7 Elias
El coño de Jules está completamente empapado por mí. Deslizo la punta del dedo por la costura central de su ropa interior de encaje, presiono contra su clítoris hinchado y la hago jadear mi nombre.
—Elias… ¿Y si alguien nos ve? —pregunta mientras se muerde el labio inferior.
Le sonrío, bajo los dedos y la penetro superficialmente a través de las bragas.
—¿No querías darles un espectáculo a todos? —la desafío—. Esta es una buena forma de empezar.
Gime mientras aparto la tela húmeda con los dedos y arrastro los nudillos sobre sus pliegues suaves como pétalos.
Un gruñido bajo me nace en el pecho ante la idea de meterle la polla, pero no pienso apresurarme.
Quiero saborear a esta mujer fascinante e inusual.
Quiero extraer hasta la última gota de placer de su cuerpo.
Curvo un dedo y lo deslizo dentro de ella mientras el pulgar traza pequeños círculos sobre su clítoris.
La mantengo inmovilizada contra la jaula, disfrutando de cómo se retuerce contra mí.
Tengo cinco minutos: eso fue lo que le dije a Ben que parara la atracción cuando llegáramos arriba.
Más tiempo y la gente entrará en pánico.
—¿Te gusta esto, Jules? —pregunto mientras presiono hacia arriba contra ese punto que la hará correrse en mi mano en nada—.
¿Te gusta que un feriante al que apenas conoces te folle con los dedos mientras hay gente tan cerca que puede oírte gritar cuando te corres?
Esperemos que nadie piense que te están asesinando —añado, meto otro dedo y los retuerzo dentro de ella.
—Elias —exhala, casi sorprendida.
—El mismo —me río—. Puedes usar mi nombre en vano todas las veces que quieras.
Me inclino hacia delante y arrastro la nariz por su cuello, disfrutando del olor especiado de su perfume mezclado con cuero y viento. Cedo a mis impulsos más oscuros y le muerdo en la curva del cuello.
—¡Oh, Dios mío! —chilla Jules mientras el coño se le aprieta sobre mis dedos casi con violencia.
No me molesto en decirle que sus gritos llegan a las jaulas de al lado. Quiero que la gente escuche. Quiero que lo sepan, y cuando bajemos, quiero que nos lancen miradas acusadoras. Solo pensarlo me pone tan jodidamente duro que creo que la polla me va a reventar los pantalones.
—Tu coño está tan jodidamente caliente —susurro mientras recorro con los labios su mandíbula, su mejilla, hasta la oreja—. La próxima vez te sentarás encima de mí durante el viaje, calentándome la polla.
Noto cómo mis palabras la afectan: el coño le aletea sobre mis dedos, la respiración se le entrecorta, el cuerpo le vibra mientras se acerca cada vez más a la cima. Estoy deseando hacerla caer.
Le suelto las muñecas, llevo la mano a sus pechos, siento su peso y luego le rodeo suavemente el cuello con los dedos. Sus ojos se encuentran con los míos, las pupilas marrones oscuras rodeadas de blanco mientras me mira con una mezcla de excitación y miedo.
Las manos de Jules salen disparadas y me araña la muñeca en una inversión irónica de nuestra posición de hace apenas unos momentos.
—¿Q-qué estás haciendo? —pregunta con voz débil—. No puedo respirar.
—Sí puedes —murmuro contra sus labios—. Sé lo que necesitas, Pequeño Zafiro.
—E-estás loco —escupe. Pero aun así, el coño le gotea sobre mis dedos y me empapa la palma.
—Probablemente —concedo—. Pero te encanta, joder. ¿A que sí, Jules? Vives para la emoción.
La vi entrar hoy en el aparcamiento, la poderosa bestia de metal rugiendo entre sus muslos. A mi pequeña Jules le gusta el filo del peligro, el lado más crudo de la vida.
—Yo… no…
Me río y saco la lengua para lamerle los labios.
—Serías mucho más convincente si no estuvieras restregándote contra mis dedos, Joya —susurro.
Pero el tiempo se acaba. Necesito hacerla correrse antes de que este cacharro empiece a moverse otra vez.
Pego mi mejilla a la suya, cálida y sonrojada, y le hablo al oído mientras empiezo a bombear más rápido, más fuerte. —Muéstrame cuánto te gusta esto, Jules. Muéstrame cuánto te encanta correrte delante de extraños mientras te ahogan.
—Oh, joder —gime mientras los músculos se le tensan bajo mi cuerpo—. Esto está tan mal.
—Entonces, ¿por qué se siente tan bien? —la provoco. Le atrapo el lóbulo entre los dientes, tiro de él y luego paso la punta de la lengua por los surcos del cartílago—. Córrete para mí, Joya. Dales un espectáculo.
—¡Elias! —grita mientras se deshace de forma tan hermosa. Su interior se aprieta y se relaja sobre mis dedos, el latido de su corazón desbocado bajo mi mano. Alivio la presión para dejarla tomar más aire y gime en voz alta, un sonido inconfundible.
Joder, quiero sacarme la polla y masturbarme, pintarle el cuerpo tembloroso y lánguido con mi semen.
Pero Ben ha puesto la noria en marcha otra vez, aunque no creo que Jules se haya dado cuenta.
Tiene esa mirada en la cara mientras me observa.
Gratitud y adoración, esa apreciación femenina por un hombre que sabe cómo tocarle el cuerpo.
Normalmente me molesta, como si hubiera logrado lo que me propuse, conquistado a mi presa, acabado con ella. Pero con Jules me quedo con ganas de más. Quiero ponerle esa mirada en la cara una y otra vez, preferiblemente mientras me ordeña la polla.
—Despierta, preciosa —digo mientras le abrocho los pantalones y le coloco bien la blusa—. Ya casi estamos abajo.
—¿Q-qué? ¡Mierda! —sisea, y se levanta de un salto del banco.
Jules pierde el equilibrio y me golpea la polla, dura como el granito, con la mano. Resoplo. Esta mujer es dinamita y va a acabar conmigo.
Cuando nuestra cabina llega abajo, Ben la ayuda a salir y me lanza una mirada evaluadora. ¿Se estará preguntando si el jefe se ha follado a una tía en la noria? Qué más da.
Una pareja joven sale de la cabina detrás de nosotros, y el hombre me levanta los dos pulgares con una sonrisa de oreja a oreja. La mujer arruga la nariz al mirar a Jules mientras la repasa disimuladamente. Seguro que desearía ser ella.
Mi Pequeño Zafiro no se da cuenta. Está demasiado ocupada alisándose la ropa ya lisa y pasándose los dedos por el pelo revuelto, despeinándolo aún más. Una lástima. Me encantaría verla avergonzada porque la gente oyó con qué fuerza la hice correrse.
La próxima vez.
✶✶✶
Voy silbando de vuelta a mi caravana. Llevé a Jules a un par de atracciones más, le di de comer palomitas y luego la acompañé hasta su Harley.
Volverá mañana: vamos a cenar en mi caravana después del espectáculo. Los dos sabemos que es puro cuento. El objetivo es follar y follar bien, hasta que ninguno pueda caminar derecho. Pero aun así, necesito que me traigan algo de comida. Un buen filete debería darle aguante.
—Hermano, pareces el gato que se comió al canario —se ríe Cole, apoyado contra mi caravana con un cuchillo en la mano.
—¿O quizás un guacamayo azul? —añade Rowe.
No me sorprende que me hayan visto con Jules: es imposible no fijarse en ella, y en mí también.
—Hueles a coño —dice Jonah con su voz de bajo profundo mientras me detengo a su lado. Me llevo los dedos a la nariz, inhalo hondo y suelto un gemido exagerado de placer.
—Que os jodan —dice Silas entre risas—. Algunos estábamos esperando para cumplir nuestra misión esta noche, no para follar en las atracciones.
—Aprended a hacer varias cosas a la vez —replico—. La vida se vive mejor cuando hay coño y sangre.
—Amén —dice Cole con una sonrisa perversa.
No quiero saber cuánta sangre ha derramado durante el sexo. Siempre lleva esos cuchillos encima, y viviendo como vivimos, es difícil no conocer las... inclinaciones de cada uno.
—Está que arde, El —dice Logan con lascivia—. ¿Te importa si me la tiro cuando acabes?
Me vuelvo hacia él tan rápido que retrocede un paso; la sangre me hierve solo de pensar en las manos quemadas de Logan sobre la piel pálida de Jules.
—Mía —gruño en su cara atónita.
Marek rompe el silencio que sigue.
—Nuestro hermano no va a compartir a esta —lo dice con una certeza absoluta, como si lo supiera a ciencia cierta. Quizás se lo dijeron las cartas, o el universo, o lo que sea que guíe a nuestro hermano más excéntrico.
—Vale, vale —suelta Logan con las manos en alto—. Tuya. ¿Podemos ir a destrozar la casita bonita de un Profeta ya?
Respiro hondo y despejo la neblina asesina de mis ojos.
¿Qué coño ha sido eso?
Parpadeo, agarro el hombro de Logan y se lo aprieto una vez a modo de disculpa.
—Sí —murmuro. Y luego, más alto—: Veamos cómo se las apaña Ezekiel para salvar las apariencias cuando el grafiti esté en el exterior de la casa.
Va a ser otra noche divertida.
¿Y mañana? Mañana me quitaré a Jules de la cabeza.