Mala costumbre Capítulo 1 — Contenido
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Mala costumbre

Mala costumbre

Por Camila Restrepo

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Capítulo 1 — Contenido

MALA COSTUMbrE

HARLOW

Hay doce mil personas viéndome fingir que no me sé esta pregunta de memoria.

—«Querida Harlow» —lee Beckett, con la carta de la oyente en la mano, aunque las cartas ya no existen y esto es un correo impreso porque en cámara el papel queda mejor—. «Llevo dos años enamorada de mi mejor amigo. Nos lo contamos todo. Todo menos eso. ¿Lo estropeo si se lo digo?»

Firma: Ana, de Tucson. El chat escupe corazones. Sesenta por segundo, lo sé sin mirar el panel, porque llevo tres años midiendo esta habitación y el consultorio de los viernes siempre da pico en la carta de la enamorada. La gente no viene a que resolvamos nada. Viene a vernos no resolverlo.

—Ana —digo, y me inclino hacia el micro como si Ana estuviera dentro—, te voy a decir lo que le digo a todo el mundo. La amistad es el único contrato que se renueva solo. Lo otro hay que firmarlo cada día, y la gente firma fatal.

—Qué bonito —dice Beckett—. ¿Lo tenías preparado?

—Me salen así.

—Le salen así —le dice Beckett a la cámara dos, la suya, con esa cara de estar pidiendo perdón por mí—. Lleva tres años saliéndole así. Yo ya ni me defiendo.

Esto que acabamos de hacer tiene nombre.

Se llama el uno-dos, y lo bordamos: yo suelto la frase lapidaria, él la pincha, yo finjo ofenderme, el chat se ríe de los dos.

Tres años haciéndolo y ya no sé si es un número o es que hablamos así.

Theo dice que da igual, que lo que no se distingue de la verdad cotiza como la verdad.

Theo dice muchas cosas que darían para bordar cojines siniestros.

Risas en el chat. [Risas de verdad, supongo: llegan con veinticinco segundos de retardo, como todo aquí, así que técnicamente me estoy riendo con el pasado.

] Theo, desde la regie, me suelta en el pinganillo: «Cuarenta y ocho minutos.

Colad lo de Nectar y cerramos». Tiene la voz de los viernes, la de ya-casi-fin-de-semana.

Al otro lado del cristal lo veo con su gorra y sus dos monitores, moviendo la boca para el recuento de después.

Compruebo el móvil por debajo de la mesa, fuera de plano, con la técnica que tenemos todos los que trabajamos en esto: la mirada sigue en la cámara, el pulgar hace su vida.

Jared no ha contestado. Le escribí el martes después de grabar —«¿cena el sábado?

invito yo, he cobrado»— y el mensaje lleva tres días con la marca de leído, que es la manera moderna de dejar a alguien a fuego lento.

Titular: «Novio practica el silencio administrativo».

Lo archivo. Los viernes no son día de pensar en Jared; los viernes son día de que doce mil personas piensen en mí.

Este es el resumen de mi vida a los veintidós años: un sótano forrado de gomaespuma gris que huele a cable quemado y a café de máquina, un sofá naranja que sobrevivió a tres promociones de becarios, una cámara con mi nombre y otra con el suyo, y doce mil personas un viernes por la noche comprobando que Beckett Hale y yo seguimos siendo la prueba viviente de que un tío y una tía pueden ser solo amigos.

Ese es el programa. Ese es el eslogan. Nos lo dice una app de citas que nos patrocina, lo cual tiene una gracia que ya nadie señala: Nectar paga cada mes para que dos personas que no se acuestan le digan a dos millones que el amor está a un deslizamiento de distancia.

—Ana, en serio —dice Beckett, y baja la voz un punto, que es su manera de ponerse de verdad—. ¿Puedo?

—Puedes.

—No se lo digas porque necesites decírselo. Díselo el día que puedas escuchar cualquier respuesta. —Deja pasar un segundo—. Si no puedes, todavía no es el día.

El chat se para un poco. Lo hace siempre que Beckett dice algo así, sin chiste dentro: baja el ruido, como si doce mil personas se hubieran acercado a la vez.

Yo miro mi vaso de cartón, que ya tiene el borde mordido de toda la semana, y pienso titulares porque es lo que hago cuando algo me roza: «Presentadora escucha buen consejo, se lo aplica cero».

Me odio un poco. Lo justo. Lo funcional.

—Bueno —digo—, y si el día no llega nunca, Ana, para eso está Nectar, que te presenta a desconocidos sin dos años de amistad que perder. Código JUSTFRIENDS, quince por ciento, ya sabéis.

—La transición más elegante del pódcast en español —dice Beckett.

—Alguien tiene que pagar tu sofá naranja.

—El sofá es mío emocionalmente, pero vale.

Cuarenta y nueve minutos. El chat pide la sección de cierre, la de las fotos de perros de los oyentes, y Theo ya la tiene en cola: lo veo en el monitor de retorno, seis perros, uno con chubasquero.

Pienso: buen viernes. Pienso: episodio ciento doce, pico decente, clip del consejo de Beckett para el martes, miniatura con su cara seria que siempre rinde.

Pienso en todo eso con la parte de la cabeza que no descansa nunca, la que encuadra, y con la otra me permito exactamente un segundo de mirar a mi mejor amigo mientras se ríe de un perro con chubasquero, y de pensar que hay noches en que este trabajo no parece un trabajo.

Entonces el chat cambia de color.

No literalmente. Pero hay un modo en que doce mil personas escribiendo se convierten de golpe en doce mil personas escribiendo LO MISMO, y el ojo lo pilla antes que el cerebro: las mayúsculas suben, los emoticonos bajan.

Leo «NO» varias veces. Leo «HARLOW NO LEAS EL CHAT», que es la manera más rápida que existe de que alguien lea un chat.

Y entonces lo veo.

La insignia azul primero. La cuenta verificada de Jared Voss, remero, ciento cuatro mil seguidores, mi novio desde hace once meses, escribiendo en el chat público de mi programa un viernes a las nueve y cuarenta y siete:

se acabó, Har. no compito con tu mejor amigo. que os vaya bonito el programa.

El mensaje lleva veinticinco segundos existiendo cuando me llega.

Así funciona el retardo: doce mil personas han visto morir mi relación antes que yo.

Y lo primero que hago, lo juro por lo que queda de mí, es calcular la miniatura.

Fondo del estudio. Mi cara a medio gesto.

Rótulo amarillo. Titular: «La dejan EN DIRECTO». Retención altísima.

Lo segundo que hago es nada.

Nada. No hay tercero. La parte de mi cabeza que encuadra sigue trabajando —flecha roja hacia mi cara, «minuto 49:12», subtítulo automático— y la otra parte, la que se supone que soy yo, se ha quedado sin frases.

Miro el mensaje. Miro la cámara uno, que es la mía, que es un ojo.

El pinganillo dice «Harlow» con la voz de Theo y luego dice «Harlow» otra vez y luego dice algo de publicidad.

El silencio en directo no se mide en segundos.

Se mide en eras. Caen civilizaciones en menos de lo que yo tardo en mover la boca, y no la muevo.

Cuarenta segundos, sabré después, porque alguien los contará por mí, con cronómetro, en un hilo.

Cuarenta segundos de una chica mirando un punto fijo mientras doce mil personas hacen capturas.

—Bueno. —La voz de Beckett entra en el aire como entra él en todas partes: sin prisa, probando primero el terreno—.

Para quien acabe de llegar, un poco de contexto.

Este programa se llama «Just Friends» porque el amigo soy yo.

—Pausa. Uno, dos—. El novio era el señor del mensaje.

Nosotros seguimos aquí el martes. Él, por lo visto, no.

El chat estalla. De risa, de vergüenza ajena, de las dos cosas trenzadas, y el aire vuelve a la sala como si alguien hubiera abierto una ventana en un sótano sin ventanas.

Es un chiste bueno. Es un chiste que me salva, me tapa, me da tres segundos de sombra para volver a mi cuerpo.

Y es un chiste que convierte mi ruptura en una promo del martes, y las dos cosas son verdad a la vez, y las dos las ha hecho a propósito, y esa exactitud suya de saber cuánto me protege y cuánto me cobra es lo más parecido que tengo esta noche a que me den la mano.

—Perdonad —digo. Mi voz suena. Buena señal—. Es que estaba leyendo.

—Lee menos —dice Beckett—. Te lo digo siempre.

—Ya.

—¿Perros?

—Perros.

—Y a ti te consta —añade, mirando a su cámara, ya en caliente, ya con el programa otra vez en las manos— que aquí no hacemos contenido con la vida privada de nadie. Así que borrad las capturas, animales.

Nadie va a borrar nada. Él lo sabe, yo lo sé, el chat lo sabe y lo agradece: les acaba de dar permiso para quedarse mirando con la conciencia limpia. Así se gestiona una audiencia. Así se gestiona a una amiga rota en emisión. Son la misma técnica y esta noche no quiero pensar en eso.

Theo lanza los perros. Seis perros, uno con chubasquero, y yo hago mi trabajo: comento los perros.

Le pongo nombre de jubilado al carlino, digo que el chubasquero es una declaración de intenciones, dejo que Beckett lleve el peso y remato donde hay que rematar.

Soy buenísima. Esa es la parte que nadie entiende de este oficio: que se puede hacer perfecto con el ochenta por ciento del cuerpo mientras el veinte restante está sentado en el fondo de un lago.

El chat ya va por otra cosa. El chat es un perro también: mira donde le señalas.

—Y hasta aquí el ciento doce —dice Beckett, cuando Theo nos da la señal—. El martes, más. Cuidaos mucho, mandad perros.

—Y ya sabéis —digo yo, porque el cierre es mío, siempre ha sido mío, tres años diciéndolo—: si os enamoráis, que no sea de vuestro mejor amigo.

Beckett me mira una décima de más. La cámara ya no graba. O sí. Nunca se sabe del todo, esa es la gracia del directo, y por eso el piloto rojo es el objeto más sincero de mi vida.

Se apaga.

—Fuera —dice Theo por el pinganillo—. Buen programa. Lo siento, Quinn.

Lo dice en ese orden.

El Búnker después de un directo es un animal grande respirando.

Los ventiladores de los equipos, la nevera pequeña, el zumbido de la regie.

Me quedo sentada más de lo normal, con el pinganillo ya fuera, enrollando el cable en el dedo, y por el cristal veo a Theo con el panel de métricas abierto y esa postura suya de leer malas noticias buenas.