Maestro de Pista (Carnaval de los Siete Pecados nº 1) 10 Jules
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10 Jules

Elias casi me deja sin sentido de tanto follar. Porque, ¿qué hago acurrucada junto a un tipo cuyo carnaval estoy investigando por desapariciones que apestan a asesino en serie? Y menos mal que tengo el implante anticonceptivo, porque esta noche no hubo barreras entre nosotros.

¿Cómo funcionan siquiera los condones con esos piercings?

¡Concéntrate, Jules! Deja de pensar en su polla mágica.

Tengo que recordar por qué estoy aquí.

Una fuente de confianza me alertó hace unos meses sobre una serie de desapariciones en pueblos pequeños.

Desapariciones de hombres, todos mayores, sin más pistas que algún grafiti ocasional con lo que parecían extractos de sermones.

Y muchas parecían haberse tapado; de no ser así, quizá alguien habría atado cabos antes.

No en todos los pueblos que visitó Seven Sins hubo una desaparición. Pero en cada desaparición, el carnaval estaba en el pueblo cuando ocurrió.

Eso sí, he visto a muchos trabajadores estos últimos tres días. Lo más probable es que Elias no sepa nada. Pero mi instinto me dice que hay algo más en él, algo que no se ve a simple vista. Tiene una energía misteriosa y oscura que me excita y me asusta a partes iguales.

Por algún milagro, Elias está dormido, con la respiración profunda y acompasada, ruidosa ahora que el carnaval guarda silencio. Sin hacer ruido, me escabullo de sus brazos. Voy primero al baño a hacer pis; así, si se despierta, no sospechará nada. Y también porque espío mejor con la vejiga vacía.

Una vez fuera, encuentro mis bragas y mi camiseta y me las pongo para no ir con todo al aire.

Echo un vistazo por la puerta del dormitorio para asegurarme de que Elias sigue dormido, y luego me dirijo a los cajones que había estado mirando antes de que me distrajera por completo con esa polla mágica.

El primer cajón tiene documentos del carnaval: permisos temporales para eventos, aprobaciones de los bomberos, certificados de sanidad e informes de inspección de las atracciones.

También hay papeleo de seguros, documentos de rutas y programación, nóminas y personal, mantenimiento e inventario, documentos de seguridad e informes financieros básicos.

Pierdo media hora solo con esos; no hay nada aquí que sea ni remotamente interesante para mi investigación. Sin hacer ruido, cierro el cajón, menos entusiasmada de lo que estaba al empezar.

Pero el segundo cajón es diferente. Nada de logotipos del carnaval ni burocracia. En su lugar, varias carpetas negras, sin marcas ni etiquetas. Saco una y encuentro secciones ordenadas con pestañas. Cada pestaña lleva un nombre.

Busco un nombre que reconozco: uno de los hombres desaparecidos, Abel Hawthorne.

Hay dos fotos suyas, una reciente y otra que no, quizá de principios de los 2000, la dirección desde donde desapareció, los nombres de su esposa e hijos.

Al pasar la página, encuentro más fotos antiguas, fotos de grupo de hombres con ropa sencilla y Abel marcado con un círculo, niños al fondo.

Lo escalofriante es que los niños no están jugando al fútbol ni correteando. Parecen estar rezando.

La siguiente página tiene notas manuscritas con frases que parecen ser las encontradas en casa de Hawthorne.

La ceniza limpia lo que la carne corrompe.

El dolor es la prueba de la devoción.

Los niños son recipientes.

Se me revuelve el estómago mientras leo. ¿En qué demonios estaban metidos estos hombres? ¿Y qué tiene que ver Elias con todo esto?

Cojo otra carpeta. Esta tiene copias de informes policiales antiguos, memorandos sellados con SIN FUNDAMENTO o CERRADO, recortes de periódico sobre niños vagando por el bosque, algunos adolescentes, otros de apenas cinco años. Rumores de una secta llamada El Santuario de la Ceniza.

Cojo el móvil y saco unas cuantas fotos a toda prisa para poder investigar más cuando vuelva a mi ordenador. Esto es un filón de mierda turbia, y me muero por desenredar la maraña.

El siguiente cajón contiene un mapa de Estados Unidos cuidadosamente doblado, marcado con chinchetas negras y rojas. Los pueblos con desapariciones conocidas están marcados con chinchetas rojas. Marrow Falls está entre los marcados en negro.

Un escalofrío me recorre la espalda. ¿Es este su itinerario? ¿Qué hacen con los hombres de las carpetas cuando los encuentran?

—Ojalá no hubieras visto eso —dice Elias con voz cansada desde la puerta del dormitorio.

Se me hiela la sangre y levanto la cabeza lentamente del mapa abierto frente a mí. El hombre que acaba de comerme el coño y follarme ha desaparecido; en su lugar está el maestro de ceremonias del carnaval, con ese velo de misterio otra vez en su sitio.

—Elias, yo... —empiezo, pero me callo al ver la mirada en sus ojos.

Se acerca más, obligándome a estirar el cuello. Todavía huele a sexo.

—¿Quién eres en realidad, Jules? ¿Una federal?

Parpadeo.

—¿Qu-qué? ¡No!

Un gorgoteo ahogado escapa de mi boca cuando me agarra y me pone de pie de un tirón. El mundo se desdibuja mientras me estampa contra la pared del tráiler, con la mano de nuevo en mi cuello. Pero esta vez no hay nada de erótico. Es una amenaza que deja claro lo fácil que le sería acabar conmigo.

—No me mientas —espeta—. ¿Jules es siquiera tu verdadero nombre?

—Cla... claro —jadeo con un hilo de voz—. Bueno... Juliane. Pero-pero nadie me llama así.

Las lágrimas y la falta de oxígeno me nublan la vista cuando me gruñe, con sus dientes blancos y parejos a centímetros de mi cara.

—¿Y cuánto tiempo llevas trabajando para el FBI? ¿El pelo azul es de verdad o una máscara que usas cuando vas de incógnito? ¿Los tatuajes son siquiera reales?

Antes de que pueda hacer más que emitir un sonido de protesta, me arrastra hasta la puerta. Tropiezo al bajar las escaleras y caigo a cuatro patas sobre la hierba. El corazón me late tan rápido que creo que va a salírseme del pecho y salir volando.

Llévame contigo.

—¡Pecadores! —brama Elias, y su voz espanta a una bandada de pájaros que descansaban en el bosque.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto, odiando lo débil que me sale la voz. Ya me he metido en líos antes persiguiendo una historia, pero... creo que esto se lleva la palma. Elias está claramente desquiciado.

Las puertas de los tráileres se abren, hombres altos me rodean, y me tiemblan las piernas mientras intento ponerme de pie sin conseguirlo.

—¿Qué pasa, Jefe? —pregunta uno de ellos. Me giro hacia la voz y reconozco al lanzador de cuchillos, con los ojos rasgados entornados de confusión—. ¿Por qué está tu cita en el suelo?

—Es una federal —dice Elias.

Por fin consigo hablar. —¡No soy una federal! —grito, y la última palabra resuena de forma inquietante en la noche silenciosa—. Joder, ni siquiera me estás escuchando.

—Estabas revisando mis archivos personales —gruñe Elias—. ¿Tienes alguna buena excusa?

Me muerdo el labio inferior mientras observo a los hombres que me rodean como lobos que acorralan a una presa herida. Reconozco a la mayoría del espectáculo principal y a un par de trabajadores del carnaval más al fondo. Por suerte, no veo a Jack, el simpático mecánico de antes.

—Soy periodista freelance —digo por fin, con los ojos cerrados—. Estoy siguiendo una pista sobre desapariciones de hombres mayores en pueblos pequeños. No son el objetivo típico de un asesino en serie, así que me pareció interesante.

Abro los ojos al ver que nadie habla y me encuentro a los hombres mirándose entre sí.

—¿Te tiraste a mi hermano por una historia? —pregunta el ilusionista, con las cejas arqueadas.

—¡No! —niego, apretando los puños con indignación—. ¡No soy una puta! No pretendía que pasara eso, solo...

—¿Quieres chuparme la polla, nena, a ver qué descubres? —dice el lanzador de cuchillos con lascivia—. Aunque te advierto... me gusta un poco de sangre con mi corrida.

Elias gruñe entre dientes, un sonido que me eriza el vello de los brazos.

—Cole —advierte el adivino en voz baja—. No digas cosas de las que puedas arrepentirte después.

—¿Por qué iba a arrepentirse? —pregunta el que juega con fuego—. Estará muerta.

Se me revuelve el estómago por la naturalidad con que hablan de usarme, de matarme. Me inclino hacia delante con arcadas, pero no sale nada.

—¿Qué ha visto? —le pregunta el mago a Elias, ignorando mis forcejeos.

—Los archivos del Sanctum. El mapa.

—Mierda —refunfuña el forzudo—. No tenemos otra opción...

—No —coincide el mago.

—¿Qué os pasa? —Las palabras me salen con un graznido enfermizo—. ¿Estáis hablando de matarme porque vi unos archivos sobre una... sobre una secta?

Las venas del cuello de Elias se tensan mientras aprieta los dientes. Su mirada va del mago a mí.

—Yo me encargo —dice tras un momento de silencio.

—¿Encar... encargarte de eso? ¿Me diste un filete hace un par de horas y ahora ya ni siquiera soy humana para ti?

Elias me ignora y mira a los hombres con los que trabaja. Hombres a los que llamó hermanos durante nuestra comida.

—Lo haré a mi manera —les dice.

—Estáis todos jodidamente locos —murmuro mientras me pongo de pie. Me doy cuenta entonces de que estoy descalza y llevo solo unas bragas y una camiseta. Mierda.

—No tienes ni idea, lorita —dice el domador de animales. Mi mirada se dirige a las cicatrices abultadas de sus antebrazos, que brillan bajo la luz plateada de la luna.

—Da igual, me largo de aquí —murmuro, fingiendo una valentía que no siento.

Estoy tentada de entrar a ponerme la ropa de moto y las botas. Pero no me atrevo. A la mierda. Pasaré frío, pero estaré viva. El móvil también está en el tráiler, así que ni siquiera podré llamar a la policía en cuanto me libre de esta pesadilla.

Doy dos pasos antes de que Elias me agarre las manos y me las lleve a la espalda para inmovilizarme.

—¡Eh!

—Llamad a Ben por el walkie —Habla junto a mi oído, pero no a mí—. Decidle que se asegure de que las puertas estén cerradas. Y que encienda todas las atracciones. La música. Todo.

—¡Suél-ta-me!

Lucho por liberarme, lo maldigo, pateo hacia atrás inútilmente con los pies descalzos.

—¿Qué estás haciendo, El? —pregunta el mago en voz baja—. Sabes lo que hay que hacer.

—He dicho que me encargo, ¿no? —suelta Elias—. ¿Desde cuándo has dejado de confiar en mí?

El mago sacude la cabeza. —Joder. Confío en ti con mi vida, hermano. Pero este coño te tiene...

—Yo te voy a dar coño a ti —le escupo.

El lanzador de cuchillos suelta una carcajada. —Esto va a ser divertido, lo sé.

El pirómano se ríe entre dientes. —Hazle creer que puede escapar. Retorcido, El.

Le piso el pie a Elias, pero ni siquiera se inmuta.

—¡Raros! ¡Enfermos!

De repente, Elias me suelta. Salgo disparada hacia delante y aterrizaría en el suelo por segunda vez esta noche, pero el forzudo me atrapa. Mis manos aterrizan en su pecho desnudo, pálidas contra su piel de caoba.

Elias gruñe de nuevo. —No la toquéis. Es mía.

—¿Todavía te sientes posesivo? —dice el forzudo con voz retumbante y una ceja arqueada, pero me suelta después de ponerme en pie.

—Corre, Pequeño Zafiro —dice Elias con tanta frialdad que dejo de respirar por completo, como si me hubiera congelado el aliento en los pulmones. Lentamente, me doy la vuelta para encararlo. Su expresión es una mezcla de rabia, deseo y anticipación.

—A ver si puedes esconderte de mí en mi propio patio de juegos —continúa—. A ver si puedes escapar del hombre que mueve los hilos detrás del telón. Eres mi presa.

Al principio, no me muevo, como si estuviera clavada en el sitio. Entonces el lanzador de cuchillos me susurra al oído: —¿A qué esperas, Blue? ¡Corre!

Me doy la vuelta y salgo corriendo entre los hombres que se ríen; la noche oscura proyecta sombras ominosas sobre las tiendas y los remolques mientras huyo hacia la salida.