Capítulo 6 — Una vez más
MALA COSTUMbrE
BECKETT
—Hay que revisar los cortes del ciento catorce —dice Harlow por teléfono el sábado por la tarde, y los dos sabemos que es mentira.
Lo sabemos con una precisión que da vergüenza.
El ciento catorce se grabó el martes, se montó el miércoles, se emitió el viernes y está cerrado desde hace dos días.
No hay cortes que revisar. Theo lo dio por bueno, subió las plataformas, archivó la sesión.
Revisar los cortes del ciento catorce es como proponer repasar los deberes de una asignatura que ya has aprobado: no existe el motivo, solo existe la excusa.
—Hay que revisarlos, sí —contesto, siguiéndole el juego con la misma seriedad falsa—. Noté una cosa rara en el audio de la segunda sección. Un zumbido.
No había ningún zumbido. Yo mezclé esa sección.
Si hubiera habido un zumbido lo habría oído antes que nadie, es literalmente mi trabajo.
Pero le doy el zumbido porque ella me ha dado el ciento catorce, y así funciona esto ahora: nos pasamos excusas técnicas como quien se pasa notas en clase, cada uno fingiendo que se cree la del otro, construyendo entre los dos un edificio de pretextos que no engaña a nadie, empezando por nosotros.
—Pues nada —dice—. Me acerco y lo miramos. ¿A las ocho?
—A las ocho.
Cuelgo. Y me quedo un rato con el móvil en la mano, en mi cocina, mirando la nevera en si bemol sin verla, pensando que acabo de quedar con Harlow Quinn en mi casa a las ocho de un sábado para revisar un zumbido que no existe, y que los dos sabemos lo que va a pasar, y que ninguno de los dos lo ha dicho, y que precisamente el no decirlo es lo que lo ha decidido.
«Última vez», dijimos hace una semana. Al techo de su habitación. Y luego «no ha pasado nada», en un banco del lago, con ocho remos entrando en el agua. Y ahora un zumbido inventado a las ocho.
Recojo la casa, que es lo que hago cuando no quiero pensar.
Enrollo los cables de la mesa de mezclas en ochos, aunque ya estaban recogidos.
Lavo dos tazas. Cambio la camiseta y luego me arrepiento de haberla cambiado, porque cambiarse de camiseta para ver unos cortes que no existen es admitir algo, así que me pongo otra vez la primera, y luego pienso que eso es todavía más ridículo, y me quedo con la segunda, y me doy asco un rato razonable.
A las ocho menos cinco llaman a la puerta.
Y aquí está lo que no le voy a decir a nadie sobre la semana que llevamos: que el edificio de excusas que hemos construido, el zumbido y el ciento catorce y todo lo demás, no es un fallo.
Es el preliminar. Los dos sabemos perfectamente lo que va a pasar en cuanto ella cruce esa puerta, y en vez de decirlo hemos dedicado la tarde entera a fingir que no lo sabemos, y esa hipocresía compartida —los dos mintiendo, los dos sabiendo que el otro miente, los dos sosteniéndolo con cuidado— es lo más íntimo que hemos hecho en tres años que no ha sido acostarnos.
Es un idioma privado. Nadie más en el mundo podría creerse nuestras excusas porque nadie más sabe exactamente lo malas que son.
Solo nosotros. Mentir juntos, resulta, también es una forma de estar solos los dos.
Abro.
Traemos el portátil, eso sí. Somos meticulosos con la coartada: Harlow llega con su portátil bajo el brazo y yo tengo la sesión del ciento catorce abierta en la mesa, la segunda sección cargada, los faders donde estaban.
Nos sentamos uno al lado del otro delante de la pantalla, como dos personas que van a trabajar, y ponemos la sección, y yo subo el volumen del zumbido que no existe.
—Ahí —digo, señalando una forma de onda perfectamente limpia—. ¿Lo oyes?
—No.
—Ya. Yo tampoco.
Y ese es el momento en que se cae la coartada, con las dos palabras más honestas que hemos dicho en toda la tarde.
«Yo tampoco.» Harlow me mira. Yo la miro.
La sección sigue sonando, dos voces grabadas hace cuatro días bromeando sobre una app de citas, los dos de la pantalla riéndose de algo, y los dos de la mesa en silencio, muy cerca, con el codo de ella rozándome el codo y ninguno de los dos moviéndose para dejar de rozarse.
—Beckett.
—Dime.
—No hay ningún zumbido.
—No.
—Y el ciento catorce está cerrado.
—Desde el miércoles.
—Entonces qué hacemos.
Y ahí está la pregunta, por fin, la única de la tarde que no es coartada.
Podría contestar con otra excusa. Podría levantarme a por agua y dar tiempo a que el momento se enfríe.
Podría hacer lo responsable, lo que le prometí a mi calculadora el domingo pasado, lo que le debo a treinta y tres meses de mi madre.
En lugar de eso alargo la mano y le paro la sesión. El silencio de la sala, sin las dos voces grabadas, se vuelve enorme.
—Lo que llevamos toda la semana sin hacer —digo.
Y la beso.
La primera vez, en su cocina, fue un accidente que nos contamos como accidente.
Esta no. Esta la hemos planeado con un zumbido falso y una camiseta cambiada dos veces, y por eso es peor, y por eso también es mejor, porque no hay la coartada de la sorpresa.
Sé lo que estoy haciendo. Ella sabe lo que está haciendo. Y lo hacemos igual.
Beso a Harlow y lo primero que hago, porque soy quien soy y no sé apagarlo ni aquí, es escuchar.
Escucho el cambio en su respiración cuando le paso la mano por la nuca, el segundo exacto en que deja de contenerse.
Escucho el sonido pequeño que hace contra mi boca, ese que no haría nunca delante de un micro, ese que no está comprimido ni ecualizado ni pensado para nadie, y me lo guardo, porque llevo tres años oyéndola en auriculares y ninguna de esas horas suena como esto.
La conozco entera en audio. No la conocía así.
Nos levantamos de las sillas sin dejar de besarnos, y el portátil de la coartada se queda olvidado en la mesa con la sesión abierta, y la llevo, o me lleva, no sé, hacia el sofá primero y luego, cuando el sofá se queda pequeño para lo que somos, hacia la habitación.
Le quito la sudadera y ella me quita la camiseta que me cambié dos veces, y me río contra su cuello sin poder explicarle de qué me río, y ella pregunta qué, y le digo «nada, luego», porque no le voy a contar ahora lo de la camiseta.
En la cama la miro. Un segundo entero, quieto, que en cualquier otro contexto sería demasiado tiempo.
Harlow debajo de mí, el pelo suelto —sin goma, hoy no hay goma, hoy no hay mentira que sellar— y esa cara que no le he visto poner delante de nadie, la de antes de un titular, la de cuando todavía no ha decidido cómo contar lo que siente.
La cara sin encuadre. Y siento las dos cosas que voy a sentir durante meses sin saber todavía que van a durar meses: una reverencia que no me cabe en el pecho, y debajo, exacto, del tamaño justo, el pánico.
Porque esto ya no tiene arreglo el lunes.
Esto ya no es una noche. Esto es la segunda vez, y la segunda vez es la que convierte un accidente en una cosa que hacemos.
—¿En qué piensas? —dice ella, porque me he quedado quieto demasiado.
—En que te estoy mirando.
—Da un poco de repelús que me mires tanto.
—Lo sé. Es más fuerte que yo.
—¿Qué escuchas? —dice, porque me conoce, porque sabe lo que hago—. Ahora mismo. En tu cabeza. ¿Qué estás escuchando?
—A ti. —Y es verdad, y es lo único que sé decir—. Solo a ti. Es la primera vez en mucho tiempo que no hay ruido de fondo.
Porque eso es lo que Harlow no sabe que me hace, lo que no le he dicho ni pienso decirle esta noche: que mi cabeza es una sala que nunca está en silencio.
Siempre hay algo sonando debajo. La factura del mes, el nivel de la próxima mezcla, la pregunta de si mi madre habrá tomado la medicación, el cálculo de cuánto queda hasta el siguiente pago.
Un zumbido de fondo constante, real, que llevo años sin poder bajar.
Y con ella, en la cama, por primera vez, la sala se queda muda.
Solo Harlow. Solo su respiración y su nombre y el sonido que hace cuando dejo de pensar.
El único silencio que he encontrado nunca está debajo de la única persona que puede arruinarme, y esa es la broma que no le hace gracia a nadie porque no la cuento.
Y ella tira de mí hacia abajo, y dejo de pensar, que es lo único que Harlow consigue que haga y la razón por la que sé, en algún sitio debajo del pánico, que esto no va a ser la última vez por mucho que lo digamos después.
Lo que pasa después no lo voy a contar con detalle, ni falta que hace.
Solo diré que la escucho toda la noche. Que aprendo, en el orden en que se aprenden las cosas que importan, qué le gusta y qué la hace reírse y qué la deja sin la palabra rápida que siempre tiene lista.
Que hay un momento en que se le apaga del todo el ingenio —ella, que vive de la frase de más—, y se queda sin nada que decir, solo mi nombre y la respiración, y ese silencio suyo, el de quedarse sin cómo contarlo, es lo más cerca que he estado nunca de otra persona.
Que le presto la clase de atención que le presto a una toma que solo voy a poder grabar una vez.
Y que ella, en algún momento, me dice al oído «para de escucharme tanto», y yo le digo que no sé hacer otra cosa, y es la verdad más grande que he dicho en toda la semana.
Después nos quedamos en la oscuridad de mi habitación, que no tiene grieta en el techo, solo el reflejo de las luces de la copistería colándose por la persiana mal cerrada.
Harlow tiene la cabeza en mi hombro y yo le noto la respiración volver a la normalidad poco a poco, bajando de tono, y la escucho bajar como quien mira descender una aguja de nivel hasta el verde.
—Beckett.
—Dime.
—Esto ha sido la última vez.
Lo dice muy bajito. Igual que la semana pasada, con la misma voz de cerrar una ventana.
Pero esta vez hay una diferencia, y la diferencia es que la semana pasada casi me lo creía, y esta vez ya no.
Esta vez sé exactamente lo que estamos haciendo: estamos poniéndole a esto un marco que nos permita repetirlo.
«La última vez» no es una decisión. Es un permiso.
Cada vez que lo decimos nos damos licencia para que haya una más, porque una más siempre es «la última», y la última no cuenta, y así se puede seguir para siempre teniendo últimas veces que nunca lo son.
Los dos lo sabemos. Y lo decimos igual. Porque decirlo es la parte del ritual que nos deja dormir.
—Sí —digo—. La última.
Noto que sonríe contra mi hombro. No es una sonrisa alegre.
Es la sonrisa de dos personas que acaban de mentirse a la vez y saben que el otro lo sabe, que es una intimidad rara, más rara incluso que la de hace un rato: compartir exactamente la misma mentira, sostenerla entre los dos, con cuidado, para que no se caiga.
—Somos horribles —dice ella.
—Somos profesionales.
—Es lo mismo.
—Cada vez lo tengo más claro.
Se ríe, la de verdad, la que clipearía si hubiera un micro, y no hay ningún micro, y esa es la cosa: que lo mejor que tenemos es lo único que no podemos enseñar.
A las dos de la mañana empieza la parte que de verdad me hiela, y no es la culpa. La culpa la esperaba. La culpa habría sido casi un alivio, algo limpio, moral, con forma. Lo que llega en su lugar es peor: es logística.
—¿Cómo salgo? —pregunta Harlow, ya vestida, buscando el móvil entre las sábanas.
—Por la puerta.
—Beckett. En serio. Tu edificio da a la calle mayor.
Hay una cafetería enfrente que abre hasta tarde, y la mitad del campus vive a tres manzanas, y yo soy medio reconocible y tú eres medio reconocible, y si alguien me ve salir de tu portal a las dos de la mañana un sábado, mañana lo sabe harckettproofs y pasado lo sabe internet.
Tiene razón. La tiene toda. Y lo que me hiela es la naturalidad con que la tiene, la velocidad con que su cabeza —esa cabeza que encuadra— ha pasado del después al problema, sin escala. Yo todavía tengo su calor en la cama y ella ya está calculando ángulos de salida como quien planifica un plano.
—Sales tú primero —digo, y me oigo entrar en el mismo modo, porque es contagioso, porque es lo único que se puede hacer—.
Por la puerta de atrás, la del patio, que da al callejón.
Yo bajo la basura en diez minutos por la principal, por si alguien mira.
Dos salidas distintas. Si coincidimos en la calle, no nos conocemos.
—Si coincidimos en la calle no nos conocemos —repite, y lo dice como quien memoriza un procedimiento, y en su boca suena a lo que es: un protocolo. El segundo que montamos. El primero fue el aparcamiento del Búnker, hace una semana. Ahora tenemos dos. Vamos a tener muchos.
Se pone la chaqueta. En la puerta de la habitación se para, se gira, y por un segundo veo cruzar por su cara algo que no es logística, algo de antes, de la cama, de la reverencia y el pánico, algo que estuvo a punto de decir y no dice.
—Buenas noches, Beckett.
—Buenas noches.
Sale por el patio. Yo espero diez minutos exactos mirando el techo sin grieta, y luego bajo la basura por la puerta principal, aunque no tengo basura, así que bajo una bolsa medio vacía para que la coartada sea completa, porque ya somos gente que fabrica basura falsa para justificar una salida.
En la calle no la veo. Ya se ha ido. La cafetería de enfrente tiene tres clientes que no nos han visto y no nos verán nunca, y el callejón está vacío, y todo ha salido bien, y ese es exactamente el problema.
Que ha salido bien.
Que se nos da bien.
Subo a casa, tiro la bolsa falsa, y en la mesa sigue el portátil de Harlow, olvidado, con la sesión del ciento catorce todavía abierta en la pantalla, la segunda sección congelada en la forma de onda limpia donde nunca hubo ningún zumbido.
Lo miro un rato. Mañana tendré que devolvérselo, lo cual será otra excusa, otro motivo fabricado para vernos, otro zumbido.
Y me doy cuenta, apagando la pantalla, de que ya no estoy contando los daños de a uno como el domingo pasado. Ya no llevo la cuenta. Es la segunda vez, y la segunda vez es donde se deja de contar, porque a partir de la segunda ya no son incidentes aislados que se puedan inventariar.
A partir de la segunda es una costumbre.
Enrollo el cable del portátil de ella en un ocho, para que esté recogido cuando venga a buscarlo, y lo dejo encima, esperándola, como una invitación con forma de coartada.
La última vez, pienso, y ya ni yo me lo creo.