

Algunos pueblos pelearon sus hados contra enemigos olímpicos, aunque las batallas estuvieran perdidas antes de empezar.

Poco les importó sucumbir ante un sinfín de derrotas.

El secreto estuvo siempre en la continuidad de la lucha, en el jadeo que los mantuvo vivos, y por los siglos de los siglos.

Pero otros se entregaron en cuerpo y alma al sino funesto que dominó su camino.

Con la cabeza gacha o la frente en alto, los clanes del centro del continente europeo aceptaron nadar, sin oponer resistencia y con suma destreza, las aguas más turbulentas.

Los magiares (1) cargaron, desde los confines de los tiempos, con una sucesión de aspectos que estuvieron teñidos por una paleta oscura de toda oscuridad.

Señalados como caníbales, devoradores de niños o hunos sedientos de sangre, ¿quiénes eran, en realidad, estos bárbaros asiáticos que derramaron zozobra a través de Europa Central y que fueron capaces, además, de defender sin miedo al cristianismo del azote otomano?

Solitario y melancólico, este pueblo encontró reparo —o lo construyó a fuerza de hierro punzante— del otro lado de los Cárpatos y más allá.

Durante poco más de medio siglo, entre los años 898 y 955, los magiares fueron considerados la escoria de Europa.

Arrasaron con todo lo que se les puso en el camino, ardiendo, saqueando y matando.

La turba asiática invadió, no solo la tierra germana, sino el norte de Italia y amplios tramos de Francia.

Incansables, cruzaron desde la costa báltica hasta la atlántica.

“Pues que son la raza satánica quien, cada vez que pasa, deja su estela de sangre”, así se los pintaba, así se les temía. Europa parecía haberse puesto de acuerdo y, sin vacilaciones, multiplicaron la estigmatización de aquella cruel tribu horrorosa que provocaba pavor por doquier.

Resonaban, como el eco en la montaña, las anécdotas macabras: que los bárbaros paganos habían avanzado como el relámpago a través de Bavaria y Swabia por el lago Constanza, infligiendo todo tipo de daño en la abadía benedictina de San Galo —centro vital de la espiritualidad y el conocimiento,

poseedora de una biblioteca extraordinaria— y alrededores, ultimando, en el proceso, a Wiborada, una noble alemana devenida en anacoreta que había elegido amurarse en el sótano diez años antes.

—En unos años seremos víctimas de una invasión magiar —había advertido la benedictina a los sacerdotes del lugar—. Escondan los libros y el vino, y escapen a las cuevas de las montañas.

Los religiosos la tomaron del brazo y le imploraron que los acompañara en la fuga.

Sin embargo, Wiborada permaneció en el lugar, hincada, custodiando con su plegaria a los habitantes del pueblo.

Y arribaron los magiares a San Galo e incendiaron el monasterio.

Destrozaron el techo de la celda y vieron a la monja, allí, de rodillas, en medio de su oración.

—Mi Señor, protégenos del mal, derrama tu bondad celestial —oró en voz muy alta.

Los invasores le partieron el cráneo con un hacha y la abandonaron al rictus de la muerte. En el año 1047, el papa Clemente II la canonizó.

Los rumores fueron en aumento, los susurros del carácter magiar se esparcieron por el continente, además de la virulencia con que ejecutaban sus actos.

“Etnia vigorosa, desenfrenada, viva, salvaje, intempestiva, de tradición alegre y bebida fuerte, cantantes lascivos con el corazón abierto, son los joviales húngaros”, decían.

Pero nadie ignoraba la estricta disciplina que envolvía a los guerreros.

Las tropas magiares exhibían con orgullo el resultado de un entrenamiento riguroso y una formación militar de altísimo vuelo.

Cuando el peligro arreciaba, todos montaban sus caballos a la velocidad del rayo y cumplían su cometido.

Los magiares daban cuenta de su existencia gracias a una disciplina de hierro.

La técnica secreta de la efectividad militar de los jinetes era el estribo.

Con un pie firme en el pertrecho, podían girar sobre la montura en cualquier dirección y, a galope tendido, dominando su cuerpo y el del caballo, reproducir la imagen del fauno.

El aullido que anunciaba la llegada de los salvajes combatientes de cabezas rapadas helaba las vísceras del enemigo.

Y en el transcurrir del tiempo, la personalidad húngara manifestó características que poco y nadie intentó refutar.

En el siglo X, Regino, el abad de Prüm, una voz del cielo en la Tierra, fue el primero en revelar lo que se escuchaba por ahí: que los húngaros gustaban de engullir carne humana, beber sangre de humano y despedazar al enemigo sin vacilaciones.

Algunos afirmaban, invocando al más allá, que eran descendientes de los escitas, (2) mitad humanos, mitad simios, que eran las crías de brujas engendradas por demonios.

Lo cierto era que los líderes magiares estaban dispuestos a avanzar sobre nuevas regiones si estas tenían oro y plata para ofrecer.

El brillo tan preciado encandilaba a más de uno.

Situados entre Roma y Bizancio, adoptaron la cultura occidental y agacharon la cabeza ante la religión católica.

La estrategia del príncipe Géza (3) fue excelsa.

Aunque pagano a pesar de recibir las aguas bautismales en 973, nombró a su hijo con un nombre cristiano: István.

Muerto el padre, el vástago fue tomado por el obispo Adalberto de Praga, quien lo llevó por el camino piadoso.

István I asumió el poder y se dedicó a convertir a sus vasallos al cristianismo y a liberarse, junto con su pueblo, del pasado bárbaro y pagano.

Fue ungido rey el primer día de 1001, y siete años después ya había ganado el control absoluto de la zona de los Cárpatos.

Convirtió a la región en un Estado eclesiástico y detentó el poder con mano férrea.

Encontró el peor adversario en un familiar, que despreciaba su aura cristiana.

Ni la sangre de su sangre logró conmoverlo.

Cuando el pariente encontró la muerte, el monarca ordenó que lo descuartizaran y que las partes fueran enviadas a distintas ciudades, las más importantes.

—Servirá de muestra para que entiendan lo poco conveniente que puede ser el paganismo —sentenció István I.

Pero a rey muerto, la sucesión fue turbulenta.

Recién a fines del siglo XI, bajo el reinado de Ladislao I, Hungría volvió a florecer.

No les bastó con la región de la Gran Moravia, la sed de conquista les dominó el cuerpo.

Primero dieron cuenta de la montañosa Eslovaquia, habitada por una población eslava, luego le llegó el turno a Transilvania (4) y, por último, tomaron Croacia.

A partir de entonces, la lucha enfurecida entre la sed de sangre y el manto sagrado de la palabra de Dios Nuestro Señor fue constante. La guerra religiosa dominó el continente y el avance otomano marcó el paso de la división del territorio.

* * *

En el Reino de Hungría el poder se sostenía con la ostentación de la Corona, pero, sobre todo, gracias a la amplia junta de caballeros que ceñían o soltaban la mano como mejor les conviniese.

De la Edad Media en adelante, aquella región se convirtió en la entidad política cohesiva más importante de Europa y en uno de los reinados más poderosos de la civilización occidental.

Las tensiones y la acumulación de riqueza, el poder de conquista y la defensa de las fronteras estaban en manos de unas pocas familias dispuestas a defender su grandeza de la amenaza constante de los imperios Otomano y del Sacro Romano hasta las últimas consecuencias.

Aquellos eran los de afuera, pero adentro también se sucedían los inconvenientes: el tire y afloje entre el monarca y los poderosos barones no daba respiro.

Como en todos los reinos medievales, la sociedad estaba dividida en dos clases principales: la nobleza y sus vasallos.

Pasados esos años, Europa empezó a modificar los estamentos de poder; sin embargo, en el Reino de Hungría, se mantuvo aquella oscuridad.

Tal vez dominados por el silencio inquietante del bosque o por la bruma de sus madrugadas, las lunas llenas que regalaban su brillo de plata sobre las copas de los abetos, o por aquel frescor del aire nocturno que hacía castañetear los dientes, tal vez por el rodeo de una atmósfera amenazante,

quién sabe.

Pero lo que sí resultó claro fue la urgencia por sostener de raíz la distribución del poderío.

La nobleza estaba dividida en dos categorías: la superior y la inferior.

En la primera se arremolinaban los magnates, que eran las familias que ostentaban treinta castillos o más.

En la inferior, los que poseían menos de veinte, incluso podían defender una sola propiedad, aunque exhibieran, eso sí, el escudo de armas de imperioso rigor.

Los barones del reino eran los miembros de la nobleza que ocupaban los cargos más altos dentro del Gobierno y, casi siempre y dentro de la Casa Real, descendían de los clanes originales de las tribus húngaras establecidas a fines del siglo X en la cuenca de los Cárpatos;

o de los caballeros extranjeros que llegaron al reino con sus hombres para proveerles apoyo militar a los reyes húngaros durante los siglos XI y XII.

Los súbditos se dirigían a ellos, que ostentaban el título de barones regni, siempre anteponiendo el magnificus, no fuera que las tempestades regias cayeran sobre ellos.

Uno de los principales clanes de Hungría fue el de los Nádasdy.

Dueños de leguas y más leguas de tierra, y de una cantidad de castillos que perdieron la cuenta, traían consigo un linaje de tierras boreales.

En el año 1016, los vikingos conquistaron Inglaterra y su líder, Canuto el Grande, tomó por asalto el trono de Edmundo II.