GRIFF
Capítulo
Diez
¿De verdad pensaste que un par de esposas mortales me frenarían?
La nota continuaba:
Quedé con mis hermanas en el Café du Monde. Vuelvo en un rato.
Arrojó la nota sobre la mesita de noche y se pasó una mano por el pelo mientras miraba el espacio vacío junto a él. Bueno, al menos le había dejado una nota. Ella lo tenía atrapado en más de un sentido, y no sabía cuánto tiempo más podría seguir con ese tira y afloja.
El teléfono vibró en la mesita de noche, sacándolo de sus pensamientos. El nombre que parpadeaba en la pantalla le revolvió el estómago. Capitana Moreau.
Griff suspiró, sabiendo exactamente por qué llamaba. Agarró el teléfono y contestó, anticipando ya la conversación.
—Capitana.
—Detective Broussard, lo necesito en mi oficina. Ahora.
Su voz era tan cortante como siempre, y Griff sabía que no había forma de esquivar aquello.
—Estaré allí en una hora.
El trayecto hasta la comisaría fue tenso.
Las calles de Nueva Orleans bullían con su murmullo habitual, pero los pensamientos de Griff estaban en otra parte, centrados en la conversación que se avecinaba.
Llevaba días evitando las preguntas de Moreau sobre el culto, dándole largas con actualizaciones vagas y medias verdades.
Pero ahora, con todo a punto de estallar, ya no había forma de evadir el asunto.
Cuando entró en el despacho de la capitana Moreau, ella ya estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho. Su mirada acerada lo dejó clavado en el sitio.
—Cierre la puerta, Broussard.
Griff obedeció, cerró la puerta y tomó asiento frente al escritorio. Moreau no se sentó. Mantuvo los ojos fijos en él, esperando que hablara primero.
—Mire, capitana, sé que ha sido lento —comenzó Griff, intentando suavizar el tono—. Pero hemos avanzado. Estoy convencido de que el concejal Fontaine está involucrado, y la gente con la que trabaja se está volviendo más audaz, pero estamos empezando a controlarlo.
—¿Empezando a controlarlo? —el tono de Moreau era de incredulidad—.
Griff, esto no es una simple ola de crímenes.
Es algún tipo de culto vinculado a una serie de asesinatos espantosos y, según usted, a figuras poderosas de la ciudad.
Se suponía que debía tener pruebas concretas hace semanas, y en cambio, no hace más que dar largas.
Griff apretó la mandíbula.
—Estamos trabajando en ello. Tengo a alguien infiltrado, alguien con vínculos con esa comunidad que me ha estado ayudando a seguirles la pista.
Moreau arqueó una ceja.
—¿Alguien? ¿Es fiable esa fuente o es otro de sus arreglos informales?
Griff vaciló, pensando en Phoenix.
—Es fiable. Ya nos ha ayudado a desbaratar una reunión. Fontaine se está desesperando. Estamos cerca.
La capitana lo miró, claramente sin convencerse.
—Más le vale. Si no empieza a dar resultados pronto, me veré obligada a apartarlo del caso. No podemos permitirnos perder el tiempo con callejones sin salida, Griff.
Griff asintió, obligándose a mantener la calma.
—Tendré algo concreto pronto. Solo déme un poco más de tiempo.
Moreau lo miró fijamente durante un largo momento antes de asentir con brusquedad.
—Bien. Pero no me ponga a prueba, Broussard. Se me está acabando la paciencia.
Griff asintió y se levantó para irse. Cuando llegó a la puerta, ella añadió:
—Y Griff, tenga cuidado. Esta gente está jugando con fuego.
La capitana no tenía ni idea de lo acertadas que eran sus palabras.
De vuelta en casa, Griff iba y venía por el salón, pasándose una mano por el pelo mientras el peso de la situación lo aplastaba.
Estaba metido hasta el cuello, mucho más de lo que jamás habría imaginado.
La implicación de Phoenix lo complicaba todo, y los sentimientos que tenía por ella no hacían más que empeorar las cosas.
Phoenix llegó poco después, con expresión seria. La chispa juguetona habitual en sus ojos había desaparecido, sustituida por una determinación sombría.
—¿Qué pasa? —preguntó Griff.
—Me reuní con mis hermanas. Hemos estado investigando unos textos feéricos antiguos —dijo Phoenix, dejando caer un libro sobre la mesa de centro—.
Se avecina algo gordo, Griff. El culto está planeando una invocación durante el próximo evento celestial: un eclipse de luna llena dentro de unos días.
Van a invocar algo más poderoso que cualquier demonio al que nos hayamos enfrentado.
A Griff se le encogió el pecho.
—¿Más poderoso que el último?
Phoenix asintió.
—Un señor de los demonios. Si lo consiguen, será imparable. La ciudad... puede que incluso el mundo entero no tendrá la menor oportunidad.
A Griff le daba vueltas la cabeza.
—¿Y Fontaine está metido en esto?
—Más que metido —dijo Phoenix en voz baja—. Lo está liderando él. El concejal no es un simple peón: está orquestando todo esto. Y con el eclipse, las barreras entre los reinos se debilitarán. Si no los detenemos...
—Lo haremos —dijo Griff con firmeza—. Encontraremos la manera.
Antes de que pudieran seguir planificando, la puerta se abrió de nuevo.
Griff se giró y vio a Maeve Duvall, la tía de Phoenix, entrar con paso decidido, tan imponente como siempre.
Era una mujer impresionante, con un aire de poder ancestral que la envolvía como un aura.
Maeve no necesitaba hablar para causar impresión, pero cuando lo hacía, su voz era gélida.
—Estás jugando con fuego, detective —dijo Maeve, clavando la mirada en Griff—. Involucrarte en nuestro mundo, con Phoenix, acabará matándote.
Griff irguió los hombros y sostuvo la mirada de Maeve.
—Sé cuidarme solo.
—Eso crees, pero no tienes ni idea de a qué te enfrentas —continuó Maeve, dando un paso hacia él—.
El mundo feérico no es amable con los forasteros, y menos con los dragones.
El destino de Phoenix está ligado al nuestro, no al tuyo.
Si sigues por este camino, acabarán consumiéndote poderes que no puedes controlar.
Phoenix hizo ademán de intervenir, con la mandíbula tensa.
—Tía Maeve, basta. Nos está ayudando.
Maeve desvió la mirada hacia Phoenix, y sus ojos se suavizaron apenas.
—Te lo advierto, Phoenix. Él no es de los nuestros. Esto solo puede acabar en ruina.
La tensión en la habitación era palpable, pero Griff se mantuvo firme. No iba a echarse atrás, ni ante Maeve ni ante nadie. Sus sentimientos por Phoenix crecían cada vez más, pero su deber de proteger la ciudad, de detener al culto, era lo primero. No pensaba descuidar ninguna de las dos cosas.
Cuando Maeve se volvió para marcharse, sus últimas palabras resonaron en la habitación.
—Ten cuidado, detective. Pisas terreno peligroso.
La puerta se cerró tras ella con un clic, dejando a Griff y Phoenix a solas una vez más.
Phoenix cruzó los brazos, el rostro convertido en una máscara de frustración.
—Perdona por ella. Es muy protectora, pero no lo entiende.
Griff negó con la cabeza.
—No pasa nada. Lo entiendo.
Pero a medida que las palabras de Maeve calaban en él, Griff supo que tenía que tomar una decisión. No podía quedarse de brazos cruzados mientras Phoenix y los demás se enfrentaban a esta amenaza. Tenía que hacer algo, algo drástico.
Phoenix lo observó, escrutándolo con la mirada.
—¿Qué estás pensando, Griff?
Respiró hondo; el plan iba tomando forma en su mente mientras hablaba.
—Necesito infiltrarme. En el culto.
Los ojos de Phoenix se abrieron de par en par, y el miedo y la ira le cruzaron el rostro.
—¿Te has vuelto loco? Es demasiado peligroso. Fontaine te conoce, y algunos de los otros te han visto y sabrán que eres policía.
—Es la única manera —dijo Griff, dando un paso hacia ella—.
¿No tienes algún tipo de magia feérica que me disfrace el tiempo suficiente para entrar?
Necesitamos reunir pruebas que se sostengan en un tribunal, y si tenemos suerte, quizá podamos sabotear sus planes desde dentro. Soy el único que puede hacerlo.
Phoenix negó con la cabeza y retrocedió.
—Griff, Fontaine te conoce…
—¿Qué van a conocer? —bromeó él—. Todos llevan túnicas con capuchas para ocultar su identidad, y con tu ayuda, la mía quedará aún más oculta. Este tipo de grupos se nutren del secretismo. Dudo mucho que ninguno de ellos pudiera identificar a otro en una rueda de reconocimiento.
—No sabes en qué te estás metiendo. Si descubren quién eres, te matarán… o algo peor. Lo haré yo.
—Tú no puedes. Sabrán que eres feérica. Yo puedo manejarlo —insistió con voz firme—. No tenemos tiempo para discutir. Si vamos a detener esta invocación, necesitamos todas las ventajas posibles.
Durante un largo momento, Phoenix lo miró fijamente, el pecho agitado por la respiración. Finalmente habló, con la voz apenas audible.
—Lo estás arriesgando todo.
—Lo sé —respondió Griff, con el corazón desbocado—. Pero ¿qué otra opción tenemos?
El aire entre ellos crepitaba de tensión contenida, y el peso de su creciente conexión flotaba denso en la habitación. Griff conocía los riesgos, pero no podía echarse atrás ahora, no estando Phoenix de por medio, no con el destino de la ciudad en juego.
Phoenix cerró los ojos, con la voz cargada de emoción.
—Odio esto.
Griff extendió la mano y le acarició suavemente la mejilla.
—Lo sé. Pero saldremos de esta.
Ella se apoyó en su caricia, y sus ojos se encontraron con los de él, llenos de preocupación y anhelo.
—Ten cuidado. El hechizo para ocultar tu identidad no durará más de un par de días, sobre todo si entra en contacto con otra magia.
Phoenix levantó las manos, cerró los ojos y comenzó a murmurar un hechizo que disfrazaría a Griff para que Fontaine y sus seguidores no lo reconocieran.
A Griff se le encogió el corazón ante la vulnerabilidad de su voz, pero mantuvo su determinación. Se infiltraría, afrontaría los peligros que vinieran y protegería a Phoenix, costara lo que costara.
PHOENIX