Magia ilimitada (Los expedientes Grimm nº 4) GENEVA
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GENEVA

Capítulo

Ocho

Su encuentro con Asmodeus podría haber sido un desastre total, pero no lo fue.

Habían pensado que podrían liberar a las víctimas de los traficantes, pero antes de que ella y Ash pudieran llevar a cabo el rescate, Asmodeus había aparecido y los obligó a retirarse.

Alguien o algo lo había alertado… o tal vez había sido una trampa desde el principio, ¿pero con qué fin?

Habían salvado a algunos de los cautivos, pero no a los suficientes.

Pero no era solo lo que había sucedido con los traficantes lo que le rondaba la cabeza: era Ash.

La forma en que se había interpuesto entre ella y Asmodeus, arriesgando la vida por ella sin dudarlo.

La forma en que su presencia ejercía una atracción magnética sobre ella, incluso cuando todo en su interior gritaba que aquello era peligroso. Más peligroso de lo que quería admitir.

Se frotó las sienes, con la mente desbordada de preguntas sin respuesta.

¿Por qué se sentía tan conectada a él? Era medio demonio, todo lo que le habían enseñado a temer y evitar.

Sin embargo, no la había abandonado. Puede que no la hubiera salvado directamente, pero sin duda la forma en que había luchado a su lado la había protegido.

Y ahora, sus emociones eran una maraña de confusión y deseo.

Unos golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos, y levantó la vista para ver a Savannah entrar con dos tazas de café. La expresión de Savannah era más relajada que la suya, pero Geneva podía ver la preocupación subyacente en los ojos de su hermana.

—Parece que te vendría bien una de estas —dijo Savannah mientras dejaba una taza en el escritorio de Geneva antes de sentarse frente a ella.

Geneva suspiró, cogió el café y dio un sorbo lento.

—Gracias. No dormí mucho.

—Me lo imaginaba —Savannah se recostó en la silla y recorrió con la mirada el rostro de su hermana—. Entonces, ¿vamos a hablar de lo que pasó? ¿O vas a quedarte ahí sentada fingiendo que estás bien?

Geneva frunció el ceño y apretó los dedos alrededor de la taza de café.

—No sé qué decir, Sav. La cena fue un desastre. Estábamos pasándolo de maravilla y de repente, ¡bam! Es como si no pudiéramos tener una vida normal.

Savannah sonrió.

—Lo normal está sobrevalorado. Salvasteis a algunos de ellos…

Geneva negó con la cabeza, pero le devolvió la sonrisa a su hermana.

—Pero no a todos. No sé si fue suficiente. Y ahora…

Se interrumpió, incapaz de terminar la frase.

—Y ahora no puedes quitarte a Ash de la cabeza —terminó Savannah por ella, arqueando una ceja.

Geneva le lanzó una mirada fulminante, pero no lo negó.

—Es más complicado que eso.

—¿De verdad? —el tono de Savannah era suave, pero había un brillo de complicidad en sus ojos—. Estás luchando porque te importa. Y lo entiendo, Geneva. Es complicado. Pero tienes que aceptar que sientes algo por él.

Geneva dejó escapar un suspiro pesado y se recostó en la silla.

—Lo sé. Sé que me importa. Pero es… es medio demonio, Sav. Nos han enseñado toda la vida que los demonios son peligrosos, que no hay que fiarse de ellos y que debemos mantenernos alejadas. Y ahora… todo está patas arriba. No sé qué hacer con esto.

Savannah la observó un momento antes de inclinarse hacia delante, con expresión más seria.

—Geneva, más que nadie, lo entiendo. Pero tienes que tener cuidado.

No digo que Ash no haya demostrado su valía, pero los demonios son impredecibles.

Incluso los que tienen buenas intenciones pueden volver a caer en la oscuridad.

Y sabes que el consejo fae no aceptará esto.

Si descubren que estás liada con él, habrá consecuencias.

Geneva resopló y dejó escapar una risa amarga.

—¿Consecuencias? ¿En serio? ¿Me estás dando lecciones sobre los fae? Gage es medio demonio, y eso no te impidió estar con él. Y no es solo medio demonio; es Rougarou, mitad cambiaformas lobo también. Si alguien debería preocuparse por las consecuencias, eres tú.

Savannah sonrió y la tensión entre ellas se alivió un poco.

—Cierto. Pero en mi defensa, el sexo con Gage es bastante espectacular, así que merece la pena.

Geneva puso los ojos en blanco, pero una pequeña sonrisa asomó a sus labios a su pesar.

—Eres imposible.

—Lo sé —dijo Savannah, con la sonrisa ensanchándose—.

Pero en serio, Geneva. No digo que tengas que tomar ninguna decisión ahora mismo, pero necesitas ser consciente de los riesgos.

Ash no es como Gage. Un cambiaformas lobo es más fuerte que un humano, y Ash ha pasado por mucho.

Su papel como uno de los «buenos» es relativamente nuevo.

Solo lleva un tiempo luchando contra su mitad demoníaca.

Fue uno de ellos durante mucho más tiempo, y eso no es algo que puedas ignorar.

La sonrisa de Geneva se desvaneció cuando su mente volvió a los sentimientos que tenía por Ash y al peligro que representaban.

Savannah tenía razón: Ash era diferente.

Gage, a pesar de su lado oscuro, tenía estabilidad, equilibrio.

Pero Ash… había una guerra constante dentro de él, una oscuridad que podría consumirlo si no tenía cuidado.

Y si ella no tenía cuidado, también podría consumirla.

—Es solo que… no sé si puedo confiar en él del todo —admitió Geneva en voz baja—. Quiero hacerlo. Pero no dejo de pensar en lo que podría pasar si pierde el control. Si vuelve a caer en esa oscuridad…

Savannah alargó el brazo por encima del escritorio y le puso la mano en el brazo a Geneva.

—Entonces mantén la guardia alta. No lo dejes entrar tan fácilmente. Pero no lo alejes solo porque tienes miedo. Eres fuerte, Geneva. Más fuerte que la mayoría. Si alguien puede con esto, eres tú.

Geneva asintió, pero la incertidumbre seguía carcomíendola.

—No quiero perderme en esto.

—No te perderás —dijo Savannah con firmeza—. Me tienes a mí, y tienes al resto. Nos aseguraremos de que mantengas los pies en la tierra. Pero necesitas averiguar qué quieres. No dejes que el miedo te impida explorar algo real, algo que podría ser importante.

Geneva clavó la mirada en su café, con los pensamientos dándole vueltas. El miedo, la incertidumbre, el peligro... todo se cernía sobre ella. Pero bajo todo aquello, había una atracción hacia Ash que no podía negar. Una conexión que, a pesar de todo, no quería romper.

—No sé qué voy a hacer —dijo Geneva finalmente, con voz suave—. Pero sé una cosa: no puedo seguir huyendo de esto. Ya no.

Savannah le apretó el brazo con suavidad antes de levantarse.

—Tómate tu tiempo. Lo resolverás. Y cuando lo hagas, estaré aquí.

Cuando Savannah estaba a punto de irse, con la mano en la puerta, Geneva creyó oír pasos que se alejaban fuera de su despacho, pero cuando su hermana salió, no había nadie.

Geneva recorrió con la mirada el pasillo vacío antes de volver a su escritorio, donde se recostó en la silla y se quedó mirando al techo.

Las decisiones que tendría que tomar le pesaban, y sabía que eligiera lo que eligiera, todo cambiaría.

Pero por mucho que quisiera huir, esconderse de la intensidad de sus sentimientos por Ash, no podía.

Porque sin importar lo peligroso que fuera, sin importar lo complicado que se volviera, algo en lo más profundo de su ser le decía que Ash merecía el riesgo.

Más tarde, ese mismo día, Geneva estaba encorvada sobre su escritorio en la morgue.

El tenue resplandor de la lámpara del techo proyectaba largas sombras por la habitación.

Había libros esparcidos por todas las superficies: tomos antiguos llenos de runas y lenguas olvidadas.

Su cuaderno yacía abierto frente a ella, con páginas repletas de diagramas y notas garabateadas a toda prisa.

Las víctimas que habían rescatado llevaban tatuajes extraños e intrincados, y Geneva estaba decidida a descifrar su significado.

Llevaba horas trabajando, tratando de desentrañar el código mágico oculto en los símbolos.

Cada runa guardaba un secreto, pero no eran simples símbolos aleatorios: formaban parte de un sistema más amplio, uno que podría llevarla directamente hasta los traficantes.

Sus dedos trazaron uno de los diseños que había esbozado mientras su mente se disparaba con las posibilidades.

Si lograba descifrar las runas, podrían encontrar la base de los traficantes, detener el tráfico de seres sobrenaturales y quizá, solo quizá, podría compensar el no haber rescatado a todos los prisioneros.

Pero incluso mientras su concentración se agudizaba en la tarea, un pensamiento más oscuro acechaba en los márgenes de su mente.

Ash. Sus emociones hacia él eran una maraña que no conseguía desenredar.

La conexión entre ellos era innegable, pero representaba todo aquello contra lo que su educación la había advertido.

Era medio demonio. Mitad de lo mismo que ella había pasado su vida cazando.

¿Cómo podía reconciliar eso con el hombre que parecía arriesgarlo todo solo para ayudarla a ella y a sus hermanas?

El hombre cuya presencia se había convertido en un consuelo y, a la vez, en una complicación que no sabía cómo manejar.

Geneva apartó esos pensamientos y se obligó a concentrarse en los símbolos que tenía delante. No podía permitirse distracciones ahora, no con tanto en juego. Si descifraba este código, quizá podría detener a los traficantes antes de que hicieran más daño. Esa tenía que ser su prioridad.

Su bolígrafo arañó la página mientras conectaba un conjunto de runas que parecían repetirse en los tatuajes.

Había un patrón: algo antiguo y oscuro, más viejo que la magia fae que conocía.

Quienquiera que hubiera colocado estas marcas había usado una mezcla de magia que resultaba tanto demoníaca como fae, un híbrido retorcido de ambos mundos.

Tenía sentido, dados los métodos de los traficantes, pero la complejidad la inquietaba.

Aquello no iba solo de control; iba de dominación, de esclavitud.

Pensar en lo cerca que habían estado de rescatar a todas las víctimas la carcomía.

Les había fallado. Pero lo que más la atormentaba era el recuerdo de Ash interponiéndose entre ella y Asmodeus.

La había protegido, cubriéndola de la explosión de magia oscura sin pensarlo dos veces, y ella lo había sentido: la fuerza de su poder, la potencia bruta de su lado demoníaco que siempre mantenía contenido.

¿Por qué la hacía sentir así? Estaba dividida entre lo que siempre había creído y lo que su corazón intentaba decirle.

El sonido de pasos en el pasillo la sacó de sus pensamientos, pero apenas les prestó atención.

A esa hora, la morgue estaba casi vacía, aunque parte del personal nocturno aún rondaba por los pasillos.

Se inclinó sobre el escritorio, entornó los ojos ante una runa particularmente compleja y se apartó el pelo con gesto distraído.

No oyó la puerta crujir al abrirse, no notó el leve roce de alguien que se detenía justo fuera de su despacho. La conversación con Savannah seguía dándole vueltas mientras trabajaba, con la tensión de su charla sobre Ash todavía fresca.

—¿Qué vas a hacer con él? —le había preguntado Savannah.

Geneva había evitado la pregunta, volviendo a centrarse en la tarea que tenía entre manos.

—No puedo pensar en eso ahora. Necesito concentrarme en descifrar los tatuajes que vi en esa gente. Si no lo hago, habrá más heridos. Ash y yo... eso es complicado. Pero ¿esta red de tráfico? Eso es urgente.

Savannah no la había presionado más, pero sus palabras resonaban ahora que Geneva trabajaba sola.

No podía evitar a Ash para siempre, no cuando sus caminos parecían tan estrechamente entrelazados.

Había sentido algo entre ellos, algo más que simple atracción.

Pero ¿qué pensaría su familia? Claro, probablemente podría contar con el apoyo de Savannah, pero ¿qué pensarían los demás?

¿Qué haría el consejo fae si descubrían que tenía sentimientos por un medio demonio?

No sabía cuánto tiempo llevaba trabajando, perdida en los símbolos y sus intrincados significados.

Era una distracción bienvenida de las emociones que intentaba mantener a raya.

Las horas pasaron volando, la habitación se fue enfriando, pero Geneva no paró.

Finalmente, algo encajó: una serie de runas que no había reconocido antes, pero que ahora cobraban sentido en contexto. Una ubicación. Una posible fortaleza.

El corazón le dio un vuelco. Era esto: la clave que necesitaban.

La invadió la emoción, aunque atemperada por la oscura certeza de que aquel descubrimiento conllevaba un riesgo inmenso.

La base de operaciones no era un simple escondite.

Era una fortaleza impregnada de magia oscura.

Y si los traficantes eran tan poderosos como sospechaba, entrar sin un plan sería un suicidio.

Cogió el teléfono y sus dedos se quedaron suspendidos sobre el número de Ash. Cada fibra de su ser quería llamarlo, contarle lo que había encontrado, compartir su descubrimiento. Pero ¿qué significaría eso? ¿Trabajar con él los acercaría más, complicaría las cosas aún más de lo que ya estaban?

Antes de que pudiera decidir, un suave golpe en la puerta la sobresaltó. Se giró y vio a Jenny, una de sus compañeras de trabajo, en el umbral, con expresión curiosa y vacilante.

—Oye, Geneva, yo... escuché parte de tu conversación antes. Con tu hermana. —Jenny se removió incómoda, con la mirada desviándose hacia los libros abiertos en el escritorio de Geneva—. Estabas hablando de algo... extraño. ¿Estás bien?

A Geneva se le revolvió el estómago. ¿Cuánto había oído? Había estado tan concentrada, tan absorta en sus propios pensamientos, que no se había dado cuenta de que alguien la escuchaba. Una fría oleada de pánico la invadió, pero mantuvo la expresión neutra mientras evaluaba la situación.

—Estoy bien —respondió Geneva con cautela, cerrando uno de los libros con un golpe sordo—. Solo fueron... cosas de familia. Nada de qué preocuparse.

Su compañera no parecía convencida; la mirada se le demoraba en los símbolos esparcidos por el escritorio.

—No parecía nada. Estabas hablando de tráfico y... ¿magia?

A Geneva se le aceleró el pulso. No había tenido suficiente cuidado, y ahora alguien de su vida humana estaba haciendo preguntas que no podía permitirse contestar.

Si sus dos mundos chocaban aquí, si sus compañeros de trabajo empezaban a hurgar en lo sobrenatural, todo lo que tanto se había esforzado por proteger podría venirse abajo.

Forzó una sonrisa, aunque la cabeza le iba a mil.

—Es complicado, pero créeme, no es lo que piensas. Te agradezco que te preocupes.

Su compañera vaciló un instante antes de asentir despacio.

—Vale... avísame si necesitas algo.

Cuando Jenny se marchó, Geneva sintió que todo el peso de lo ocurrido le caía encima. Había sido descuidada, demasiado absorta en sus emociones y en todo lo que pasaba para percatarse de lo frágil que se había vuelto la barrera entre sus mundos.

Y ahora, esa barrera comenzaba a agrietarse.