14 Elias
Ha sido divertido ver a Jules avanzar a trompicones por la Casa Encantada. Sus chillidos y jadeos de miedo me la pusieron dura de nuevo en tiempo récord. Ya la tengo palpitando por ella cuando la encierro en la morgue.
—¿E-Elias? —susurra, con los pies descalzos casi sin hacer ruido mientras rodea la camilla—. ¿Estás aquí?
Interesante. Es casi como si le diera más miedo lo desconocido que yo. Eso no puede ser, ¿verdad?
Pulso un interruptor para encender algunas luces ambientales que parpadean, y después presiono el panel de acceso. Se abre una hilera de cajones falsos de morgue, y por fin veo a mi joya sin pantallas entre nosotros.
Tiene los ojos marrones muy abiertos, clavados en mí, y la boca entreabierta de sorpresa.
—¿Qué? —pregunto con una risita—. Acabas de llamarme. ¿De verdad pensabas que no te estaba vigilando por los monitores de seguridad todo este tiempo?
—Por favor. Déjame ir —suplica Jules—. Haré lo que quieras.
Arqueo una ceja e inclino la cabeza mientras la observo con curiosidad.
—¿Lo que sea?
—Lo que sea —confirma, con los dedos curvándose como garras sobre la camilla.
Sonrío y señalo su ropa con la barbilla.
—Quítate eso y súbete a la camilla.
Jules parpadea.
—¿Qu-qué?
—Me has oído —digo arrastrando las palabras, disfrutando de lo lindo. Me miro las uñas y me las froto contra la chaqueta—. A cuatro patas.
Casi puedo verla pensar. La observo intentando decidir qué merece la pena a cambio de su libertad.
Al final, gana su instinto de supervivencia o el deseo que no parece capaz de combatir, y sus manos bajan hacia el borde de la camiseta.
Agarra el dobladillo y se lo saca por la cabeza lentamente, de forma involuntariamente sensual.
Cuando se quita las bragas de encaje destrozadas, ya no puedo disimular lo absorto que estoy en cada uno de sus movimientos.
—Buena chica —susurro mientras me llevo las manos a la cinturilla del pantalón—. Arriba.
Jules mira la camilla y tuerce el labio superior. No me molesto en decirle que la limpian cada noche cuando cierra el carnaval. Que se imagine la mugre.
Se sube con vacilación, lanzándome otra mirada larga antes de darme la espalda y ponerse a cuatro patas.
Me saco la polla y me la acaricio mientras observo cómo se le abre el culo para mostrarme ese capullo apretado, las tetas firmes colgándole hacia la camilla, la barbilla temblorosa de incertidumbre mientras espera mi siguiente movimiento, expuesta y vulnerable.
Abro un cajón oculto de suministros y saco una botella de sangre falsa aceitosa. No puedo esperar a prepararle el culo con esa sustancia roja oscura, a ver cómo me cubre la polla mientras me la follo.
—¿Te gusta que te follen el culo, Pequeño Zafiro? —le pregunto mientras me coloco a su alcance. Agito la botella, la abro y me echo el líquido viscoso en la palma—. ¿Te gusta que te estiren ese agujero apretado con una polla gruesa?
—Yo... S-sí —dice, pillándome por sorpresa—. Me encanta el anal.
—Vaya —reflexiono—. Entonces supongo que esto no será mucho castigo.
Le muestro la sangre falsa en la mano, disfrutando de cómo se le corta la respiración.
Luego la llevo a su abertura y se la embadurno de rojo.
Ver su culo cubierto de sangre me hace gemir, y no me queda paciencia: la polla me gotea por ese túnel apretado, tengo la boca seca de deseo.
Meto un dedo, luego otro, y le doy una palmada en el culo con la mano libre cuando gime.
—Estás disfrutando demasiado, Joya —digo en tono burlón—. Eres una auténtica puta del anal, ¿verdad?
Como no dice nada, le llevo la mano al pecho y le retuerzo y pellizco el pezón. Jules suelta un chillido agudo que enseguida se convierte en gemido. El ano se le aprieta alrededor de mis dedos.
—Respóndeme, Jules.
—Sí —gime—. Soy una puta del anal.
Apoyo la frente en la marca roja de mi mano que le dejé en la nalga y suelto una risa.
—Estás llena de sorpresas, Pequeño Zafiro. Contigo nunca habría un momento aburrido, ¿verdad?
Gime cuando me retiro y mis dedos le abandonan el culo. Está lo bastante preparada, con el agujero ligeramente abierto y embadurnado de sangre falsa. La imagen depravada me hace palpitar los huevos con la necesidad de correrme en ese calor apretado.
Suelta un gemidito de protesta y se me curvan los labios en una sonrisa burlona a pesar de la necesidad que me arrasa el cuerpo. Es tan perfecta. ¿Por qué tenía que ser una amenaza?
Con un gruñido, me subo a la camilla y me coloco detrás de ella. Me agarro la polla y la alineo, listo para hundirme.
—Espero que estés lista para arrepentirte.
Se tensa, el cuerpo intentando dejarme fuera.
—Elias, yo...
—Pensé que harías lo que fuera, Pequeño Zafiro. Sé una buena chica y dame tu culo.
Con un suspiro tembloroso, deja de resistirse. Empujo, centímetro a agonizante centímetro, observando cómo su culo perfecto se traga mi polla perforada. Cuando me retiro hasta la mitad, sale embadurnada de rojo.
Sé que a Cole le va un poco de derramamiento de sangre erótico: lo he presenciado bastantes veces. Yo nunca le vi el atractivo. Hasta ahora. Hasta Jules.
—Eso es, nena. Tómame entero.
Gruño al tocar fondo, jadeando mientras me contengo. Está tan caliente, tan jodidamente apretada, que quiero embestirla como un poseso. Tengo que distraerme.
Sin salir de ella, saco el garrote del bolsillo y lo desenrollo. Sin previo aviso, le envuelvo suavemente el alambre fino alrededor del cuello.
—¡Elias! —protesta, intentando zafarse. Pero ya es demasiado tarde.
—Shh. No querrás forcejear ahora, Joya. Podrías acabar cortándote el cuello.
—¡Estás jodidamente loco! —escupe ella. Gruño cuando se tensa aún más, con su culo apretando mi polla, un contrapunto irónico al garrote que le rodea el cuello.
—Sí. Lo estoy —admito, sujetando con cuidado las empuñaduras del garrote con una mano mientras la estabilizo con la otra—. Pero, nena, tu coño chorrea sobre la mesa. No puedes mentirme. Te encanta esto.
Me pregunto qué la excita más: mi polla en su culo... o la amenaza de morir mientras se la follan en una imitación de morgue.