Maestro de Pista (Carnaval de los Siete Pecados nº 1) 21 Jules
58%

21 Jules

Paso dos horas examinando los archivos de Elias, con los ojos que se me cierran por la falta de sueño ahora que la adrenalina casi se ha disipado. Me da miedo contar cuántas veces he usado su elegante cafetera para prepararme otra taza.

Lo que leo sobre este culto del Santuario de las Cenizas es horroroso.

Tanto abuso de mujeres y niños... me revuelve el estómago.

Violaciones, rituales, canibalismo. El café chapotea en mi estómago vacío cuando abro un sobre lleno de fotos que muestran la depravación.

Cuando cojo una en la que están sacando a un bebé del cuerpo de una mujer muerta, la suelto y corro al baño.

Apenas me da tiempo a arrodillarme frente al inodoro antes de que el vómito me suba por la garganta.

No oigo volver a Elias hasta que me pone una mano en la espalda y alarga la otra para tirar de la cadena. Se aparta un momento para darme una toallita húmeda y luego se arrodilla a mi lado.

—Necesitas una ducha. Comida, dormir. Descansar —dice tras un minuto de trazarme círculos en la espalda.

Todavía solo llevo puesta su chaqueta. Me he acostumbrado tanto a estar desnuda que no quería que se me pegara la ropa. El cuero ya es bastante difícil de limpiar de por sí.

—Sí a la ducha. No a la comida, y me da miedo dormir después de lo que he visto —susurro con la voz ronca.

Por fin lo miro y frunzo el ceño al ver manchas rojas en su mejilla.

—¿Estás sangrando?

Resopla y me levanta.

—No es mi sangre, cariño.

Arqueo una ceja. —¿Quiero saberlo?

Elias me dedica una sonrisa frágil.

—No tienes elección —responde—. Hemos traído al Profeta, Ezekiel Moore. Normalmente los aterrorizamos un poco más, pero mis hermanos han decidido acortar el plazo para que puedas... demostrar tu valía.

Se me revuelve el estómago de nuevo, pero debo de haber echado todo el café. Solo tengo arcadas.

—¿Esta noche? —pregunto con un hilo de voz cuando consigo recuperar el aliento.

Elias niega con la cabeza. Parece casi tan cansado como me siento yo, con los ojos pálidos enmarcados por ojeras oscuras.

—No, Pequeño Zafiro. Ya casi amanece, y ha habido suficientes emociones por hoy —me acerca más y me quita la chaqueta de los hombros. Cae al suelo, a mis pies descalzos—. Déjame traerte un cepillo de dientes.

Se mete conmigo en la ducha, pero por primera vez esta noche, no nos tocamos buscando un orgasmo. Sus caricias siguen siendo posesivas, admirativas. Pero no se entretiene. Se está quitando las pruebas de lo de anoche para prepararse para lo que viene.

✶✶✶

Con un gemido, levanto la cabeza de la almohada y hago una mueca por la saliva seca que me tira de las mejillas. Solo duermo boca abajo cuando estoy agotada, y siempre acabo babeando. Estiro el cuello rígido y busco a Elias con la mirada.

Amanecía cuando nos acostamos, y vuelve a estar bastante oscuro tras las persianas, así que debo de haber dormido todo el día. Curso intensivo de vida circense, supongo. Aunque sin director de pista a la vista.

La vejiga me manda al baño, y al levantarme, veo unos calzoncillos y una camiseta doblados a los pies de la cama.

Debe de haberlos dejado para mí. Hago pis y me cepillo los dientes, me pongo la ropa prestada, y cuando salgo del dormitorio, oigo el murmullo de una conversación justo fuera de la caravana.

Pruebo el picaporte con cautela y la puerta se abre.

—Vaya, mira, la chica muerta se ha despertado —dice uno de los artistas, el lanzador de cuchillos.

—Compórtate, Cole —arrastra las palabras el ilusionista—. No está muerta hasta que la cague.

—Pero debería estarlo —murmura el tragafuegos.

Resoplo, me pongo las manos en las caderas y me yergo cuan alta soy.

—Madre mía. ¿Alguien os ha meado en los cereales esta... —miro hacia el oeste, donde el púrpura y el naranja tiñen el cielo— ...tarde? —termino tras una pausa lamentable.

Con una sonrisa, Elias se levanta y viene hacia mí. Con un movimiento decidido, me atrae contra él y me reclama los labios con un beso posesivo. Bien podría mear un círculo a mi alrededor. Aun así, me derrito contra él, y mis partes femeninas despiertan como si él fuera su cafetera personal.

—Buenos días para ti también —murmuro cuando se aparta.

—Por usar la broma de Cole, has dormido como una muerta —bromea. Habla en voz baja, pero sé que todos están escuchando. Noto que me sonrojo; no se le puede haber escapado la cantidad de baba en sus almohadas.

—Ya, bueno... menuda noche —digo sin mucha gracia.

Elias me dedica una sonrisa radiante. No sé si el brillo en sus ojos es de satisfacción o de locura.

—Desde luego que sí. Deja que te presente formalmente a mis hermanos —señala al ilusionista, que se parece tanto a él que tiene que ser familia—. Ese es Silas, mi hermanastro y segundo al mando.

Silas me hace un saludo burlón y me dedica una sonrisa amarga.

—Periodista —dice.

—Jules —respondo con frialdad. Se le curvan las comisuras de los labios y aparta la mirada.

—Allí, con las cartas, ese es Marek. El hermanastro de Silas —continúa Elias.

—Veo un patrón —murmuro, y saludo con la mano al hombre, que me devuelve una sonrisa serena.

—Es un placer conocerte, Juliane —dice con voz tranquilizadora.

Hago una mueca. —Nadie me llama así. Desde... No importa. Llámame Jules.

Marek asiente. —Jules.

Elias señala al lanzador de cuchillos. —El listillo de ahí es Cole. Y el pirómano despiadado es Logan.

Los dos se limitan a hacerme un gesto seco con la cabeza, que les devuelvo igual. Parece que va a costarme ganármelos.

—Rowe es el gemelo de Logan.

El domador, el de las cicatrices, me saluda con un hola quedo.

—Y, por último, pero no por ello menos importante, está Jonah.

El gigante musculoso de piel oscura me guiña un ojo.

—Y todos vosotros sois... —dejo la frase en el aire.

—¿Jodidos de la cabeza? —pregunta Logan, enarcando una ceja.

Hago una mueca. —Supervivientes de una secta.

Cole se cruza de brazos; los cuchillos que aún tiene en las manos brillan bajo las luces del porche.

—Somos más que supervivientes de una secta, Blue.

—Nos gusta vernos como ángeles vengadores —añade Logan con una risotada.

Elias saca un reloj de bolsillo de los de verdad y mira la hora.

—A prepararse, chicos. Casi es hora del espectáculo.

—¿Te refieres a m-matar al hombre? —tartamudeo en voz baja.

Los siete se echan a reír.

—No, Pequeño Zafiro —dice Elias, y niega con la cabeza con gesto cariñoso—. Es hora del espectáculo en la Gran Carpa. La tortura viene después.

—Claro —digo sin aliento, y se me escapa una risita histérica—. Ese tipo de espectáculo.

—Ese tipo de espectáculo —repite con una sonrisa—. ¿Por qué no vienes a ayudarme a prepararme? Deberías comer algo.

Silas resopla mientras los hermanos se levantan y van hacia lo que imagino son sus caravanas.

—No llegues tarde —suelta el ilusionista por encima del hombro, con retintín.

—¿Por qué pensaría que vas a llegar tarde? —pregunto mientras Elias me lleva de vuelta adentro.

—Porque sabe cómo vas a ayudarme a prepararme —responde.

Oh.