Madre e Hija
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Prólogo
A ntes
Madre dice que ayudamos a los niños del sótano. A veces no lo parece.
Cuando oigo sus vocecitas y el llanto de los demás, algunos pidiendo ayuda, me pregunto si Madre tiene razón.
—¡Señorita Annie Meadows! —me llama Madre desde la cocina. Me levanto de la mesa del salón.
—Sí —digo mientras me acerco a ella con cautela.
Está de pie junto a los fogones, con una espátula bien agarrada en la mano. Señala con la cabeza hacia un plato de comida.
—Si fueras tan amable, querida —me dice con una sonrisa—, por favor, llévale esto a la habitación uno.
—Bien, Madre —digo, devolviéndole la sonrisa.
Levanta la espátula. —Y —dice—, no le hables a la habitación dos. Me prometiste que lo dejarías. Sé que lo hiciste anoche.
¿Cómo lo sabía? No hice ruido. Estaban asustados y solos. Necesitaban a alguien con quien hablar. Me gusta pensar que yo también ayudo a la gente, mejor que Madre.
Sigo mirando a mi madre fijamente, y la espátula que tiene sobre su cabeza. Su sonrisa se desvanece. —Venga, niña, haz lo que te digo. Date prisa, antes de que se enfríe la comida. Y—
—No les hablaré —termino la frase por ella.
—Bien —dice—. Ahora, después de comer, vamos a empezar nuestro tiempo de lectura.
Cojo el plato y empiezo a bajar por las estrechas escaleras del sótano.
Me encanta leer. Me encanta aprender.
A veces desearía parecerme más a los otros niños que veo desde la ventana de mi habitación.
Cuando Madre se arregla por las mañanas, yo observo cómo los críos corren calle abajo para llegar al colegio a tiempo.
En los días buenos, Madre me deja leer fuera en el porche, donde puedo oír el bullicio de los niños del colegio de al lado jugando en el patio de recreo.
Se ponen a gritar y a chillar a pleno pulmón por cualquier cosa, y me pregunto qué les estará pasando.
También oigo gritos desde el sótano, pero son diferentes.
Madre me enseña en casa. Me dice que así aprendo más. Que soy especial. No como los demás niños. Que tengo un propósito más profundo que los niños que oigo fuera.
A veces, sin embargo, desearía ser como los otros niños. Desearía poder gritar con ellos desde el patio de recreo.
Una vez le pregunté a mi madre si podía ir al colegio como los demás niños.
No le gustó nada esa pregunta.
Dijo que era importante que nos quedáramos en casa. Lo que hacíamos con las personas del sótano era algo especial.
Nadie más que nosotras podía hacerlo.
Madre me hizo prometerle que jamás le contaría a nadie lo que hace. No lo entenderían. No lo verían como ayudar a los niños.
Madre dice que cuando se marchan de nuestra casa, son diferentes. Mejores.
Cambiados.
Los estamos haciendo íntegros de nuevo.
Nunca he visto a los niños después de que se vayan para poder preguntarles, pero ojalá pudiera. Quiero saber cuánto mejoran sus vidas. Quiero saber lo felices que son después de quedarse con nosotras.
Quiero convencer a esa voz interior que cuestiona a Madre de que lo que hago para ayudarla realmente les ayuda a ellos.
Al llegar al sótano, oigo sonidos amortiguados que provienen de una de las habitaciones. Paso por delante de una estantería, donde ocultamos el agujero que lleva al pasillo especial donde los tenemos.
Dentro hay dos habitaciones. Cada una tiene una puerta pesada que Madre tiene que ayudarme a desbloquear y abrir.
Las dos habitaciones tienen una ranura de metal en la parte inferior de la puerta. La abro y coloco el plato de comida dentro de la habitación uno.
—Gracias —dice una vocecita de niña.
Hago lo que Madre pide y no les hablo. Seguramente está arriba escuchando. Seguramente me está poniendo a prueba para ver si hago lo que me ha pedido.
Puede que solo tenga siete años, pero sé que debo seguir lo que dice Madre.
Cierro la ranura y miro hacia la habitación dos al fondo del pequeño pasillo. Los sonidos amortiguados siguen saliendo de allí.
Sonidos de llanto.
Madre dice que les estamos ayudando. No lo parece.