Madrid, los nombres tachados (Los casos de Julio Barral 8) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Lo que les debo

Lucas apagó el televisor antes de que apareciera mi cara.

La pantalla quedó negra. En el reflejo estábamos los cinco alrededor de la mesa, pero yo permanecía de pie. La luz de la cocina me cortaba la frente. Afuera, una furgoneta descargaba cajas sobre las losas de la calle.

—Faltan treinta y siete minutos —dijo Clara.

Dejó su teléfono boca abajo. El artículo de Nora se publicaría a las seis. Víctor le había enviado la hora a Laura, no a mí.

Me quité la chaqueta. El respaldo de la silla rozó la pared cuando la aparté.

—Héctor mató a Nora. Arce fue al túnel para recuperar documentos. Rivas movió el furgón. Navas manipuló copias. Cebrián corrigió lo que los demás necesitaban corregir.

Lucas tocó el mando con el pulgar.

—Eso saldrá en las noticias.

—Sí.

—Entonces empieza por lo que no va a salir.

Laura colocó un vaso frente a mí. No lo llenó. Clara siguió mirando el reloj de la cocina.

Elegí sentarme.

—Golpeé a Raúl cuando estaba esposado.

Martina dejó de despegar una etiqueta del mantel.

—¿El que era malo?

—El que estaba detenido.

—No ha preguntado eso —dijo Lucas.

Apoyé las manos sobre la mesa. La madera tenía una muesca junto a mi dedo índice.

—Raúl utilizó a un menor y ocultó información. Yo quería que hablara. Cerré una puerta y le golpeé dos veces. Intenté hacerlo una tercera.

Clara cogió el vaso vacío y lo apartó del alcance de Martina.

—¿Podía defenderse?

—No.

—Sigue.

El ruido de las cajas cesó en la calle. Una persiana metálica bajó con un golpe que hizo vibrar los cristales.

—Empujé a un compañero contra una taquilla. Llevaba la dirección de una testigo protegida. Eso explica por qué fui hacia él. No explica que lo agarrara ni que lo amenazara.

Laura se sentó a mi derecha. No acercó la silla.

—¿Qué amenaza?

—Le dije que, si aquella mujer sufría algo, nadie encontraría suficientes piezas para reconocerlo.

Martina dobló la etiqueta hasta convertirla en una tira estrecha.

—Eso no se dice.

—No.

Lucas encendió el televisor sin sonido. Un rótulo anunciaba la reapertura de seis investigaciones. Mi fotografía ocupaba la mitad inferior.

Tomé otra decisión.

—Entré sin autorización en una casa porque oí golpes. Una mujer estaba en el suelo y un hombre la estaba estrangulando. La saqué de allí. Después, cuando él ya estaba esposado, le golpeé dos veces.

Clara apoyó dos dedos sobre el mando.

—Esa parte tampoco evitó que la matara.

—No.

—Pero la has contado después.

La garganta se me cerró alrededor del aire. Cogí el vaso que ella había apartado y lo llené en el fregadero. El grifo golpeó el acero.

—Durante años empecé por la mujer. Por la testigo. Por el menor. Colocaba primero la parte que hacía imposible discutir conmigo.

Lucas subió el volumen un punto. Víctor aparecía frente al Diario Central. Detrás, una fotografía de Nora cubría la fachada del edificio.

—Como con David —dijo.

Cerré el grifo.

—Sí.

La palabra quedó debajo de la voz del periodista. Víctor explicaba que el artículo no acusaba a una organización y que seis juzgados estudiarían decisiones distintas.

Me senté otra vez.

—Cuando David murió, yo ya tenía informes suficientes para que creyeran que había perdido el control. Algunos estaban recortados. Otros eran exactos. Sergio eligió la versión que encajaba conmigo y dejó que los demás la cerraran.

—¿Sergio mintió? —preguntó Martina.

Clara alargó la mano hacia el mando. La detuve antes de que apagara el televisor.

—Ocultó cosas. Permitió que otras parecieran seguras. No sé todavía todo lo que hizo.

—Pero tú no mataste a David.

—No.

Lucas golpeó el mando contra su rodilla.

—Otra vez rápido.

El borde del vaso crujió entre mis dedos. Lo dejé antes de romperlo.

—No lo maté. También amenacé, golpeé y oculté actuaciones. Las dos frases son verdad. No voy a usar una para borrar la otra.

Laura giró mi teléfono hacia el centro de la mesa. Había nueve llamadas perdidas. Ninguna era de Robles.

—¿Qué ocultaste aquí? —preguntó.

Miré primero a Clara.

—Decidí viajes antes de hablarlos. Utilicé a Lucas para interpretar pruebas. Le enseñé documentos que Robles no había autorizado. Contesté mensajes durante cenas y llamé presencia a sentarme sin escuchar.

Martina levantó la tira de papel.

—Y dijiste mañana cuando no sabías.

—Sí.

—Eso fue mentira.

—Sí.

Clara retiró la mano del mando.

—No. Fue una promesa que esperaba no tener que cumplir.

—Es peor —dijo Lucas.

Nadie lo corrigió.

La noticia cambió de imagen. Apareció el túnel de Bailén, vacío y limpio. La cámara avanzó hasta la puerta metálica donde habían encontrado a Nora.

Laura pulsó el botón de silencio.

—No has dicho por qué lo cuentas ahora.

—Porque en veintisiete minutos lo contará otra persona.

—Eso explica la hora —respondió—. No la decisión.

Me levanté. Lucas tensó las piernas, preparado para verme coger la chaqueta. La dejé donde estaba.

—Lo cuento porque os debo la versión que no me favorece. Y porque no quiero volver a utilizar la investigación para decidir qué podéis soportar.

Clara abrió su teléfono. El contador de la página del periódico seguía bajando.

—No nos debes una versión.

—Entonces dime qué.

—Las consecuencias.

La silla me golpeó detrás de las rodillas cuando volví a sentarme.

—Aceptaré lo que decida el juzgado sobre mi condena. También lo que decidan sobre mis agresiones. Si Raúl reclama, declararé. Si el compañero al que empujé denuncia la coacción, no utilizaré el sobre para fingir que no ocurrió.

Lucas se inclinó hacia delante.

—¿Y nosotros qué podemos decidir?

—Lo que necesitéis.

—Eso no significa nada.

Saqué las llaves del bolsillo y las dejé en la mesa. Después puse el teléfono junto a ellas.

—Podéis no creerme. Podéis preguntarme sin que cierre la conversación. Podéis decidir que no me quede esta noche.

Martina empujó las llaves hacia mí.

—Tú duermes aquí.

Clara las detuvo a mitad del mantel.

—Eso no lo decides tú sola.

—Él tampoco.

Laura bajó la cabeza. Su mano cubrió durante un segundo la boca, pero no llegó a sonreír.

Lucas se levantó. Pasó junto a mí y abrió la ventana. Las campanas de la Clerecía entraron con el aire frío. Faltaban quince minutos para las seis.

—Yo no te perdono —dijo.

No me giré.

—No te lo he pedido.

Clara giró las llaves hasta que una punta arañó la madera.

—Que sigas entrando por esa puerta no significa que lo anterior esté cerrado.

—Lo sé.

—No. Hoy lo has entendido durante una hora. Veremos qué haces cuando vuelva a estorbarte.

Laura retiró la mano de su boca y enderezó el teléfono.

—Y no conviertas esto en la noche en que fuiste valiente. Has llegado antes que una noticia. Nada más.

Asentí. El movimiento tiró de la piel bajo la mandíbula.

—Todavía —dijo Lucas.

La palabra me alcanzó en la nuca. Lucas cerró la ventana y regresó a la mesa.

—Cuando empiezan las preguntas, siempre acabas encontrando algo urgente.

—Hoy no.

—Hoy ya has vuelto de un juzgado.

Cogió mi teléfono. La pantalla se encendió con una llamada de Robles.

Lucas me lo ofreció.

No extendí la mano.

—Contesta —dijo Clara.

Pulsé el altavoz sin levantar el aparato.

—Dime.

La voz de Robles llegó acompañada por teclas y puertas que se cerraban.

—Víctor ha retrasado la publicación diez minutos. La madre de Nora está leyendo el texto.

—Bien.

—También han terminado de procesar los archivos que faltaban.

Lucas no apartó la vista de mí. Laura puso la palma sobre el teléfono para impedir que alguien lo cogiera.

Robles continuó.

—Necesito que vengas mañana al juzgado.

—¿A qué hora?

—A las nueve.

—Estaré allí.

Clara miró las llaves. No las empujó hacia mí.

—¿Qué han encontrado? —preguntó Lucas.

Robles guardó silencio al otro lado.

—Eso debe verlo Julio.

—Estamos aquí —dijo Lucas.

La línea quedó quieta. Pude terminar la llamada. Pude levantarme. Pude volver a elegir por todos.

Aparté la mano del teléfono.

—Díselo.

Robles respiró cerca del micrófono.

—El vídeo no perdió los once minutos. Perdió a la persona que los copió.

La llamada terminó.

En la pantalla, el contador del periódico llegó a cero.

Nadie encendió el sonido.

Lucas ocupó su silla y abrió el artículo de Nora. Clara conservó las llaves bajo la palma. Laura retiró el teléfono del centro.

Martina volvió a pegar la etiqueta sobre el mantel. Quedó torcida.

—Ahora no te vas —dijo.

Miré la chaqueta.

—Ahora no.