Capítulo 39
A nnie
Cojo el cuchillo y lo clavo con fuerza sobre la mesa de la cocina, observando con asombro cómo se queda hincado en la madera. Hundo la cabeza entre las manos.
Haga lo que haga, Gracie quiere a su madre. Por mucho que juegue con ella, por muchos juegos que hagamos, por muchas carcajadas que le arranque, quiere ver a Sarah.
Yo no soy su madre.
Me la llevé para protegerla del mal, y ese mal no es Sarah. Es su marido. Solo de pensar en él me rechinan los dientes. Nunca debería haberme llevado a Gracie.
Fue un impulso. No estaba planeado. Iba en contra de todas las normas de Madre. Estos últimos días no he sido yo misma. Sé que es porque Madre se está muriendo.
En cierta manera, puedo entender a Roger Bradshaw por esto.
Me acerco al cajón y saco el vigilabebés, encendiéndolo. Un piloto del aparato se pone en rojo y puedo oírlos desde abajo.
—¡Mamá! —dice Gracie entre risas—. ¡Para de darme besos!
—¡No puedo parar! —de repente la oigo besarla como si estuviera en la habitación con ellas—. Ay, es que te he echado muchísimo de menos.
—Solo he tenido una fiesta de pijamas con la Srta. Meadows. Igual que con la abuela. Solo fue una noche, y ya está.
Sarah ríe. —Sí, supongo que tienes razón. Es que yo…
—Mamá. Me estás apretando demasiado. —Vuelvo a oír los besos sonoros—. Mamá, me has llenado de babas.
Sonrío un momento escuchándolas. Pienso en mi propia madre.
¿Qué hago con Sarah? ¿Qué debería hacer con Gracie? Nunca tuve un plan. Solo quería ayudar a la niña. Actué por impulso.
—¿Estás bien, Gracie? ¿La Srta. Meadows te hizo algo malo?
—No, mamá. Lo pasamos bien. Leímos libros e hicimos manualidades. Aunque no me dejó comer chocolate.
Sarah ríe. —¿Es un vestido nuevo?
—¡Sí! —dice Gracie—. Me lo hizo la Srta. Meadows. Tiene mariquitas. ¿Ves?
El teléfono de la pared de la cocina suena con estrépito. Escucho a Gracie y a Sarah un momento antes de bajar el volumen del vigilabebés.
—Dígame —digo cogiendo el teléfono—. Casa de los Meadows. Soy Annie. —No sé muy bien por qué contesto así. Ahora soy la única que hay en la casa.
—Annie —dice una voz—, soy Melanie, la enfermera de tu madre.
—Ah, hola —digo. El corazón se me para—. ¿Va todo bien?
—Lo siento mucho —dice—. Falleció hace aproximadamente una hora.
—¿Madre? —pregunto sorprendida. Sé que habla de ella, y esperaba este momento, pero ahora que ha llegado, me golpea de otra manera.
—Sí, tu madre ha muerto… Lo siento muchísimo.
Dejo que sus palabras calen y me tomo un momento para recomponerme. —Gracias por llamar —digo antes de colgar.
—Mamá —oigo la voz de Gracie a través del vigilabebés.
—¿Sí, cariño?
—Te quiero, mamá.
—Yo también te quiero, cielo.
Cojo el vigilabebés y bajo el volumen despacio hasta que se apaga. Un arrebato de rabia me asalta y lo lanzo al salón, viéndolo hacerse añicos en el suelo.
—¡No! —grito—. ¡No! —Vuelvo a hundir la cabeza entre las manos—. Madre. ¿Por qué? —Me tapo la cara, incapaz de creerlo. La dura verdad de mi vida me golpea de lleno—. Ahora estoy sola. —Las lágrimas ruedan por mi cara—. Me has dejado aquí.
Miro el desastre que he armado en el salón.
Abro el armario junto a la puerta principal, saco una escoba y barro algunos de los trozos rotos del vigilabebés mientras intento con todas mis fuerzas no derrumbarme.
Después de limpiar el estropicio, en lugar de recogerlo con el recogedor, tiro la escoba al suelo.
—Me has dejado aquí —le digo a nadie.
Fuera, veo a un hombre con un jersey gris caminando por la acera. Reconozco enseguida su nariz torcida.
El abusador de menores.
Otro hombre malo. Uno que campa libre a pesar de todo lo que ha hecho. Aunque no sé exactamente qué hizo, fue suficiente para aparecer en una lista de depredadores conocidos.
Es el peor tipo de hombre malo. Uno que hace daño a los niños y lo disfruta.
¿Adónde va ahora este hombre malo?
Me apresuro hacia la cocina. Hace falta algo de fuerza para sacar el cuchillo de la mesa. Me pongo los zapatos, salgo de casa y camino en su dirección. Lo sigo, intentando que no se note demasiado, pero en un momento dado él se gira y me lanza una mirada extraña.
Le devuelvo una sonrisa y escondo el cuchillo a mi espalda.
Es de noche. Soy una mujer joven siguiendo a un hombre muy malo. Se supone que debería ser yo quien tuviera miedo.
No lo tengo.
Aunque debo esperar. Madre tenía sus normas. Puede que yo no las siga bien, y tiendo a hacerme las mías, pero ella tenía una importante.
Asegúrate de que los hombres malos son realmente malos.
El depredador dobla por una calle, y sé adónde va. Unos minutos después, se sienta en un banco del parque y se queda mirando el patio de recreo. Ya ha oscurecido y no hay ningún niño jugando fuera.
Aunque ya le he visto hacer esto antes, a plena luz del día. Cerca de la guardería.
Lo observo mientras está sentado. Me escondo detrás de un árbol grande y, de vez en cuando, asomo la cabeza para ver qué hace. No tarda mucho en levantarse y empezar a caminar de vuelta hacia donde estoy yo.
Espero a que esté lo bastante cerca para saludarle. Cuando pasa junto al árbol, me muestro con una sonrisa amplia.
—Magia —digo en voz alta.
Antes de que pueda decir nada, agito la mano y le paso el cuchillo por el cuello. Su piel se abre y la sangre brota a borbotones de su cuerpo. Cae al suelo de inmediato.
Me quedo de pie sobre él y lo observo hasta que el hombre malo exhala su último aliento.