Maldad (Los fieles y los caídos 1) PRÓLOGO. EVNIS
1%
Maldad (Los fieles y los caídos 1)

Maldad (Los fieles y los caídos 1)

Por John Gwynne

© inepub.com

PRÓLOGO. EVNIS

PRÓLOGO

EVNIS

El suelo del bosque crujía bajo los pies de Evnis. Su aliento formó una nubecita cuando musitó una imprecación. Tragó saliva. Tenía la garganta seca.

Estaba asustado, debía reconocerlo, pero ¿quién no lo estaría? Después de esa noche lo considerarían un traidor a su rey. Y no solo eso.

Se detuvo y miró atrás. Aún podía ver el círculo de piedras al otro lado de la linde del bosque, detrás de la muralla de Badun, su hogar, con el contorno todavía plateado a la luz de la luna.

Qué fácil sería dar media vuelta, volver a casa y elegir otro camino para su vida.

Sintió un vértigo repentino, como si estuviera en el borde de un abismo, y el mundo pareció detenerse en espera de su decisión.

«He llegado hasta aquí; seguiré hasta el final.

» Alzó la vista hacia el bosque, un impenetrable muro de sombras; se ciñó la capa alrededor del cuerpo y se adentró en las tinieblas.

Siguió durante un rato la Calzada de los Gigantes, la carretera empedrada que unía los reinos de Ardan y Narvon.

Llevaba mucho tiempo abandonada —el clan de gigantes que la había construido había sido derrotado hacía más de mil años—, y entre las piedras agrietadas y partidas crecían musgo y hongos en abundancia.

Aun en la oscuridad, se sentía vulnerable en la amplia calzada, y enseguida descendió por el empinado terraplén y se escabulló entre los árboles.

Las ramas crujían sobre su cabeza y el viento silbaba entre las copas de los árboles mientras avanzaba trabajosamente por colinas y pequeños valles.

Sabía adónde iba, había recorrido el camino muchas veces, pero nunca de noche.

Solo contaba con diecinueve veranos, pero conocía esa parte del Bosque Oscuro tan bien como cualquier montaraz que le doblase la edad.

Pronto vio un destello entre los árboles: un fuego.

Se acercó sigilosamente y se detuvo antes de que la luz lo alcanzara.

Le daba miedo abandonar el anonimato que concedían las sombras.

«Da media vuelta. Vuelve a casa —le susurraba una voz dentro de su cabeza—.

No vales nada. Nunca serás como tu hermano.

» Estas palabras se las había dicho su madre, frías e implacables como el día que murió.

Apretó los dientes y entró en la zona alumbrada por el fuego.

Un caldero de hierro lleno de agua hirviendo colgaba suspendido de un espetón sobre las llamas. Junto a él había una figura encapuchada envuelta en una capa.

—Bienvenido —dijo una voz femenina.

La figura se bajó la capucha y su cabello plateado emitió destellos cobrizos a la luz del fuego.

—Mi señora —respondió Evnis a Rhin, reina de Cambren. Se le cortó la respiración al contemplar su belleza.

Rhin le sonrió y le aparecieron unas arrugas alrededor de los ojos. Le tendió una mano.

Evnis se adelantó un poco titubeante y le besó el anillo; sintió el frío de la piedra en los labios. La reina despedía un olor dulce, embriagador, como de fruta demasiado madura.

—Aún estás a tiempo de dar media vuelta —dijo ella. Ladeó la cabeza y puso un dedo debajo del mentón de Evnis. Estaban tan cerca que él notaba su aliento caliente y con un leve aroma de vino.

Evnis inspiró hondo.

—No —respondió—. Nada me espera si vuelvo. Esta es mi oportunidad de...

El rostro de su hermano le invadió la mente: le sonreía, controlador, despótico. A continuación, apareció el de su madre, con la boca fruncida, juzgándolo, despreciándolo.

—... hacer algo importante. Gethin ha concertado mi matrimonio con la hija del barón más pobre de Ardan, creo.

—¿Es guapa? —preguntó Rhin, aún sonriente, pero con una pizca de tensión en la voz.

—Solo la he visto una vez. Ni siquiera recuerdo su cara. —Volvió la mirada hacia el caldero—. He de hacerlo. Por favor.

—¿Y qué me darás a cambio?

—Todo el reino de Ardan. Yo lo gobernaré y me inclinaré ante vos, mi Reina Suprema.

Rhin sonrió. Le destellaron los dientes.

—Me gusta cómo suena eso. Pero está en juego mucho más que el reino de Ardan. Muchísimo más. De este asunto depende la Guerra de los Dioses. Y la encarnación de Asroth en este mundo.

—Lo sé —balbuceó Evnis. El miedo que sentía era algo casi tangible que se le desprendía de la lengua y lo ahogaba. Sin embargo, también azuzaba su entusiasmo.

—¿Estás asustado? —preguntó Rhin mirándolo fijamente a los ojos.

—Sí, pero eso no me detendrá. Soy consciente del precio que debo pagar.

—Bien. Entonces, ven.

La reina levantó una mano y chasqueó los dedos.

Una sombra corpulenta surgió de los árboles y se adentró en la zona iluminada.

Era un gigante. Tenía la estatura de un hombre y medio, la cara pálida y demacrada y unos pequeños ojos negros que brillaban debajo de una frente huesuda.

Unos largos bigotes negros le caían hasta el pecho, anudados con tiras de cuero.

El sinuoso tatuaje de una zarza llena de espinas le cubría un brazo y desaparecía bajo la manga de una cota de malla.

Cuero y pieles le envolvían el resto del cuerpo.

Llevaba en brazos a un hombre atado de pies y manos con la misma facilidad que si cargara a un niño.

—Te presento a Uthas, de los Benothi —dijo Rhin, que sacudió la mano hacia el recién llegado—. Es nuestro aliado y ya me ha ayudado otras veces.

El gigante se acercó al caldero y dejó en el suelo al hombre que llevaba en brazos, que gruñó y se retorció débilmente.

—Ayúdale a ponerse en pie, Uthas.

El gigante se agachó, agarró del pelo al hombre con una mano y lo levantó del suelo.

El prisionero tenía el rostro magullado e hinchado y costras de sangre seca en las mejillas y los labios.

Tenía la ropa hecha jirones, pero Evnis fue capaz de distinguir el emblema del lobo de Ardan en la maltrecha coraza de cuero.

El hombre intentó hablar con los labios partidos y escupió babas por una comisura de la boca.

Rhin sacó un cuchillo del cinturón y, sin mediar palabra, degolló al prisionero.

Manó sangre a borbotones de la herida y el hombre se derrumbó, todavía sujeto por la mano de Uthas.

El gigante inclinó el cuerpo del hombre moribundo de manera que la sangre cayera dentro del caldero.

Evnis reprimió el impulso de darse la vuelta y echar a correr.

Rhin murmuró unas palabras con una voz gutural y del caldero ascendió una voluta de vapor.

Evnis se inclinó hacia delante y observó con atención.

Una fuerte racha de viento barrió el claro.

En el vapor se formó una silueta que se retorcía y contorsionaba.

El olor a muerte y putrefacción se adhirió a la garganta de Evnis y le provocó un acceso de arcadas.

Sin embargo, era incapaz de apartar los ojos de los dos puntitos brillantes: los ojos, en el rostro ajado y antiguo que se formaba en torno a ellos.

Tenía un aspecto noble, sabio, triste, pero rápidamente las arrugas surcaron una expresión orgullosa, severa.

Evnis parpadeó y, por un momento, la cara se volvió reptiliana; los remolinos de vapor crearon la ilusión de unas alas coriáceas que se desplegaban. Evnis se estremeció.

—Asroth —musitó Rhin. Se dejó caer de rodillas al suelo.

—¿Qué deseas? —preguntó una voz sibilante.

Evnis tragó saliva. Tenía la garganta seca. «Debo reclamar lo que se me debe, salir de la sombra de mi hermano. Llegar hasta el final.»

—Poder —respondió con la voz ronca. Respiró hondo y añadió alzando la voz—: Poder. Quiero mandar. Sobre mi hermano, sobre todo Ardan.

Risas, tímidas al principio, pero poco a poco resonaron en todo el claro. A continuación, silencio, tangible e impenetrable como las telarañas que cubrían los árboles.

—Se te concederá lo que deseas —dijo la figura.

Evnis sintió que un hilito de sudor le corría por la frente.

—¿Qué quieres a cambio? ¿Cuál es tu precio?

—Mi precio eres tú —respondió la arremolinada figura con los ojos fijos en él—. Te quiero a ti. —Los labios en el rostro antiguo se torcieron para esbozar una sonrisa casi imperceptible.

—Así será —dijo Evnis.

—Séllalo con sangre —ordenó el rostro antiguo.

Rhin ofreció su cuchillo.

«Hasta el final. Hasta el final. Hasta el final», repitió Evnis dentro de su cabeza como si fuera un mantra.

Apretó los dientes, agarró el cuchillo con una mano, sudorosa, y deslizó rápidamente el filo por la palma de la otra.

Flexionó los dedos, apretó el puño y lo introdujo en el vapor que salía del caldero de hierro.

Unas gotas de sangre cayeron dentro y borbotearon inmediatamente.

Evnis sintió en el pecho una presión física que pareció atravesarlo.

Dio un grito ahogado y cayó de rodillas al suelo jadeando y con la respiración anhelante.

Una voz explotó dentro de él y el dolor se le propagó por todo el cuerpo. Chilló.

—Ya está —dijo la voz.