Mala costumbre Capítulo 34 — Bad Habit
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Capítulo 34 — Bad Habit

MALA COSTUMbrE

BECKETT

El estudio nuevo está encima de una lavandería, tiene una acústica horrible y ninguna cláusula, y es lo mejor que hemos tenido nunca.

Es un local pequeño en una calle de Bellwood que no sale en ninguna guía, sobre una lavandería automática cuyos secadores se oyen, si te callas, como un retumbo lejano al fondo de las grabaciones.

Un técnico de sonido decente odiaría este sitio: las paredes son finas, el suelo cruje, entra ruido de la calle, y no hay presupuesto para tratarlo como es debido.

Yo, que soy un técnico de sonido decente, lo odio un poco cada vez que miro los niveles.

Pero es nuestro. Lo alquilamos nosotros, con nuestro dinero, para un programa que es nuestro, sin ninguna marca detrás diciéndonos qué podemos decir ni a quién podemos querer.

Cambio la acústica perfecta del Búnker por esto sin pensarlo dos veces.

La acústica perfecta venía con una cláusula.

Esta viene con libertad y con el ruido de una secadora. Me quedo con la secadora.

Estamos montándolo hoy, un sábado de marzo, entre cajas. Y en la caja de una furgoneta que hemos alquilado por horas, bajando por la rampa con un cuidado ridículo, viene el único mueble que nos hemos traído del Búnker: el sofá naranja.

—Cuidado con la esquina —dice Harlow, sujetando un extremo mientras yo sujeto el otro—. Como le hagas un roto a este sofá después de lo que nos ha costado sacarlo de allí, te quedas sin cohost.

Porque nos costó sacarlo. El sofá no era nuestro, técnicamente; era de la universidad, parte del mobiliario del Búnker, heredado de tres promociones de estudiantes.

Cuando dijimos que nos íbamos y que queríamos llevárnoslo, en administración nos miraron como si les pidiéramos un cuadro del rectorado.

Pero insistimos —insistió Harlow, sobre todo, con una terquedad que no le conocía para los muebles—, y al final un administrativo aburrido nos dijo que ese sofá estaba amortizado hacía una década, que constaba como material para desecho, y que si nos lo queríamos llevar le hacíamos un favor a él, que así no tenía que rellenar el impreso de retirada.

Nos lo llevamos por cero euros y un formulario que firmó él.

El sofá más feo del mundo, hundido, naranja, con una quemadura de cigarro de antes de que nosotros llegáramos, que ha visto tres años enteros de nuestra vida: la primera vez que nos reímos hasta llorar, las horas muertas, todo.

No pensaba dejarlo allí para que lo tirara la universidad.

Hay cosas que no son tuyas en el papel y son más tuyas que nada.

Lo subimos por las escaleras estrechas, resoplando, chocando con las paredes, y lo colocamos en el sitio que le habíamos reservado, contra la pared del fondo, debajo de la ventana.

Y ahí se queda, el sofá naranja, en su estudio nuevo, presidiéndolo todo como un rey destronado que ha encontrado un reino más pequeño y más suyo.

—Ya está en casa —dice Harlow, dándole una palmada al respaldo, y una nubecilla de polvo de tres años sube hacia la luz.

El programa nuevo se llama «Bad Habit», y hoy grabamos el primer episodio, y lo primero que hacemos —antes que nada, antes de la primera pregunta, antes de presentar nada— es decir la regla.

La hemos hablado mucho, esta regla. Es la única condición que nos hemos puesto los dos para volver a hacer esto juntos, y la vamos a decir en voz alta, en el propio programa, para que quede dicha delante de todos y para que no se nos olvide nunca.

La decimos por turnos, ella una parte y yo otra, mirando el micro, en el primer minuto del primer episodio.

—Antes de empezar del todo —dice Harlow al micro—, una cosa. La única regla de este programa. Los que veníais del anterior sabéis que allí nosotros éramos el contenido. Nuestra supuesta amistad, nuestra química, si había algo o no había algo. Éramos el producto. Y eso se acabó. —Me mira—. Sigue tú.

—Aquí la regla número uno es esta —digo—: nuestra relación no es contenido.

Estamos juntos, lo sabéis, salió en todos lados, no lo escondemos.

Pero no es el programa. No vamos a contaros cómo nos va, ni vamos a pelearnos en directo para que suba el engagement, ni vais a saber nunca si hoy hemos discutido antes de grabar.

Lo que hacemos, os lo contamos. Lo que somos, es nuestro.

—Vuelvo a mirar a Harlow—. Os vamos a contar lo que hacemos.

Nunca lo que somos. Esa es la regla, y si algún día la rompemos, dejad de escucharnos, porque significará que hemos vuelto a las andadas.

Y con eso dicho, empezamos el programa de verdad.

Que es, por cierto, un buen programa, y esto no lo digo como el novio de la presentadora sino como el técnico que lo monta: es lo mejor que hemos hecho.

Se llama «Bad Habit» y va sobre lo que la gente esconde para ganarse la vida.

Entrevistamos a personas con trabajos que tienen una cara pública y una cara oculta, y les preguntamos por la de debajo: el influencer que odia lo que vende, la médica que finge una calma que no siente, el humorista que hace reír con la peor semana de su vida a cuestas.

Lo que la gente esconde para cobrar. Resulta que es un tema del que sabemos un poco, Harlow y yo.

Lo hemos vivido tres años. Y hemos decidido convertir lo que nos rompió en lo que contamos, que es la única manera decente que se me ocurre de rentabilizar un daño: usándolo para entender el de los demás.

Las cifras del primer episodio, cuando las miro esa noche, son honestas y pequeñas y suficientes.

Sesenta mil oyentes. No dos millones: sesenta mil.

La gente que nos ha seguido hasta aquí, la que quería el programa de verdad y no el circo de la ship.

Y un patrocinador: una cadena pequeña de cafeterías de Portland que nos paga lo justo para cubrir el alquiler del local y poco más.

Ni Nectar, ni seiscientos veinte mil, ni galas.

Una marca de café local y sesenta mil personas que quieren oírnos hablar de lo que la gente esconde.

Es menos de la treintava parte de lo que teníamos.

Y es suficiente. Suficiente para vivir apretados y hacer algo que no nos avergüence.

Nunca había sabido que «suficiente» pudiera ser una palabra tan buena.

A media tarde, montando todavía, tenemos nuestra primera discusión de verdad en el estudio nuevo. Y es sobre la acústica.

—El sofá no puede ir ahí —digo, señalando la pared del fondo—. Contra esa pared rebota todo. Si grabamos con el sofá ahí, se nos mete el eco de la pared en cada toma. Tiene que ir en la otra esquina, en diagonal, para romper las ondas.

—El sofá va debajo de la ventana —dice Harlow, sin levantar la vista de la caja que está abriendo—. Porque debajo de la ventana entra la luz, y queda bonito, y es donde tiene que estar un sofá. No lo voy a poner en diagonal en una esquina como si fuera un mueble de castigo.

—Harlow. Soy técnico de sonido. Sé dónde va un sofá en un estudio.

—Y yo sé dónde va un sofá en una habitación donde vive gente. Y esto es las dos cosas. —Me mira, con media sonrisa—. Podemos poner una manta en la pared, o gomaespuma, o lo que sea de esos que sabes tú, y arreglar tu eco sin desterrar el sofá al rincón. Solución de las dos.

Y discutimos. De verdad. Cinco minutos largos sobre dónde va un sofá, subiendo un poco el tono, ella defendiendo la luz y yo defendiendo las ondas, sin ceder ninguno, hasta que llegamos a un apaño —el sofá se queda debajo de la ventana y yo pongo paneles en la pared de al lado— que no deja del todo contento a nadie, que es como se sabe que un apaño es justo.

Y lo mejor de todo, a mitad de la discusión, es lo maravillosamente normal que es.

Estamos discutiendo por un sofá. Por un mueble.

No por un contrato, no por una mentira, no por quién ha negado a quién en directo, no por un secreto de tres años.

Por dónde va un sofá. Es una discusión de las que tiene cualquier pareja que monta una casa, pequeña, sin importancia, de las que se olvidan a los diez minutos.

Y es justo eso lo que la hace un lujo. Porque durante tres años, cada tensión entre Harlow y yo llevaba debajo una bomba: un secreto, una cláusula, una traición sin confesar.

Discutíamos, pero nunca discutíamos por lo que discutíamos; siempre había algo enorme y oculto debajo.

Y ahora, por primera vez, discutimos por lo que discutimos.

Un sofá es un sofá. La pelea es solo la pelea.

No hay nada debajo. Poder pelearte con alguien por una tontería, sabiendo que es solo una tontería, sabiendo que debajo no hay ninguna mina, es la cosa más parecida a la paz que conozco.

Cuando terminamos de montar, ya de tarde, me pongo a hacer lo que hago siempre al cerrar un estudio: recoger los cables.

Los enrollo uno por uno, en ochos perfectos, iguales, ordenados.

El del micro, los alargadores, el de los auriculares.

Los voy doblando con las manos que saben hacerlo solas, en la mesa nueva, con la luz de la tarde entrando por la ventana.

Y es un gesto tan mío, tan de siempre, que casi no lo pienso, hasta que me acuerdo de la última vez que estuve delante de una caja de cables, en el Búnker vacío, y los dejé tirados a propósito, hechos un nudo, porque no me creía capaz de ordenar nada.

De aquello hace un mes. Y ahora los estoy enrollando otra vez, en ochos, con cuidado, y esta vez no es para tapar nada ni para fingir que controlo lo que no controlo.

Es solo porque los cables enrollados no se enredan, y mañana hay que grabar, y me gusta que las cosas estén en su sitio.

He recuperado el gesto. Pero ahora es lo que siempre debió ser: ordenar cables, sin más, sin que signifique que me estoy escondiendo de algo.

Un ocho es solo un ocho cuando ya no tienes nada que doblar por dentro.

Estoy con el tercer cable cuando Harlow pasa por detrás, ve la pila de ochos perfectos sobre la mesa, alargados y ordenados, y sin decir nada, con dos dedos, coge uno del montón y le deshace la lazada, lo desenrolla del todo y lo deja hecho una eñe encima de los demás, mirándome, esperando mi reacción.

—¿En serio? —digo.

—Estaban demasiado perfectos —dice—. Me ponía nerviosa. —Y sonríe, esa sonrisa suya, la de verdad, la que tardé tres años en ver de cerca—. Ahora está mejor. Un poco de desorden. Para que respire.

Y me río, porque es una tontería, porque me ha deshecho un cable a propósito solo para picarme, para jugar, sin ningún motivo salvo el placer de desordenarme una cosa que yo había ordenado.

Y es lo contrario exacto de lo que hacíamos antes.

Antes nos escondíamos cosas. Ahora me deshace un ocho a la vista, riéndose, para que yo la vea hacerlo.

El desorden como travesura, no como mentira.

Recojo el cable que me ha deshecho, lo vuelvo a doblar sin dejar de sonreír, y ella me deshace otro, y acabamos los dos peleándonos por una pila de cables como dos críos, en un estudio encima de una lavandería, con la luz de marzo entrando por la ventana.

Porque hoy, por fin, después de siete meses de lluvia, ha salido el sol.

Entra por la ventana del estudio, cae sobre el sofá naranja y sobre la pila de cables medio deshecha y sobre Harlow, que sigue riéndose.

Ninguno de los dos lo menciona. No hace falta.

Es marzo, y hace sol, y estamos montando nuestro estudio.

Las cosas, a veces, son solo lo que son.

Nos quedamos, cuando ya está todo montado, un rato en el sofá naranja, antes del directo, sin hacer nada.

Ella tumbada con la cabeza en mi regazo, yo con la espalda contra el respaldo hundido, la luz de la tarde bajando despacio por la pared.

No hay prisa. No hay cámara. No hay nadie que pueda entrar, ni micro abierto que vigilar, ni plano que calcular.

La beso despacio. Sin que sea el principio de nada urgente, sin la electricidad de escondernos que durante meses fue medio motor de todo lo nuestro.

Solo la beso porque está aquí, y porque puedo, y porque nadie nos mira.

Le aparto el pelo de la cara —el pelo suelto, sin goma— y ella me sonríe contra la boca, y nos quedamos así, besándonos sin ir a ninguna parte, en un sofá feo, encima de una lavandería, un sábado de marzo.

Le desabrocho el primer botón de la camisa y ella me para la mano, no para decir que no, para decir «luego, que en veinte minutos tenemos directo y me conozco», y me río contra su cuello, y tiene razón, y no importa, porque lo bueno de esto, de lo nuestro ahora, es que hay un luego.

Hay todos los luego que queramos. Ya no es una última vez robada en un hueco antes de que alguien nos pille.

Es la primera de una cuenta que no tiene fin ni cláusula.

Nos incorporamos, ella se abrocha el botón, yo le robo un beso más, el de propina, y volvemos al trabajo con esa risa tonta de los que saben que tienen toda la noche y toda la vida.

Es lo contrario del peligro. Y resulta que lo contrario del peligro, con la persona buena, no es aburrimiento. Es sitio para respirar.

Esa noche hacemos el primer directo. El de verdad, el primero de «Bad Habit» en abierto, con la gente conectándose en tiempo real.

Compruebo los niveles por última vez. El micro de Harlow, el mío, el retorno. La secadora de abajo ha parado, por suerte. El sofá naranja está debajo de la ventana, donde ella quería. Los cables, medio ordenados, medio deshechos, como quedaron después de la pelea. Todo listo.

Harlow se sienta enfrente, se pone los cascos, se acerca al micro. No lleva goma en la muñeca; hace un mes que no la lleva. Si me miente, ahora, ya no tengo cómo saberlo salvo creyéndola. Y resulta que con eso basta. Resulta que siempre debió bastar con eso.

Le doy al interruptor. El piloto se enciende. Rojo.

Miro la pantalla. Cuarenta y un oyentes en el primer minuto del directo.

Cuarenta y uno. Me quedo mirando el número un segundo, porque hay algo en ese número, algo que me suena, aunque no sabría decir qué, un eco lejano de otra cifra que ya no me duele.

Cuarenta y un oyentes. Empezamos con cuarenta y uno, como se empieza todo lo que merece la pena: pequeño, de cero, con la gente justa.

—¿Empezamos? —dice ella.

Y por primera vez en tres años y medio, con el piloto rojo encendido y el micro abierto y ella al otro lado de la mesa, no sé quién de los dos está en el aire y quién no.

Y da exactamente igual.