Capítulo 47
—Hola, tío Matthew.
Oh, por favor, me cago en todo, no.
—Katrina. ¿Qué haces aquí?
Ella soltó una risita.
—Estoy paseando, tontito.
Lisa me alcanzó. Extendió su mano hacia la mía. Ignorando el dolor cuando me apretó la palma ensangrentada, le devolví el apretón.
—¿Tú sola? —pregunté.
Katrina no se comportaba de forma distinta a cualquier otra ocasión. Quizá no nos estuviera buscando. Tal vez fuera pura coincidencia.
—Claro que estoy sola.
Pero su actitud amable no duró. El rostro amigable de Katrina se transformó en un ceño fruncido y, lentamente, levantó el brazo y señaló a Lisa.
—¿Qué hace ella contigo?
—Lisa quiere ver al bebé, Katrina. Pero queremos que sea un secreto para todos. ¿Quieres formar parte de nuestro secreto?
Increíblemente, su rostro volvió a recuperar la personalidad despreocupada de hacía unos momentos.
—Me gustan los secretos. Madre no me deja tener ninguno.
Lisa dio un paso al frente. Despacio, intentando no asustar a Katrina.
—Me preguntaba si podrías coger al bebé y sacarlo de la casa para traérnoslo. Podemos esperar cerca de tu columpio.
Katrina pareció contenta con el plan. Yo continué con la estratagema.
—Y si lo haces, te compraré la tableta de chocolate más grande que hayas visto nunca.
Katrina soltó una risita y dio una palmada. Al instante, me llevé el dedo a los labios.
—Pero shhh, que si no los otros podrían oírnos.
Lentamente, salimos de entre la maleza y nos reunimos con Katrina en el sendero.
Aún convencido de que aquello podía ser una trampa para hacernos salir a campo abierto, miré intensamente a mi alrededor.
Pero no vi a nadie, ni oí nada. Otro trueno retumbó sobre nuestras cabezas.
Katrina se quedó clavada en el sitio y miró hacia el cielo.
—Solo es Dios diciéndonos que nos demos prisa, Katrina.
La rapidez de reflejos de Lisa hizo sonreír a Katrina. Sus dientes amarillentos nos mostraron una mueca. El corazón me martilleaba en el pecho. Toda la situación resultaba de lo más surrealista.
—Conozco un atajo —dijo, y salió disparada como una velocista olímpica.
—Ve más despacio, Katrina —siseé—. Vas demasiado rápido para nosotros, que ya somos viejos.
Oí una risita y, por suerte, redujo el paso.
Sorprendentemente, nos encontramos detrás del cobertizo de almacenaje en un abrir y cerrar de ojos.
Katrina esperó a que la alcanzáramos. Ni siquiera estaba jadeando.
—¿Puedes ver quién hay dentro de la casa, Katrina?
Sin esperar más instrucciones, echó a correr. Pensé que me había cargado todo el plan. Pero en unos instantes, estaba de vuelta.
—La tía Amelia y la abuela. Han dicho que Madre y el tío Andrew están en el bosque.
El tío Andrew.
—Pero yo no los he visto cuando estaba allí dentro. La tía Amelia y la abuela están en el dormitorio de Madre.
Soltó una risita.
—¿Qué tiene tanta gracia?
—Están preparando una bolsa. La están llenando de biberones y pañales.
Nunca había oído a Katrina soltar tanta información de una sola vez. Miré hacia Lisa. Ambos sabíamos exactamente lo que estaban planeando.
—¿Y dónde está el bebé? —La impaciencia de Lisa amenazaba con desbordarla. Le lancé una mirada. No le gustó.
—El bebé está arriba, durmiendo, tontita. En su moisés.
Lisa gimió detrás de mí. Katrina se quedó mirándola con la boca abierta.
—Escucha, Katrina —dije, tratando desesperadamente de mantener su nivel de concentración—.
Si tú hablas con la tía Amelia y la abuela, yo cogeré al bebé.
Debes mantenerlas en el dormitorio. Luego, en exactamente cinco minutos —levanté cinco dedos—, vuelves aquí fuera con nosotros. Y entonces te daré el chocolate.
Katrina soltó otra risita y entró corriendo.
Saqué mi teléfono y le envié un mensaje al Inspector Jefe Small. Al mismo tiempo, le conté mi plan a Lisa.
—Voy contigo.
La respuesta de Lisa no formaba parte de mi propuesta.
No tenía ninguna intención de hacerla pasar por nada más.
Si lograba entregarle al bebé, me enfrentaría a la familia yo solo.
La perspectiva de lo que pudiera ocurrir no era agradable de imaginar, pero tenía que rescatar al niño, no solo por el bien de Lisa, sino también por el bienestar de él.
—No. Es demasiado peligroso —respondí, pero Lisa ya había empezado a caminar a paso largo hacia la casa. En un vano intento, alargué la mano para agarrarla, pero fue demasiado rápida y esquivó mi avance. Enfadado, pero no sorprendido, corrí tras ella.
Al detenernos ante la puerta trasera, pudimos oír voces en el interior.
Nuestra única esperanza era que Katrina hubiera estado en lo cierto y que estuvieran agrupadas en el dormitorio de Tracy.
Atravesé la habitación de puntillas y me detuve al llegar al extremo opuesto de la cocina.
Efectivamente, las voces bajaban del piso de arriba.
Me giré hacia Lisa, pensando que se había quedado esperando en la puerta trasera, pero estaba justo detrás de mí, siguiendo cada uno de mis pasos.
—Quédate aquí —susurré entre dientes, irritado—. Y corre como alma que lleva el diablo si Andy o Tracy vuelven.
A regañadientes, aceptó. Lisa no podía estar segura de en qué habitación estaría el bebé y el tiempo era demasiado precioso como para que se pusiera a buscar.
Subiendo las escaleras de dos en dos, las voces del dormitorio de Tracy se hicieron más nítidas.
Melissa le ordenaba a Katrina que fuera a su cuarto.
—Prepara tu bolsa, pero pon solo unas pocas prendas —dijo—.
No puede pesar demasiado. —La perspectiva de una nueva aventura podría haber distraído fácilmente a Katrina del plan original.
Increíblemente, respondió que no. Melissa alzó la voz, repitiendo la orden.
Mientras me agazapaba tras el muro de el rellano, Melissa salió del dormitorio de Tracy arrastrando a Katrina por el pelo.
Katrina gritó. Fue un chillido muy agudo.
Aunque no estaba saliendo según lo previsto, me di cuenta de que la distracción podía ser mi mejor oportunidad.
El hecho de que Melissa hubiera hecho rabiar a Katrina me había venido de perlas.
En cuanto desaparecieron por el pasillo, entré dándome prisa en el dormitorio de Amelia y encontré lo que necesitaba en el cajón de la mesilla de noche.
Nunca las quitaba de allí. Acto seguido, agarré el moisés de mimbre por las asas.
El bebé estaba profundamente dormido, ajeno a los gritos que reverberaban por toda la casa.
De nuevo, bajando los escalones de dos en dos, le pasé el moisés a Lisa, que caminaba frenéticamente de un lado a otro en el umbral de la cocina. Ahogando un sollozo, se llevó la mano a la boca al ver a su hijo.
—Vete ahora mismo —susurré tan alto como me atreví.
Y lo hizo. Lisa se dio la vuelta y huyó por el mismo sitio por el que habíamos entrado.
Un trueno ensordecedor resonó por el hueco de la escalera y a lo largo del rellano, seguido rápidamente por las primeras gotas de lluvia contra la ventana. Un relámpago iluminó el interior, ahora oscuro. Katrina gritó.
Sintiendo un deseo abrumador de salir corriendo a toda velocidad, supe que tenía que enfrentarme a la familia.
A regañadientes, entré en el salón y me senté en el sillón de la esquina. El sillón favorito de Graham.