CAPÍTULO 40
El rostro del fondo
Robles me apartó la mano antes de que tocara el cristal.
—Todavía no le pongas nombre.
El rostro ocupaba doce centímetros de la pantalla. Una mejilla deformada por el reflejo. Parte de una oreja. La línea de una ceja bajo el fluorescente de la habitación donde murió David.
La técnica movió el cursor sin ampliar.
—No hemos reconstruido nada. El archivo de Nora conservaba el índice de miniaturas del soporte original. Alguien cortó la pista de vídeo, pero no regeneró ese índice.
Pulsó una tecla. La imagen volvió a encogerse dentro de un rectángulo gris. En el borde aparecía la manga clara. Más atrás, el cristal del mueble devolvía una cara inclinada.
—Ese fotograma pertenece a los once minutos —dije.
—A uno de ellos —respondió Robles.
Apreté los dedos contra el borde de la mesa. La superficie estaba fría. No volví a acercarme a la pantalla.
—Mateo Seijas.
La técnica dejó de mover el ratón.
—¿Quién?
—Apoyo judicial. Llevaba copias, preparaba salas y recogía soportes. Estuvo en mi primera declaración y en dos vistas posteriores.
Robles abrió una carpeta vacía.
—Eso es memoria. Quiero algo que pueda entrar aquí.
Tomé una decisión.
—Busca la relación de técnicos que accedieron antes de que llegara Científica. Y no llaméis a Sergio ni a Irene hasta tenerla.
Robles no preguntó por qué. Dictó la solicitud a una funcionaria y pidió también las cámaras de los pasillos, las órdenes de servicio y las fotografías de personal de aquel año.
La técnica giró la imagen. El reflejo perdió anchura y recuperó parte de la mandíbula. Una pequeña hendidura cortaba la oreja izquierda.
Yo había visto aquella marca cuando Seijas se agachó para conectar un proyector durante mi apelación. Llevaba una caja gris apoyada entre las piernas. Al terminar, se marchó con ella sin esperar a que firmaran la retirada.
—La caja —dije.
Robles levantó un dedo.
—No avances más que la prueba.
—Era del tamaño del hueco del mueble.
—También lo son miles de equipos.
La técnica abrió las fotografías de la escena. En una, la figura de manga clara seguía inclinada junto a la pared. Superpuso el hombro con el fotograma recuperado. La costura coincidía. El rostro no aparecía en la foto policial.
—Misma prenda —dijo—. No puedo asegurar misma persona solo con esto.
Llegó la primera respuesta del archivo. Robles sacó las hojas de la impresora. El papel todavía estaba caliente.
Mateo Seijas figuraba como técnico de reproducción adscrito al juzgado. Su acreditación temporal abrió la entrada de servicio once minutos después del disparo. No existía ninguna petición para que acudiera.
—¿Hora de salida? —pregunté.
Robles pasó la página.
—Cuarenta y tres minutos después.
La técnica recuperó una cámara del pasillo. Tres personas cruzaron hacia la habitación. Sergio iba delante. Irene apareció detrás de un agente. El tercero llevaba una funda rígida pegada a la pierna.
La imagen no permitía ver su cara.
En la salida, la funda parecía más pesada. Seijas la sujetaba con las dos manos y mantenía la cabeza baja. La hendidura de la oreja quedó visible durante dos pasos.
Robles separó las capturas.
—Podemos situarlo en el pasillo.
—Y dentro —dije.
—El reflejo puede situarlo dentro. Falta acreditar que es él.
La fotografía profesional llegó desde Recursos Humanos. La técnica corrigió la perspectiva, no el rostro. Marcó cuatro puntos: oreja, ceja, nacimiento del cabello y distancia hasta la nariz.
El programa dio una compatibilidad alta. No una identidad.
Me levanté. La silla rodó hasta golpear el armario.
—Pide a un perito antropométrico.
—Ya está pedido —dijo Robles—. Siéntate.
No lo hice. Fui hasta la ventana. Sobre los tejados mojados, las torres de la Clerecía cortaban una franja de cielo blanco. El cristal devolvió mi cara encima de la piedra.
Robles puso otra hoja sobre la mesa.
—Seijas declaró que no entró en la habitación.
Me giré.
La declaración tenía fecha de dos semanas después de la muerte de David. Negaba haber manipulado cámaras, ordenadores o soportes. Afirmaba que permaneció en el pasillo para recibir material de Científica.
—Científica aún no había llegado cuando entró —dije.
—Eso sí podemos probar.
Volví a la mesa. Señalé la funda de la imagen sin tocarla.
—Retiró el M-1.
—Podemos probar que salió con una funda.
—El equipo desapareció antes del inventario.
—Y ese salto todavía necesita un puente.
La técnica abrió los datos incrustados en la miniatura. El fotograma se había generado desde una cámara conectada a una unidad externa. El identificador del receptor comenzaba por las mismas dos marcas conservadas en la pegatina.
M-1.
El aire me raspó la garganta. Robles acercó la hoja, pero no permitió que la cogiera.
—Ahora tenemos el puente —dije.
—Tenemos que Seijas estuvo en la habitación mientras el M-1 seguía conectado. No sabemos si lo instaló, si lo retiró o quién se lo pidió.
—Mintió sobre entrar.
—Eso sí.
La resolución llegó firmada antes de que terminara la frase. Autorizaba a identificarlo, conservar sus accesos actuales y tomarle declaración. No permitía registrar su domicilio ni intervenir dispositivos.
Resolución parcial. Suficiente.
Robles abrió el directorio de personal. Mateo Seijas ya no trabajaba en Salamanca. Había solicitado traslado años atrás, antes de que mataran a David, y ocupaba una plaza en la unidad de digitalización del Archivo Judicial de Galicia.
Sede de A Coruña.
—No huyó después —dijo Robles.
—No he dicho que huyera.
—Lo estabas colocando en el billete.
Saqué el teléfono. No abrí la aplicación ferroviaria. Marqué a Clara.
Respondió al cuarto tono. De fondo, Martina discutía con alguien por una tostada.
—¿Ya sabes qué ciudad? —preguntó Clara.
—A Coruña.
El silencio duró menos que otras veces.
—¿Qué sabes?
—Que Mateo Seijas entró en la habitación después del disparo. Mintió en su declaración. Un fotograma lo sitúa junto al M-1 mientras seguía conectado.
—¿Mató a David?
Lucas había hecho la pregunta desde el otro lado. Clara no le quitó el teléfono.
—No lo sé. Tampoco sé quién le permitió entrar ni qué copió.
—¿Vas a ir? —preguntó ella.
Miré a Robles. Cerró la carpeta y esperó.
—Con autorización. No solo. Billete modificable y ubicación compartida antes de salir.
Martina gritó algo sobre una videollamada.
—También —añadí.
Clara tapó el micrófono. Oí voces, una silla y el golpe de un plato sobre la encimera.
—Dinos la vuelta cuando exista —dijo al regresar—. No inventes una para comprar la ida.
—De acuerdo.
Terminé la llamada sin moverme. Robles deslizó el auto judicial hacia mí.
—Todavía no tienes función policial.
—Ya lo sé.
—Vas como testigo y perjudicado. Yo pregunto. Tú respondes.
—¿Cuándo?
La técnica seguía dentro del directorio. Una notificación nueva apareció junto al nombre de Seijas.
Había accedido al sistema esa mañana.
Robles se inclinó sobre la pantalla.
—Abre el registro.
La técnica pidió la autorización con su tarjeta. El lector emitió un pitido seco. Aparecieron cuatro consultas realizadas a las siete y treinta y ocho.
Mi expediente.
La grabación de David.
El inventario de la habitación.
Y la solicitud de revisión firmada la tarde anterior.
—Sabe que lo estamos buscando —dije.
—Sabe que el caso se ha movido —corrigió Robles—. No es lo mismo.
El registro mostraba un quinto intento. Acceso denegado. Seijas había tratado de abrir el anexo incorporado por Nora, el que contenía la referencia al M-1.
Tomé otra decisión.
—No lo llaméis.
Robles recogió el auto.
—Esta vez sí es una orden que puedo aceptar.
La técnica bloqueó su usuario y solicitó conservar toda su actividad. Nadie borró archivos. Nadie avisó a su superior inmediato hasta que el juzgado aseguró los registros.
Mi teléfono vibró. Clara había enviado la ubicación compartida que seguía activa desde Madrid. Debajo, Lucas escribió una sola frase.
No llegues sabiendo la respuesta.
Guardé el móvil.
Robles abrió la puerta. El pasillo olía a papel húmedo. Dos agentes esperaban junto al ascensor con una carpeta sellada y los billetes todavía sin emitir.
—Hay un tren a las doce y veinte —dijo.
—Compra también la vuelta.
—No sabemos cuándo terminaremos.
—Una modificable.
Robles sostuvo la puerta del ascensor.
—Vas aprendiendo tarde.
Entré.
—Pero antes de que vuelvan a escribirlo por mí.
Las puertas empezaron a cerrarse. En la sala, el rostro de Mateo Seijas permaneció sobre el cristal, inclinado junto al aparato que había desaparecido.
No miraba a David.
Su mano derecha estaba fuera del encuadre. La izquierda sujetaba el borde del mueble que después apareció vacío en inventario.
Miraba directamente hacia la cámara.
PRÓXIMAMENTE
LIbrO 9
A CORUÑA: EL HOMbrE DEL PASILLO
Un médico forense aparece asesinado después de reabrir varios informes antiguos.
La investigación conduce a Mateo Seijas, un técnico judicial que llevaba años apareciendo al fondo de fotografías, pasillos y entregas aparentemente irrelevantes.
No dirigía ninguna organización.
Cobraba por guardar copias, mover pruebas y vender silencios.
Julio descubre que Seijas estuvo en la habitación donde murió David y que podría saber quién manipuló la grabación.
Pero alguien está eliminando a quienes intentan recuperar el pasado.
En A Coruña, Julio buscará los once minutos que le arrebataron.
Y esta vez, la grabación sigue completa.