Mala tutora ROLAN
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ROLAN

Mikhail llega por la tarde con el informe mensual.

Se sienta frente a mí y deja la carpeta sobre el escritorio. No la abro. Ya sé lo que contiene.

—Dame solo los números —exijo.

—Catorce. Seis muertos. Tres hospitalizados, críticos pero estables. Dos reubicados en la casa de seguridad de Milwaukee. Tres apartados de operaciones de campo por lesiones que limitan su capacidad operativa.

Catorce hombres en treinta días.

—¿Reemplazos?

—He contactado con nuestra gente en Detroit. Pueden enviar ocho en una semana, pero no son de los nuestros, Rolan. No conocen las calles, los protocolos, la cadena de mando. Necesitan tiempo para adaptarse.

—Pues que aprendan rápido o que se vuelvan a casa.

Mikhail asiente. Abre la carpeta él mismo y despliega tres páginas sobre el escritorio. Mapas, informes de incidentes, cronogramas marcados con su caligrafía precisa.

—Explícame los objetivos —digo.

Señala la primera marca en el mapa.

—El almacén del puerto. Lo atacaron dos días después de la cena. Asalto coordinado, doce hombres, armamento pesado. Entraron por el muelle de carga y la entrada de servicio a la vez.

—¿Bajas?

—Dos de los nuestros. Cuatro de ellos. Mantuvimos la posición.

Su dedo se desplaza a la segunda marca.

—La obra de Randolph. Equipo más pequeño, táctica distinta. Primero intentaron sabotaje, luego la fuerza cuando el sabotaje falló. Ya habíamos reforzado el perímetro siguiendo tus órdenes de reposicionamiento. No lograron atravesar la valla interior.

—¿Y Halsted?

A Mikhail se le tensa la mandíbula. Un micromovimiento, apenas perceptible, pero lo conozco lo bastante bien como para leer el alfabeto de su tensión.

—El bar —dice—. Los hombres de Dushku atacaron un objetivo civil, Rolan. El círculo exterior usa ese local para reuniones, pero es un establecimiento público. Van familias. Él lo sabía.

—Sé que lo sabía.

—Eso nos dice cómo piensa librar esta guerra. Sin límites. Sin distinción entre lo operativo y lo civil. Está enviando un mensaje: nada que esté conectado a ti está a salvo. No hará falta mucho más para que el gobernador empiece a meterse en nuestros asuntos.

Me recuesto en la silla. El cuero cruje. Al otro lado de la ventana, los guardias del perímetro recorren sus rutas con las armas a la vista, sombras que se mueven en patrones practicados bajo los focos.

—¿Cómo deberíamos responder? —pregunta Mikhail.

La rabia bulle bajo mi fachada de hielo.

—Dushku dirige una red de hoteles por toda la ciudad —señalo, inclinándome sobre el mapa—. Doce propiedades, quizá quince. Son su principal canal de blanqueo, y los rota como bases operativas. Reuniones estratégicas, despliegue de personal, procesamiento de efectivo. Todo pasa por esos edificios.

Se me tuercen los labios en una mueca.

—Los quiero fuera. Todos. Cada uno de ellos. Golpear todos a la vez. Acabamos con su fuente de ingresos y su infraestructura de mando en una sola noche.

Mikhail me mira fijamente. El silencio que sigue se prolonga lo suficiente para que capte la expresión de su rostro; luego asiente.

Sirvo dos vasos de vodka y deslizo uno hacia él por el escritorio. Lo coge. Bebemos sin ceremonia.

—Se movió demasiado rápido —le digo—. Su primer movimiento fue dos días después de aquella noche. No es tiempo suficiente para consolidar personal. Tenía esto planeado antes de la cena. Estaba esperando una excusa.

—De acuerdo. La asociación tenía fecha de caducidad. Un año, quizá dos. Su ambición no habría tolerado la coexistencia mucho más.

—La guerra siempre iba a llegar.

—Sí. —Mikhail hace una pausa. Está midiendo sus palabras—. Tú solo adelantaste los plazos.

Dejo el vaso y clavo la mirada en los mapas. Las marcas rojas donde perdimos hombres. Las marcas azules donde mantuvimos el terreno. La geometría de un conflicto que puse en marcha porque un hombre en mi mesa dijo algo que no debía sobre...

¿Sobre qué? ¿Sobre quién?

La tutora de mi hija. La mujer que me ha robado el sueño cada noche durante un mes. La persona cuya presencia en mi casa ha trastocado lo que creía inamovible.

Cada palabra que busco —«empleada, tutora, mujer, ella»— es demasiado pequeña o demasiado peligrosa.

—¿Qué hay del propio Dushku? —pregunto, intentando apartarla de mi cabeza por un momento.

—Se ha escondido. Está rotando entre casas de seguridad. Hemos identificado tres, posiblemente una cuarta. No se queda en ningún sitio más de cuarenta y ocho horas.

—Sigue rastreándolo. Quiero patrones. Horarios. El nombre de cada persona que entra y sale de esos lugares.

—Ya está en marcha. —Mikhail apura su vaso y se levanta, recogiendo la carpeta. En la puerta, se detiene—. Rolan.

—Qué.

—Los catorce hombres. Conocían los riesgos. Todos y cada uno de ellos. Sabían a lo que se apuntaban.

El corazón se me contrae como un puño. ¿Acaso cree que me he vuelto tan débil como para que me importe?

—Lo sé. Encuentra más.

—Sí, Pakhan.

Se va. La puerta se cierra.

El contrato de Elizabeth fue intencionado; cada palabra pensada solo para ella.

Hice esto porque necesito que se quede. Y necesito que se quede porque Anya la necesita.

He visto lo que ha logrado en las últimas semanas.

No puedo arriesgarme a perderla. El contrato garantiza que no tenga que hacerlo.

De paso, el contrato también garantiza que Elizabeth Calloway permanezca dentro de mis muros. Mis cámaras. Mis pasillos. Mi proximidad.

Podría tenerla. El pensamiento no es nuevo. Lleva dando vueltas desde la cocina, echando raíces y cobrando fuerza. Podría cruzar el pasillo, llamar a su puerta, y ella abriría. Podría entrar, cerrar tras de mí, y ella no me detendría.

Saber que puedo es lo que me impide hacerlo.

Y Anya. Si toco a Elizabeth y la cosa sale mal, si se convierte en tensión, incomodidad. El daño no recaerá sobre mí. Recaerá sobre una niña de seis años que nos dibujó en la parte inferior de un dibujo y lo decía en serio.

Así que no lo hago. Me contengo y observo a través de las cámaras. Me quedo en los pasillos y guardo las distancias.

Pero Dios, cada maldito día la distancia se hace más difícil.

Doblo la esquina en el segundo piso y ahí está ella.

A un metro de distancia, saliendo de la habitación de Anya con una pila de libros apoyada en la cadera y el pelo recogido en ese moño descuidado. Advierte mi presencia medio segundo antes de la colisión, ajusta su trayectoria sin romper el paso y me dedica un asentimiento.

Pequeño. Controlado. El tipo de asentimiento que le dedicas a un superior al que debes respetar pero cuya cercanía no disfrutas especialmente.

—Señor Belov.

—Elizabeth.

Y me pasa de largo. El aroma de su champú, vainilla, flota tras ella.

Dejo de caminar pero no me vuelvo. Me quedo en el pasillo y dejo que el encuentro se asiente, como llevo semanas dejando que se asiente cada encuentro con ella, cada uno breve, cada uno insuficiente, cada uno añadiendo otra marca a una cuenta que me niego a examinar.

Desde el día en que entró en mi oficina, no me ha sonreído. Ni una sola vez.

Lo noto todo de ella. Obsesivamente.

Les sonríe a todos los demás. Angelina recibe la versión amplia y sin reservas, la que le ilumina toda la cara y sube la temperatura de la cocina varios grados.

Mikhail recibe una calidez respetuosa, medida pero genuina.

Incluso Dmitri recibe una: la que está a medio camino entre una sonrisa y un desafío.

Anya las recibe todas. Cada variación de su repertorio. La sonrisa orgullosa cuando Anya resuelve un problema. La tierna cuando Anya se queda dormida. La versión sorprendida y encantada cuando Anya suelta un chiste con el sentido del ritmo que heredó de mí.

A mí no me da ninguna. Y aun sin una sola sonrisa para mí, es deslumbrante. La ausencia de calidez no la disminuye.

Si acaso, la compostura que mantiene en mi presencia solo agudiza el efecto.

Me está castigando. No discutirá, no se enfrentará a mí, no me dará la satisfacción de una pelea que podría ganar. Simplemente ha retirado la calidez y me ha dejado a la intemperie, y la estrategia es tan efectiva que roza lo elegante.

Más efectiva de lo que ella sabe. Más efectiva de lo que jamás admitiría.

Las palabras que le dije esa noche siguen dando vueltas, pero me persiguen de un modo distinto al que esperaba.

Debería estar agradecida. La consecuencia podría haber sido el despido.

El desalojo. En cambio, conserva su puesto, su salario, su habitación, su relación con Anya.

La restricción de movimiento es una sentencia leve. Misericordiosa, incluso.

Pero la forma en que lo dije. De pie demasiado cerca. La voz en ese registro grave que suelo reservar para las amenazas. Observando cómo respondía su cuerpo. El rubor subiéndole por el cuello, el temblor en los dedos, el brillo del sudor formándose en las sienes.

Quería marcarla. Quería ponerle las manos encima y dejar pruebas. Castigarla por entrar en ese comedor. Por hacer que Dushku la viera. Por darle a Marcus una razón para hablar de ella. Por ser la falla por la que se fracturó mi control.

Quería castigarla por hacerme desearla. Los pensamientos se anudan, violencia y deseo, furia y necesidad.

La excitación que se ha convertido en mi compañera indeseada durante el último mes reaparece con una persistencia familiar y enloquecedora. La ignoro.

No voy a volverme vulnerable por una mujer que usa pijamas de dibujos animados y se niega a sonreírme.

Reanudo la marcha hacia mi oficina.

Su aroma a vainilla me sigue.

El teléfono suena a las 4:17 p. m.

Estoy detrás del escritorio, revisando los mapas territoriales que Alexei actualizó esta mañana, cuando la pantalla se ilumina con su nombre.

Contesto.

—Habla.

Dos segundos de silencio.

—Sergei se ha ido.

El teléfono sigue pegado a mi oído. Miro fijamente los mapas extendidos sobre el escritorio, y las líneas y fronteras se difuminan en tinta sin sentido.

Joder.

Sergei. Uno de los pocos hombres que alguna vez me enseñó algo que valiera la pena aprender.

—¿Cómo?

—Le dispararon durante la operación del almacén esta mañana. Encontraron el cuerpo hace dos horas. Confirmamos a través de...

Cuelgo.

Los mapas siguen frente a mí. El bolígrafo sigue en mi mano.

Sergei tenía cincuenta y cuatro años y unas manos del tamaño de fuentes.

Tenía una risa capaz de atravesar el hormigón.

Fue el tercero al mando de mi padre, justo por debajo de Mikhail, antes de que yo heredara el puesto.

El hombre que me enseñó a los dieciséis cómo empuñar un arma correctamente, cómo leer una sala antes de hablar, cómo situarme detrás de un hombre que da órdenes y hacer que las órdenes sobren con mi sola presencia.

La bilis me sube por la garganta.

Me enseñó dónde golpear para que el dolor enseñe sin destruir, y dónde golpear para que la lección sea permanente.

Mi mano se cierra alrededor del bolígrafo hasta que el plástico se agrieta.

Estas cosas pasan, me recuerdo con firmeza.

Son el precio de la vida que elegí, o la vida que me eligió a mí, según lo generoso que quiera ser con el relato.

Los hombres mueren. Hombres buenos, a veces.

La organización absorbe la pérdida y sigue adelante.

El sentimentalismo no es un recurso. El duelo no es una estrategia.

Me lo creo. He construido toda mi filosofía operativa sobre ello.

Esta noche no lo siento.

Pasan de las diez, el personal se ha retirado a descansar y Anya está dormida. Los pasillos pertenecen a fantasmas, insomnes y hombres que deberían estar sirviéndose vodka en sus despachos en lugar de abrir los monitores de seguridad.

Abro la cámara doce.

La puerta de Elizabeth está abierta.

Busco. No está en el pasillo, ni en el solario. Ni en el salón. Cámara catorce, la cocina privada.

Ahí está.

De pie junto a la encimera, bajo la luz, descalza sobre el mármol —por supuesto descalza, como si los zapatos fueran una imposición que se niega a tolerar después del anochecer.

Lleva una sudadera gris holgada y esos pantalones cortos que apenas le cubren nada. Tiene el pelo suelto, las ondas oscuras que se mueven cuando camina. Está troceando chocolate en un cazo con leche.

Debería mantener la distancia, mantener la seguridad de una pantalla entre aquello hacia lo que no dejo de caminar y yo.

Voy a la cocina.

El pasillo está a oscuras. La luz de la cocina se derrama por el corredor, ámbar y cálida, y la oigo antes de verla: el tintineo de la cuchara contra el cazo.

Me ve en cuanto aparezco en el umbral. La cuchara se sacude en su mano. Ha aprendido a no derramar, pero el sobresalto es el mismo. Los ojos abiertos de par en par, la respiración entrecortada, la mano que se lleva al pecho antes de contenerse y devolverla a la encimera.

—Tenemos que dejar de encontrarnos así —digo.

Las palabras salen antes de que pueda pensarlas. Lo más parecido al humor que he mostrado en semanas, y me sorprende tanto a mí como a ella.

Me mira fijamente, asimilando. La observo sopesar las opciones, decidiendo cómo reaccionar.

Entonces, como si lo hiciera adrede, exhala. Un soplo breve y seco que podría ser el fantasma de una risa.

—Podrías intentar hacer ruido al caminar —dice—. Como una persona normal.

—¿Dónde estaría la gracia en eso?